Archive for the ‘cine de terror’ Tag

AL FINAL DE LA ESCALERA (1980) de Peter Medak

Tras volver a comprobar el buen estado de salud de Al final de la escalera (The Changeling) y repasar la filmografía de su director, no es extraño que uno se pregunte si a Peter Medak se le apareció la Virgen o si su talento ha sido desaprovechado en proyectos que no le interesaban demasiado y en los que se limitaba a tirar de oficio y a pasar la minuta. Sea cual sea la respuesta, el caso es que este estupendo film es posiblemente la obra maestra del terrorífico subgénero de las casas encantadas.

        Medak se beneficia de un magnífico guión que nos ofrece una vuelta de tuerca distinta a lo que solemos ver en este tipo de historias, de la presencia de un actorazo como George C. Scott y de una banda sonora que contribuye a la ambientación sin estridencias ni burdos subrayados. Pero además su dirección está repleta de elegancia y sobriedad, sin acumular sustos y efectos facilones que habitualmente enmascaran la pobreza de la historia que nos cuentan o directamente hacen de ella una excusa. Aquí es el desarrollo de la propia historia y los estupendos actores (junto a Scott, Trish Van Devere y el veteranísimo Melvin Douglas) los que se encargan de mantener la tensión y el creciente interés, junto a una cámara que a menudo toma el punto de vista de la casa, ocultándose y observando desde lejos a los personajes y convirtiéndose en uno más, dispuesto a actuar.

        Entre sus puntos débiles, algunos escasos momentos en los que la cámara lenta me parece gratuita y una fotografía con pocos matices, casi más propia de un telefilm. Poco que tenerle en cuenta a una película de culto que poco a poco ha ido abriéndose paso entre las preferencias de los aficionados al género y que afortunadamente aún no ha conocido la típica actualización palomitera.

              Editada en DVD por Universal.

EL LADRÓN DE CADÁVERES (1945) de Robert Wise

Las películas producidas por Val Lewton para la RKO (alguna ya ha aparecido por aquí) merecen un capítulo aparte en la historia del cine norteamericano, y de hecho Martin Scorsese les dedicó un libro que, si no me equivoco, aún no conoce traducción al español. Ya estuviera Jacques Tourneur, Mark Robson o Robert Wise tras la cámara, el inconfundible sello Lewton era su auténtico toque de distinción, a veces incluso colaborando en el guión, como en El ladrón de cadáveres (The Body Snatcher), una de las imperecederas joyas de la corona, adaptación con muchas variantes del relato corto de Robert Louis Stevenson Los ladrones de cadáveres (The Body Snatchers).

        Todo lo que me encantó la primera vez que la vi hace ya tantos años sigue ahí tras volver a ella una y otra vez, la misma ambientación de un Edimburgo gótico envuelto en sombras marca de la casa, el mismo careto ominoso de Boris Karloff en su mejor presencia en el cine, la misma atmósfera de cuento escuchado al calor del hogar. La sucesión de escenas de antología es difícil de olvidar: la aparición de la sombra del cochero John Gray en el cementerio, matando con una pala al perro que guarda la tumba de su amo antes de desenterrar el cuerpo; Gray obligando al doctor MacFarlane a mirar su rostro en el espejo de la taberna, componiendo las dos caras de un mismo Dorian Gray, la que acumuló los pecados y la que salió indemne; el enfrentamiento entre Karloff y Bela Lugosi (el criado de MacFarlane), un guiño para los mitómanos, un fragmento que no aparece en el relato original; la chica ciega que pide limosna cantando y que se aleja en la noche hasta desaparecer entre las sombras, seguida por el coche de Gray y el sonido de los cascos de su caballo, motivo recurrente durante todo el film para anunciar la llegada de la maldad; el cuerpo muerto y desnudo de Gray, difuminado como un fantasma, abrazándose a un MacFarlane incapaz de librarse de su recuerdo…

        Imposible dar más en apenas hora y cuarto de película. Si damos algún crédito al tópico, en esta ocasión viene como anillo al dedo: ya no se hacen películas como ésta.

