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EL INCREÍBLE HOMBRE MENGUANTE (1957) de Jack Arnold

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Tanto James Whale en su obra maestra La novia de Frankenstein (The Bride of Frankenstein, 1935) como Tod Browning en Muñecos infernales (The Devil-Doll, 1936) nos mostraron, cuando el cine aún echaba mano mucho más del talento y la imaginación que de los medios tecnológicos, lo fascinantes que pueden resultar para el espectador los seres humanos diminutos en una película. Posiblemente inspirándose en esas dos joyas del cine, y añadiendo unas gotas de la tremenda La parada de los monstruos (Freaks, 1932), también de Browning, el gran Richard Matheson publicó en 1956 su novela El hombre menguante (The Shrinking Man), un incontestable clásico del género fantástico.

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Al año siguiente, el guión escrito por el propio Matheson fue llevado a imágenes por Jack Arnold, un cineasta todoterreno acostumbrado a manejarse con bajos presupuestos, que ya había hecho sus pinitos en el género y cuya filmografía probablemente dormiría el sueño de los justos de no ser por El increíble hombre menguante (The Incredible Shrinking Man).

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Entre Arnold y Matheson dieron a luz una cumbre de la fantasía, una obra maestra de la ciencia-ficción, del cine de aventuras, del cine en general y con mayúsculas. Pero no se quedaron ahí. Sobre todo en su extensa parte final, en la que el pobre Scott, el pequeñísimo Scott que ya apenas es más grande que una cerilla, ha de luchar contra toda clase de peligros domésticos que ponen en peligro su vida y procurarse alimento y agua utilizando para ello toda su inteligencia e imaginación, demostraron que el cine de género, además de entretenernos, también sabe hablarnos de manera profunda de temas como el miedo, la libertad (ahí queda esa imagen para la historia: Scott ofreciendo un pedazo de comida, a través de una reja que para él es como su jaula, a un pájaro mucho más grande que él y que disfruta de su libertad), la soledad de los que son diferentes o lo que supone nuestra existencia en relación con el universo, algo tan ínfimo y tan único a la vez.

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Editada en DVD por Universal.

 

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LA ROSA NEGRA (1950) de Henry Hathaway

Muchos de los aficionados a la literatura y al cine comenzamos a serlo gracias al género de aventuras: los cómics de El Jabato, El Capitán Trueno o El Corsario de hierro, las novelas de Verne, Stevenson, Dumas o Sabatini, y las sesiones dobles en los cines de barrio o frente al televisor con las películas de Michael Curtiz, Raoul Walsh, Jacques Tourneur, George Sidney o Henry Hathaway, conseguían que nos lo pasáramos como los enanos que éramos. Con el tiempo llegarían otros géneros, otras literaturas y otros cineastas, pero también la certeza, tras múltiples visitas, de que esas obras que disfrutábamos de pequeños no sólo eran entretenimientos para niños, sino que también albergaban grandes historias, maravillosos personajes y el mejor cine.

        De las películas de aventuras que realizó Hathaway, La rosa negra (The black rose) es la que más me gusta, y, a pesar de no gozar del prestigio de otras, es también una de mis preferidas del género. Los conflictos entre sajones y normandos en la Inglaterra de la Edad Media, las diferencias con la avanzada cultura de la época en Asia, la fotografía de Jack Cardiff, romances, batallas, torneos, un Tyrone Power como pez en el agua y un Orson Welles que seguramente se lo pasó en grande disfrazándose y maquillándose para dar vida al jefe mongol (además de cobrando para dar a luz sus propios proyectos), hacen de esta película un espectáculo con el que disfrutar una y otra vez. 

        Supongo que sería mucho pedir que en los colegios se les pasaran a los niños películas como ésta, o que se les comenzara a enseñar literatura con Los tres mosqueteros o La isla del tesoro (aunque no sean novelas españolas) en lugar de obligarles a leer mamotretos como El libro de Buen Amor o el Cantar de Mío Cid, pero quizá se lograría con ello que el mero hecho de ver una película sin efectos especiales o de leer más de dos frases seguidas no les produjera retortijones.

