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KAIDAN CHIBUSA ENOKI (1958) de Gorô Kadono

Exceptuando algunas obras de Kaneto Shindô y de Masaki Kobayashi editadas en DVD y, quizá, la seminal Una página de locura (Kurutta ippêji, 1926), de Teinosuke Kinugasa, el cine de terror japonés clásico sigue siendo un perfecto desconocido incluso para los muy aficionados al género y al buen cine en general. Su casi nula presencia en el formato doméstico y la renuncia de la basura de televisión pública que tenemos a emitir, como antaño, buenos ciclos de cine de todo el mundo han reducido la posibilidad de descubrir joyas poco conocidas al buceo, prácticamente a ciegas, en la red, donde con suerte podemos encontrarnos con alguna copia en buen estado y subtitulada en algún idioma que entendamos.

Una de esas muchas películas japonesas de terror más que recomendables es Kaidan chibusa enoki, localizable también con su título inglés Ghost of Chinusa Enoki e incluso con el título en castellano La madre árbol, en referencia al árbol lactante gracias al cual la protagonista puede alimentar a su bebé. Basada en la novela de San’yutei Encho, escritor del siglo XIX, nos cuenta la historia de un joven que convence a un famoso pintor para que lo acepte como aprendiz, con el único propósito de asesinarlo y quedarse con su bella esposa. En su locura, seguirá asesinando a todo aquel que pueda comprometerle, pero las almas de sus víctimas volverán para vengarse

El film de Gorô Kadono, apoyándose en la estupenda fotografía en blanco y negro de Hiroshi Suzuki, nos ofrece un buen número de momentos estremecedores, como la escena en que el cadáver del pintor se hunde, cubierto de serpientes, en el agua al que lo ha arrojado su asesino o la visita nocturna del fantasma a su casa para continuar con la obra que estaba pintando antes de morir. Apenas 48 minutos de erotismo, fantasmas vengativos y pintura -motivos recurrentes del fantástico japonés- que nos recuerdan la facilidad del cine nipón para regalarnos imágenes fascinantes y que el descubrimiento de buenas películas ocultas sigue siendo, por fortuna, una labor inacabable.

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LA CASA DEL HORROR (1927) de Tod Browning / LONDRES DESPUÉS DE MEDIANOCHE de Augusto Cruz

¿Existe aún alguna copia de La casa del horror (London After Midnight)? Esa es la pregunta que historiadores de cine y buscadores de leyendas se hacen todavía, a pesar de que oficialmente desapareció de manera definitiva en el incendio de un almacén de la Metro en 1967, sobre la que pasa por ser la película perdida más importante de la historia y una de las que más misterios ha levantado a su alrededor. Último film protagonizado por el gran Lon Chaney, que interpreta un doble papel de inspector de policía y de vampiro -impresionante su caracterización con capa alada, sombrero de copa y dientes de sierra-, supone además, al parecer, la primera aparición del personaje del vampiro en el cine norteamericano.

Las críticas de la época no la alabaron en exceso ni la consideraron entre los mejores trabajos de Tod Browning, pero lo cierto es que, a pesar de ello, su fama no ha dejado de crecer desde su estreno en 1927, en parte porque los aficionados al género de terror son muy proclives al culto por determinadas películas y en parte por todas las habladurías que se han generado en torno a ella: desde un crimen pasional en 1928 ordenado, según el asesino, por el vampiro protagonista, hasta el rumor de que existe una copia de la que se han organizado pases privados, pasando por la leyenda de que vampiros auténticos trabajaron en la película y por la maldición de que los cines que la proyectaban acababan destruidos por un incendio.

Y entre tanto misterio y a falta de sorpresa en forma de copia milagrosamente salvada, los cinéfilos podemos conformarnos con el montaje de 46′ -el original era de 72′- que la Turner estrenó en 2002 y que está disponible en la red, a base de fotogramas ordenados según el guion y con acompañamiento musical; con el remake sonoro, protagonizado por Bela Lugosi, que el propio Browning dirigió en 1935, La marca del vampiro (Mark of the Vampire) -film que goza de bastante prestigio, aunque a mí no me parece nada del otro jueves-, o con la lectura de la novela Londres después de medianoche (2014), escrita por el mejicano Augusto Cruz.

