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LA MÁSCARA DEL DEMONIO (1960) de Mario Bava

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La_maschera_del_demonio_(film_cover)Aunque también realizó películas de aventuras y wésterns, Mario Bava es reconocido principalmente por ser el gran renovador del cine de terror italiano y el iniciador del giallo, subgénero cuya mayor figura será más adelante Dario Argento y que influirá en cineastas como John Carpenter o Brian de Palma y en ese otro subgénero que tantos ríos de tinta y de sangre sigue haciendo correr: el slasher.

Su debut como realizador en solitario, tras haber trabajado como ayudante de Mario Camerini y de Riccardo Freda, fue La máscara del demonio (La maschera del demonio), adaptación del relato de Nicolai Gogol El Viyi, un film aún lejos del giallo que bebe de la tradición del terror europeo, de la brujería, el vampirismo, el romanticismo y el gótico, y que para mí es su obra maestra junto a Las tres caras del miedo (I tre volti della paura, 1963).

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El inicio de la película nos sitúa en la Rusia del siglo XVII. La bruja vampiro Asa (Barbara Steele) y su diabólico amante son condenados a muerte por la Inquisición, presidida por el propio hermano de la muchacha. Antes de morir, Asa jura que volverá para vengarse en los descendientes de su hermano.

Tras este impresionante prólogo, en el que Bava ya nos deslumbra con sus elegantes travellings, sus primeros planos y una fotografía en blanco y negro espectacular creada por él mismo -no en vano comenzó su andadura en el cine como director de fotografía, colaborando con, entre otros, Roberto Rossellini-, la acción nos traslada un par de siglos después, cuando dos médicos de paso por la región descubren la tumba de la bruja y, por culpa de su curiosidad y su torpeza, provocan que vuelva a la vida y se disponga a llevar a cabo su venganza.

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Desde la primera aparición fantasmagórica de Katia (la joven descendiente de Asa, interpretada también por Barbara Steele) entre las ruinas cercanas a la cripta familiar, hasta cualquiera de los planos nocturnos del cementerio entre la niebla o del castillo a la luz de la luna, pasando por esa maravilla cinematográfica que es el paseo de la niña por el bosque durante el que descubre la carroza guiada por el amante resucitado de la bruja, la principal protagonista del film de Bava es la belleza de su estilista puesta en escena, que nos devuelve plano a plano todo aquello que la literatura europea de terror fue capaz de sugerirnos. Quizá -solo quizá- hoy en día no nos provoque demasiado miedo, pero las hermosas imágenes de La máscara del demonio nos demuestran una vez más, por si hiciera falta, que podemos encontrar el mejor cine en cualquier género.

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Editada por Regia Films.

 

 

 

 

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LA LEYENDA DE LA CASA DEL INFIERNO (1973) de John Hough

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Dentro del cine de terror, el subgénero “casas encantadas” no nos ha deparado precisamente grandes alegrías, a excepción, desde luego, de la magnífica Al final de la escalera (The Changeling, 1980) de Peter Medak y de la obra maestra Suspense (The Innocents, 1961) de Jack Clayton, aunque no dejan de ser dos ejemplos que se apartan bastante de los esquemas genéricos fijados a lo largo de la historia: familia que busca casa y no cree, pobres tontuelos, en maldiciones/grupete de listillos convencidos de poder vencer a las fuerzas del mal. En relación con el segundo, La mansión encantada (The Haunting, 1963) de Robert Wise, basada en la novela de Shirley Jackson, suele considerarse una película canónica, aunque a mí no acaba de convencerme. En 1999, Jan de Bont realizó La guarida (The Haunting), otra adaptación de la misma novela que da mucho miedo pero de lo mala que es.

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Es probable que el gran Richard Matheson conociera La mansión encantada cuando escribió La casa infernal (Hell House, 1971), ya que las influencias son claras; en cualquier caso, me parece que la adaptación de John Hough según guion del propio Matheson, titulada La leyenda de la casa del infierno (The Legend of Hell House), ha envejecido mucho mejor que el film de Wise y se mantiene todavía, sin ser una obra redonda, como una de las muestras más conseguidas del subgénero.