             Editada en DVD por Fox.

El mejor cine de Sydney Pollack: LAS AVENTURAS DE JEREMIAH JOHNSON (1972) / YAKUZA (1975)

192497_1020_aA punto de terminar la década de los 60 Sydney Pollack dirigió Danzad, danzad, malditos (They shoot horses, don´t they?, 1969), su primera gran película, basada en una magnífica novela de Horace McCoy, publicada en España con el título ¿Acaso no matan a los caballos? Pocos años más tarde, el cineasta norteamericano realizaría las que me parecen, de largo, sus dos obras maestras, dos films que, en una época de profundos cambios en el cine de Hollywood, aún conservan el aroma del cine clásico, algo que, en el fondo, Pollack mantuvo, con mayor o menor acierto, durante toda su filmografía.

En Las aventuras de Jeremiah Johnson (Jeremiah Johnson), con un soberbio guión de John Milius y Edward Anhald, Pollack nos narra la historia de un hombre -interpretado por Robert Redford- que huye de la naciente civilización hacia las montañas para vivir en soledad, enfrentándose al frío, la nieve y los indios. Con un empleo magistral del scope (p.e. el encuadre de la cruz en la tumba, Jeremiah Johnson, y la mujer que ha enloquecido tras el ataque de los indios), Pollack demuestra que siendo un buen narrador puedes moverte en cualquier género (cómo evoluciona la relación entre Johnson, la india con la que es obligado a casarse, y el niño huérfano que ha perdido el habla, sólo a base de miradas, hasta el momento en que vuelve a quedarse solo), y consigue uno de esos westerns sin fisuras que se nos acaban sin darnos cuenta.

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yakusaYakuza (The Yakuza), con otro fantástico guión, firmado por los también directores Paul Schrader -admirador del cine japonés y autor de uno de los estudios más conocidos sobre el cineasta Yasujiro Ozu- y Robert Towne, y con Robert Mitchum en uno de sus últimos grandes papeles, es una historia de honor, deber, renuncia y soledad con el marco de la mafia japonesa como telón de fondo, en la que el tratamiento de los personajes y de la violencia bebe tanto del cine clásico americano como del japonés (en el fondo, directores como Ford o Mizoguchi hablaban idiomas parecidos). La larga escena de la última lucha, impresionante, recuerda el final de la película Harakiri (Seppuku, 1962), una de las mejores obras de Masaki Kobayashi, y no me extrañaría su influencia en la sobrevalorada Kill Bill (2003/2004) de Quentin Tarantino.

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     Editadas en DVD por Warner.

MOONFLEET de John Meade Falkner / HURACÁN EN JAMAICA de Richard Hughes

Robert Louis Stevenson ya había logrado una obra fundamental del género de aventuras y dmoonfleet-i0n209352e iniciación narrándonos las andanzas de John Silver y del pequeño caballero Jim Hawkins en La isla del tesoro (Treasure island, 1883). Años más tarde otras dos novelas, mucho menos conocidas que la del escritor escocés pero con poco que envidiarle, nos devolvieron lo mejor del género, y ambas también con niño a bordo.

        Heredera directa de la creación de Stevenson es Moonfleet (1898), obra del poco prolífico autor inglés John Meade Falkner (no confundir con el norteamericano Faulkner, perdón por la aclaraciómoonfleet1n) que en su primera edición española se tituló El diamante. En ella John Trenchard nos cuenta, con la nostalgia del que sabe que algo es irrecuperable, la parte de su infancia que pasó junto a Elzevir, dueño de la posada de  Moonfleet y contrabandista, quien se convierte en su padre adoptivo, su amigo y su maestro, le enseña los valores en los que cree, le guía hacia la edad adulta a través de aventuras y peligros y, finalmente, le salva la vida a costa de la suya.

