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EL JOVEN LINCOLN (1939) de John Ford

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En una filmografía como la de Ford, repleta de obras maestras entre las cuales encontraríamos sin dificultad varias de nuestras preferidas de siempre, algunas estupendas películas acostumbran a pasar demasiado desapercibidas, a pesar de que en ellas está siempre presente el estilo inconfundible y los temas habituales de su cine, ilustrados a través de escenas inolvidables. El joven Lincoln (Young Mr. Lincoln), la primera colaboración de Henry Fonda con el cineasta, es sin duda una de ellas.

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El magnífico guion de Lamar Trotti nos habla de un Abe Lincoln entusiasta y generoso, que aprende leyes de manera autodidacta leyendo enormes libros a la orilla del río, y que tras el fallecimiento de su prometida se traslada a la ciudad para ofrecer sus servicios como abogado. Su primer caso importante será la defensa de dos jóvenes hermanos acusados de asesinato.

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Las imágenes creadas por Ford (fotografía de  Bert Glennon), a pesar de la admiración por el personaje, no remiten a su aspecto mítico, a la enorme relevancia histórica que cobrará en el futuro, sino que lo muestran como a uno más de los grandes caracteres que pueblan su cine. En ellas quedan patentes la capacidad de Lincoln para la oratoria y el liderazgo y su enorme fuerza política, pero sobre todo -y esto, creo, es lo que más interesa al director- su amor por la tierra y las costumbres familiares y la fidelidad al recuerdo de los seres queridos. El pasado, la memoria, siempre tan afines al cine de Ford.

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Así, muy por encima de las escenas del juicio por asesinato (en mi opinión, lo más flojo de la película), brillan especialmente momentos como el intento de linchamiento de los dos muchachos, que Lincoln consigue aplacar de manera relajada y pacífica (llega a recordar, en su oratoria, al Marco Antonio shakesperiano); la tarde que pasa conversando con la madre y las mujeres de los acusados en el porche de su casa, en la que recuerda a su propia familia, o el paseo solitario, subiendo una colina,  que cierra la película y que parece representar el enorme futuro que le espera. Y, cómo no, la historia de amor entre Abe y Ann, contada por Ford al inicio del film de manera maravillosa en solo dos breves escenas consecutivas. En la primera, los dos enamorados charlan tímidamente junto al río sobre su futuro. Cuando ella se va, Abe tira una piedra al agua y Ford encuadra el movimiento concéntrico que crea y enlaza, en una larga elipsis, con la siguiente escena. Ahora el río está helado y vemos a Abe dirigiéndose con unas flores en la mano hacia una tumba cubierta de nieve en cuya lápida leemos el nombre de Ann.  Mientras él le habla, toma la decisión de dejar el pueblo y, finalmente, se despide, aunque en algún instante posterior de la película tendremos, por supuesto, la certeza de que su recuerdo le acompañará siempre. El recuerdo. Nadie ha sabido como Ford contarnos estas pequeñas grandes historias sin ningún tipo de énfasis, sin subrayados innecesarios, de esa forma tan sencilla que acostumbra a ser la que más nos emociona.

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Editada en DVD por Filmax.

 

EL SEÑOR DE LA GUERRA (1965) de Franklin J. Schaffner / BRONWYN de Juan Eduardo Cirlot

Antes de realizar El planeta de los simios (The Planet of the Apes, 1968) y Patton (1970), sus dos obras maestras más populares, Franklin James Schaffner ya nos había dejado otra joya para la historia del cine titulada El señor de la guerra (The War Lord), casi más conocida por historiadores que por cinéfilos, ya que según dicen es la película que muestra con mayor fidelidad lo que fue la Edad Media, algo a lo que supongo que no es ajena la extraordinaria fotografía de Russell Metty, colaborador en varias de las mejores películas de Douglas Sirk, entre otras maravillas.

        Basada en la obra de teatro de Leslie Stevens The Lovers -título que ya da una idea de por dónde van los tiros-, cuenta la historia de Chrysagón de la Cruz (Charlton Heston), un caballero normando que es enviado por su Señor a proteger a unos vasallos suyos de los ataques de los frisios. Al llegar ve lo que acabará siendo su perdición, a la hermosa campesina Bronwyn (Rosemary Forsyth) bañándose en las aguas del pantano. Perdidamente enamorado, ejercerá su derecho de pernada tras la boda de Bronwyn con uno de los campesinos, ganándose el odio de los vasallos. Pero Chrysagón no renunciará a ella, lo cual le costará el favor de su Señor, su honor y su vida.

        Película histórica, bélica, de aventuras o de lo que se quiera, El señor de la guerra es en realidad una de las más apasionadas historias de amor que nos haya dado el cine, y también de las más contenidas, sin una palabra ni un gesto de más, a la que asistimos en parte a través de las miradas y los silencios de Bors (enorme, como siempre, Richard Boone), el hombre de confianza de Chrysagón. Como muestra de esa contención, el momento en que Bors cura una herida a Chrysagón mientras Bronwyn intenta sujetarle por los brazos, hasta que sus rostros quedan casi unidos: una antológica escena de amor sin palabras que ni siquiera lo parece.

