Archive for the ‘Cine negro’ Tag

MANOS PELIGROSAS (1953) de Samuel Fuller

HALFSHEET204-2

A finales de los años 40 y principios de los 50, época de guerras frías y caza de brujas, proliferaron en Hollywood las películas propagandísticas que hacían gala de los valores del sistema americano y demonizaban al comunismo portador del terror rojo. Como suele ocurrir habitualmente con el cine que lleva mensaje incorporado en la mochila, la mayor parte de esas películas no ha pasado la criba y se ha quedado por el camino, aunque como para todo hay excepciones ahí está Manos peligrosas (Pickup on South Street), que no sólo es excepción sino también obra maestra, siempre y cuando hagamos un esfuerzo por olvidar su edulcorado e inverosímil final.

pickuponsouthstreet

El estupendo guión y la vibrante dirección de un Fuller en plena forma consiguen eliminar el aroma panfletario de la historia adentrándose en el cine más negro de la mano de los tres personajes principales: el ladronzuelo Skip, posiblemente el carterista más famoso del cine junto al que filmó Robert Bresson en Pickpocket (1959), interpretado por un Richard Widmark que aún conservaba algunos de los tics de sus inicios; la joven Candy, ex-novia de un mercenario de los comunistas, a la que una magnífica Jean Peters dota de la vulgaridad y la carga sexual necesarias; y la vendedora de corbatas y ocasional confidente de la policía Moe, una Thelma Ritter por encima ya de cualquier elogio. Tres personajes individualistas y desarraigados, que se buscan la vida como buenamente pueden y que no saben nada de grandes acciones patrióticas. Por encima de la carga política, del espionaje y de los microfilms, son sus historias las que importan a Fuller.

Pickup on South Street (1953)

Quizá Manos peligrosas  no sea la propuesta más personal, arriesgada y radical de un cineasta que solía dar una mirada nueva a los géneros que abordaba, pero a cambio no tiene los altibajos de muchas de sus películas y sí, y a toneladas, los elementos que son marca de la casa. Cada escena rebosa fuerza y vértigo cinematográficos (el magistral inicio, con el robo en el vagón de metro; los encuentros entre Skip y Candy en casa de él, cargados de sexualidad y prodigiosamente filmados; la huida del mercenario, atrapado como una fiera en el montacargas…), con una violencia presente no sólo en la acción sino también de manera latente en los gestos más triviales, en las miradas y los diálogos de unos personajes a los que Fuller a menudo enmarca, tensos y sudorosos, en primeros planos que parecen enjaularlos.

tumblr_lz9fxd3oMB1qb59k0o1_500

Sólo durante unos minutos de esta trepidante maravilla del cine negro se permite Fuller darnos un respiro, consciente de lo que una actriz como Thelma Ritter es capaz de darle. La escena de la muerte de Moe, desde que las piernas del asesino entran en plano, sobre la cama, hasta que suena el disparo en off mientras la cámara nos muestra cómo se para el disco que Moe estaba escuchando, cómo terminan a la vez la música y la vida, es uno de los fragmentos más hermosos y serenos de todo su cine.

toppickupss

Editada en DVD por Filmax.

NO TOQUÉIS LA PASTA (1954) de Jacques Becker

No toquéis la pasta (Touchez pas au grisbi) es un film negro, de gánsters, de atracadores, pero no hay en él apenas acción ni escenas violentas, ni siquiera el típico tenaz policía que ejerza de contrapunto asomando las narices. De hecho, Becker ni se molesta en mostrarnos el atraco que desencadena la historia que nos cuenta. Lo que a él le importa, ante todo, es el retrato de Max (Jean Gabin), un delincuente ya maduro, de los de la vieja escuela, amante de las mujeres, de la buena música, del buen comer y del mejor beber, a quien ya no atrae la vida nocturna y que sólo piensa en retirarse tras cambiar el oro obtenido en el atraco por dinero en metálico. Un personaje que tiene varios puntos en común con el que interpretaría poco después Roger Duchesne en Bob el jugador (Bob le fambleur, 1956) de Jean-Pierre Melville.

        Pero al pobre Max, como no podía ser menos, se le complican las cosas. Su compinche en el atraco, su gran amigo Ritón, le cuenta el asunto a su novia (una jovencísima Jeanne Moreau), propiciando la entrada en escena del amante, un nuevo gánster con el careto de, quién si no, Lino Ventura, el cual secuestra a Ritón y ofrece su vida a cambio del oro. Para Max, la amistad está por encima de todo. Esa amistad que hemos visto tantas veces en las películas de Howard Hawks, la que no necesita de gestos o palabras, sólo de hechos. Así, con la colaboración de otro par de amigos, accede al intercambio, pero es traicionado. Es entonces cuando Becker abre un paréntesis en la tranquila vida de Max y nos regala una trepidante persecución nocturna a tiro limpio impresionantemente filmada.