        En 1955 se estrenó la adaptación homónima al cine (en España se tituló Los contrabandistas de Moonfleet, y continúa sin estar disponible en dvd), dirigida por Fritz Lang, quien consiguió realizarimagen una de sus mejores películas, una obra maestra con uno de los más ambiguos y hermosos planos finales que nos haya dejado el cine.

        De 1929 data Huracán en Jamaica (A high wind in Jamaica), escrita por el también inglés Richard Hughes. Disfrazada de novela de aventuras, la historia del capitán Jonsen y su tripulación, de la pequeña Emily y los demás niños  que se encuentran en el barco que abordan, deriva, gracias a un crimen absurdo por el que son condenados injustamente los piratas, en una de las grandes obras sobre la maldad inconscvientoenlasvelasciente de la infancia, sobre la pérdida de la inocencia y la entrada en el mundo de los adultos, dentro de una sociedad naciente en la que los piratas y la aventura ya han perdido su lugar.

        Alexander Mackendrick, director hoy no demasiado recordado pero que ya nos había regalado joyas como El quinteto de la muerte (The ladykillers, 1955)- objeto de un infumable remake cortesía de los hermanos Cohen-, y Chantaje en Broadway (Sweet smell of success, 1957), trasladó a imágenes la novela de Hughes en Viento en las velas (High wind in Jamaica, 1965), logrando una bella y terrible obra de arte.

 Moonfleet, publicada por Ed. Anaya, traducción de Ramón García Fernández.

 Huracán en Jamaica, publicada por Alba Editorial, traducción de Amado Diéguez.

EL VIENTO Y EL LEÓN (1975) de John Milius

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De 1975 datan las dos últimas obras maestras del cine de aventuras: la muy conocida, quizás gracias a su director, El hombre que pudo reinar (The man who would be king), adaptación del relato homónimo de Rudyard Kipling, dirigida por John Huston, y la menos popular El viento y el león (The wind and the lion), escrita y dirigida por John Milius, quien probablemente sea más famoso por trasladar el personaje de Conan el bárbaro al cine y por firmar el guión de Apocalipse now (1979), de Coppola -film que, por otro lado, mejoró mucho cuando lo apellidaron Redux.

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Historia de piratas en el desierto (en los años cuarenta podía haber tenido como marco el océano y como director a Raoul Walsh o Michael Curtiz), la película de Milius, ambientada en el conflicto entre Tánger y Washington de principios del siglo XX, refleja ante todo la nostalgia por una época que desaparece- mostrada a través de los ojos de un niño que vive las luchas de sus mayores como la gran aventura de su vida-, y el comienzo de otra en la que el viento y su política barren al león y sus viejas costumbres.

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Film esencialmente crepuscular, no resulta difícil relacionarlo con determinados westerns, y especialmente con El hombre que mató a Liberty Valance (The man who shot Liberty Valance,1962), de John Ford, donde los políticos y las leyes escritas vienen a sustituir a la natural “ley del oeste”. Por otra parte, y como curiosidad, compárese la escena en que van a liberar al personaje protagonista, interpretado por Sean Connery, con el momento en que se disponen a rescatar al mejicano Angel en otra obra maestra del western, Grupo Salvaje (The wild bunch,1969), de Sam Peckinpah, prólogo a la mayor ensalada de tiros y hemoglobina de la historia (del cine).

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El relato que de sus desventuras realiza Peachey Carnehan (Michael Caine) al final de la película de Huston, y la silueta del jefe de los bereberes a caballo preguntando a uno de sus hombres: “-¿No hay nada en tu vida por lo que merezca la pena perderlo todo?”, cerrando el film de Milius, representan los últimos coletazos del cine de aventuras clásico. Si antiguamente el género se utilizaba como envoltorio para contar buenas historias en las que lo esencial eran los personajes, las batallitas en las galaxias y las búsquedas de arcas y griales se encargaron de darle la vuelta a la tortilla, utilizando un argumento como excusa para la acumulación de explosiones,batallas,persecuciones y efectos especiales, lo cual, a estas alturas de la película, podría considerarse ya como un nuevo género.

Editada en DVD por Columbia.