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EL FUEGO DE LOS DIOSES (2): de robots silentes a ordenadores que suplican

Como no podía ser de otro modo, el arte cinematográfico -paralelamente a la literatura- ha contribuido decisivamente desde sus inicios a desarrollar la idea de la creación de vida artificial por parte del hombre, moldeándola en imágenes cuando esta todavía era tan solo una mera hipótesis y centrándose enseguida en la posibilidad de que, gracias a la tecnología, seamos capaces, en un futuro que ya es presente, de crear robots cada vez más parecidos a los humanos. Y es que, como es bien sabido, a menudo es la realidad la que imita al arte.

La primera aparición conocida en el cine de algo similar a un robot fue en el cortometraje A Clever Dummy (1917), una comedia en la que un inventor crea un maniquí mecánico a imagen del conserje del edificio en el que vive. Enamorado de la hija del inventor, el conserje suplanta a su doble para poder estar cerca de la chica, lo que provoca divertidos malentendidos.

Más cercana a la ciencia-ficción se encuentra El hombre mecánico (L’uomo meccanico, 1921), una película italiana de la que solo se conservan sus últimos veintitantos minutos. El argumento gira en torno a una banda de delincuentes que asesina a un científico para hacerse con el robot gigante que ha creado y utilizarlo para cometer sus fechorías.

Ambas presencias robóticas no son más que meros antecedentes de María, la mujer artificial creada para suplantar a la líder de un movimiento obrero y servir a los malvados planes de las clases dirigentes; el primer robot verdaderamente relevante de la historia del cine y el primero asociado, como tantas veces después, a una futura sociedad distópica, la que nos mostró Fritz Lang en su obra maestra Metrópolis (Metropolis, 1927), un film espectacular de referencia obligada y que aún en la actualidad resulta sorprendente.

Muchos años más tarde será la ficción televisiva la que dé pasos decisivos respecto a la representación de las relaciones entre el hombre y la máquina de apariencia humana. La canónica serie americana The Twilight Zone, creada por Rod Serling y emitida entre 1959 y 1964, acogerá el tema, ya desde su primera temporada y de manera recurrente, interpretándolo desde diversos puntos de vista. El primer episodio en hacerlo fue el estupendo El solitario (The Lonely, 1959), en el que a un condenado a pasar unos años recluido en un planeta desértico se le concede la compañía de un robot femenino con capacidad de sentir y de enamorarse. Al acabar la condena del preso, las autoridades deberán destruir a la “mujer” que ha hecho mucho más soportable su soledad.

En 1968, el visionario cineasta Stanley Kubrick nos regaló un clásico ineludible de la ciencia-ficción titulado 2001: Una odisea del espacio (2001: A Space Odissey), basado en la novela de Arthur C. Clarke. En él aparece uno de los grandes referentes de la inteligencia artificial, una computadora llamada Hal 9000 que intenta hacerse con el control de una nave espacial y eliminar a sus tripulantes. Su desconexión, su agonía, sus súplicas para que le dejen seguir viviendo, más impactantes aún en su voz que en la de cualquier ser humano, suponen todavía hoy uno de los momentos más emocionantes de la historia del cine.

 

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MENSCHEN AM SONNTAG (1930) de Robert Siodmak y Edgar G. Ulmer

Los_hombres_del_domingo-691848423-largeUnos años antes de abandonar Alemania a causa de la llegada al poder del partido nazi, Fred Zinnemann, Robert y Curt Siodmak, Edgar G. Ulmer y Billie (Billy) Wilder colaboraron en la realización de una película muda difícilmente clasificable que mostraba, a caballo entre la realidad y la ficción, la vida cotidiana de los berlineses de la época. Titulada Menschen am Sonntag, es conocida actualmente en español como Gente en domingoHombres en domingoLos hombres del domingo. Oficialmente, Robert Siodmak y Ulmer se encargaron de la dirección, Wilder y Curt Siodmak del guion y Zinnemann de la fotografía, aunque resulta imposible, como es lógico, dilucidar dónde empezaban y acababan las funciones de cada uno.

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Interpretada por actores y actrices no profesionales, la película se desmarca del trágico pesimismo expresionista que aún imperaba en el cine alemán y recurre a un nuevo realismo luminoso y humanista para mostrarnos cómo pasan un caluroso domingo de verano los habitantes de Berlín, centrándose en la ficticia historia de dos chicos y dos chicas que hacen una excursión a un lago durante la que los coqueteos, las bromas y la alegría por sentirse aún lejos de la rutina del lunes van dando paso al deseo, los celos y la tristeza.