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Un físico, su esposa y dos médiums (estupendos Roddy McDowall y Pamela Franklin) son contratados por un millonario que acaba de adquirir la mansión Belasco, considerada “el Everest de las casas encantadas”, para que descubran el secreto que alberga y por qué murieron los componentes del anterior grupo que fue a investigarla. Una vez instalados en el tenebroso lugar, un espíritu comenzará a hacerles pasar las de Caín, sobre todo al personaje interpretado por Pamela Franklin, que se pasa la película recibiendo estopa y algo más. Vamos, nada que no sepamos.

Aun así, varios elementos consiguen que el film, visto hoy, siga haciéndonos pasar un rato estupendo: un comienzo que no se anda por las ramas y nos mete rápidamente en harina captando nuestro interés; una extraordinaria ambientación siempre desasosegante; un guion que no abusa del susto fácil y que contiene momentos eróticos menos manidos que los de muchas películas de la Hammer, y una dirección nada acomodada que consigue tensar aún más la atmósfera creada gracias a una barroca planificación en la que abundan los picados y contrapicados, la profundidad de campo y los primeros planos. Quizá al bueno de Hough le dio por emular a Orson Welles, a quien había dirigido en La isla del tesoro (Treasure Island, 1972), uno de los muchos proyectos que Welles quiso llevar a cabo y no pudo. Al final se tuvo que conformar con interpretar a John Silver a las órdenes de otro cineasta.

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Editada por Fox.

Las 100 mejores películas de terror según Cinemanía

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En su número de marzo, la revista Cinemanía nos propone su lista de las 100 mejores películas de terror de todos los tiempos, con la que nos podemos entretener un rato buscando nuestras preferidas y el puesto que ocupan o criticando la inclusión en ella de las que no nos gustan nada. Al fin y al cabo, se hacen sobre todo para eso.

Más allá de que, como a todos, me sobran bastantes de las citadas y me faltan otras tantas, en lo que menos estoy de acuerdo es en que el primer puesto lo ocupe El resplandor (The Shining, 1980) de Stanley Kubrick, una película que no me entusiasma; para mi gusto, ese lugar de honor debería ocuparlo Suspense (The Innocents, 1961) de Jack Clayton, que aquí aparece tan solo en el nº 59.

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A continuación, y a bote pronto, propongo unos cuantos títulos que no están en la lista de Cinemanía y que yo incluiría. Algunos responden simplemente a gustos muy personales; otros me parecen, además, imprescindibles del género.

Por orden cronológico:

La carreta fantasma (1921) de Victor Sjöström.

Yo anduve con un zombie (1943) de Jacques Tourneur.

El retrato de Dorian Gray (1945) de Albert Lewin.

Las diabólicas (1955) de Henri-Georges Clouzot.

Dementia (1955) de John Parker.

La noche del demonio (1957) de Jacques Tourneur.

El fotógrafo del pánico (1960) de Michael Powell.

La máscara del demonio (1960) de Mario Bava.

Ojos sin rostro (1960) de Georges Franju.

El péndulo de la muerte (1961) de Roger Corman.

El carnaval de las almas (1962) de Herk Harvey.

Las tres caras del miedo (1963) de Mario Bava.

Onibaba (1964) de Kaneto Shindô.

El caso de Lucy Harbin (1964) de William Castle.

Frankenstein creó a la mujer (1967) de Terence Fisher.

A las nueve cada noche (1967) de Jack Clayton.

Nervios rotos (1968) de Roy Boulting.

La hora del lobo (1968) de Ingmar Bergman.

El gato negro (1968) de Kaneto Shindô.

La residencia (1969) de Narciso Ibáñez Serrador.

El fantasma del paraíso (1974) de Brian De Palma.