La ópera prima de Cruz la disfrutarán especialmente los cinéfilos aficionados también al género negro. Con influencias varias -el propio autor ha reconocido la de Dashiell Hammet y la de Ciudadano Kane (Citizen Kane, 1941), de Orson Welles, y la búsqueda de Rosebud-, y una mezcla prácticamente indisoluble de ficción y hechos reales fruto de una profusa investigación, Londres después de medianoche arranca con la entrevista entre Mc Kenzie, antiguo ayudante de J. Edgar Hoover en el FBI, y el famoso historiador cinematográfico y coleccionista Forrest Ackerman -personaje real y uno de los principales admiradores de la película de Browning-, quien quiere contratarlo para que intente encontrar alguna copia de la famosa película. Ritmo trepidante, cultura a raudales y un final sorprendente para una estupenda novela.

Le voy a contar una historia que empezó hace setenta y nueve años, cuando yo acababa de cumplir los once y usted ni siquiera había nacido: la serie de extraños sucesos que han rodeado a Londres después de medianoche, el filme perdido más buscado en la historia del cine.

Se me acusa de haber elevado a Santo Grial 5.692 pies de película de nitrato. De convertirlos, a través de mi revista Famous Monsters of Filmland, en el Necronomicón de nuestros días. De provocar que cientos de adolescentes, como caballeros de la Edad Media en busca de dragones y unicornios, huyeran de sus casas para perseguir con más fe que pruebas científicas esos siete rollos, que, tal como estuvieron por un tiempo las sagradas escrituras del mar Muerto, permanecen ocultos en algún mohoso sótano o protegidos por muerciélagos en un desván lleno de telarañas, en espera de ser recuperados. Pues bien, señor Mc Kenzie, me declaro culpable de todos los cargos.

Publicada por Seix Barral.

¡FELIZ 2018 PARA TODOS!

 

 

 

 

 

LA MÁSCARA DEL DEMONIO (1960) de Mario Bava

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La_maschera_del_demonio_(film_cover)Aunque también realizó películas de aventuras y wésterns, Mario Bava es reconocido principalmente por ser el gran renovador del cine de terror italiano y el iniciador del giallo, subgénero cuya mayor figura será más adelante Dario Argento y que influirá en cineastas como John Carpenter o Brian de Palma y en ese otro subgénero que tantos ríos de tinta y de sangre sigue haciendo correr: el slasher.

Su debut como realizador en solitario, tras haber trabajado como ayudante de Mario Camerini y de Riccardo Freda, fue La máscara del demonio (La maschera del demonio), adaptación del relato de Nicolai Gogol El Viyi, un film aún lejos del giallo que bebe de la tradición del terror europeo, de la brujería, el vampirismo, el romanticismo y el gótico, y que para mí es su obra maestra junto a Las tres caras del miedo (I tre volti della paura, 1963).

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El inicio de la película nos sitúa en la Rusia del siglo XVII. La bruja vampiro Asa (Barbara Steele) y su diabólico amante son condenados a muerte por la Inquisición, presidida por el propio hermano de la muchacha. Antes de morir, Asa jura que volverá para vengarse en los descendientes de su hermano.

Tras este impresionante prólogo, en el que Bava ya nos deslumbra con sus elegantes travellings, sus primeros planos y una fotografía en blanco y negro espectacular creada por él mismo -no en vano comenzó su andadura en el cine como director de fotografía, colaborando con, entre otros, Roberto Rossellini-, la acción nos traslada un par de siglos después, cuando dos médicos de paso por la región descubren la tumba de la bruja y, por culpa de su curiosidad y su torpeza, provocan que vuelva a la vida y se disponga a llevar a cabo su venganza.

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Desde la primera aparición fantasmagórica de Katia (la joven descendiente de Asa, interpretada también por Barbara Steele) entre las ruinas cercanas a la cripta familiar, hasta cualquiera de los planos nocturnos del cementerio entre la niebla o del castillo a la luz de la luna, pasando por esa maravilla cinematográfica que es el paseo de la niña por el bosque durante el que descubre la carroza guiada por el amante resucitado de la bruja, la principal protagonista del film de Bava es la belleza de su estilista puesta en escena, que nos devuelve plano a plano todo aquello que la literatura europea de terror fue capaz de sugerirnos. Quizá -solo quizá- hoy en día no nos provoque demasiado miedo, pero las hermosas imágenes de La máscara del demonio nos demuestran una vez más, por si hiciera falta, que podemos encontrar el mejor cine en cualquier género.

