Archive for the ‘Cine negro’ Tag

ALIAS NICK BEAL (1949) de John Farrow

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Como corresponde a su naturaleza, el diablo siempre se las ha arreglado para hacer caer en la tentación al gremio de los guionistas, que lo han incluido como personaje en multitud de géneros, desde el cine de terror -por descontado, su hábitat natural- hasta la comedia e incluso el wéstern, pasando por el cine negro. Dentro de este último, el mejor ejemplo que conozco es Alias Nick Beal, un híbrido absoluto entre el noir -sobre todo por su atmósfera- y el fantástico y mi película favorita de John Farrow, esposo de Maureen O’Sullivan y padre de Mia Farrow, un director con un puñado de películas interesantes pero que en pocas ocasiones rozó la excelencia.

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El estupendo guion de Jonathan Latimer nos cuenta, en un extenso flashback, la historia de Joseph Foster (Thomas Mitchell), un íntegro fiscal de distrito obsesionado con meter en chirona a un gánster llamado Hanson. Cuando parece que no va a poder conseguirlo porque las pruebas incriminatorias han sido quemadas, Foster recibe una nota anónima de alguien que le propone citarse en el café China Coast si quiere atrapar a Hanson. Cuando se encuentran, el misterioso personaje, que se hace llamar Nick Beal (Ray Milland), le ofrece, sorprendentemente, los documentos que en principio habían sido destruidos. Foster acepta, pero el trato al que llega con Beal no le saldrá gratis y tendrá consecuencias relacionadas con su carrera política.

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Adaptación del mito de Fausto llevada al terreno de la corrupción política y ambientada en buena parte en la nocturnidad neblinosa de los bajos fondos, Alias Nick Beal cuenta con un espléndido reparto completado por Audrey Totter, en el papel de la prostituta Donna, a quien Beal saca del arroyo para que lo ayude en su particular misión seduciendo a Foster; George Macready, como el reverendo amigo de Foster, personaje decisivo en el desenlace del film, y el gran Fred Clark, acaso desaprovechado en su rol de político relacionado hasta las trancas con la delincuencia. Pero, por encima de todos, incluso del siempre enorme Thomas Mitchell, el dueño absoluto de la película es Ray Milland.

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Sin su interpretación, la cinta de Farrow, aunque tiene muchas otras virtudes, bajaría sin duda un par de peldaños. Su mefistofélica y ominosa presencia y su amenazadora mirada resultan tan preponderantes en el film que, cuando no están presentes, el espectador está deseando, como pocas veces, que vuelvan a la pantalla. Su presentación en el film, surgiendo de la bruma que envuelve al China Coast y silbando su recurrente melodía; su aparición ante Donna, cuando la echan del café por armar un escándalo, ofreciéndole una vida de lujos a cambio de su colaboración; el asesinato del contable de Hanson, filmado en off de manera tan concisa como brillante, y el anuncio de su presencia en el bar en el que Donna se está emborrachando tras intentar escapar de él, deslizando por la barra la pitillera de zafiros que le había regalado, no solo son las mejores secuencias de la película, sino que se cuentan entre las más memorables protagonizadas por el diablo que nos haya dejado el cine.

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El cine negro de Édouard Molinaro (y 2): UN TÉMOIN DANS LA VILLE (1959)

977453Ya antes de los créditos entramos en materia: un hombre asesina a una mujer tirándola de un tren. En la siguiente secuencia, un juez informa al asesino, en presencia de su abogado, de que queda libre por falta de pruebas. Nos enteramos de que el sospechoso era el amante de la víctima. En la tercera secuencia, magistral, el marido de la muerta espera al criminal en su casa y, tras comunicarle su propio veredicto, lo ahorca; pero, cosas del negro destino, el amante había pedido por teléfono un taxi. Al salir el marido de la casa, el taxista lo aborda creyendo que es su cliente.