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Estamos pues ante un film que probablemente estaba llamado a abrir nuevas vías en la cinematografía de su país, un eslabón por fortuna no perdido del cine europeo que descubrió a un grupo de grandes cineastas y cuya influencia, si no en el cine alemán posterior, quizá sí se pueda rastrear en el cine francés de los años 30 -por ejemplo, en la breve filmografía de Jean Vigo o en la obra maestra de Jean Renoir Una partida de campo (Une partie de campagne, 1936)- y, aunque sin su carga dramática y de denuncia social, en el neorrealismo italiano.

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Editada por Feel Films.

 

ASFALTO (1929) de Joe May

Asphalt posterMucho menos conocido que Murnau, Lang o Lubitsch, entre otras razones porque su aventura americana tras huir del nazismo fue bastante desastrosa, Joe May fue uno de los pioneros que contribuyeron a crear la gran cinematografía alemana del periodo mudo. De nombre real Joseph Otto Mandel, adoptó artísticamente el apellido de su esposa Mia May, actriz a la que dirigió en 1921 en la primera versión de El tigre de Esnapur La tumba india, el film de aventuras escrito por Thea von Harbou y Fritz Lang que el propio Lang recrearía en 1959.

Una de sus películas más accesibles, gracias a la edición en dvd, es Asfalto (Asphalt), un drama urbano romántico y violento ambientado en un Berlín que desde el inicio, mediante un montaje trepidante y modernísimo que alterna primeros planos, travellings y transparencias, se nos muestra como una ciudad caótica y rebosante de vida, una jungla de asfalto en la que, como veremos, cualquier polluelo está en peligro de caer en tentaciones que le aparten del camino recto.

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Tras este magnífico comienzo, la película se cierra en torno a la historia de John Holk (Gustav Frölich), un honrado e ingenuo policía que se apiada de una ladrona -Betty Amann, con un peinado que recuerda a los de Tony Curtis y Jack Lemmon en Con faldas y a lo loco (Some Like It Hot, 1959) de Billy Wilder, quien, por cierto, conocía a May- porque cree que roba para sobrevivir. Cuando se da cuenta del engaño y quiere actuar correctamente llevándola a la cárcel, cae en las redes de esta femme fatale y se enamora de ella; pero, como mandan los cánones, cerca de una de estas perlas siempre anda un tipo con malas pulgas que no atiende a razones.

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Aunque la historia y los personajes sean quizá demasiado simples y la moralina final nos traiga la redención de la protagonista -a pesar del erotismo y la violencia presentes, aquí no estamos en el territorio pesimista, asfixiante, sórdido y recargadamente expresionista de La caja de Pandora (Die Büchse der Pandora, 1929), la obra maestra de G. W. Pabst-, la maravillosa planificación y el ritmo febril que otorga May a las imágenes, junto a la gran fotografía de reminiscencias expresionistas de Günther Rittau, hacen de Asfalto una estupenda película en la que, además, podemos descubrir ya ciertos elementos argumentales que formarán parte de lo que en la década de los 40 se conocerá como “cine negro”.

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Editada por Divisa.

SOLEDAD (1928) de Paul Fejos

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En 1923, un cineasta húngaro llamado Pál Fejós huyó de su país a Estados Unidos, donde realizó parte de su no demasiado extensa filmografía bajo el nombre de Paul Fejos. Entre las películas que dirigió en Hollywood, una obra maestra absoluta y perfecta de una hora de duración titulada Soledad (Lonesome), tan extrañamente poco conocida como el resto de sus obras.

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El film de Fejos comienza mostrándonos, de forma paralela, la rutina diaria de Mary y Jim, un par de almas solitarias entre la multitud de la gran ciudad: el despertar para ir a ganarse la vida, el metro repleto de gente, la monotonía del trabajo en una centralita y en una fábrica, la despedida de los compañeros que van a pasárselo bien con sus parejas mientras ellos se retiran aburridos a sus casas…

Ese día, la casualidad hace que ambos cambien de planes y se unan a una excursión para pasar la tarde en la playa y en un parque de atracciones durante la cual se conocen y se enamoran; pero un accidente en el que se ve envuelta Mary y una gran tormenta que provoca el pánico entre la multitud consiguen separarlos, quizá para siempre.