              Editada en DVD por Manga Films.

FRANKENSTEIN CREÓ A LA MUJER (1967) de Terence Fisher

Desde finales de la década de los cincuenta, la productora británica Hammer comenzó un ciclo de películas en las que actualizaba los personajes ya míticos que había llevado al cine la Universal en los años treinta. A las desventuras de Drácula, Frankenstein, El Hombre Lobo y La Momia les añadió su fotografía en color, sus maravillosos decorados de cartón piedra y su ambientación inconfundibles, unas gotas de sangre y un punto de erotismo, y con Terence Fisher como director estrella consiguió unas cuantas magníficas películas y algún que otro churro. Frankenstein creó a la mujer (Frankenstein created woman) es una de las mejores y más transgresoras, y lleva a límites alucinantes que podrían haber caído en el ridículo, y no lo hacen, las posibilidades del original de Mary Shelley.

        Con un título quizás tomado del film de Roger Vadim Y Dios creó a la mujer (Et Dieu…créa la femme, 1956) y con el clásico de James Whale La novia de Frankenstein (The bride of Frankenstein, 1935) como claro referente, el film de Fisher añade a los mitos de Prometeo y Pigmalión, ya presentes en la novela y en anteriores adaptaciones, el de Orfeo y Eurídice, para contarnos la historia de una venganza que llega de entre los muertos. Un joven ayudante del Doctor Frankenstein (Peter Cushing, quién si no) es juzgado por el asesinato del padre de su novia y guillotinado. La novia, una chica coja, con el rostro desfigurado y una mano deforme, al ver la ejecución sin poder evitarla, se suicida. Y al bueno del doctor no se le ocurre otra cosa que resucitar a la chica añadiendo a su cuerpo el alma del joven. Pero la cosa se le va de las manos, y la resucitada, ahora guapísima y sin una sola tara, lleva a cabo la venganza contra los verdaderos asesinos de su padre guiada por el alma de su novio. Casi nada.

        Desde la magistral primera escena que sirve de prólogo a la película hasta ese final en el que casi sentimos lástima por la asesina, el talento narrativo de Fisher y los elementos tan característicos de la Hammer consiguen que un argumento totalmente salido de madre llegue a ser una gran película, a medio camino entre el terror y el romanticismo, sobre el odio y la burla hacia lo diferente. Y, sobre todo, una fiesta del más puro entretenimiento.

                Editada en DVD por Manga Films.

¿QUIÉN PUEDE MATAR A UN NIÑO? (1976) de Narciso Ibáñez Serrador

El periodista y escritor Juan José Plans, especializado en el género fantástico y ocasional contertulio del desaparecido programa ¡Qué grande es el cine!, publicó en 1976 la novela El juego de los niños. A partir de ella, y con la colaboración de Luis Peñafiel en el guión, Narciso Ibáñez Serrador dirigió ¿Quién puede matar a un niño?, posiblemente la mejor película de terror de nuestro cine.

        Tras los títulos de crédito, en los que unos noticiarios nos recuerdan las barbaridades cometidas contra los niños en las guerras de los mayores, vemos a un matrimonio de turistas ingleses que se disponen a pasar unos días en una isla. Al llegar a ella, se dan cuenta de que los únicos habitantes son niños, y no precisamente muy simpáticos a pesar de sus sonrisas. Pronto empiezan a aparecer los cadáveres de los adultos, y a sucederse las escenas que, con pocos medios y a base de talento, nos ponen la piel de gallina. No conviene revelar demasiado de ellas a quien no la haya visto, pero basta con recordar el momento, hacia el final del film, protagonizado por la esposa embarazada (detalle importante), planificado de manera extraordinaria.

        Abierta a diversas lecturas, a pesar de que su última parte pierde, desgraciadamente, mucho de su misterio y su ambigüedad, me resulta especialmente original y desasosegante por el hecho de que casi todas sus escenas suceden durante el día, apartándose de lo que es común en el género, consiguiendo que el terror nos parezca más cotidiano y real, más creíble, de parte de unos niños que por la noche duermen, como todos, y durante el día se dedican a “jugar”: una especie de Verano azul sin Chanquete y teñido de rojo.