        Son sólo unos pocos minutos dentro de una película austera y pausada, sin detalles de cara a la galería, cuya huella creo que está presente en posteriores films franceses del género -sobre todo en las grandes obras de Melville- y que nos ofrece uno de los grandes personajes creados por el enorme Jean Gabin. Raymond Chandler dijo de Bogart que todo lo que tenía que hacer para dominar una escena era entrar en ella. Gabin no necesitaba más.

SURCOS (1951) de José Antonio Nieves Conde

No me parece descabellada la posibilidad de que Luchino Visconti, antes de realizar su obra maestra Rocco y sus hermanos (Rocco e i suoi fratelli, 1960), conociera la magnífica película de Nieves Conde titulada Surcos. Ambas cuentan la historia de una familia que se traslada del campo a la ciudad para tratar de ganarse la vida y que acaba dividida por la ambición de algunos de sus miembros, y ambas comienzan como una crónica social derivada del neorrealismo para acabar sumergiéndose en el melodrama y el cine negro. En este segundo tramo es donde Surcos juega sus mejores bazas.

        Mientras la primera parte no acaba de convencerme porque echo en falta una mayor fuerza en sus imágenes y un dibujo de personajes más complejo y menos maniqueo, adecuado a la realidad social que pretende mostrar, la segunda remonta el vuelo hasta convertirse en uno de los mejores fragmentos de nuestra cinematografía. Las reglas del cine de género entran en escena y otorgan a la historia y a sus protagonistas una riqueza de la que carecían y que no se anda con concesiones. Es entonces cuando la relación entre el gánster y los dos hermanos a los que maneja domina afortunadamente la película, con una crudeza sorprendente para la época: la inocente muchacha de pueblo dejará de lado sus prejuicios confiando en que el gánster la convertirá en estrella de la canción, y se conformará con ser, sencillamente, su puta particular, mientras su hermano, metido a ladrón para conseguir el dinero con el que mantener a la pécora de su novia, acabará trágicamente y despreciado como una basura: la escena en que su cuerpo es arrojado desde un puente a las vías justo antes de que el tren pase y el humo de la locomotora llene el plano no tiene nada que envidiar a los grandes momentos del cine negro norteamericano.

        Sin parecerme la obra maestra que muchos ven en ella, Surcos nos muestra una vez más que Nieves Conde fue uno de nuestros grandes directores y que el cine español oculta joyas que llevan demasiado tiempo a la sombra.  

                 Editada en DVD por Video Mercury Films.

DETECTIVE SIN LICENCIA (1971) de Stephen Frears

Las películas que son un claro homenaje al cine negro clásico, al universo de Hammett y Chandler, suelen deparar, aunque no sean ninguna maravilla, suficientes elementos (un personaje secundario, una línea de diálogo, una buena canción en el momento oportuno) como para que el aficionado al género dé por bueno el tiempo empleado en la visita y quede agradecido. Detective sin licencia (Gumshoe), el primer largometraje de Stephen Frears, sin ser una cima del género ni pretenderlo, nos ofrece mucho más que eso.

        El gran Albert Finney interpreta a Eddie Ginley, animador de un club nocturno y aficionado a las novelas policiacas que un buen día decide darle un giro a su vida, emular a sus héroes de ficción y anunciarse en la prensa como detective privado. Al poco tiempo recibe una llamada de su primer cliente para ocuparse de un caso que, como siempre, no es lo que parece y acaba complicándose. ¿De qué va el asunto? Eso es lo de menos. Aquí lo que importa es tener delante, durante hora y media, a un tipo soñador, romántico y socarrón, a un vivalavirgen que ha de habérselas con unos magníficos secundarios (incluidos un tipo gordo que podría haber sido, treinta años antes, Sidney Greenstreet y un pistolero a sueldo, bastante inútil por cierto, que es la viva imagen del mismísimo Dashiell Hammett) mientras suena la magnífica música de Andrew Lloyd Webber y no nos dan tregua los rotundos y divertidísimos diálogos (más que dichos, disparados) escritos por Neville Smith. 