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Con algunas similitudes con la obra maestra de King Vidor Y el mundo marcha (The Crowd) -curiosamente, estrenada también en 1928-, tanto en la visión que ofrece de la ciudad y de sus habitantes como un ente que se mueve constantemente al mismo ritmo y que nos impide pararnos a conocer, incluso, al vecino de al lado, como, más concretamente, en ciertos momentos de la larga secuencia del parque de atracciones, Soledad es uno de esos mayúsculos ejemplos del cine mudo que aún hoy siguen sorprendiéndonos por sus efectos visuales y por su imaginación para contar una historia sin la ayuda de la palabra. Desde las sobreimpresiones de la gente que llama a la centralita en que trabaja Mary y del reloj en el que va reflejándose el paso de las horas, hasta la impresionante escena del caos durante la tormenta que parece querer devolver a nuestros protagonistas a su soledad, pasando por los planos que aíslan momentáneamente a los enamorados de todo lo que los rodea, nos encontramos ante un film increíblemente moderno con un ritmo más propio de un cine muy posterior que para sí quisieran muchas películas sonoras de los años treinta.

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Al parecer, existe más de una copia de Soledad. A la que está disponible en dvd se le añadieron algunos breves diálogos -cosas de la experimentación en los albores del cine sonoro- y se le colorearon a mano algunos fotogramas muy bien escogidos, aquellos que muestran los mayores momentos de felicidad de los dos enamorados separados de la multitud, lo que, en lugar de molestar, creo que incluso contribuye a la belleza de esta maravilla que seguro sorprenderá a quienes no la conozcan.

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Editada en DVD por Feel Films.

 

 

 

LA CARRETA FANTASMA (1921) de Victor Sjöström

Körkarlen (1921) Filmografinr 1921/01A Victor Sjöström se le recuerda sobre todo por su interpretación del profesor Isak Borg en Fresas salvajes (Smultronstället, 1957), pero, además de un estupendo actor, fue también, junto a su compatriota y amigo Mauritz Stiller, uno de los más importantes directores europeos en los inicios del cine. De filmografías paralelas, ambos crearon las grandes obras maestras del cine mudo sueco antes de irse a trabajar a Hollywood -Sjöström le dejó al cine americano una de sus películas capitales, El viento (The Wind, 1928)- y ambos tuvieron entre sus referentes la literatura de la escritora sueca Selma Lagerlöf, la primera mujer en ganar el Nobel de literatura, en 1909. Dos de sus mejores films, La carreta fantasma (Körkarlen) y El viejo castillo (Gunnar Hedes saga, 1923), basados en novelas de Lagerlöf, tienen incluso similitudes argumentales y pueden considerarse precedentes de otra obra maestra de Bergman, El séptimo sello (Det sjunde inseglet, 1956).

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La historia que nos cuenta La carreta fantasma recupera una antigua leyenda según la cual si el último fallecido en Nochevieja, antes de que las campanas den las doce, es un gran pecador, deberá conducir durante el año siguiente la carreta que recoge las almas de los muertos. En esta ocasión le toca el turno a David Holm, un tipo de la peor calaña al que el cochero de la carreta le muestra hasta qué punto su vida fue un infierno que perjudicó a quienes le rodeaban, lo cual puede hacernos recordar el relato de Dickens Cuento de Navidad (A Christmas Carol, 1843).

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De estructura compleja a base de flashbacks, con una fotografía que alterna los matices terrosos en las escenas diurnas e interiores con los fríos azules en las escenas nocturnas, el film de Sjöström, como tantas otras grandes obras del período mudo, nos sorprende aún hoy por su influencia -¿tuvo en cuenta Kubrick la escena en que David hace pedazos una puerta con un hacha al filmar la famosa y muy similar escena de El resplandor (The Shining, 1980)?-, su planificación, su imaginería y sus impresionantes efectos visuales. Casi un siglo después, ese icono del cine que es la figura del cochero con su guadaña, que atraviesa las puertas y los muros para cargar con las almas, continúa resultando impresionante.

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¡FELIZ 2015 PARA TODOS!

 

THE HEARTS OF AGE (1934) / TOO MUCH JOHNSON (1938) de Orson Welles

Corazones del tiempoEl miércoles de la semana pasada, la Filmoteca de Catalunya programó una sesión doble con las dos primeras filmaciones de Orson Welles que se conservan: The Hearts of Age Too Much Johnson. La proyección fue acompañada al piano por Joan Pineda y presentada y comentada por Esteve Riambau, que se centró, lógicamente, en la relevancia del estreno en España de Too Much Johnson, el film que se creía perdido tras el incendio, en 1970, de la casa que Welles tenía en Madrid y del que se encontró una copia en Italia que, tras su restauración a cargo de la George Eastman House, se estrenó a nivel mundial en las Jornadas de Cine Mudo de Pordedone en 2013.