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Editada por Regia Films.

 

 

 

 

LA LEYENDA DE LA CASA DEL INFIERNO (1973) de John Hough

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Dentro del cine de terror, el subgénero “casas encantadas” no nos ha deparado precisamente grandes alegrías, a excepción, desde luego, de la magnífica Al final de la escalera (The Changeling, 1980) de Peter Medak y de la obra maestra Suspense (The Innocents, 1961) de Jack Clayton, aunque no dejan de ser dos ejemplos que se apartan bastante de los esquemas genéricos fijados a lo largo de la historia: familia que busca casa y no cree, pobres tontuelos, en maldiciones/grupete de listillos convencidos de poder vencer a las fuerzas del mal. En relación con el segundo, La mansión encantada (The Haunting, 1963) de Robert Wise, basada en la novela de Shirley Jackson, suele considerarse una película canónica, aunque a mí no acaba de convencerme. En 1999, Jan de Bont realizó La guarida (The Haunting), otra adaptación de la misma novela que da mucho miedo pero de lo mala que es.

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Es probable que el gran Richard Matheson conociera La mansión encantada cuando escribió La casa infernal (Hell House, 1971), ya que las influencias son claras; en cualquier caso, me parece que la adaptación de John Hough según guion del propio Matheson, titulada La leyenda de la casa del infierno (The Legend of Hell House), ha envejecido mucho mejor que el film de Wise y se mantiene todavía, sin ser una obra redonda, como una de las muestras más conseguidas del subgénero.

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Un físico, su esposa y dos médiums (estupendos Roddy McDowall y Pamela Franklin) son contratados por un millonario que acaba de adquirir la mansión Belasco, considerada “el Everest de las casas encantadas”, para que descubran el secreto que alberga y por qué murieron los componentes del anterior grupo que fue a investigarla. Una vez instalados en el tenebroso lugar, un espíritu comenzará a hacerles pasar las de Caín, sobre todo al personaje interpretado por Pamela Franklin, que se pasa la película recibiendo estopa y algo más. Vamos, nada que no sepamos.

Aun así, varios elementos consiguen que el film, visto hoy, siga haciéndonos pasar un rato estupendo: un comienzo que no se anda por las ramas y nos mete rápidamente en harina captando nuestro interés; una extraordinaria ambientación siempre desasosegante; un guion que no abusa del susto fácil y que contiene momentos eróticos menos manidos que los de muchas películas de la Hammer, y una dirección nada acomodada que consigue tensar aún más la atmósfera creada gracias a una barroca planificación en la que abundan los picados y contrapicados, la profundidad de campo y los primeros planos. Quizá al bueno de Hough le dio por emular a Orson Welles, a quien había dirigido en La isla del tesoro (Treasure Island, 1972), uno de los muchos proyectos que Welles quiso llevar a cabo y no pudo. Al final se tuvo que conformar con interpretar a John Silver a las órdenes de otro cineasta.

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Editada por Fox.

Las 100 mejores películas de terror según Cinemanía

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En su número de marzo, la revista Cinemanía nos propone su lista de las 100 mejores películas de terror de todos los tiempos, con la que nos podemos entretener un rato buscando nuestras preferidas y el puesto que ocupan o criticando la inclusión en ella de las que no nos gustan nada. Al fin y al cabo, se hacen sobre todo para eso.

Más allá de que, como a todos, me sobran bastantes de las citadas y me faltan otras tantas, en lo que menos estoy de acuerdo es en que el primer puesto lo ocupe El resplandor (The Shining, 1980) de Stanley Kubrick, una película que no me entusiasma; para mi gusto, ese lugar de honor debería ocuparlo Suspense (The Innocents, 1961) de Jack Clayton, que aquí aparece tan solo en el nº 59.