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Como vemos, Un témoin dans le ville -conocida también por los títulos en castellano Un testigo en la ciudad Sólo un testigo– tiene en común con su antecesora, Le dos au mur, que tampoco se anda por las ramas a la hora de presentar el drama a los espectadores. Nada de preámbulos innecesarios. Pero mientras la primera película de Molinaro nos llevaba más hacia el terreno del misterio por medio de un guion laberíntico, la que nos ocupa discurrirá por los terrenos del thriller. Poco tiempo y ritmo frenético: el gran Lino Ventura ha de encontrar y eliminar al taxista Franco Fabrizi, único testigo de su venganza, ante la posibilidad de que este hable con la policía.

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Estupendo guion coral en el que participaron, entre otros, el propio Molinaro, el polifacético Gérard Oury y la ínclita pareja literaria formada por Pierre Boileau y Thomas Narcejac; fotografía del no menos ilustre Henri Decaë; dirección sobresaliente con momentos para recordar como el citado de la ejecución del amante o el encuentro en el taxi de los dos protagonistas; la siempre estimulante participación, interpretando a la novia y compañera de trabajo del taxista, de Sandra Milo, y, por encima de todo, la omnipresencia de un gigante como Lino Ventura dando vida a un personaje misterioso y extraordinario del que apenas recibimos información y a quien, como al marido engañado protagonista de Le dos au mur, su plan aparentemente perfecto se le irá de las manos por culpa, cómo no, del incontrolable azar. Un cóctel infalible que hace de Un témoin dans le ville otra joya del género negro a descubrir, realizada a la manera clásica en tiempos en que el cine francés comenzaba a cambiar a lomos de la Nouvelle vague.

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El cine negro de Édouard Molinaro (1): LE DOS AU MUR (1958)

Le_dos_au_mur-743039796-mmedVicios pequeños (La cage aux folles, 1978) y, en menor medida, su secuela, La jaula de las locas (La cage aux folles II, 1980), supusieron un gran éxito comercial trasladado después a los escenarios en que se representó la obra de teatro original de Jean Poiret. Probablemente, muchos espectadores aún la recuerden. En cambio, me da la impresión de que el nombre del director de ambas películas, Édouard Molinaro, duerme en el cajón del olvido. Para reivindicar, al menos en parte, a este director de filmografía irregular, creo que lo mejor es acudir, curiosamente, a sus primeros pasos en el cine, alejados de la comedia y metidos de lleno en el género negro. El más negro posible.

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Su primer largometraje, Le dos au mur, nos regala un inicio fulgurante, de los que atrapan irremediablemente al espectador. Un tipo entra en casa ajena, como si fuera un ladrón, se guarda el dinero que encuentra en un cajón y se topa sin sorprenderse lo más mínimo con un cadáver. Con la ayuda de una alfombra en la que mete el cuerpo, lo traslada en su coche a una fábrica y lo entierra con hormigón en una pared. A partir de este momento, el propio protagonista se encarga de echar la vista atrás e informarnos, con un flashback que ocupa casi todo el metraje, de las circunstancias que lo han llevado a esa extraña situación y que tienen que ver con el adulterio de su esposa y su retorcido plan para chantajearla.

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Por fortuna, no estamos ante uno de los muchos casos en que el resto de la película no está a la altura de su primera y prometedora secuencia. Al contrario. Le dos au mur mantiene prácticamente el nivel durante su ajustadísima hora y media gracias a la confluencia de sus cuatro elementos principales: la magnífica fotografía en blanco y negro de Robert Lefebvre; las presencias e interpretaciones de dos grandes como Gérard Oury y Jeanne Moreau; el ritmo y la brillante planificación que consigue Molinaro, sorprendentes en una ópera prima, y la verdadera protagonista del film, una trama, a partir de la novela de Frédéric Dard, que nos lleva de manera lógica de sorpresa en sorpresa, enrevesada como pocas y que acaba convirtiéndose en una tela de araña que atrapa a todos los personajes. Todo ello hace de Le dos a mur -que en alguna web aparece con el título español De espaldas a la pared-, tan poco vista como citada, una magistral película que seguramente sorprenderá a quienes la descubran. Imprescindible para los amantes del género negro.

