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THE FACE BEHIND THE MASK (1941) de Robert Florey

Un ingenuo emigrante húngaro llamado Janos Szabo (Peter Lorre) desembarca en New York dispuesto a labrarse un porvenir en la tierra de las oportunidades. Durante su primera noche en la ciudad, un incendio en la pensión donde se aloja le causa graves quemaduras que le desfiguran el rostro, lo que provoca que nadie le dé trabajo. La última salida que le queda es unirse a una banda de delincuentes de la que pronto se convierte en jefe, lo que le proporciona los medios económicos para que un cirujano le fabrique una máscara con los rasgos de su propio rostro. Tiempo después, al encontrar el amor en la persona de una chica ciega y solitaria (Evelyn Keyes), decide abandonar a sus compinches, pero estos sospechan que los va a entregar a la policía y le colocan una bomba en el coche, con tan mala pata que solo consiguen matar a la chica. Entonces Janos idea un plan para vengarse que incluye acabar con su propia vida.

Que semejante dislate llegara a filmarse solo es comprensible dentro de los parámetros de la serie B, espacio de poco dinero y, a menudo, talento de sobra y suficiente libertad creativa como para sacar piedras preciosas de la basura o, al menos, para convertir una historia disparatada y hasta ridícula en una buena e incluso, por momentos, fascinante película. Esto es lo que consigue el olvidado pero estupendo cineasta Robert Florey en colaboración con el gran director de fotografía Franz Planer y el como pocas veces imprescindible Peter Lorre, emigrantes europeos los tres, en The Face Behind the Mask.

Poco más de una hora trepidante que, amparándose en las sombras y en un personaje propios del cine y la literatura de misterio europeos, bebe del naturalismo -contrario precisamente al American Dream que persigue Janos- y que presenta como motor narrativo el fatum que en los siguientes años será elemento ineludible en las grandes obras del cine negro, de las que el film de Florey podría considerarse un precedente. El pobre Janos -creo que sin la presencia de Peter Lorre la película habría sido otra o, directamente, imposible de llevar a cabo- se ve envuelto en una espiral de casualidades que, pese a sus esfuerzos, echará por tierra sus deseos de ser feliz y le guiará hacia un final inevitablemente trágico, hacia una secuencia en el desierto tan imposible como el resto del film pero igual de milagrosamente memorable.

 

En recuerdo de Alber Finney (1): ASESINATO EN EL ORIENT EXPRESS (1974) de Sidney Lumet

Para despedir al recientemente fallecido Albert Finney, uno de los gigantes británicos de la interpretación tanto sobre los escenarios como ante las cámaras, en lugar de recurrir a las que me parecen las dos mejores películas en las que participó, Dos en la carretera (Two for the Road, 1967), de Stanley Donen, y Muerte entre las flores (Miller’s Crossing, 1990), de Joel Coen, he preferido echar mano de las dos primeras interpretaciones suyas que recuerdo haber visto, que me parecieron impresionantes entonces y me lo siguen pareciendo y que ejemplifican a la perfección el tipo de actor que era.

La primera de esas interpretaciones es la de Hercule Poirot en la magnífica Asesinato en el Orient Express (Murder on the Orient Express), de Sidney Lumet, la segunda mejor adaptación al cine de Agatha Christie, solo por detrás, faltaría más, de Testigo de cargo (Witness for the Prosecution, 1957), de Billy Wilder. Ni que decir tiene que el Poirot de Finney está muy por encima del que encarnó Peter Ustinov -quien, al parecer, se hizo cargo del personaje tras la negativa de Finney a seguir con él- y a galaxias de distancia del que en 2017 perpetró el insufrible Kenneth Branagh en aquel churro dirigido (es un decir) por él mismo.

Inspirándose en las interpretaciones de Charles Laughton, uno de sus maestros, Finney da vida a un Poirot único e intransferible, histriónico, exagerado, con aires de elegante Charlot, extravagante en su indumentaria y en su forma de expresarse, casi un patito feo del que los demás se mofan hasta que la cosa se pone seria y saca a pasear sus células grises. De él dijo la propia Agatha Christie, por si hacía falta, que era el mejor Poirot que había visto; quizá a sus compañeros de reparto, grandes actores y actrices casi todos, no les entusiasmó tanto, al ser absolutamente eclipsados en cada escena que compartían con la estrella de la función.

Prohibido, como pocas veces, no escuchar su voz original.