        Y para que quede claro que estamos de homenaje y nos sintamos como en casa, nos regalan la escena en la libreria, Eddie coqueteando con la dependienta. Los aficionados recordarán enseguida la escena de El sueño eterno (The Big Sleep, 1946) de Howard Hawks, aquella en la que saltaban chispas entre Bogart y una jovencísima Dorothy Malone. Vive le noir!

              Editada en DVD por Columbia.

SERIE NEGRA (1979) de Alain Corneau

Antes de aventurarse a ver Serie negra (Série noire) creo que es más que conveniente conocer la novela en que está basada, Una mujer endemoniada (A Hell of a Woman, 1954), o por lo menos estar al tanto de lo que se cuece en el muy particular universo de Jim Thompson a través de alguna otra de sus obras. Tampoco estaría de más saber que el guionista del film, Georges Pérec, es otro prestigioso escritor cuyas novelas (si pueden denominarse así) son también únicas e intransferibles, y que un guión de su mano difícilmente podía dejar de ser, digamos, diferente. Y por último, ayudaría bastante haber visto Coup de torchon (1981), la adaptación que realizó Bertrand Tavernier, con Philippe Noiret e Isabelle Huppert, de 1280 almas (Pop 1280, 1964), que, sin ser tan extrema como la de Corneau, también se las trae. Si alguien, por el contrario, se mete en Serie negra con el único referente de las adaptaciones norteamericanas de Thompson o, peor aún, completamente virgen, corre el comprensible riesgo de, a los diez minutos, mandar la película al carajo pensando que le están tomando el pelo. Y no sería justo.

Un vendedor a domicilio que está como un cencerro (Patrick Dewaere, en una de esas interpretaciones histriónicas que no dejan indiferente), su pintoresca esposa, el cabrón de su jefe, un amigo boxeador aún más zumbado que él, una adolescente que apenas habla (una femme fatale distinta al personaje clásico del género) y la tía de ésta, que la obliga a prostituirse y que guarda una fortuna bajo el colchón, son los inconfundibles protagonistas de un universo completamente degradado y enfermo, de una historia negra negrísima de perdedores que se aferran a un clavo ardiendo.

        Al ritmo del jazz de Duke Ellington, con una fotografía deliberadamente sucia y unos diálogos delirantes, con espacio para el humor absurdo y sorprendente y para la excelencia (tremenda la escena del robo en casa de la niña y de su tía, que acaba como el rosario de la aurora), Serie negra resulta ser ante todo y como tantas veces -y ahí está el precioso plano final para comprobarlo- una historia de amor diferente, d´amour fou entre un peculiar vendedor maduro y una niña prostituta, pero de amor al fin y al cabo.

EL CONFIDENTE (1962) de Jean-Pierre Melville

Muchas de las grandes películas del género negro nos cuentan las desventuras de unos personajes, generalmente al margen de la ley, que llevan su destino escrito en la frente, perdedores con tintes trágicos amarrados a la ley de Murphy, a la mala pata. En mi opinión, la gran obra maestra de la fatalidad en el cine negro norteamericano es La jungla de asfalto (The Asphalt Jungle, 1950) de John Huston, film aderezado por el romanticismo y la comprensión o simpatía por sus personajes tan presentes en el cine de su autor. Mucho más fría y distante, sin buscar nunca nuestra complicidad con los protagonistas, su equivalente en el cine francés sería El confidente (Le Doulos), uno de los monumentos que filmó Jean-Pierre Melville.

        Con Serge Reggiani y Jean-Paul Belmondo llenando la pantalla y una fotografía en blanco y negro, a cargo de Nicholas Hayer, de las que quitan el hipo, El confidente es un tratado insuperable sobre la traición y la mentira habitado por unos personajes que no se fían ni de su sombra y por otros que en realidad no son lo que parecen, y cuya naturaleza, unida a la dichosa fatalidad, les llevará a un inevitable final en el que no se libra ni el apuntador y que tiene todos los elementos de la tragedia clásica.

       

 La película es además una sucesión de momentos para el recuerdo, desde la larga secuencia inicial, con Maurice, el personaje interpretado por Reggiani, mirándose en el espejo roto -que lo unirá en el tiempo a Silien (Belmondo) en un plano similar- y el sorprendente asesinato, pasando por la primera aparición de Silien, sin que veamos su rostro, en el umbral de una puerta, hasta el fragmento final en el que Maurice camina bajo la lluvia hacia su destino, hacia una de las grandes escenas del género, que probablemente tuvo en cuenta Tarantino a la hora de rodar el final de Reservoir Dogs (1992), lo cual creo que demuestra que la huella de Melville está mucho más presente en la obra de cineastas posteriores que en la memoria de los espectadores.