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A continuación, y a bote pronto, propongo unos cuantos títulos que no están en la lista de Cinemanía y que yo incluiría. Algunos responden simplemente a gustos muy personales; otros me parecen, además, imprescindibles del género.

Por orden cronológico:

La carreta fantasma (1921) de Victor Sjöström.

Yo anduve con un zombie (1943) de Jacques Tourneur.

El retrato de Dorian Gray (1945) de Albert Lewin.

Las diabólicas (1955) de Henri-Georges Clouzot.

Dementia (1955) de John Parker.

La noche del demonio (1957) de Jacques Tourneur.

El fotógrafo del pánico (1960) de Michael Powell.

La máscara del demonio (1960) de Mario Bava.

Ojos sin rostro (1960) de Georges Franju.

El péndulo de la muerte (1961) de Roger Corman.

El carnaval de las almas (1962) de Herk Harvey.

Las tres caras del miedo (1963) de Mario Bava.

Onibaba (1964) de Kaneto Shindô.

El caso de Lucy Harbin (1964) de William Castle.

Frankenstein creó a la mujer (1967) de Terence Fisher.

A las nueve cada noche (1967) de Jack Clayton.

Nervios rotos (1968) de Roy Boulting.

La hora del lobo (1968) de Ingmar Bergman.

El gato negro (1968) de Kaneto Shindô.

La residencia (1969) de Narciso Ibáñez Serrador.

El fantasma del paraíso (1974) de Brian De Palma.

Asesinato por decreto (1979) de Bob Clark.

En compañía de lobos (1984) de Neil Jordan.

Carretera al infierno (1986) de Mark Harmon.

Tras el cristal (1987) de Agustí Villaronga.

Jeepers Creepers (2001) de Victor Salva.

 

 

 

DEMENTIA / DAUGHTER OF HORROR (1955) de John Parker

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De todas las películas distintas, extrañas, sorprendentes que en la historia han sido, sin duda Dementia es una de las que encabezan la lista, y más teniendo en cuenta que estamos ante una película americana de 1955. Fue la única escrita y dirigida por un tal John Parker y, como a menudo sucede, su popularidad es mucho menor que su posible influencia en la filmografía de otros prestigiosos cineastas.

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Sus difíciles primeros pasos ya dan una idea de su rareza para la época: a la primera versión, ya sin diálogos aunque con música y efectos de sonido -la titulada Dementia-, se le cortaron varias escenas, se le añadió la voz de un narrador y se la rebautizó con el título de Daughter of Horror. Al parecer, no fue a verla ni el Tato.

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De apenas una hora de duración, Dementia nos muestra el onírico paseo nocturno de una joven por los bajos fondos de la ciudad, donde se encuentra con los más pesadillescos y estrafalarios personajes. El robo, el crimen, las fantasías sexuales, el sentimiento de culpa, el miedo y, a la vez, la atracción por lo desconocido, se dan la mano en una noche muda de atmósfera expresionista entre el cine negro y el de terror, repleta de libertad creativa y de elementos surrealistas, con la que Freud y Buñuel probablemente se habrían puesto las botas. Y, por qué no, podemos también rastrear en ella cierta influencia del cine de Orson Welles: sus primeros planos, sus picados y contrapicados, la exuberante profundidad de campo en algunas de sus escenas… e incluso el parecido de uno de los personajes con Welles, quizá como pequeño homenaje.

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En cuanto a su influencia posterior, no me parece descabellado apostar por ella en el cine de David Lynch, en el del director canadiense Guy Maddin -otro de los grandes “raros”-, o en la tempranera película de Coppola titulada, curiosamente, Dementia 13 (1963). Y, sobre todo, sería interesante preguntarle a Polanski cuántas veces vio el film de Parker antes de comenzar a rodar Repulsión (Repulsion, 1965).

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Editada en DVD por Art House Media.

 

 

 

MATAR O NO MATAR, ÉSTE ES EL PROBLEMA (1973) de Douglas Hickox

Matar_o_no_matar_este_es_el_problema-224978060-largeAdaptaciones más o menos fieles de sus obras; películas que las incluyen como parte importante de su argumento (ahí están, por ejemplo, dos joyas como Ser o no ser (To Be or Not To Be, 1942) de Lubitsch y Doble vida (A Double Life, 1947) de Cukor); guiones de género que recurren a ellas como disimulada fuente de inspiración… El cine de todas las épocas ha tenido siempre en el teatro de Shakespeare un clavo al que agarrarse, un inagotable seguro de vida al que los guionistas continúan acudiendo.