 

 

 

 

MEURTRE EN 45 TOURS (1960) de Étienne Périer

Quien haya leído Las diabólicas (Celle qui n’était plus, 1952) o De entre los muertos (D’entre les morts, 1954), o haya visto las respectivas adaptaciones al cine de Clouzot y de Hitchcock, ya sabrá que las historias escritas por Pierre Boileau y Thomas Narcejac nos aseguran entretenimiento, sorpresas constantes, misterio, asesinatos y, a menudo, la presencia de algún supuesto difunto que en lugar de descansar tranquilamente se empeña en seguir amargando la vida a los vivos. Pues todos esos elementos los volvemos a encontrar en la muy desconocida película de Étienne Périer Meurtre en 45 tours, adaptación de la novela À coeur perdu (1959).

Su argumento gira en torno a un triángulo amoroso compuesto por un famoso compositor de canciones (Jean Servais), su esposa e intérprete de sus éxitos (Danielle Darrieux) y el joven amante y pianista de ella (Michel Auclair). El marido, consciente de que lo engañan, juega abiertamente al ratón y al ratón con la pareja de amantes exponiéndoles cínicamente su adulterio y la posibilidad de que lo quieran ver muerto. Poco después, sufre un accidente de carretera y su cadáver, a pesar de que ha quedado terriblemente desfigurado, es reconocido tanto por su mujer como por el dueño de la discográfica, pero les extraña que su inseparable perro, que iba con él en el coche, haya desaparecido. Días más tarde, la viuda recibe una grabación con la última composición de su marido y un mensaje grabado con su voz. Comienzan entonces las sospechas de que en realidad no ha muerto y de que quiere aterrorizarlos y acabar con ellos.

Desgraciadamente, este asesinato a 45 revoluciones no es una obra maestra esperando a ser (re) descubierta -huelga decir que Périer no es ni Clouzot ni, faltaría más, Hitchcock-, ya que tanto a la construcción de los personajes como a la puesta en escena les faltan un par de peldaños para jugar en primera; pero como no solo de obras maestras vive el cinéfilo y las comparaciones, ya se sabe, son odiosas y castradoras, quien se anime a verla se encontrará con las imponentes  presencias de Danielle Darrieux y Jean Servais, con la gran fotografía de Marcel Weiss -magistral, sobre todo, la escena onírica- y, en fin, con un estupendo divertimento, repleto de tensión, pistas falsas y giros de guion que juegan con el espectador tanto como el argumento con sus personajes, merecedor de ser rescatado del olvido.

 

 

LA GARRA ESCARLATA (1944) de Roy William Neill / LA MORTE ROUGE (2006) de Víctor Erice

Entre 1939 y 1944, Basil Rathbone y Nigel Bruce interpretaron, respectivamente, a Sherlock Holmes y al Doctor Watson en catorce películas, casi todas ellas, producidas por la Universal, con una duración de poco más de una hora y dirigidas por Roy William Neill. Mi preferida, con diferencia, es La garra escarlata (The Scarlet Claw), con un estupendo guion que toma prestados a los dos grandes personajes de Arthur Conan Doyle pero que no está basado en ninguna de sus obras.

En un pueblo canadiense cercano a Quebec, llamado La Morte Rouge, los supersticiosos habitantes viven aterrorizados por la presencia de lo que ellos consideran una criatura sobrenatural que ha degollado a varias ovejas, dejando las marcas de algo similar a una garra. Cuando una mujer aparece asesinada de la misma manera, Holmes y Watson, que se encuentran casualmente en Quebec asistiendo a una reunión de la Real Sociedad Canadiense de las Ciencias Ocultas, deciden trasladarse al pueblo para resolver el caso.

Tanto la historia como la inquietante atmósfera (fotografía de George Robinson), más oscuras que en el resto de la serie, ya de entrada nos sitúan prácticamente dentro del género de terror, convirtiéndola en una película mucho menos ligera que sus compañeras, a lo que contribuye la dirección, más tensa y trepidante que nunca, de un Roy William Neill que incluso se lanza a dejar detalles de autor en algunas secuencias. Y como guinda, el mejor malo al que se enfrentó Holmes-Rathbone, un antagonista a la altura del héroe, como mandan los cánones, y que prácticamente se erige en protagonista de la función.