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LA CASA NÚMERO 322 (1954) de Richard Quine

Tras el atraco a un banco en el que es asesinado el guardia de seguridad, el policía Paul Sheridan (Fred MacMurray) entra en contacto, por orden de sus superiores, con la amante del criminal (Kim Novak) con el fin de obtener información sobre su paradero; pero cuando la pasión surge entre ambos, deciden hacerse con el botín del robo y huir juntos. Para ello, Sheridan deberá burlar la vigilancia que él mismo y sus compañeros han establecido día y noche ante el apartamento de la chica y sorprender a su amante cuando venga a visitarla.

Diez años después de Perdición (Double Indemnity, 1944), una de las obras maestras de Billy Wilder, el nunca suficientemente reconocido Fred MacMurray interpreta un papel similar, el de un tipo en principio íntegro y honrado que, harto de no poder escapar de una vida mediocre, cae en la doble tentación de conseguir a la chica y el dinero fácil; pero el guion de La casa número 322 (Pushover), escrito por Roy Huggins a partir de una novela de Bill S. Ballinger, se aleja del cinismo despiadado y la frialdad de que hacía gala el film de Wilder y se adentra en un territorio en el que tienen cabida el romanticismo y los escrúpulos: el personaje de MacMurray no es el típico policía corrupto y violento dispuesto a todo y el de Kim Novak no responde ni de lejos al de la femme fatale tan habitual en el género.

En una de sus contadas incursiones en el cine negro, Richard Quine realiza una película tensa y claustrofóbica gracias a una puesta en escena que aprovecha al máximo los espacios cerrados, donde todos los personajes se cruzan y se vigilan constantemente, pero a la que quizá le falte algo de nervio en sus diálogos y un mejor dibujo de personajes, sobre todo en el caso del jefe de policía al que interpreta un desaprovechado E. G. Marshall y en el de la vecina, decisiva en el desenlace, a la que presta rostro y talento la gran Dorothy Malone, para superar el escalón que la separa de la cima del género. Aun así, hora y media más que recomendable en compañía de MacMurray y de una Kim Novak a la que ni siquiera le hace falta esforzarse mucho para deslumbrarnos desde su primera aparición en pantalla, desde la magistral escena en que se conocen los dos protagonistas y que abre el film tras los títulos de crédito.

 

 

 

 

 

A HIERRO MUERE (1962) de Manuel Mur Oti

Un hombre y una mujer se ponen de acuerdo para asesinar a una tercera persona y hacerse con su dinero. Sexo, avaricia y traiciones envueltos en sombras. Un argumento recurrente, al que hemos sido invitados mil veces por la novela y el cine negros, y aun por su padre el naturalismo, y cuyo anzuelo siempre picamos tan contentos. A veces nos dirigimos directamente a obras maestras que se han instalado para siempre como referentes; otras, nos dejamos engatusar por mediocres fotocopias que no aportan nada a los originales; por el camino, nos encontramos con sorpresas fabulosas, como A hierro muere, que no aparecen en ningún canon, a menudo porque pertenecen a cinematografías, como la nuestra, que no andan sobradas de glamur. Qué poco apreciamos lo nuestro y qué mal nos vendemos.

En el extraordinario film de Manuel Mur Oti, basado en una novela del escritor y cineasta argentino Luis Saslavsky, la pareja en cuestión son Fernando (Alberto de Mendoza), un parásito que vive de las limosnas que le va dando su valetudinaria tía, y Elisa (Olga Zubarry), una atractiva enfermera que acaba de salir de la cárcel y que encuentra empleo como cuidadora de la anciana gracias a que su madre trabaja de criada en la casa. Con la llegada de la joven, Fernando ve la ocasión propicia de asesinar a su tía y que parezca una muerte natural, a fin de heredar su dinero. A cambio de compartir vida y fortuna, a Olga no le costará dejarse convencer para llevar a cabo lo que a priori parece un crimen perfecto; pero ya se sabe que en territorio negro los planes nunca salen como uno quiere.

