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SHURA (1971) de Toshio Matsumoto

También conocido en el mercado anglosajón por los títulos Demons -que sería, aproximadamente, la traducción del título original- y Pandemonium, el film Shura tiene como protagonista a Gengobe (Katsuo Nakamura), un ronin abandonado a los placeres mundanos mientras espera la orden de reunirse con sus antiguos compañeros para llevar a cabo una venganza. Sin apenas datos al respecto, podemos tomar a Gengobe como uno de los legendarios samuráis de Ako; pero el relato que veremos en pantalla nada tiene que ver con la épica histórica, sino con la tragedia personal del protagonista: una geisha llamada Koman (Yasuko Sanjo), de la que está enamorado, elabora un plan junto a su marido y sus amigos para engañarlo y quedarse con su dinero. Deshonrado y puesto en ridículo, Gengobe se convertirá en un demonio sanguinario que dejará de lado cualquier código para asesinar a quienes han arruinado su vida.

Shura está basada en una obra de Nanboku Tsuruya, y no cuesta nada, de hecho, imaginarse su historia, desarrollada casi exclusivamente en interiores, representada sobre un escenario; aun así, la película de Matsumoto es un gigantesco espectáculo cinematográfico que ni siquiera se ve empañado por el montaje vanguardista de algunos planos, muy típico de los 70, que nada bueno aporta. Durante dos y cuarto, la potencia de sus imágenes, exquisitamente planificadas, nos deja hipnotizados contemplando una sinfonía nocturna de violencia, sangre y horror, adornada con elementos oníricos y fantasmales, que siempre, incluso en sus momentos lindantes con el gore o en sus impactantes primeros planos, está dominada por la elegancia y la belleza.

Buena parte de dicha belleza hay que apuntársela a la fotografía en blanco y negro, con pocos blancos y muchos negros, de Tatsuo Suzuki, que hace más que recomendable el visionado en pantalla grande. La oscuridad ya no es aquí solo un componente estético, sino incluso, como pocas veces, un protagonista fundamental de la película, un símbolo en el que solo cabe ya la muerte, que envuelve a unos personajes abandonados para siempre por la luz y del que surgen como trágicos fantasmas shakespearianos dominados por la venganza, el deseo, el engaño o la ambición. Y es que mucho hay del teatro de Shakespeare en esta maravilla del cine inexplicablemente poco conocida.

 

 

 

 

 

 

 

 

TRAS EL CRISTAL (1986) de Agustí Villaronga

Hace un par de noches vi por segunda vez Tras el cristal. De la primera han pasado más de veinte años, y lo primero que uno piensa al volver a verla, conociendo la tremenda polémica que suscitó en su momento y los problemas que tuvo para llegar a buen puerto en la década de los 80, es si en esta época actual de supina gilipollez el proyecto podría haber salido adelante. Quién sabe. Pero más allá de discusiones éticas sobre su contenido, que poco tienen que ver con el arte, de lo que no me cabe duda es de que sigue siendo la misma estupenda película que vi entonces, de que sus imágenes continúan destilando buen cine por los cuatro costados.

La historia que nos cuenta el film, por si alguien aún no la conoce, gira en torno al doctor Klaus (Gunter Meisner), un médico nazi que realizaba experimentos con niños de los que abusaba sexualmente. Tras un intento de suicidio, se ve obligado a permanecer conectado a un pulmón de acero, bajo los cuidados de su esposa Griselda (Marisa Paredes) y de su hija Rena (Gisela Echevarría). Un día, aparece en la casa un extraño joven llamado Ángelo (David Sust) -personaje que se me antoja casi viscontiniano-, que se ofrece para cuidar al doctor. Pronto sabremos que el muchacho fue una de las víctimas de Klaus y que está dispuesto a ocupar su lugar para revivir las atrocidades que experimentó siendo niño.

Tras el cristal es el primer largometraje de Agustí Villaronga, pero en él ya están presentes, como suele ocurrir en el caso de los verdaderos autores, algunas de las constantes de buena parte de su filmografía: los traumas que causa en la infancia la violencia ejercida por los adultos -tema que quizá en parte le llegue al cineasta por medio de la referencial El fotógrafo del pánico (Peeping Tom, 1960), de Michael Powell, y que estará también presente en otras dos grandes películas suyas como son El mar (2000) y Pa negre (2010)-, generadora a su vez de más violencia y de atracción por el mal, y la preocupación por la exquisitez formal, por la elegancia de una puesta en escena que embellezca y a la vez potencie los elementos perturbadores de su cine. Como ejemplo mayor de este segundo aspecto, la larga secuencia del asesinato de Griselda, una maravilla de planificación, tensión y suspense que muestra, en mi opinión, la influencia del cine de Hitchcock -pienso, sobre todo, en Crimen perfecto (Dial M for Murder, 1954)- y del mejor giallo.