Asesinato por decreto (1979) de Bob Clark.

En compañía de lobos (1984) de Neil Jordan.

Carretera al infierno (1986) de Mark Harmon.

Tras el cristal (1987) de Agustí Villaronga.

Jeepers Creepers (2001) de Victor Salva.

 

 

 

DEMENTIA / DAUGHTER OF HORROR (1955) de John Parker

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De todas las películas distintas, extrañas, sorprendentes que en la historia han sido, sin duda Dementia es una de las que encabezan la lista, y más teniendo en cuenta que estamos ante una película americana de 1955. Fue la única escrita y dirigida por un tal John Parker y, como a menudo sucede, su popularidad es mucho menor que su posible influencia en la filmografía de otros prestigiosos cineastas.

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Sus difíciles primeros pasos ya dan una idea de su rareza para la época: a la primera versión, ya sin diálogos aunque con música y efectos de sonido -la titulada Dementia-, se le cortaron varias escenas, se le añadió la voz de un narrador y se la rebautizó con el título de Daughter of Horror. Al parecer, no fue a verla ni el Tato.

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De apenas una hora de duración, Dementia nos muestra el onírico paseo nocturno de una joven por los bajos fondos de la ciudad, donde se encuentra con los más pesadillescos y estrafalarios personajes. El robo, el crimen, las fantasías sexuales, el sentimiento de culpa, el miedo y, a la vez, la atracción por lo desconocido, se dan la mano en una noche muda de atmósfera expresionista entre el cine negro y el de terror, repleta de libertad creativa y de elementos surrealistas, con la que Freud y Buñuel probablemente se habrían puesto las botas. Y, por qué no, podemos también rastrear en ella cierta influencia del cine de Orson Welles: sus primeros planos, sus picados y contrapicados, la exuberante profundidad de campo en algunas de sus escenas… e incluso el parecido de uno de los personajes con Welles, quizá como pequeño homenaje.

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En cuanto a su influencia posterior, no me parece descabellado apostar por ella en el cine de David Lynch, en el del director canadiense Guy Maddin -otro de los grandes “raros”-, o en la tempranera película de Coppola titulada, curiosamente, Dementia 13 (1963). Y, sobre todo, sería interesante preguntarle a Polanski cuántas veces vio el film de Parker antes de comenzar a rodar Repulsión (Repulsion, 1965).

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Editada en DVD por Art House Media.

 

 

 

MATAR O NO MATAR, ÉSTE ES EL PROBLEMA (1973) de Douglas Hickox

Matar_o_no_matar_este_es_el_problema-224978060-largeAdaptaciones más o menos fieles de sus obras; películas que las incluyen como parte importante de su argumento (ahí están, por ejemplo, dos joyas como Ser o no ser (To Be or Not To Be, 1942) de Lubitsch y Doble vida (A Double Life, 1947) de Cukor); guiones de género que recurren a ellas como disimulada fuente de inspiración… El cine de todas las épocas ha tenido siempre en el teatro de Shakespeare un clavo al que agarrarse, un inagotable seguro de vida al que los guionistas continúan acudiendo.

Una de las más originales y disparatadas películas de las que han recuperado al dramaturgo inglés es Matar o no matar, éste es el problema (Theatre of Blood) de Douglas Hickox, un cineasta cuya filmografía no da motivos, precisamente, para montar una fiesta y que consigue aquí su mejor trabajo, aunque en manos de otro director más avezado la cosa habría dado aún para mucho más.

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La historia que nos cuenta es la de Edward Lionheart (Vincent Price), un veterano actor teatral especializado en Shakespeare que se suicida tras ser injustamente ignorado en la entrega de los premios anuales que conceden los críticos londinenses. Dos años más tarde, esos críticos van apareciendo asesinados, emulando los crímenes de las tragedias shakesperianas.