        En cuanto a las referencias, muchas y muy buenas: desde El pueblo de los malditos (Village of the damned, 1960) de Wolf Rilla, sobre todo en la escena que transcurre en la cabaña de pescadores, hasta El otro (The other, 1972) de Robert Mulligan, otra de miedo campestre y diurno con niño, pasando por Suspense (The innocents, 1961) -su melodía O willow waly se parece muchísimo a la que suena en esta película, y creo recordar que el director ya la había rescatado para un episodio, también sobre una niña no muy de fiar, de Historias para no dormir– y A las nueve cada noche (Our mother´s house, 1967), ambas de Jack Clayton. Y como curiosidad, señalar que en 1984 se estrenó Los chicos del maíz (Children of the corn) de Frietz Kiersch, un film con una premisa demasiado parecida al de Ibáñez Serrador, basado en un relato del ínclito Stephen King que forma parte del libro El umbral de la noche (Night shift), publicado en 1978. Fíjate en las fechas, piensa mal…

               Editada en DVD por Manga Films.

LA NOCHE DEL DEMONIO (1957) de Jacques Tourneur

Montague Rhodes James fue, además de profesor, arqueólogo, historiador y otras cuantas cosas, uno de los grandes escritores de terror de finales del siglo XIX y principios del XX. Sus relatos, publicados en español por Ed. Siruela, tienen siempre que ver con lo fantasmagórico, lo sobrenatural y las fuerzas ocultas. Uno de esos relatos, el titulado Casting the runes (1904), nos cuenta la demoníaca historia de un manuscrito maldito que lleva la muerte a quien lo posee.

        A partir del cuento de James, el guionista Charles Bennett escribe, introduciendo múltiples variaciones, La noche del demonio (estrenada en Inglaterra como Night of the demon y en Estados Unidos, en 1958, con el título Curse of the demon), y el encargado de llevar el guión a la pantalla será Jacques Tourneur, con el siempre eficiente Dana Andrews como protagonista. El resultado es una de las grandes obras del género (para muchos, la mejor y más tenebrosa del realizador), pero que podía haber sido aún mejor si el productor Hal E. Chester (quien, al parecer, también metió mano en el guión) se hubiese estado quietecito y no hubiese obligado a Tourneur a visualizar la imagen del demonio al inicio y al final del film, lo cual le resta gran parte del misterio que tenían las grandes películas que el director realizó en Hollywood, a las órdenes de Val Lewton, en los años cuarenta.

        A pesar de todo, el resto de la película siempre opta por insinuar antes que por mostrar, su desasosegante ambientación es de quitarse el sombrero, y varias de sus escenas, como la del protagonista perseguido por una misteriosa nube de humo a través del bosque, están en cualquier antología del cine de terror que se precie. Una lástima que el productor no estuviese a la altura del bueno de Val Lewton para haber conseguido una absoluta obra maestra. 

                     Editada en DVD por 39 Escalones Films.

EL OTRO (1972) de Robert Mulligan

Robert Mulligan ya había coqueteado con el cine de terror en algunas escenas de Matar un ruiseñor (To kill a mockingbird, 1962), su película más reconocida, y en ese western tan heterodoxo como magnífico que es La noche de los gigantes (The stalking moon, 1968), pero donde se soltó definitivamente el pelo con el género fue al adaptar la novela El otro (The other), escrita por Thomas Tryon, autor también del guión y a quien pudimos ver en su faceta de actor protagonizando El cardenal (The cardinal, 1963) de Otto Preminger.