El film de Neill fue el primero que vio un niño llamado Víctor Erice, en el cine Kursaal de San Sebastián. A partir de ese recuerdo, el director vizcaíno, a quien tanto echamos de menos, realizó un pequeño y precioso film que, con ayuda de imágenes de archivo, versa sobre la memoria, la infancia, la pasión por el cine y la relación entre ficción y realidad, que a los ojos de un pequeño espectador se mezclan hasta llegar a confundirse. Temas recurrentes en la, por desgracia, demasiado breve filmografía de Erice y que ya estaban presentes en El espíritu de la colmena (1973) y en El sur (1983), aquellas dos obras maestras que colocaron nuestro cine en los altares.

 

 

 

 

 

EL SABOR DEL MIEDO (1961) de Seth Holt

Penny (Susan Strasberg, hija del director del Actor’s Studio, Lee Strasberg), una joven que tras sufrir un accidente ha quedado paralítica, decide volver a vivir con su padre, al que hace años que no ve, y con su nueva esposa. Al llegar, le dicen que su padre ha tenido que irse unos días de viaje por negocios. Extrañada por la situación y por que su madrastra pase tanto tiempo con el médico de la familia, empieza a sospechar que su padre ha podido ser asesinado.

Aunque no es de las más conocidas, El sabor del miedo (Taste of Fear) es una de mis películas favoritas de la Hammer, una historia de apenas 80 minutos que mantiene en vilo al espectador desde su estupenda escena inicial y que cuenta con las siempre agradecidas presencias de Ann Todd y Christopher Lee. Guion estupendo -aunque bastante manipulador, todo hay que decirlo- de Jimmy Sangster, que con la constante presencia amenazadora del agua como elemento de muerte parece remitirnos al poema de T. S. Eliot Death by Water; fotografía del gran Douglas Slocombe, que brilla especialmente en los momentos más terroríficos, que son unos cuantos, y dirección de un Seth Holt que no se limita a poner la cámara y a darle ritmo a la historia, sino que deja su sello de cineasta en las mejores secuencias del film y que, de propina, nos regala un espectacular homenaje a Charles Laughton y a una de las más inolvidables escenas de su obra maestra La noche del cazador (The Night of the Hunter, 1955).

NUNCA ACEPTES DULCES DE UN EXTRAÑO (1960) de Cyril Frankel

never take sweets from a strangerAdemás de actualizar con unas gotas de sangre y de erotismo los mitos del terror de la Universal, la Hammer produjo unas cuantas películas de misterio nada desdeñables que el paso del tiempo se ha encargado de ocultar tras colmillos rojizos, vendas faraónicas y noches de luna llena.

Nunca aceptes dulces de un extraño (Never Take Candy from a Stranger), adaptación de la obra homónima de Roger Garis, se adentra en un tema tan peliagudo y espinoso como la pederastia y el escándalo que provoca en una pequeña comunidad al contarnos la historia de Jean, una niña de once años que confiesa a sus padres haber sido objeto de abusos sexuales por parte de un anciano que la había atraído ofreciéndole dulces. La familia, recién llegada a la localidad, denuncia el hecho a la policía, pero se encuentra con el rechazo y la oposición de las autoridades y de sus vecinos, ya que el acusado es el patriarca de la familia más popular y poderosa del pueblo.

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La parte central del film, que muestra la lucha de la familia Carter contra la hipocresía local y el simulacro de juicio que se celebra contra el anciano Olderberry, es la menos destacable, con una dirección demasiado convencional y falta de nervio que impide que la película sea aún mejor de lo que es. En cambio, esta levanta el vuelo y de qué manera en las escenas de mayor tensión, en las que la amenaza se cierne sobre la pequeña Jean: el excepcional arranque en el bosque, con ese plano con el columpio en primer término y la silueta de la niña dirigiéndose al caserón, dejando atrás la inocencia; la pesadilla que tiene Jean la noche después del suceso, de la que se despierta gritando en la oscuridad, o el largo fragmento final que transcurre entre el bosque y el embarcadero, realmente excepcional y terrorífico.

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Es en esos momentos -algunos de ellos recordarán al espectador la obra maestra de 1958 titulada El cebo, de Ladislao Vajda- donde la dirección de Cyril Frankel y la fotografía del gran Freddie Francis, que al año siguiente trabajaría con Jack Clayton en esa enormidad que es Suspense (The Innocents, 1961), rayan a gran altura, consiguiendo que el film sea una visita más que recomendable para los amantes del género.

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Editada en DVD por Columbia.