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El film es una mezcla del género de terror con la comedia negra de trazo grueso, y en ambas líneas nos ofrece momentos estupendos: el primer asesinato, representando la muerte de Julio César; la aparición en un cementerio de un caballo al galope arrastrando el cadáver sanguinolento de uno de los críticos (posiblemente la imagen más perdurable); la divertida escena en que Lionheart/Price se hace pasar por peluquero afeminado para acabar con la única mujer del grupo, o la recreación de una de las muertes de Tito Andrónico, en la que uno de los críticos, amante de la buena mesa, termina siendo obligado a comer hasta ahogarse, y que vete a saber si no la tuvo en cuenta el gran David Fincher para el primero de los crímenes de Seven (1995).

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Sin ser ninguna obra maestra, Matar o no matar… es una rareza ideal para pasar un rato estupendo y una película imprescindible para los fans de un Vincent Price que disfruta como un niño en una juguetería con un papel que guarda bastante parecido con el que interpretó para Robert Fuest en El abominable Doctor Phibes (The Abominable Dr. Phibes, 1971).

Editada en DVD por Metro Goldwyn Mayer.

CARRETERA AL INFIERNO (1986) de Robert Harmon

The-Hitcher-1986-Movie-1Desde que la gran actriz Ida Lupino, en una de sus incursiones al otro lado de la cámara, realizara la innovadora El autoestopista (The Hitch-Hiker, 1953), las carreteras americanas han ido poblándose paulatinamente de tarados dispuestos a amargarle el día al primer incauto que se cruce en su camino, dando lugar a una serie de películas de todo pelaje y condición. Una de las buenas, influida sin duda por el film de Lupino, es Carretera al infierno (The Hitcher) de Robert Harmon.

Aquí son C. Thomas Howell (cuya posterior filmografía es para echarse a temblar) y una principiante Jennifer Jason Leigh las víctimas del retorcido sentido del humor de un Rutger Hauer como pez en el agua dando vida a un asesino que parece surgido de la nada, del que la policía no tiene ningún dato y que se nos presenta más como un personaje de pesadilla que como alguien real, lo cual es aprovechado para hacerle aparecer de la manera más inverosímil en el sitio justo y en el momento preciso: licencias de guión fácilmente perdonables una vez metidos en este tipo de harina.

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Cine de entretenimiento puro y duro estupendamente filmado, con aroma a serie B de pocas pretensiones, la historia de Carretera al infierno va oscilando entre el thriller de acción y persecuciones y el terror, siendo en este segundo género donde consigue sus mejores momentos: la secuencia en que el asesino se cuela en la habitación del motel para raptar a la chica y su posterior e inolvidable desenlace, no apto para espíritus fácilmente impresionables, y sobre todo el excepcional inicio, en el que la figura del autoestopista, recortada bajo la lluvia nocturna, espera pacientemente que alguien lo recoja y comience la pesadilla: una imagen para las antologías del miedo.

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Editada en DVD por Universal.

EL CASO DE LUCY HARBIN (1964) de William Castle

Poniendo en situación al cinéfilo curioso: una Joan Crawford con ojos de cabra loca sorprende a su marido con su amante y, lógicamente, agarra un hacha que estaba a mano y los hace pedacitos ante los infantiles ojos de su hijita. Tras veinte años en un manicomio, se va a vivir a la granja de la hija, quien pretende casarse con un joven ricachón en contra de la voluntad de los padres. Como artistas invitados, el encargado de convertir en comida a los animalitos de la granja (cómo no, con un hacha), un tarado con el careto del gran George Kennedy, y el doctor del manicomio, que casualmente pasaba por ahí. Uno tras otro irán perdiendo, literalmente, la cabeza.

