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BIRD (1988) de Clint Eastwood

Clint Eastwood es casi el único director en activo (y digo casi porque se supone q195418_1020_Aue nuestro Víctor Erice no se ha retirado y porque me encanta David Fincher) que sigue consiguiendo hacerme ir sin dudarlo a una sala de cine. Venciendo por el camino unos cuantos estúpidos prejuicios, sus películas han ido ganándose el favor primero de la crítica y más adelante del gran público, llegándose a calificar sus últimos trabajos como obras maestras sin merecerlo, ya sea porque la admiración causa ceguera o porque, a pesar de todo, destacan entre la mediocridad general.

        Posiblemente, el primer paso hacia los altares lo dio Eastwood con Sin perdón (Unforgiven, 1992), una obra maestra del western – sobre todo en su última media hora-, triunfadora en los Oscars, y que contaba con ilustres precedentes como El jinete pálido (Pale rider, 1985) y, más aún, El fuera de la ley (The outlaw Josey Wales, 1976), otra obra redonda. Varios años más tarde daría el paso definitivo, sobre todo entre el público, y gente que jamás se sintió atraída por el director de la divertidísima El sargento de hierro (Heartbreak ridge, 1986) comenzó a ir a ver sus películas. Es la época de Mystic river (2003) -que, junto a magníficos momentos, tiene otros que no me gustan nada- y Million dollar baby (2004), otra obra maestra a pesar de las horribles escenas en que aparece la familia de la chica, absolutamente maniqueas, vulgares, y que parecen sacadas de un telefilm de sobremesa. A partir de ahí todo lo que ha dirigido Eastwood se ha ensalzado, en mi opinión, de manera exagerada: el díptico de 2006 sobre la batalla de Iwo Jima le salió bien sólo a medidas;  la tan aplaudida El intercambio (Changeling, 2008) me parece, directamente, una de sus peores películas; y Gran Torino (2008), aunque me gusta y me parece la mejor de estas últimas, no creo que esté entre lo mejor de su filmografía. A pesar de todo, seguiré corriendo al cine a ver la última de Clint.

        Y lo seguiré haciendo, en parte, porque es el responsable de una de mis películas preferidas de todos los tiempos, una colosal obra de arte, homenaje al jazz y, sin pretenderlo, un homenaje al cine en sí misma, y que me parece, sin duda, la mejor de su director. Bird (1988), una inagotable lección de cine, pone en imágenes los últimos años de la vida del saxofonista Charlie Parker, conocido por el apodo de Bird, con una interpretación colosal de Forest Whitaker y Diane Venora.

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        La película es, sencillamente, una sucesión de escenas de antología que componen el retrato del éxito, la autodestrucción y la muerte de uno de los mayores genios de la música del siglo xx, con un maravilloso y complejo montaje a base de continuos flash-backs y saltos en el tiempo, y con unos diálogos que, en boca de los actores, ponen la piel de gallina. Por citar algunas, de entre un conjunto perfecto, la escena en que Charlie y su esposa Chan escuchan, mientras van en el coche, una versión con letra de Kansas City, que es un preludio de muerte y que volverá a sonar en la escena final del funeral, y el momento en que Charlie le envía compulsivamente telegrama tras telegrama a su esposa tras la muerte de la hija, son de lo mejor que ha rodado y rodará Eastwood. Y por si fuera poco, en el film está mi flash-back favorito de la historia del cine, aquel en el que el saxofonista Buster recuerda, entre carcajadas, cómo conoció a un joven llamado Charlie “from just around“.

        El film de Eastwood es, junto al relato de Cortázar El perseguidor, el mayor homenaje que el arte ha ofrecido a la figura de Charlie Parker y, aunque no sea demasiado citado cuando se habla de su autor, el eslabón de su carrera en que, más que nunca, consigue explorar todas las posibilidades que ofrece el lenguaje cinematográfico puesto al servicio de una historia. 

                  Editada en DVD por Warner.