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The Hearts of Age es un extraño cortometraje mudo amateur de unos seis minutos que Welles rodó junto a su amigo William Vance, un simple divertimento en el que el cineasta ya da muestras de su gusto por la caracterización, personificando a la Muerte, y en el que participa su novia Virginia Nicholson interpretando a una anciana. Según reconoció el propio Welles en sus conversaciones con Peter Bogdanovich, no era más que una parodia del cine surrealista, en especial de la primera película de Jean Cocteau La sangre de un poeta (Le Sang d’un Poète, 1932), y con su interpretación quería imitar a Werner Krauss en El gabinete del doctor Caligari (Das Kabinett des Dr. Caligari, 1920) de Robert Wiene.

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Too Much Johnson, con 67 minutos de duración, ya representa algo más en la filmografía de Welles, aunque aún estamos ante una película, si podemos considerarla así, cuya importancia es mucho mayor desde el punto de vista histórico, como primera manifestación de algunas de las características de su cine, que desde el artístico, en parte porque lo que nos ha llegado es un trabajo inacabado, un montaje en bruto de imágenes mudas en el que, incluso, aparecen planos repetidos y cuya finalidad, en caso de haberse terminado, era servir de apoyo a una obra de teatro, la gran pasión de Welles por aquel entonces.

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El propósito de Welles era que cada una de las tres partes en que se dividía la película funcionara como introducción a los tres actos del montaje teatral que el Mercury Theatre iba a realizar sobre la obra homónima de William Gillette, un autor y actor famoso en la época sobre todo por sus interpretaciones, en la escena, de Sherlock Holmes. La obra, que a su vez se basaba en el libreto de Maurice Ordonneau titulado La Plantation Tomassin, ya había sido llevada al cine con anterioridad en 1900 y en 1919, esta última en adaptación dirigida por el también actor Donald Crisp. La versión del Mercury se estrenó sin que a Welles le diera tiempo a terminar la película, y su fracaso -solo estuvo en cartel durante dos semanas- hizo que ya no tuviera sentido continuar con el proyecto.

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La historia que nos cuentan las imágenes de Too Much Johnson es un vodevil, una comedia de enredo al estilo Mack Sennet o Harold Lloyd, en la que un marido engañado por su mujer persigue al amante, un tal Johnson (Joseph Cotten), por las calles y los tejados del mercado de aves de Nueva York. La frenética persecución les llevará ni más ni menos que hasta una Cuba recreada por Welles con cuatro palmeras y poco más, en la que el cornudo confundirá a un rico propietario, también llamado Johnson, con el amante, dando lugar a un duelo que Johnson-Cotten intentará impedir.

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Junto a algunos divertidos gags, lo más relevante del film son aquellos elementos o detalles argumentales a los que Welles recurrirá en sus películas posteriores y, sobre todo, algunas señas de identidad cinematográficas, como la profundidad de campo y los picados y contrapicados, que anticipan lo que será el estilo de un genio que comenzaba a cogerle el gusto a esto del cine.

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DEMENTIA / DAUGHTER OF HORROR (1955) de John Parker

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De todas las películas distintas, extrañas, sorprendentes que en la historia han sido, sin duda Dementia es una de las que encabezan la lista, y más teniendo en cuenta que estamos ante una película americana de 1955. Fue la única escrita y dirigida por un tal John Parker y, como a menudo sucede, su popularidad es mucho menor que su posible influencia en la filmografía de otros prestigiosos cineastas.

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Sus difíciles primeros pasos ya dan una idea de su rareza para la época: a la primera versión, ya sin diálogos aunque con música y efectos de sonido -la titulada Dementia-, se le cortaron varias escenas, se le añadió la voz de un narrador y se la rebautizó con el título de Daughter of Horror. Al parecer, no fue a verla ni el Tato.

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De apenas una hora de duración, Dementia nos muestra el onírico paseo nocturno de una joven por los bajos fondos de la ciudad, donde se encuentra con los más pesadillescos y estrafalarios personajes. El robo, el crimen, las fantasías sexuales, el sentimiento de culpa, el miedo y, a la vez, la atracción por lo desconocido, se dan la mano en una noche muda de atmósfera expresionista entre el cine negro y el de terror, repleta de libertad creativa y de elementos surrealistas, con la que Freud y Buñuel probablemente se habrían puesto las botas. Y, por qué no, podemos también rastrear en ella cierta influencia del cine de Orson Welles: sus primeros planos, sus picados y contrapicados, la exuberante profundidad de campo en algunas de sus escenas… e incluso el parecido de uno de los personajes con Welles, quizá como pequeño homenaje.