Seguramente Tras el cristal no sea una obra maestra porque, como la mayoría de óperas primas por buenas que sean, no llega a ser tan redonda en su conjunto como lo son sus mejores momentos; pero aun así queda como una de las películas más valientes y desasosegantes de una cinematografía que no anda sobrada de joyas del género y como el primer triunfo en la carrera de uno de nuestros más brillantes cineastas, de un artista con un mundo propio y una manera de plasmarlo en la pantalla perfectamente reconocibles.

 

 

 

 

 

 

 

DRÁCULA (1979) de John Badham

Exceptuando el Nosferatu (Nosferatu, eine Symphonie des Grauens, 1922) de Murnau, mi adaptación al cine preferida de las andanzas del chupasangre creado por Bram Stoker es el Drácula (Dracula) de John Badham, a pesar de que elimina una de mis partes preferidas de la historia, la que le sirve de prólogo y que narra la visita de Jonathan Harker al castillo del conde. Inspirada, como la versión de Tod Browning de 1931, más en la obra de teatro escrita por Hamilton Deane en 1921 y revisada por John L. Balderston en 1927 que directamente en la novela, se aleja completamente de la visión del personaje ofrecida por la Hammer y supone un claro precedente y referente de la de Coppola.

En toda la extensión del término, el film de Badham probablemente sea el más romántico de todo el ciclo vampírico. Por un lado, la iconografía y la atmósfera propias del Romanticismo están presentes a lo largo y ancho de la película y son parte primordial de la visión adoptada de la historia; por otro, más allá del elemento terrorífico, aquí prima la historia de amor entre Lucy (Kate Nelligan) -de manera caprichosa, los nombres de los personajes femeninos, Lucy y Mina, están intercambiados con respecto a la novela y a otras versiones- y el conde (Frank Langella), personaje retratado de manera mucho menos monstruosa que en otras ocasiones y al que la propia Lucy llega a definir como “el más solo y cariñoso de los hombres”. En este aspecto, destaca tanto la arriesgada puesta en escena de Badham, con momentos casi oníricos como la cena de los dos enamorados en la residencia del conde o el plano teñido de rojo pasión y sangre en el que consuman su amor, como la estupenda música de John Williams, uno de sus mejores trabajos en mi opinión.

Pero, lógicamente, la película no se olvida del género al que pertenece y nos ofrece también varios fragmentos magníficos de puro terror, desde sus primeras imágenes, que muestran la llegada a la costa inglesa del barco que transporta a Drácula y el salvaje asesinato de la tripulación, pasando por la secuencia en que una Mina ya poseída atraviesa una de las ventanas del sanatorio mental tras asesinar al bebé de una de las enfermas y la que nos muestra el enfrentamiento con su padre, el profesor Van Helsing (Laurence Olivier), hasta el formidable y sorprendente final, posiblemente el más poético y ambiguo de todas las versiones y el momento más singular de una adaptación del mito hoy demasiado olvidada y que quizá habría sido aún mejor filmada en blanco y negro, como tenía previsto originalmente Badham.

 

 

 

 

KAIDAN CHIBUSA ENOKI (1958) de Gorô Kadono

Exceptuando algunas obras de Kaneto Shindô y de Masaki Kobayashi editadas en DVD y, quizá, la seminal Una página de locura (Kurutta ippêji, 1926), de Teinosuke Kinugasa, el cine de terror japonés clásico sigue siendo un perfecto desconocido incluso para los muy aficionados al género y al buen cine en general. Su casi nula presencia en el formato doméstico y la renuncia de la basura de televisión pública que tenemos a emitir, como antaño, buenos ciclos de cine de todo el mundo han reducido la posibilidad de descubrir joyas poco conocidas al buceo, prácticamente a ciegas, en la red, donde con suerte podemos encontrarnos con alguna copia en buen estado y subtitulada en algún idioma que entendamos.

