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TATUAJE (1966) de Yasuzo Masumura

En su breve relato, de apenas diez páginas, “Tatuaje” (Shisei, 1910), Junichiro Tanizaki nos contaba la turbia historia de Seikichi, un maestro tatuador que encuentra en la piel perfecta de una inocente joven el lienzo ideal para realizar su obra maestra: el tatuaje de una enorme araña. Una vez realizado el trabajo, el carácter violento de la araña posee a la muchacha, cuya primera víctima será el propio Seikichi.

El texto de Tanizaki es la base del guion escrito por el también director Kaneto Shindô y convertido en seductoras imágenes por Yasuzo Masumura, uno de los más brillantes cineastas japoneses entre los que comenzaron su andadura a finales de los años 50. Centrado en el personaje de la chica, Otsuya (la bellísima y estupenda actriz Ayako Wakao), el film Tatuaje (Irezumi) nos relata cómo, tras huir de casa de sus padres con su novio, es forzada mediante engaños a ingresar en una casa de geishas y a practicar la prostitución. En ese lugar será donde le tatúen la araña, cuyo espíritu se adueñará de ella y la impulsará a vengarse de los hombres que la han llevado a esa situación.


El talento de Masumura nos gana para la causa desde el esplendoroso inicio del film, que recuerda, quizá demasiado, al de una de las películas más controvertidas del cine japonés: Nieve negra (Kuroi Yuki, 1965), de Tetsuji Takechi. Mientras en un lado de la pantalla vemos sobreimpresionados los títulos de crédito, en el otro se nos muestra lo que básicamente contaba el relato de Tanizaki: cómo a una Otsuya que experimenta a la vez dolor y placer le tatúan la enorme araña con rostro humano en la espalda. Tras esta magnífica escena, la película nos cuenta la historia de la joven desde el principio, las razones que la han llevado hasta ese momento crucial, que volveremos a ver, para en su tramo final relatarnos la sangrienta venganza.

El film de Masumura, como otras de sus obras, es una sinfonía de color -fotografía de Kazuo Miyagawa- en magistral pantalla ancha, que brilla especialmente en las escenas exteriores, lienzos dominados por la lluvia, el barro y la nieve; una coreografía casi musical de la violencia, con una composición del plano cuidada hasta el mínimo detalle, que indaga con el mejor gusto visual posible, como probablemente solo el cine japonés haya podido hacer, en temas tan controvertidos como el sexo, el erotismo, la prostitución y el sadomasoquismo.

ONIBABA (1964) de Kaneto Shindo

Ahora que el cine fantástico que nos llega de Asia está tan de moda, no estaría de más ronibaba_poster_jecuperar algunos clásicos como los del cineasta japonés Kaneto Shindo, que con films como Onibaba y Kuroneko (1968) le otorgó al género una mayoría de edad que se echa de menos en muchas producciones actuales.

        Onibaba cuenta la historia de una mujer y su nuera que sobreviven durante una guerra asesinando y saqueando a los samurais perdidos que aparecen por sus tierras. La llegada de un joven soldado, al que la muchacha comienza a visitar por las noches, hará que salgan a la luz los celos entre las dos mujeres. Para evitar los encuentros de los dos jóvenes, la mujer aterrorizará a su nuera haciéndose pasar por un demonio de la noche, gracias a la horrible máscara que llevaba uno de los samurais a los que asesina.

        Con una utilización maravillosa de la pantalla ancha y una espectacular fotografía en blanco y negro que consigue transformar en personajes la lluvia, el viento y la vegetación, el film de Shindo consigue aterrorizar mostrando, en un ambiente de pobreza y superstición, los más primarios instintos. El crimen, los celos, el deseo sexual, la desesperación y el miedo a lo desconocido llevan a las dos mujeres a olvidar su condición humana, y la maldición de la máscara de un samurai muerto será la portadora del castigo, en una escena final de una intensidad impresionante.

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        Film eminentemente físico y con una gran carga erótica, Onibaba recupera elementos tradicionales de la literatura fantástica. Como en el cuento de Jean Ray Josuah Güllick, prestamista (en este caso, un anillo), un objeto sobrenatural se introduce en la realidad para castigar la maldad; y como en El retrato de Dorian Gray, de Oscar Wilde, el castigo marcará en el rostro del protagonista las huellas de su pecado.

             Editada en DVD por Filmax.