La novela de Saslavsky ya había sido llevada al cine en Argentina en A sangre fría (1947), dirigida por Daniel Tinayre y con un guion del propio Saslavsky al que pocas variaciones aporta el escrito por Enrique Llovet para esta segunda adaptación. Las diferencias, a favor de A hierro muere, aparecen sobre todo en la puesta en escena: la película de Tinayre no está nada mal, pero Mur Oti, uno de mis directores españoles preferidos, consigue más tensión y suspense a partir de las mismas situaciones y recrea, con la colaboración imprescindible de la fotografía de Manuel Berenguer, un ambiente mucho más claustrofóbico y malsano que el de su predecesora. El uso magistral de la profundidad de campo, el explícito homenaje al Hitchcock de Sospecha (Suspicion, 1941) y el estupendo reparto, con el talento y la presencia de la gran Olga Zubarry al frente, acaban por hacer de este film una de las mejores aportaciones españolas al género, que sin duda sería mucho más conocida y apreciada si llevara incorporada la etiqueta made in Hollywood.

NOCHE EN LA CIUDAD (1950) de Jules Dassin

Una voz en off nos sitúa en Londres, en una noche cualquiera. De repente, en la oscuridad, un hombre que huye. Cruza una plaza a la carrera, salta una valla y se escabulle entre las calles. Aún tiene tiempo y sangre fría para detenerse a recoger la flor que le ha caído del ojal de su traje antes de entrar en un bloque de pisos y despistar definitivamente a su perseguidor. En unos segundos, en unos pocos planos y sin necesidad de diálogo, ha quedado caracterizado el protagonista de Noche en la ciudad (Night and the City): Harry Fabian es un tipo elegante que cuida los detalles, pero sobre todo es un tipo que corre. Porque persigue algo o porque lo persiguen a él. Harry Fabian vive corriendo.

Harto de trapicheos de poca monta, de ganarse la vida engañando a cuatro incautos, Harry (Richard Widmark) tiene prisa por llegar a ser alguien importante. La ocasión que ha estado esperando se le presenta durante una velada de lucha grecorromana en la que conoce a Gregorius (Stanislaus Zbyszko), un antiguo campeón enemistado con su hijo, Kristo (Herbert Lom), el magnate que controla la lucha en Londres, porque ha convertido en un bochornoso espectáculo lo que él considera un arte. Tras ponerse a Gregorius de su parte, Harry necesitará dinero para montar su negocio de lucha y desbancar a Kristo, y para ello solo podrá acudir a Phil (Francis L. Sullivan) y a su amante, Helen (Googie Withers), regentes del local al que Harry envía clientes a cambio de una comisión y donde trabaja como cantante su novia, Mary (Gene Tierney).

Basado en una novela de Gerald Kersh que Irwin Winkler volvería a llevar a la pantalla en 1992 con resultados discretos, el impresionante guion escrito por Jo Eisinger nos introduce en uno de los microcosmos más memorables del cine negro, poblado por una galería de complejos y, a la postre, patéticos personajes cuidados al detalle a los que la dirección de Dassin enjaula en asfixiantes planos cortos o los observa en encuadres de una profundidad nunca gratuita, apoyándose en el trabajo de fotografía de Mutz Greenbaum, uno de los más deslumbrantes, en mi opinión, que haya conocido el género. Protagonistas cada una de ellas de situaciones y diálogos antológicos hasta hacer del film prácticamente una obra coral, las criaturas de Noche en la ciudad -exceptuando a Mary y a Gregorius, víctimas de las mentiras de Harry- se dejan llevar por su ambiciosa naturaleza sin escrúpulos para manipularse y traicionarse entre ellos hasta acabar destruyéndose: nadie gana; todos pierden.

Rodada en Londres porque Dassin se había exiliado, víctima de la «caza de brujas», lo que quizá influyó tanto en el tratamiento del argumento y los personajes como en el tono febril, desencantado y trágico que recorre la película, Noche en la ciudad es una de las cimas del noir, una colección inagotable de momentos para guardar en la memoria cuyo fragmento final, teñido de un romanticismo ausente hasta entonces que indulta en parte al descarriado Harry, se corona con un plano -el que muestra a Kristo tirando una colilla al río- sin concesiones, tan metafórico como cruel, tan genial como demoledor, el colofón ideal a una obra maestra absoluta que aún no ha encontrado el lugar de honor que merece en la historia del cine.