Una de esas muchas películas japonesas de terror más que recomendables es Kaidan chibusa enoki, localizable también con su título inglés Ghost of Chinusa Enoki e incluso con el título en castellano La madre árbol, en referencia al árbol lactante gracias al cual la protagonista puede alimentar a su bebé. Basada en la novela de San’yutei Encho, escritor del siglo XIX, nos cuenta la historia de un joven que convence a un famoso pintor para que lo acepte como aprendiz, con el único propósito de asesinarlo y quedarse con su bella esposa. En su locura, seguirá asesinando a todo aquel que pueda comprometerle, pero las almas de sus víctimas volverán para vengarse

El film de Gorô Kadono, apoyándose en la estupenda fotografía en blanco y negro de Hiroshi Suzuki, nos ofrece un buen número de momentos estremecedores, como la escena en que el cadáver del pintor se hunde, cubierto de serpientes, en el agua al que lo ha arrojado su asesino o la visita nocturna del fantasma a su casa para continuar con la obra que estaba pintando antes de morir. Apenas 48 minutos de erotismo, fantasmas vengativos y pintura -motivos recurrentes del fantástico japonés- que nos recuerdan la facilidad del cine nipón para regalarnos imágenes fascinantes y que el descubrimiento de buenas películas ocultas sigue siendo, por fortuna, una labor inacabable.

LA CASA DEL HORROR (1927) de Tod Browning / LONDRES DESPUÉS DE MEDIANOCHE de Augusto Cruz

¿Existe aún alguna copia de La casa del horror (London After Midnight)? Esa es la pregunta que historiadores de cine y buscadores de leyendas se hacen todavía, a pesar de que oficialmente desapareció de manera definitiva en el incendio de un almacén de la Metro en 1967, sobre la que pasa por ser la película perdida más importante de la historia y una de las que más misterios ha levantado a su alrededor. Último film protagonizado por el gran Lon Chaney, que interpreta un doble papel de inspector de policía y de vampiro -impresionante su caracterización con capa alada, sombrero de copa y dientes de sierra-, supone además, al parecer, la primera aparición del personaje del vampiro en el cine norteamericano.

Las críticas de la época no la alabaron en exceso ni la consideraron entre los mejores trabajos de Tod Browning, pero lo cierto es que, a pesar de ello, su fama no ha dejado de crecer desde su estreno en 1927, en parte porque los aficionados al género de terror son muy proclives al culto por determinadas películas y en parte por todas las habladurías que se han generado en torno a ella: desde un crimen pasional en 1928 ordenado, según el asesino, por el vampiro protagonista, hasta el rumor de que existe una copia de la que se han organizado pases privados, pasando por la leyenda de que vampiros auténticos trabajaron en la película y por la maldición de que los cines que la proyectaban acababan destruidos por un incendio.

Y entre tanto misterio y a falta de sorpresa en forma de copia milagrosamente salvada, los cinéfilos podemos conformarnos con el montaje de 46′ -el original era de 72′- que la Turner estrenó en 2002 y que está disponible en la red, a base de fotogramas ordenados según el guion y con acompañamiento musical; con el remake sonoro, protagonizado por Bela Lugosi, que el propio Browning dirigió en 1935, La marca del vampiro (Mark of the Vampire) -film que goza de bastante prestigio, aunque a mí no me parece nada del otro jueves-, o con la lectura de la novela Londres después de medianoche (2014), escrita por el mejicano Augusto Cruz.

La ópera prima de Cruz la disfrutarán especialmente los cinéfilos aficionados también al género negro. Con influencias varias -el propio autor ha reconocido la de Dashiell Hammet y la de Ciudadano Kane (Citizen Kane, 1941), de Orson Welles, y la búsqueda de Rosebud-, y una mezcla prácticamente indisoluble de ficción y hechos reales fruto de una profusa investigación, Londres después de medianoche arranca con la entrevista entre Mc Kenzie, antiguo ayudante de J. Edgar Hoover en el FBI, y el famoso historiador cinematográfico y coleccionista Forrest Ackerman -personaje real y uno de los principales admiradores de la película de Browning-, quien quiere contratarlo para que intente encontrar alguna copia de la famosa película. Ritmo trepidante, cultura a raudales y un final sorprendente para una estupenda novela.

Le voy a contar una historia que empezó hace setenta y nueve años, cuando yo acababa de cumplir los once y usted ni siquiera había nacido: la serie de extraños sucesos que han rodeado a Londres después de medianoche, el filme perdido más buscado en la historia del cine.