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En cuanto a su influencia posterior, no me parece descabellado apostar por ella en el cine de David Lynch, en el del director canadiense Guy Maddin -otro de los grandes “raros”-, o en la tempranera película de Coppola titulada, curiosamente, Dementia 13 (1963). Y, sobre todo, sería interesante preguntarle a Polanski cuántas veces vio el film de Parker antes de comenzar a rodar Repulsión (Repulsion, 1965).

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Editada en DVD por Art House Media.

 

 

 

AVARICIA de Frank Norris

Frank_Norris_ReadingEl mayor proyecto cinematográfico del gran Erich von Stroheim, y uno de los más colosales de la historia del arte, se convirtió en una empresa mastodóntica e imposible para la época que en la sala de montaje se iba a las ocho o nueve horas de metraje. Finalmente, Avaricia (Greed, 1924) se estrenó en una versión censurada de algo más de dos horas y media -al parecer existe otra de unas cuatro horas- y aun así fue suficiente para que se la considere una de las más importantes películas de la historia, un compendio de la narrativa del cine, de las pasiones humanas del drama y de la integración de diversos escenarios y géneros a partir de la evolución de los personajes.

avariciaComo suele ocurrir en estos casos, la novela en que se basa es mucho menos conocida que el film de Stroheim. Traducida al español hace unos pocos años con su título cinematográfico, Avaricia (McTeague, 1899) es uno de los ejemplos maestros del naturalismo norteamericano, que proviene en buena parte de la literatura de Zola y que, junto a la novela de detectives, tanto influyó en la posterior aparición del género negro. Autores como, por ejemplo, James M. Cain tienen su escuela, sin duda, en la novela naturalista.

Plagada de simbología perfectamente integrada en el relato, Avaricia se desarrolla casi por completo en un espacio urbano y se traslada, en su parte final, a las minas de oro de las montañas y al desierto, donde la historia alcanza su clímax con situaciones próximas al wéstern. Entre ambos ambientes, la novela nos muestra cómo el deseo, la envidia, la pobreza y la codicia pueden llevar a las personas, incluso a las más bondadosas, al engaño, el robo y el crimen; cómo los instintos más primarios aparecen de repente para acabar con la amistad y el amor y desembocar en la muerte.

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Los dos hombres se abrazaron de repente y, a renglón seguido, empezaron a rodar y forcejear sobre la superficie caliente y blanca. McTeague empujó a Marcus hacia atrás, hasta que éste tropezó y cayó sobre el cuerpo del mulo muerto. La jaulita del pájaro se zafó de la silla con la violencia de la caída y rodó por el suelo; los sacos de harina se escurrieron. McTeague le quitó el revólver a Marcus y lo blandió a ciegas. Los dos luchadores quedaron envueltos en unas asfixiantes nubes de polvo de álcali, fino y penetrante.

McTeague no supo cómo mató a su enemigo, pero, de repente, Marcus quedó inmóvil bajo sus golpes. Después tuvo un último arrebato de energía. La muñeca derecha de McTeague quedó atrapada; algo se cerró con un clic en torno a ella; luego, el cuerpo que forcejeaba quedó mustio e inmóvil tras una expiración profunda.

Al ponerse de pie, McTeague sintió un tirón en la muñeca; estaba amarrada a algo. Cuando miró hacia abajo vio que Marcus, en es último forcejeo, había encontrado fuerzas para esposarle las muñecas. Marcus estaba muerto; McTeague estaba atado a su cuerpo. Todo lo que lo rodeaba, inmenso, interminable, desplegaba las leguas inconmensurables del Valle de la Muerte.

McTeague se quedó mirando a su alrededor con ojos estúpidos, primero al horizonte lejano, luego al suelo, luego al canario medio muerto que gorjeaba débilmente en su pequeña prisión dorada.

Traducción de Olga Martín Maldonado.

Publicada por La otra orilla.