 

 

 

 

DER VERLORENE (1951) de Peter Lorre

Al gran Peter Lorre todos lo recordamos por su insustituible presencia en el cine negro americano, interpretando sibilinos personajes secundarios que, a menudo y sin esfuerzo aparente, le robaban la escena al protagonista; también, cómo no, por su caracterización del asesino de niños Hans Beckert en (1931), de Fritz Lang. Pero el culto y polifacético húngaro László Löwenstein, que así se llamaba Lorre realmente, también escribió y dirigió, durante su regreso temporal a Alemania tras la guerra, una estupenda película titulada Der Verlorene, conocida aquí en su edición doméstica como El hombre perdido. Por desgracia, fue un fracaso absoluto entre un público alemán más bien reacio a recordar sus demasiado recientes miserias y el film tuvo que esperar más de treinta años para que se viera en las pantallas de Estados Unidos.

Al comienzo de la película encontramos a Lorre en la piel del doctor Neumeister, médico de un campo de refugiados al que asignan un ayudante llamado Nowak, un tipo cuyo nombre es en realidad Hösch y que ya había trabajado con el doctor cuando este se llamaba Rothe y sus experimentos científicos estaban al servicio de los nazis. Esta sombra del pasado hace que Rothe regrese a los tiempos de la guerra y que en sucesivos flashbacks se nos expliquen los hechos que lo convirtieron en un hombre atormentado por la culpa: informado de que su prometida era en realidad una espía de los aliados y amante de otros hombres, Rothe la asesinó; pero las autoridades, a fin de que pudiera continuar con su trabajo, encubrieron el crimen haciéndolo pasar por un suicidio, lo cual despertó en el hasta entonces pacífico médico las ansias por continuar matando.

A pesar de alguna secuencia que nos lleva de vuelta al expresionismo y de un plano que puede recordarnos a uno muy similar de MDer Verlorene resulta una película bastante austera en su forma. Lorre no busca impactar al espectador ni con su cámara ni con su contenida interpretación, hasta el punto de que en muchos momentos me resulta un film más desnudo, más real, que algunos neorrealistas. Ni siquiera se recrea en el morbo del argumento ni en la exhibición de la parafernalia nazi para subrayar su denuncia, como hacía, por ejemplo, la muy entretenida La noche de los generales (The Night of the Generals, 1966), de Anatole Litvak. Todo esto quizá comporte alguna decepción entre los espectadores que esperen una película trepidante en torno a un desquiciado asesino envuelto en las sombras, pero no entre quienes acepten una historia contada de manera más discreta y sobria de lo habitual en el género, con fragmentos magistrales como el de la huida de la prostituta que ve la muerte en la mirada de Rothe o el tan breve como rotundo plano final, y que entre líneas nos habla alegóricamente sobre las consecuencias de la impunidad, sobre los efectos que puede causar en ciertas personas sentirse invulnerables.

 

 

CHANTAJE EN BROADWAY (1957) de Alexander Mackendrick

Se abre el telón a la noche de Broadway: bares repletos de noctámbulos, reparto de periódicos, luces de neón, música en los clubes… Entre los parroquianos se mueve, ritmo frenético, Sidney Falco, un agente de artistas, una rata nocturna que vendería a su madre, si no lo ha hecho ya, por los favores del gurú de la prensa, el columnista J. J. Hunsecker, cuya lengua viperina hace triunfar o hunde en la miseria a cualquiera que pase por su máquina de escribir. J. J. ha encomendado una labor a su lacayo preferido: que su amada hermana rompa la relación que mantiene con un guitarrista; por supuesto, no importa cómo lo consiga. Le damos la mano a Falco, con cuidado de conservar todos los dedos, y durante hora y media descendemos con él a las cloacas del engaño, la ambición, el poder, la corrupción, el chantaje y la prostitución en todas sus variantes. En blanco y negro, por supuesto. Poco de blanco y mucho, mucho de negro.