        Esta rara avis del género, que se desarrolla en un ambiente campestre nada amenazador (más cercano a La casa de la pradera que a La matanza de Texas, para entendernos), cuenta la extraña relación de Niles con su hermano gemelo Holland y con su abuela Ada (Uta Hagen, la gran actriz de teatro, autora de libros sobre interpretación y profesora de, entre otros, Al pacino o Jason Robards), y el juego que llevan a cabo a tres bandas, que resulta ser muy poco inocente y que será el causante de varios crímenes. Aderezada con elementos religiosos (el ángel de la muerte), mágicos (la escena del circo ambulante, o aquella en la que Ada induce a Niles a unirse al cuervo en su vuelo, y que me recuerda a la de Merlín y Arturo en Camelot (1967) de Joshua Logan), y de los cuentos infantiles, que se van introduciendo a lo largo del film y que cobrarán todo su sentido en la sobrecogedora escena final, El otro es una de las grandes películas sobre la maldad infantil, y su plano final de un rostro, al que se va acercando la cámara, mirando a través de una ventana, es de los que no se olvidan.

        Es una pena que la fotografía, en la que los matices brillan por su ausencia y que parece más propia de un telefilm, no esté a la altura de la historia y de la dirección de Mulligan. Aún así, es una cita obligada para los que disfrutaron con Suspense (The innocents, 1961) de Jack Clayton, y para quienes quieran darle otra oportunidad a este tipo de historias tras aburrirse con La mala semilla (The bad seed, 1956), aquella obra de teatro que Mervin LeRoy no supo convertir en cine.

              Editada en DVD por Filmax.

EL PERRO DE LOS BASKERVILLE (1959) de Terence Fisher / ASESINATO POR DECRETO (1978) de Bob Clark

Probablemente sea Sherlock Holmes uno de los personajes que más veces ha sido llevado al cine, si no el que más, pero creo que ninguna de esas películas consigue ser una obra maestra. Seguro que muchos opinan que La vida privada de Sherlock Holmes (The private life of Sherlock Holmes, 1970) de Billy Wilder sí lo es, pero aun teniendo momentos maravillosos no me parece la obra redonda que pudo haber sido.

        Dos de los films sobre el detective de Baker Street que más me gustan son los británicos El perro de los Baskerville (The hound of the Baskervilles) y Asesinato por decreto (Murder by decree), que van más allá del argumento policiaco para adentrarse en el género de terror. El primero es una adaptación de la novela homónima de Arthur Conan Doyle, con Peter Cushing componiendo el mejor Holmes del cine y Andre Morell en el papel de Watson. Es uno de los films de la productora Hammer que más me gustan, con fotografía y  ambientación marca de la casa. En el segundo Holmes (Christopher Plummer) investiga los crímenes de Jack el destripador, en una intriga que involucra a la realeza británica y a la masonería, y que argumenta las mismas teorías sobre el caso que el impresionante cómic de Alan Moore y Eddie Campbell From Hell. Entre un reparto de campanillas destaca, como siempre, James Mason en el papel de Watson (vale para él el mismo comentario que para Cushing), y la ambientación del Londres victoriano es antológica. No es difícil suponer que sea la mejor película de Bob Clark, responsable de horrores como Porky´s (1981).

        Como digo, ninguna de las dos es una obra maestra, pero los aficionados al género y al personaje de Holmes tienen con ellas un programa doble de diversión asegurada.

              Editadas en DVD respectivamente por MGM y Universal.

LAS DIABÓLICAS (1955) de Henri-Georges Clouzot

Nunca he entendido demasiado la persecución a la que fue sometido Clouzot en su momento por gran parte de la crítica, aunque es de suponer que el tipo de películas que realizaba en la Francia cinematográfica de los Renoir, Bresson, Becker y compañía, y el hecho de que se le comparara con Hitchcock, que para muchos críticos franceses era el sumo sacerdote del cine, no debió de beneficiarle mucho. Odiosas comparaciones aparte, Clouzot nos dejó un buen puñado de magníficas películas, con El salario del miedo (Le salaire de la peur, 1953) y Las diabólicas (Les diaboliques) a la cabeza.

        Las diabólicas es un film a caballo entre el policiaco y el terror, con magníficos detalles visuales que definen a los personajes o nos avanzan escenas posteriores, pero que contiene también grandes dosis de crítica social, mala leche y humor negro, y audacia en la presentación de las relaciones, características ya presentes en El cuervo (Le corbeau, 1943), su película más polémica, prohibida durante muchos años.