                  Editada en DVD, con el formato alterado, por Filmax.

El caso del poeta barcelonés Juan Eduardo Cirlot (su hija Victoria, por cierto, fue mi profesora de Literaturas Románicas en la Universidad de Barcelona, y tuvo el detalle de aprobarme) es el mayor ejemplo que conozco de cómo el cine, o una película, o sencillamente un personaje, puede influir en nuestra vida o incluso alterarla completamente. Tras ver El señor de la guerra, Cirlot debió de sentir el mismo embrujo que sintió Chrysagón al ver a Bronwyn emerger de las aguas, ya que comenzó a dedicarle lo que acabarían siendo 16 libros de poemas, escritos entre 1967 y 1971, reunidos finalmente bajo el título Bronwyn. El breve poema que aquí os dejo, uno de mis preferidos, creo que resume perfectamente la esencia de ese ciclo poético.

Ahora sí que ya sé por qué te vi

sobre las grises aguas del pantano,

loto de las entrañas de la luz,

sin pétalos ni rayas de relámpago.

Te vi para saber que soy eterno.

No importa que esté muerto junto al mar.

                     Publicado por Siruela.

SI VERSALLES PUDIERA HABLAR (1954) de Sacha Guitry

Después de ver algunas de sus películas se puede pensar que Sacha Guitry quizás fuera un gran hombre de teatro, pero desde luego lo que no me parece es que fuera un gran cineasta. No he encontrado en ninguna de esas películas un solo momento de gran cine que llevarme a la memoria, e incluso, sin ir más lejos, su Napoleón (1955) es poco menos que insufrible.

        ¿Por qué razón entonces las casi tres horas de amoríos y engaños, alianzas y traiciones, alta política de salón y teatro filmado, contemplados por el Palacio de Versalles a lo largo de los siglos, que nos trae Si Versalles pudiera hablar (Si Versailles m´était conté) se disfrutan de principio a fin? Porque lo que sí demuestra Guitry en esta ocasión es que era un gran escritor, ya que sus diálogos, repletos de ironía, sarcasmo, acidez, elegancia y mala leche (de los cuales, ya que no de otra cosa, podría aprender bastante la descafeinada, maloliente y carísima escena política actual) no tienen desperdicio.

        A los personajes de Si Versalles pudiera hablar, tras cualquiera de las intervenciones que consiguen siempre nuestra sonrisa y a veces nuestras carcajadas, sólo les falta volverse hacia la cámara y guiñarnos un ojo en señal de complicidad, y a nosotros pensar en lo que habría sido capaz de hacer un tal Lubitsch con semejante material.

            Editada en DVD por Sherlock.

LA ROSA NEGRA (1950) de Henry Hathaway

Muchos de los aficionados a la literatura y al cine comenzamos a serlo gracias al género de aventuras: los cómics de El Jabato, El Capitán Trueno o El Corsario de hierro, las novelas de Verne, Stevenson, Dumas o Sabatini, y las sesiones dobles en los cines de barrio o frente al televisor con las películas de Michael Curtiz, Raoul Walsh, Jacques Tourneur, George Sidney o Henry Hathaway, conseguían que nos lo pasáramos como los enanos que éramos. Con el tiempo llegarían otros géneros, otras literaturas y otros cineastas, pero también la certeza, tras múltiples visitas, de que esas obras que disfrutábamos de pequeños no sólo eran entretenimientos para niños, sino que también albergaban grandes historias, maravillosos personajes y el mejor cine.

        De las películas de aventuras que realizó Hathaway, La rosa negra (The black rose) es la que más me gusta, y, a pesar de no gozar del prestigio de otras, es también una de mis preferidas del género. Los conflictos entre sajones y normandos en la Inglaterra de la Edad Media, las diferencias con la avanzada cultura de la época en Asia, la fotografía de Jack Cardiff, romances, batallas, torneos, un Tyrone Power como pez en el agua y un Orson Welles que seguramente se lo pasó en grande disfrazándose y maquillándose para dar vida al jefe mongol (además de cobrando para dar a luz sus propios proyectos), hacen de esta película un espectáculo con el que disfrutar una y otra vez. 

        Supongo que sería mucho pedir que en los colegios se les pasaran a los niños películas como ésta, o que se les comenzara a enseñar literatura con Los tres mosqueteros o La isla del tesoro (aunque no sean novelas españolas) en lugar de obligarles a leer mamotretos como El libro de Buen Amor o el Cantar de Mío Cid, pero quizá se lograría con ello que el mero hecho de ver una película sin efectos especiales o de leer más de dos frases seguidas no les produjera retortijones.

             Editada en DVD por Fox.