        Con ustedes, William Castle, productor de, entre otras, La semilla del diablo (Rosemary´s Baby, 1968) de Polanski y director especializado en películas de terror y suspense de bajo, o bajísimo, presupuesto, algunas de las cuales han sido objeto del correspondiente remake modernizador. Cineasta de culto, considerado a menudo el Hitchcock de la serie B o incluso Z, su filmografía guarda ciertos paralelismos con la del cineasta inglés, y no sólo por compartir género. Como muestra, ahí está Homicidio (Homicidal, 1961), una especie de extravagante homenaje o vuelta de tuerca a Psicosis (Psycho, 1960). Y sin ir más lejos, en El caso de Lucy Harbin (Strait-Jacket) el guión (o lo que sea) viene firmado por Robert Bloch, autor de la novela en que se basó Psicosis, y la actriz que interpreta a la hija de Joan Crawford es Diane Baker, a la que pudimos ver en Marnie, la ladrona (Marnie), también de 1964.

        La película en cuestión es una de las más atractivas y definitorias del “estilo Castle”: un disparatado argumento en el que poco importan la verosimilitud y la lógica del desarrollo dramático y de los personajes, con momentos absolutamente delirantes como el encuentro entre la Crawford y Kennedy cuando éste se dispone a sacrificar una gallina o la escena en que Lucy, tras tomarse un par de copas, intenta seducir al novio de su hija ante sus propias narices. En resumen, un completo dislate que se disfruta precisamente por su falta de seriedad y que no es más que una excusa, un relleno entre el que se cuelan los cuatro crímenes filmados con mano maestra, cuatro escenas claustrofóbicas repletas de tensión y suspense, extraordinariamente fotografiadas y planificadas, en las que Castle demuestra que era grande a la hora de conseguir lo único que pretendía: asustar durante un rato al respetable.

                        Editada en DVD por Impulso Records.

AL FINAL DE LA ESCALERA (1980) de Peter Medak

Tras volver a comprobar el buen estado de salud de Al final de la escalera (The Changeling) y repasar la filmografía de su director, no es extraño que uno se pregunte si a Peter Medak se le apareció la Virgen o si su talento ha sido desaprovechado en proyectos que no le interesaban demasiado y en los que se limitaba a tirar de oficio y a pasar la minuta. Sea cual sea la respuesta, el caso es que este estupendo film es posiblemente la obra maestra del terrorífico subgénero de las casas encantadas.

        Medak se beneficia de un magnífico guión que nos ofrece una vuelta de tuerca distinta a lo que solemos ver en este tipo de historias, de la presencia de un actorazo como George C. Scott y de una banda sonora que contribuye a la ambientación sin estridencias ni burdos subrayados. Pero además su dirección está repleta de elegancia y sobriedad, sin acumular sustos y efectos facilones que habitualmente enmascaran la pobreza de la historia que nos cuentan o directamente hacen de ella una excusa. Aquí es el desarrollo de la propia historia y los estupendos actores (junto a Scott, Trish Van Devere y el veteranísimo Melvin Douglas) los que se encargan de mantener la tensión y el creciente interés, junto a una cámara que a menudo toma el punto de vista de la casa, ocultándose y observando desde lejos a los personajes y convirtiéndose en uno más, dispuesto a actuar.

        Entre sus puntos débiles, algunos escasos momentos en los que la cámara lenta me parece gratuita y una fotografía con pocos matices, casi más propia de un telefilm. Poco que tenerle en cuenta a una película de culto que poco a poco ha ido abriéndose paso entre las preferencias de los aficionados al género y que afortunadamente aún no ha conocido la típica actualización palomitera.

              Editada en DVD por Universal.

EL LADRÓN DE CADÁVERES (1945) de Robert Wise

Las películas producidas por Val Lewton para la RKO (alguna ya ha aparecido por aquí) merecen un capítulo aparte en la historia del cine norteamericano, y de hecho Martin Scorsese les dedicó un libro que, si no me equivoco, aún no conoce traducción al español. Ya estuviera Jacques Tourneur, Mark Robson o Robert Wise tras la cámara, el inconfundible sello Lewton era su auténtico toque de distinción, a veces incluso colaborando en el guión, como en El ladrón de cadáveres (The Body Snatcher), una de las imperecederas joyas de la corona, adaptación con muchas variantes del relato corto de Robert Louis Stevenson Los ladrones de cadáveres (The Body Snatchers).