Una de las más originales y disparatadas películas de las que han recuperado al dramaturgo inglés es Matar o no matar, éste es el problema (Theatre of Blood) de Douglas Hickox, un cineasta cuya filmografía no da motivos, precisamente, para montar una fiesta y que consigue aquí su mejor trabajo, aunque en manos de otro director más avezado la cosa habría dado aún para mucho más.

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La historia que nos cuenta es la de Edward Lionheart (Vincent Price), un veterano actor teatral especializado en Shakespeare que se suicida tras ser injustamente ignorado en la entrega de los premios anuales que conceden los críticos londinenses. Dos años más tarde, esos críticos van apareciendo asesinados, emulando los crímenes de las tragedias shakesperianas.

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El film es una mezcla del género de terror con la comedia negra de trazo grueso, y en ambas líneas nos ofrece momentos estupendos: el primer asesinato, representando la muerte de Julio César; la aparición en un cementerio de un caballo al galope arrastrando el cadáver sanguinolento de uno de los críticos (posiblemente la imagen más perdurable); la divertida escena en que Lionheart/Price se hace pasar por peluquero afeminado para acabar con la única mujer del grupo, o la recreación de una de las muertes de Tito Andrónico, en la que uno de los críticos, amante de la buena mesa, termina siendo obligado a comer hasta ahogarse, y que vete a saber si no la tuvo en cuenta el gran David Fincher para el primero de los crímenes de Seven (1995).

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Sin ser ninguna obra maestra, Matar o no matar… es una rareza ideal para pasar un rato estupendo y una película imprescindible para los fans de un Vincent Price que disfruta como un niño en una juguetería con un papel que guarda bastante parecido con el que interpretó para Robert Fuest en El abominable Doctor Phibes (The Abominable Dr. Phibes, 1971).

Editada en DVD por Metro Goldwyn Mayer.

CARRETERA AL INFIERNO (1986) de Robert Harmon

The-Hitcher-1986-Movie-1Desde que la gran actriz Ida Lupino, en una de sus incursiones al otro lado de la cámara, realizara la innovadora El autoestopista (The Hitch-Hiker, 1953), las carreteras americanas han ido poblándose paulatinamente de tarados dispuestos a amargarle el día al primer incauto que se cruce en su camino, dando lugar a una serie de películas de todo pelaje y condición. Una de las buenas, influida sin duda por el film de Lupino, es Carretera al infierno (The Hitcher) de Robert Harmon.

Aquí son C. Thomas Howell (cuya posterior filmografía es para echarse a temblar) y una principiante Jennifer Jason Leigh las víctimas del retorcido sentido del humor de un Rutger Hauer como pez en el agua dando vida a un asesino que parece surgido de la nada, del que la policía no tiene ningún dato y que se nos presenta más como un personaje de pesadilla que como alguien real, lo cual es aprovechado para hacerle aparecer de la manera más inverosímil en el sitio justo y en el momento preciso: licencias de guión fácilmente perdonables una vez metidos en este tipo de harina.

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Cine de entretenimiento puro y duro estupendamente filmado, con aroma a serie B de pocas pretensiones, la historia de Carretera al infierno va oscilando entre el thriller de acción y persecuciones y el terror, siendo en este segundo género donde consigue sus mejores momentos: la secuencia en que el asesino se cuela en la habitación del motel para raptar a la chica y su posterior e inolvidable desenlace, no apto para espíritus fácilmente impresionables, y sobre todo el excepcional inicio, en el que la figura del autoestopista, recortada bajo la lluvia nocturna, espera pacientemente que alguien lo recoja y comience la pesadilla: una imagen para las antologías del miedo.

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Editada en DVD por Universal.