        En esta historia de crímenes y macabras alianzas, en la que nada es lo que parece y que guarda varias vueltas de tuerca, Clouzot es capaz de sacarle el máximo partido a los escenarios, a la ambientación, a una piscina en la que no aparece un cadáver que sí debería, a una fotografía en la que sí aparece alguien que no debería, a un traje que vuelve de entre los muertos, a un baúl que pesa demasiado y que logra que nos acordemos de La soga (Rope, 1948) de Hitchcock, y a un guiño final en el guión inesperado y genial. Y a pesar de que, una vez vista, ya conozcamos todas las sorpresas que nos depara, la película resiste perfectamente nuevas visitas, porque siempre aparece algún nuevo detalle en el que no habíamos reparado. Lástima que, para que los malos no se salgan con la suya, haya que meter al policía con calzador; no he leído la novela en que se basa la película, pero en ésta el personaje, tanto en su presentación como en sus posteriores apariciones, resulta completamente inverosímil.

        Al parecer Hitchcock se interesó por la novela de Boileau y Narcejac en que se basa el film, pero Clouzot se le adelantó. Resulta demasiado fácil asegurar que el cineasta inglés lo habría hecho aún mejor, pero viendo el desastre que llevó a cabo un tal Jeremiah S. Chechick en su versión de los noventa -con Chazz Palminteri, Sharon Stone e Isabelle Adjani en los papeles que habían interpretado Paul Meurisse, Simone Signoret y Vera Clouzot (esposa del director)- más nos valdría  limitarnos a apreciar el film de Clouzot en lo que se merece.

               Editada en DVD por Avalon (Filmoteca FNAC).

EL FOTÓGRAFO DEL PÁNICO (1960) de Michael Powell

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Cuenta la leyenda que Lady Godiva, allá por el siglo XI, se paseó por las calles de Coventry a lomos de su caballo con su larga cabellera rubia por toda vestimenta. Todos los vecinos debían cerrar sus ventanas para no verla, pero el sastre Tom no pudo evitar echar un vistazo, tras lo cual quedó ciego. A raíz de la leyenda, en Inglaterra a un mirón se le denomina Peeping Tom.

        El mirón y aspirante a director de cine Mark Lewis (Carl Boehm), creado por Michael Powell y el guionista Leo Marks en El fotógrafo del pánico (Peeping Tom), es bastante menos inofensivo que el pobre sastre de Coventry, ya que se dedica a inmortalizar con su cámara el miedo que provoca en el rostro de sus víctimas justo antes de asesinarlas. Pero como Powell y Marks tampoco tenían nada de inocentes, El fotógrafo del pánico no es sólo una película de miedo y sobre el miedo, sino también -y ante todo- una reflexión perversa sobre el cine, sobre los directores que, a través de una cámara, captan historias ajenas, y sobre nosotros que, como espectadores -representados por el personaje de Helen (Anna Massey)-, nos asomamos a ellas.

        Destrozado en su momento por una crítica que lo consideró demasiado enfermizo y escandaloso, el film queda hoy como una de las propuestas más singulares y controvertidas de la historia del cine, repleta de detalles impresionantes -los planos de Mark mirando a través de la ventana de su vecina, o el momento en que besa el objetivo de su cámara para que guarde el inocente beso de Helen-, y a la que ni siquiera el molesto psicoanálisis, que tanto daño hizo a muchas películas, consigue perjudicar demasiado.

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        Como en el caso de su prima-hermana La ventana indiscreta (Rear window, 1954), de Alfred Hitchcock -igual de venenosa, pero con filtro-, la influencia de El fotógrafo del pánico ha sido enorme, desde Blow up (1965) -uno de los habituales tostones de Antonioni- hasta Tesis (1995), de Amenábar, pasando por el cine de Brian De Palma. Y no me extrañaría que Almodóvar la hubiese tenido en cuenta cuando planificó la escena de Los abrazos rotos (2009) en que Penélope Cruz se despide de José Luis Gómez desde una pantalla.

             Editada en DVD por Universal.