Chantaje en Broadway (Sweet Smell of Success), una de las películas más perfectas que conozco, fue producida por la Hill-Hecht-Lancaster, la productora de Burt Lancaster, que se reservó uno de los papeles de su vida, el del impagable J. J. Hunsucker -apellido que, con algún ligero retoque, recuperaron los hermanos Cohen y Sam Raimi para el personaje interpretado por Paul Newman en El gran salto (The Hudsucker Proxy)-, el destructivo y solitario misántropo que desde su torre de marfil domina la opinión pública y que guarda todo su (incestuoso) amor para su hermana pequeña (Susan Harrison), a la que no permite que se acerque ni el aire, y mucho menos el de la noche. Junto a él, en una interpretación igual de descomunal -sorprende que aún hoy en día haya quien le niegue su condición de actorazo-, Tony Curtis en la piel de Sidney Falco, una puta completamente amoral consciente de que lo es porque, como a la añorada Jeanette, el mundo le ha hecho así. Personajes de un cine negro hasta las cejas sin necesidad de balas ni mujeres fatales, atrapados ambos sin remedio en la propia mierda que han ido creando a su alrededor. Sospecho que sus apellidos no tienen nada de casual.

Ellos son la punta de lanza, la cara visible de una de las mayores reuniones de talento que el cine nos ha dejado: el jazz de Elmer Bernstein; la fotografía, tan oscura como los personajes y sus acciones, y la profundidad de campo de James Wong Howe, que viajó de China a Estados Unidos siendo un niño para acabar convirtiéndose en uno de los más grandes operadores cinematográficos; el guion de Ernest Lehman y Clifford Odets, un festín en todas y cada una de sus vitriólicas líneas, un manual de escritura de personajes secundarios -cada uno de ellos, con su momento de gloria- y una muestra como pocas de respeto por la inteligencia del espectador. Chantaje en Broadway es muchas cosas, pero sobre todo es una película que desprende inteligencia por los cuatro costados, hasta parecer que abusa de ella.

Y, por supuesto, la dirección de Alexander Mackendrick, cuya cámara se desliza con la mayor elegancia entre los personajes, baila con ellos al ritmo de la música de Bernstein y los observa sin inmutarse como parte lógica e inseparable de unos ambientes, unas calles, una noche y una ciudad que son, también ellos, personajes con entidad propia de una película que probablemente sirvió de inspiración (poca) a Jean-Pierre Melville para crear las imágenes de Deux hommes dans Manhattan (1959), una de sus escasas obras menores. Imposible destacar para el recuerdo solo unos cuantos planos, un par de escenas o una única secuencia de esta obra maestra sin altibajos, sin un solo momento de flaqueza, que no suele encontrar su espacio en las sacrosantas listas de las mejores de la historia quizá porque deja poco espacio para la emoción y la empatía del espectador. Cine filmado en celuloide de acero.

 

 

 

 

NO ABRAS NUNCA ESA PUERTA (1952) de Carlos Hugo Christensen

En 1952, con apenas un mes de diferencia, el cineasta argentino Carlos Hugo Christensen estrenó dos películas basadas en relatos del gran escritor Cornell Woolrich (alias William Irish), contando en ambas con la colaboración del guionista Alejandro Casona, del músico Julián Bautista y del director de fotografía Pablo Tabernero. La primera, Si muero antes de despertar, no me parece gran cosa; la segunda, No abras nunca esa puerta, que adapta en dos episodios independientes los cuentos «Alguien al teléfono» «El pájaro cantor vuelve al hogar», es una muestra extraordinaria del género negro que con toda seguridad sería más conocida y apreciada si se hubiera rodado en Hollywood.

En la primera de las historias, la más breve, Angel Magaña interpreta a Raúl, un tipo cuya hermana, adicta al juego, es acosada mediante continuas llamadas telefónicas por alguien a quien debe dinero. Tras el suicidio de la joven, Raúl intentará averiguar quién estaba al otro lado del teléfono para vengarse.

Sin apenas desarrollo de los personajes, el film resulta un magnífico ejercicio de manejo del misterio en torno a la identidad del autor de las llamadas y a la ciega búsqueda por parte del protagonista de alguien en quien consumar su venganza. Los diez últimos minutos y su final abierto, magistrales.

La segunda historia, cuya mayor duración le permite una mayor complejidad en la caracterización de sus protagonistas, nos traslada al hogar de Rosa (impresionante interpretación de Ilde pirovano), una anciana ciega que vive con su sobrina esperando que algún día regrese a casa su hijo, Daniel (Roberto Escalada), sin sospechar que este es el atracador del que tanto habla la radio, reconocible por su costumbre de silbar constantemente la misma canción. Tras el asalto a un banco, Daniel y sus dos compinches, a punto de morir uno de ellos, se refugian en casa de la anciana, pero esta no tardará en darse cuenta de quién es realmente su hijo.