Se me acusa de haber elevado a Santo Grial 5.692 pies de película de nitrato. De convertirlos, a través de mi revista Famous Monsters of Filmland, en el Necronomicón de nuestros días. De provocar que cientos de adolescentes, como caballeros de la Edad Media en busca de dragones y unicornios, huyeran de sus casas para perseguir con más fe que pruebas científicas esos siete rollos, que, tal como estuvieron por un tiempo las sagradas escrituras del mar Muerto, permanecen ocultos en algún mohoso sótano o protegidos por muerciélagos en un desván lleno de telarañas, en espera de ser recuperados. Pues bien, señor Mc Kenzie, me declaro culpable de todos los cargos.

Publicada por Seix Barral.

¡FELIZ 2018 PARA TODOS!

 

 

 

 

 

LA MÁSCARA DEL DEMONIO (1960) de Mario Bava

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La_maschera_del_demonio_(film_cover)Aunque también realizó películas de aventuras y wésterns, Mario Bava es reconocido principalmente por ser el gran renovador del cine de terror italiano y el iniciador del giallo, subgénero cuya mayor figura será más adelante Dario Argento y que influirá en cineastas como John Carpenter o Brian de Palma y en ese otro subgénero que tantos ríos de tinta y de sangre sigue haciendo correr: el slasher.

Su debut como realizador en solitario, tras haber trabajado como ayudante de Mario Camerini y de Riccardo Freda, fue La máscara del demonio (La maschera del demonio), adaptación del relato de Nicolai Gogol El Viyi, un film aún lejos del giallo que bebe de la tradición del terror europeo, de la brujería, el vampirismo, el romanticismo y el gótico, y que para mí es su obra maestra junto a Las tres caras del miedo (I tre volti della paura, 1963).

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El inicio de la película nos sitúa en la Rusia del siglo XVII. La bruja vampiro Asa (Barbara Steele) y su diabólico amante son condenados a muerte por la Inquisición, presidida por el propio hermano de la muchacha. Antes de morir, Asa jura que volverá para vengarse en los descendientes de su hermano.

Tras este impresionante prólogo, en el que Bava ya nos deslumbra con sus elegantes travellings, sus primeros planos y una fotografía en blanco y negro espectacular creada por él mismo -no en vano comenzó su andadura en el cine como director de fotografía, colaborando con, entre otros, Roberto Rossellini-, la acción nos traslada un par de siglos después, cuando dos médicos de paso por la región descubren la tumba de la bruja y, por culpa de su curiosidad y su torpeza, provocan que vuelva a la vida y se disponga a llevar a cabo su venganza.

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Desde la primera aparición fantasmagórica de Katia (la joven descendiente de Asa, interpretada también por Barbara Steele) entre las ruinas cercanas a la cripta familiar, hasta cualquiera de los planos nocturnos del cementerio entre la niebla o del castillo a la luz de la luna, pasando por esa maravilla cinematográfica que es el paseo de la niña por el bosque durante el que descubre la carroza guiada por el amante resucitado de la bruja, la principal protagonista del film de Bava es la belleza de su estilista puesta en escena, que nos devuelve plano a plano todo aquello que la literatura europea de terror fue capaz de sugerirnos. Quizá -solo quizá- hoy en día no nos provoque demasiado miedo, pero las hermosas imágenes de La máscara del demonio nos demuestran una vez más, por si hiciera falta, que podemos encontrar el mejor cine en cualquier género.

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Editada por Regia Films.

 

 

 

 

LA LEYENDA DE LA CASA DEL INFIERNO (1973) de John Hough

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Dentro del cine de terror, el subgénero “casas encantadas” no nos ha deparado precisamente grandes alegrías, a excepción, desde luego, de la magnífica Al final de la escalera (The Changeling, 1980) de Peter Medak y de la obra maestra Suspense (The Innocents, 1961) de Jack Clayton, aunque no dejan de ser dos ejemplos que se apartan bastante de los esquemas genéricos fijados a lo largo de la historia: familia que busca casa y no cree, pobres tontuelos, en maldiciones/grupete de listillos convencidos de poder vencer a las fuerzas del mal. En relación con el segundo, La mansión encantada (The Haunting, 1963) de Robert Wise, basada en la novela de Shirley Jackson, suele considerarse una película canónica, aunque a mí no acaba de convencerme. En 1999, Jan de Bont realizó La guarida (The Haunting), otra adaptación de la misma novela que da mucho miedo pero de lo mala que es.