THE ARTIST (2011) de Michel Hazanavicius

Escena primera: el público asiste a la última película protagonizada por la gran estrella del cine mudo George Valentin. En la pantalla vemos al héroe gritando mientras sus enemigos le torturan, y en el rótulo de turno leemos: “¡No hablaré!”. Al otro lado de la pantalla, donde el equipo que ha rodado la película espera la reacción del público, un letrero nos avisa de que guardemos silencio. Son sólo dos guiños, apenas dos detalles, pero que consiguen que nos pongamos cómodos y nos frotemos las manos. Y The Artist, con los excepcionales Jean Dujardin y Bérénice Bejo como protagonistas, no defrauda. Apúntenla ya para estar entre las mejores de la década.

        Lo que sigue tras ese magnífico inicio, la historia del declive de George al aparecer el cine sonoro y del auge de la figurante Peppy Miller (otro detalle: la actriz que interpreta a la esposa de George es Penepole Ann Miller) hasta convertirse en estrella, es una sucesión de momentos rebosantes de talento, casi un empacho de maestría narrativa. Unos pocos ejemplos entre mil: la primera vez que ambos coinciden en un plató, en la que, tras el baile en el que George sólo puede ver las piernas de Peppy, ruedan su primera escena juntos y, tras varias tomas, comienzan a enamorarse; la escena en que Peppy imagina que el frac de George, colgado de un perchero, la abraza como si fuera él mismo, puro Chaplin o Keaton, o incluso Harpo Marx; el premonitorio final de la última película muda que George interpreta y que también dirige, intentando demostrar que el público aún le quiere aunque no hable, en el que el héroe al que da vida se hunde en arenas movedizas mientras aparece sobreimpresionado el THE END; el momento en que Peppy descubre que la única película que George ha salvado al incendiarse su casa es aquella primera que rodaron juntos, y que por tanto él también la ama; la última escena en que ambos bailan ante la cámara, que supone el inicio del cine musical, etcétera, etcétera y muchos más etcéteras.

        Como no podía ser de otro modo en una película así, las referencias y los homenajes aparecen por todas partes, y curiosamente muchos de ellos aluden al cine sonoro norteamericano:

La caracterización de George y Peppy como Gene Kelly y Debbie Reynolds, la desaparición del cine mudo y los comienzos del sonoro de Cantando bajo la lluvia (Singin´ in the Rain, 1952) de Stanley Donen y Gene Kelly.

-El gran actor que pierde el favor del público mientras la mujer a la que ama alcanza la fama de las muchas versiones de Ha nacido una estrella (A Star is Born).

-Los planos en que George comparte mesa con su mujer, en los que se muestra cómo la relación se va deteriorando, así como aquellos en los que George descubre, en una enorme habitación de la mansión de Peppy, todos los objetos que le pertenecieron tapados con sábanas, que remiten a los que filmó Orson Welles para Ciudadano Kane (Citizen Kane, 1941). 

-La estrella del cine mudo que recuerda sus momentos de gloria viendo sus propias películas de, entre otras muchas, El crepúsculo de los dioses (Sunset Boulevard, 1950) de Billy Wider.

-La borrachera de George en el bar, filmada de manera similar a una de las que agarraba Ray Milland en Días sin huella (The Lost Weekend, 1945), también de Wilder. Mientras bebe, George cree ver salvajes diminutos que le atacan, como aquellos Muñecos infernales (The Devil Doll, 1936) que creó Tod Browning.  

-El gran hombre de cine que se cree capaz de dirigir sus propias películas, fracasando estrepitosamente, de Cautivos del mal (The Bad and the Beautiful, 1952) de Vincente Minnelli.

-La recuperación, para la escena en que George se dispone a suicidarse y la llegada de Peppy lo evita, del tema de amor que escribió Bernard Herrmann para Hitchcock en De entre los muertos (Vertigo, 1958).  

-ETC, ETC.

        Quizá sea precisamente el hecho de que muchos de sus logros remiten a otras grandes películas lo único que le podamos reprochar al film de Hazanavicius, pero para qué liarnos la manta a la cabeza cuando nos lo hemos pasado como enanos, y más sabiendo que la historia del cine está plagada de homenajes y/o plagios tan maravillosos como los que aquí aparecen. The Artist es una carta de amor al cine, un soplo de aire fresco que nos devuelve lo mejor del séptimo arte, y lo seguiría siendo aunque fuese una película sonora, o aunque hubiese sido parida a finales de los años veinte junto a Amanecer (Sunrise, 1927) de Murnau o Y el mundo marcha (The Crowd, 1928) de King Vidor, junto a aquellas películas que le dieron al cine su mayoría de edad y que aún hoy, después de casi un siglo, nos siguen emocionando.