En esta ocasión, brillan en mayor medida la puesta en escena de Christensen y la fotografía de Tabernero, que sacan el mayor partido posible al espacio cerrado, a la oscuridad y al hecho de que sea un personaje ciego quien tenga que hacerse con los mandos de la situación, como ya habíamos visto en A 23 pasos de Baker Street (23 Paces to Baker Street, 1956), de Henry Hathaway, en Sola en la oscuridad (Wait Until Dark, 1967), de Terence Young, o en Terror ciego (Blind Terror, 1971), de Richard Fleischer. A destacar la secuencia, repleta de tensión, en que Rosa entra en las habitaciones de los dos atracadores mientras duermen, les quita las armas y los encierra y el portentoso final entre las sombras, con sorpresa incorporada.

 

DOBLE VIDA (1947) de George Cukor

La tragedia de William Shakespeare Otelo no ha tenido tanta suerte al ser trasladada a la pantalla como otras obras del autor inglés; de hecho, ya que no me dicen gran cosa otras versiones de cierto prestigio como la de Stuart Burge de 1965 o la de Sergei Yutkevich de 1956, creo que solo la de 1952 que escribió, dirigió y protagonizó Orson Welles -quién si no- puede considerarse una obra maestra que haga honor al texto original. Pero a los aficionados al teatro de Shakespeare y al séptimo arte siempre nos queda la opción de recurrir a una película que no adapta directamente la historia del Moro de Venecia pero sí se apoya en ella como pieza trascendental de su argumento. La dirigió George Cukor, se titula Doble vida (A Double Life) y es una maravillosa mezcla de drama, cine negro y teatro llevado al cine.

El film de Cukor nos cuenta la historia de Tony (Ronald Colman), una estrella del teatro que vive de manera especialmente intensa los papeles trágicos que interpreta. No sin reservas, acepta el papel de Otelo en un proyecto en el que su exmujer, Britta (Signe Hasso), de la que sigue enamorado, interpretará a Desdémona. En cuanto comienzan las representaciones, Tony empieza a adoptar de manera enfermiza la personalidad de Otelo y a sentir celos de la relación entre Britta y un agente teatral (Edmond O’Brien). Paralelamente, conoce a una atractiva camarera (Shelley Winters) de cuyo asesinato se convierte en sospechoso.

Con un reparto extraordinario del que forman parte también Ray Collins y, en papeles muy breves, Art Smith y Betsy Blair; con música de Miklós Rózsa, fotografía del gran Milton Krasner, guion del matrimonio Garson Kanin-Ruth Gordon y dirección de Cukor, era difícil que no estuviéramos ante una magnífica película; pero lo que la lleva a ocupar un lugar destacado entre mis preferencias es la presencia de una enormidad de actor, uno de mis favoritos de siempre, que por esta interpretación ganó el Oscar y el Globo de Oro: nadie en el cine, ni siquiera Bogart, ha llevado el sombrero y la gabardina como Ronald Colman.

Desde la amabilidad y la simpatía de quien cree haber recuperado a su amada hasta la furia y la violencia provocados por los celos y la desaforada pasión por el teatro, pasando por el desconcierto respecto a su identidad y la vergüenza causada por sus reacciones, la interpretación de Colman hace gala de un despliegue sin fin de matices que nos obliga a centrar nuestra mirada en ella durante todo el metraje y que tiene su cenit durante la que será la última representación de la obra, en la secuencia final del film: mientras vemos a Otelo sobre el escenario, nos damos cuenta de que la personalidad de Tony va ocupando su lugar, de que la interpretación de Colman va variando de lo teatral (la de Otelo) a lo cinematográfico (la de Tony) mientras continúa declamando con su impresionante voz las palabras de Shakespeare, en un alarde de recursos interpretativos que nos dejan con la boca abierta y que desembocan en un plano que ha pasado justamente a la historia del cine.