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Es probable que el gran Richard Matheson conociera La mansión encantada cuando escribió La casa infernal (Hell House, 1971), ya que las influencias son claras; en cualquier caso, me parece que la adaptación de John Hough según guion del propio Matheson, titulada La leyenda de la casa del infierno (The Legend of Hell House), ha envejecido mucho mejor que el film de Wise y se mantiene todavía, sin ser una obra redonda, como una de las muestras más conseguidas del subgénero.

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Un físico, su esposa y dos médiums (estupendos Roddy McDowall y Pamela Franklin) son contratados por un millonario que acaba de adquirir la mansión Belasco, considerada “el Everest de las casas encantadas”, para que descubran el secreto que alberga y por qué murieron los componentes del anterior grupo que fue a investigarla. Una vez instalados en el tenebroso lugar, un espíritu comenzará a hacerles pasar las de Caín, sobre todo al personaje interpretado por Pamela Franklin, que se pasa la película recibiendo estopa y algo más. Vamos, nada que no sepamos.

Aun así, varios elementos consiguen que el film, visto hoy, siga haciéndonos pasar un rato estupendo: un comienzo que no se anda por las ramas y nos mete rápidamente en harina captando nuestro interés; una extraordinaria ambientación siempre desasosegante; un guion que no abusa del susto fácil y que contiene momentos eróticos menos manidos que los de muchas películas de la Hammer, y una dirección nada acomodada que consigue tensar aún más la atmósfera creada gracias a una barroca planificación en la que abundan los picados y contrapicados, la profundidad de campo y los primeros planos. Quizá al bueno de Hough le dio por emular a Orson Welles, a quien había dirigido en La isla del tesoro (Treasure Island, 1972), uno de los muchos proyectos que Welles quiso llevar a cabo y no pudo. Al final se tuvo que conformar con interpretar a John Silver a las órdenes de otro cineasta.

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Editada por Fox.

Las 100 mejores películas de terror según Cinemanía

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En su número de marzo, la revista Cinemanía nos propone su lista de las 100 mejores películas de terror de todos los tiempos, con la que nos podemos entretener un rato buscando nuestras preferidas y el puesto que ocupan o criticando la inclusión en ella de las que no nos gustan nada. Al fin y al cabo, se hacen sobre todo para eso.

Más allá de que, como a todos, me sobran bastantes de las citadas y me faltan otras tantas, en lo que menos estoy de acuerdo es en que el primer puesto lo ocupe El resplandor (The Shining, 1980) de Stanley Kubrick, una película que no me entusiasma; para mi gusto, ese lugar de honor debería ocuparlo Suspense (The Innocents, 1961) de Jack Clayton, que aquí aparece tan solo en el nº 59.

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A continuación, y a bote pronto, propongo unos cuantos títulos que no están en la lista de Cinemanía y que yo incluiría. Algunos responden simplemente a gustos muy personales; otros me parecen, además, imprescindibles del género.

Por orden cronológico:

La carreta fantasma (1921) de Victor Sjöström.

Yo anduve con un zombie (1943) de Jacques Tourneur.

El retrato de Dorian Gray (1945) de Albert Lewin.

Las diabólicas (1955) de Henri-Georges Clouzot.

Dementia (1955) de John Parker.

La noche del demonio (1957) de Jacques Tourneur.

El fotógrafo del pánico (1960) de Michael Powell.

La máscara del demonio (1960) de Mario Bava.

Ojos sin rostro (1960) de Georges Franju.

El péndulo de la muerte (1961) de Roger Corman.

El carnaval de las almas (1962) de Herk Harvey.

Las tres caras del miedo (1963) de Mario Bava.

Onibaba (1964) de Kaneto Shindô.

El caso de Lucy Harbin (1964) de William Castle.

Frankenstein creó a la mujer (1967) de Terence Fisher.

A las nueve cada noche (1967) de Jack Clayton.

Nervios rotos (1968) de Roy Boulting.

La hora del lobo (1968) de Ingmar Bergman.

El gato negro (1968) de Kaneto Shindô.

La residencia (1969) de Narciso Ibáñez Serrador.

El fantasma del paraíso (1974) de Brian De Palma.

Asesinato por decreto (1979) de Bob Clark.

En compañía de lobos (1984) de Neil Jordan.

Carretera al infierno (1986) de Mark Harmon.

Tras el cristal (1987) de Agustí Villaronga.

Jeepers Creepers (2001) de Victor Salva.