JULIO CORTÁZAR, in memoriam

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Si Borges me sigue pareciendo el escritor intelectual, libresco y lejano por excelencia, en su condición de sumo sacerdote de las letras hispanas del siglo xx; si Onetti es un autor de leyenda, más un personaje creado por él mismo y que deambulara por Santa María; si a Vargas Llosa lo veo como a un escritor-oficinista que cumple un horario escrupuloso, Cortázar se me antoja el creador más cercano, el que puedes encontrarte escribiendo en el café de la esquina, y conversando sobre jazz, sobre Poe, o sobre Glenda Jackson, el que, cada vez que vuelvo a abrir cualquiera de sus libros, pienso que escribía para ser leído continuamente, no para recibir el polvo de las bibliotecas.

        El prestigio de Cortázar se consolidó, principalmente, con la publicación en 97mbzr1963 de Rayuela, la novela que revolucionó la literatura “seria”, el juego que introdujo la vida en esa literatura, y que siempre aparece en las listas de las mejores obras del siglo xx. Si bien Rayuela me parece una impresionante novela, Cortázar es uno de mis autores preferidos sobre todo por sus cuentos, esos retazos de realidad con rendijas por las que se cuela lo fantástico. Y a fuerza de releerlos, uno acaba por tener, inevitablemente, sus predilectos, aunque no siempre por razones estrictamente literarias (eso también es inevitable). Allá van algunos de entre tantos imprescindibles :

                – Las puertas del cielo (del libro de 1951 Bestiario), el primer relato de Cortázar que leí, y ahí se ha quedado: ” Lo vi levantarse y caminar por la pista con paso de borracho, buscando a la mujer que se parecía a Celina. Yo me estuve quieto, fumándome un rubio sin apuro, mirándolo ir y venir sabiendo que perdía su tiempo, que volvería agobiado y sediento sin haber encontrado las puertas del cielo entre ese humo y esa gente “.

                – El río (del libro de 1956 Final del juego), relato de un suicidio en dos páginas, ejemplo de cómo lo ficticio se mezcla con lo real: “…vagamente acaricio tu pelo derramado en la almohada, en la penumbra verde miro con sorpresa mi mano que chorrea, y antes de resbalar a tu lado sé que acaban de sacarte del agua, demasiado tarde, naturalmente, y que yaces sobre las piedras del muelle rodeada de zapatos y de voces, desnuda boca arriba con tu pelo empapado y tus ojos abiertos “.

                – El vcrwj7perseguidor (del libro de 1959 Las armas secretas), la mejor aportación del arte a la figura del genial saxofonista Charlie “Bird” Parker, junto a esa enormidad que filmó Clint Eastwood en 1988 titulada Bird: “- Sobre todo no acepto a tu Dios- murmura Johnny-. No me vengas con eso, no lo permito. Y si realmente está del otro lado de la puerta, maldito si me importa. No tiene ningún mérito pasar al otro lado porque él te abra la puerta. Desfondarla a patadas, eso sí. Romperla a puñetazos, eyacular contra la puerta, mear un día entero contra la puerta. Aquella vez en Nueva York yo creo que abrí la puerta con mi música “.

                – Graffiti (del libro de 1980 Queremos tanto a Glenda), una historia de amor entre dos personas que no se conocen y que se comunican mediante dibujos en las paredes: ” Era más que nunca ella, el trazo, los colores, pero además sentiste que ese dibujo valía como un pedido o una interrogación, una manera de llamarte…le dijiste todo lo que te venía a la boca como otro dibujo sonoro, otro puerto con velas, la imaginaste morena y silenciosa, le elegiste labios y senos, la quisiste un poco “.

        Cortázar moría en París el domingo 12 de Febrero de 1984. Diez años más tarde, la revista Co&Co le dedicaba un especial, precisamente en su número doce, titulado Diez años de soledad. Pronto serán 25. Yo, por mi parte, seguiré releyendo sus cuentos, y seguiré comprobando que Cortázar encontró las puertas del cielo de la literatura entre ese humo y esa gente.

            Los Cuentos completos de Julio Cortázar están publicados en Ed. Alfaguara.