EL CASO DE LUCY HARBIN (1964) de William Castle

Poniendo en situación al cinéfilo curioso: una Joan Crawford con ojos de cabra loca sorprende a su marido con su amante y, lógicamente, agarra un hacha que estaba a mano y los hace pedacitos ante los infantiles ojos de su hijita. Tras veinte años en un manicomio, se va a vivir a la granja de la hija, quien pretende casarse con un joven ricachón en contra de la voluntad de los padres. Como artistas invitados, el encargado de convertir en comida a los animalitos de la granja (cómo no, con un hacha), un tarado con el careto del gran George Kennedy, y el doctor del manicomio, que casualmente pasaba por ahí. Uno tras otro irán perdiendo, literalmente, la cabeza.

        Con ustedes, William Castle, productor de, entre otras, La semilla del diablo (Rosemary´s Baby, 1968) de Polanski y director especializado en películas de terror y suspense de bajo, o bajísimo, presupuesto, algunas de las cuales han sido objeto del correspondiente remake modernizador. Cineasta de culto, considerado a menudo el Hitchcock de la serie B o incluso Z, su filmografía guarda ciertos paralelismos con la del cineasta inglés, y no sólo por compartir género. Como muestra, ahí está Homicidio (Homicidal, 1961), una especie de extravagante homenaje o vuelta de tuerca a Psicosis (Psycho, 1960). Y sin ir más lejos, en El caso de Lucy Harbin (Strait-Jacket) el guión (o lo que sea) viene firmado por Robert Bloch, autor de la novela en que se basó Psicosis, y la actriz que interpreta a la hija de Joan Crawford es Diane Baker, a la que pudimos ver en Marnie, la ladrona (Marnie), también de 1964.

        La película en cuestión es una de las más atractivas y definitorias del “estilo Castle”: un disparatado argumento en el que poco importan la verosimilitud y la lógica del desarrollo dramático y de los personajes, con momentos absolutamente delirantes como el encuentro entre la Crawford y Kennedy cuando éste se dispone a sacrificar una gallina o la escena en que Lucy, tras tomarse un par de copas, intenta seducir al novio de su hija ante sus propias narices. En resumen, un completo dislate que se disfruta precisamente por su falta de seriedad y que no es más que una excusa, un relleno entre el que se cuelan los cuatro crímenes filmados con mano maestra, cuatro escenas claustrofóbicas repletas de tensión y suspense, extraordinariamente fotografiadas y planificadas, en las que Castle demuestra que era grande a la hora de conseguir lo único que pretendía: asustar durante un rato al respetable.

                        Editada en DVD por Impulso Records.

AL FINAL DE LA ESCALERA (1980) de Peter Medak

Tras volver a comprobar el buen estado de salud de Al final de la escalera (The Changeling) y repasar la filmografía de su director, no es extraño que uno se pregunte si a Peter Medak se le apareció la Virgen o si su talento ha sido desaprovechado en proyectos que no le interesaban demasiado y en los que se limitaba a tirar de oficio y a pasar la minuta. Sea cual sea la respuesta, el caso es que este estupendo film es posiblemente la obra maestra del terrorífico subgénero de las casas encantadas.

        Medak se beneficia de un magnífico guión que nos ofrece una vuelta de tuerca distinta a lo que solemos ver en este tipo de historias, de la presencia de un actorazo como George C. Scott y de una banda sonora que contribuye a la ambientación sin estridencias ni burdos subrayados. Pero además su dirección está repleta de elegancia y sobriedad, sin acumular sustos y efectos facilones que habitualmente enmascaran la pobreza de la historia que nos cuentan o directamente hacen de ella una excusa. Aquí es el desarrollo de la propia historia y los estupendos actores (junto a Scott, Trish Van Devere y el veteranísimo Melvin Douglas) los que se encargan de mantener la tensión y el creciente interés, junto a una cámara que a menudo toma el punto de vista de la casa, ocultándose y observando desde lejos a los personajes y convirtiéndose en uno más, dispuesto a actuar.

        Entre sus puntos débiles, algunos escasos momentos en los que la cámara lenta me parece gratuita y una fotografía con pocos matices, casi más propia de un telefilm. Poco que tenerle en cuenta a una película de culto que poco a poco ha ido abriéndose paso entre las preferencias de los aficionados al género y que afortunadamente aún no ha conocido la típica actualización palomitera.

              Editada en DVD por Universal.