 

 

 

DEMENTIA / DAUGHTER OF HORROR (1955) de John Parker

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De todas las películas distintas, extrañas, sorprendentes que en la historia han sido, sin duda Dementia es una de las que encabezan la lista, y más teniendo en cuenta que estamos ante una película americana de 1955. Fue la única escrita y dirigida por un tal John Parker y, como a menudo sucede, su popularidad es mucho menor que su posible influencia en la filmografía de otros prestigiosos cineastas.

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Sus difíciles primeros pasos ya dan una idea de su rareza para la época: a la primera versión, ya sin diálogos aunque con música y efectos de sonido -la titulada Dementia-, se le cortaron varias escenas, se le añadió la voz de un narrador y se la rebautizó con el título de Daughter of Horror. Al parecer, no fue a verla ni el Tato.

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De apenas una hora de duración, Dementia nos muestra el onírico paseo nocturno de una joven por los bajos fondos de la ciudad, donde se encuentra con los más pesadillescos y estrafalarios personajes. El robo, el crimen, las fantasías sexuales, el sentimiento de culpa, el miedo y, a la vez, la atracción por lo desconocido, se dan la mano en una noche muda de atmósfera expresionista entre el cine negro y el de terror, repleta de libertad creativa y de elementos surrealistas, con la que Freud y Buñuel probablemente se habrían puesto las botas. Y, por qué no, podemos también rastrear en ella cierta influencia del cine de Orson Welles: sus primeros planos, sus picados y contrapicados, la exuberante profundidad de campo en algunas de sus escenas… e incluso el parecido de uno de los personajes con Welles, quizá como pequeño homenaje.

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En cuanto a su influencia posterior, no me parece descabellado apostar por ella en el cine de David Lynch, en el del director canadiense Guy Maddin -otro de los grandes “raros”-, o en la tempranera película de Coppola titulada, curiosamente, Dementia 13 (1963). Y, sobre todo, sería interesante preguntarle a Polanski cuántas veces vio el film de Parker antes de comenzar a rodar Repulsión (Repulsion, 1965).

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Editada en DVD por Art House Media.

 

 

 

MATAR O NO MATAR, ÉSTE ES EL PROBLEMA (1973) de Douglas Hickox

Matar_o_no_matar_este_es_el_problema-224978060-largeAdaptaciones más o menos fieles de sus obras; películas que las incluyen como parte importante de su argumento (ahí están, por ejemplo, dos joyas como Ser o no ser (To Be or Not To Be, 1942) de Lubitsch y Doble vida (A Double Life, 1947) de Cukor); guiones de género que recurren a ellas como disimulada fuente de inspiración… El cine de todas las épocas ha tenido siempre en el teatro de Shakespeare un clavo al que agarrarse, un inagotable seguro de vida al que los guionistas continúan acudiendo.

Una de las más originales y disparatadas películas de las que han recuperado al dramaturgo inglés es Matar o no matar, éste es el problema (Theatre of Blood) de Douglas Hickox, un cineasta cuya filmografía no da motivos, precisamente, para montar una fiesta y que consigue aquí su mejor trabajo, aunque en manos de otro director más avezado la cosa habría dado aún para mucho más.

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La historia que nos cuenta es la de Edward Lionheart (Vincent Price), un veterano actor teatral especializado en Shakespeare que se suicida tras ser injustamente ignorado en la entrega de los premios anuales que conceden los críticos londinenses. Dos años más tarde, esos críticos van apareciendo asesinados, emulando los crímenes de las tragedias shakesperianas.

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El film es una mezcla del género de terror con la comedia negra de trazo grueso, y en ambas líneas nos ofrece momentos estupendos: el primer asesinato, representando la muerte de Julio César; la aparición en un cementerio de un caballo al galope arrastrando el cadáver sanguinolento de uno de los críticos (posiblemente la imagen más perdurable); la divertida escena en que Lionheart/Price se hace pasar por peluquero afeminado para acabar con la única mujer del grupo, o la recreación de una de las muertes de Tito Andrónico, en la que uno de los críticos, amante de la buena mesa, termina siendo obligado a comer hasta ahogarse, y que vete a saber si no la tuvo en cuenta el gran David Fincher para el primero de los crímenes de Seven (1995).

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Sin ser ninguna obra maestra, Matar o no matar… es una rareza ideal para pasar un rato estupendo y una película imprescindible para los fans de un Vincent Price que disfruta como un niño en una juguetería con un papel que guarda bastante parecido con el que interpretó para Robert Fuest en El abominable Doctor Phibes (The Abominable Dr. Phibes, 1971).

Editada en DVD por Metro Goldwyn Mayer.