        Todo lo que me encantó la primera vez que la vi hace ya tantos años sigue ahí tras volver a ella una y otra vez, la misma ambientación de un Edimburgo gótico envuelto en sombras marca de la casa, el mismo careto ominoso de Boris Karloff en su mejor presencia en el cine, la misma atmósfera de cuento escuchado al calor del hogar. La sucesión de escenas de antología es difícil de olvidar: la aparición de la sombra del cochero John Gray en el cementerio, matando con una pala al perro que guarda la tumba de su amo antes de desenterrar el cuerpo; Gray obligando al doctor MacFarlane a mirar su rostro en el espejo de la taberna, componiendo las dos caras de un mismo Dorian Gray, la que acumuló los pecados y la que salió indemne; el enfrentamiento entre Karloff y Bela Lugosi (el criado de MacFarlane), un guiño para los mitómanos, un fragmento que no aparece en el relato original; la chica ciega que pide limosna cantando y que se aleja en la noche hasta desaparecer entre las sombras, seguida por el coche de Gray y el sonido de los cascos de su caballo, motivo recurrente durante todo el film para anunciar la llegada de la maldad; el cuerpo muerto y desnudo de Gray, difuminado como un fantasma, abrazándose a un MacFarlane incapaz de librarse de su recuerdo…

        Imposible dar más en apenas hora y cuarto de película. Si damos algún crédito al tópico, en esta ocasión viene como anillo al dedo: ya no se hacen películas como ésta.

              Editada en DVD por Manga Films.

FRANKENSTEIN CREÓ A LA MUJER (1967) de Terence Fisher

Desde finales de la década de los cincuenta, la productora británica Hammer comenzó un ciclo de películas en las que actualizaba los personajes ya míticos que había llevado al cine la Universal en los años treinta. A las desventuras de Drácula, Frankenstein, El Hombre Lobo y La Momia les añadió su fotografía en color, sus maravillosos decorados de cartón piedra y su ambientación inconfundibles, unas gotas de sangre y un punto de erotismo, y con Terence Fisher como director estrella consiguió unas cuantas magníficas películas y algún que otro churro. Frankenstein creó a la mujer (Frankenstein created woman) es una de las mejores y más transgresoras, y lleva a límites alucinantes que podrían haber caído en el ridículo, y no lo hacen, las posibilidades del original de Mary Shelley.

        Con un título quizás tomado del film de Roger Vadim Y Dios creó a la mujer (Et Dieu…créa la femme, 1956) y con el clásico de James Whale La novia de Frankenstein (The bride of Frankenstein, 1935) como claro referente, el film de Fisher añade a los mitos de Prometeo y Pigmalión, ya presentes en la novela y en anteriores adaptaciones, el de Orfeo y Eurídice, para contarnos la historia de una venganza que llega de entre los muertos. Un joven ayudante del Doctor Frankenstein (Peter Cushing, quién si no) es juzgado por el asesinato del padre de su novia y guillotinado. La novia, una chica coja, con el rostro desfigurado y una mano deforme, al ver la ejecución sin poder evitarla, se suicida. Y al bueno del doctor no se le ocurre otra cosa que resucitar a la chica añadiendo a su cuerpo el alma del joven. Pero la cosa se le va de las manos, y la resucitada, ahora guapísima y sin una sola tara, lleva a cabo la venganza contra los verdaderos asesinos de su padre guiada por el alma de su novio. Casi nada.

        Desde la magistral primera escena que sirve de prólogo a la película hasta ese final en el que casi sentimos lástima por la asesina, el talento narrativo de Fisher y los elementos tan característicos de la Hammer consiguen que un argumento totalmente salido de madre llegue a ser una gran película, a medio camino entre el terror y el romanticismo, sobre el odio y la burla hacia lo diferente. Y, sobre todo, una fiesta del más puro entretenimiento.

                Editada en DVD por Manga Films.