SIN CONCIENCIA (1951) de Bretaigne Windust y Raoul Walsh

Firmada en los créditos por el cineasta de origen francés Bretaigne Windust y, al parecer, dirigida en gran parte por Raoul Walsh, Sin conciencia (The Enforcer) es la única película que recuerdo de las protagonizadas por Humphrey Bogart en la que su presencia y su personaje no son de lo más destacable. Y no es que con cualquier actor de medio pelo en su lugar el resultado hubiese sido el mismo, pero creo que los mayores atractivos que nos depara el film hay que buscarlos, en esta ocasión, en otro sitio.

        Su inicio parece situarnos ante un policiaco en el que la labor de los agentes de la ley va a ser el centro de la historia y que va a derivar en un juicio con recital a cargo de Bogart, pero enseguida la película se mete de lleno en el cine negro gracias a una alambicada estructura repleta de continuos flash-backs que nos van descubriendo un argumento mucho más retorcido y siniestro de lo esperado, a una ambientación y una fotografía en blanco y negro claustrofóbicas, y a una retahíla antológica de personajes secundarios a los que la cámara define perfectamente sin apenas palabras y a los que prestan sus impagables caretos, entre otros, Zero Mostel y el gran Ted de Corsia. Estos personajes y sus malas artes (fabulosa la escena en que se dispone el asesinato en la barbería) se llevan sin dificultad el gato al agua a la espera de que aparezca de una vez el jefe de la banda, el misterioso Mendoza. A la manera del Mabuse de Fritz Lang o del Dimitrios Makropoulos escrito por Eric Ambler, Mendoza se erige en rey de la función sin necesidad de estar presente, simplemente atemorizando a todos sólo con nombrarlo, y cuando por fin se nos muestra con los rasgos de un gigante como Everett Sloane, por supuesto, no defrauda.

        Lástima que el gran duelo interpretativo entre Bogart y Sloane no aparezca por ningún lado para haber redondeado una magnífica y no muy conocida película. Y, puestos a pedir, la banda de asesinos sin escrúpulos dirigida por Mendoza podían haberle dado al menos un susto al tipo que le puso título al film en nuestro país. La única falta de conciencia que hay aquí es la suya.

                  Editada en DVD por Suevia.

EL INFIERNO DEL ODIO (1963) de Akira Kurosawa

La carrera literaria de Evan Hunter (o Ed McBain, seudónimo con el que firmó muchas de sus novelas) estuvo a menudo muy ligada al cine. Tras las adaptaciones de dos de sus novelas por parte de Richard Brooks en Semilla de maldad (The blackboard jungle, 1955) y de Richard Quine en su obra maestra Un extraño en mi vida (Strangers when we meet, 1960), con guión del propio Hunter, Hitchcock contó con él para escribir Los pájaros (The birds, 1963), a partir de la novela de Daphne du Maurier. Pero la aportación de Hunter al cine no se limitó a Hollywood, y el mismísimo Akira Kurosawa, buen conocedor de la literatura y el cine norteamericanos, recurrió a su novela King´s ransom para realizar El infierno del odio (Tengoku to jigoku), la que para mí es la mejor de sus cuatro brillantes incursiones en el género negro.

        Tras una larguísima secuencia inicial que puede sorprender al espectador acostumbrado sólo al cine negro norteamericano, durante la cual el protagonista Gondo (Toshiro Mifune) recibe una llamada comunicándole el secuestro de su hijo y el pago exigido a cambio de su vida, y la posterior confirmación de que en realidad los secuestradores han cometido un error, llevándose al hijo de su chófer, el film cobra un ritmo trepidante mucho más cercano al del cine occidental, mostrando minuciosamente las investigaciones de la policía en una ciudad asolada por la delincuencia y las marcadas diferencias de clase en una sociedad que sufre las consecuencias de la guerra. Con una fotografía excepcional en la que las luces y las sombras ayudan a mostrar el enfrentamiento entre dos mundos que conviven, entre el día de las clases acomodadas y la noche de los marginados y criminales, El infierno del odio, como las otras tres aportaciones de Kurosawa, nos acerca la cara más sórdida y realista del género.

        Entre sus grandes momentos, la escena del pago del rescate en el tren es un prodigio de ritmo, planificación y montaje muchas veces imitado y nunca superado, y el último fragmento, la guinda para esta obra maestra, la conversación entre Gondo y el secuestrador en la cárcel en la que éste le explica los motivos del secuestro y su ira acumulada durante años hacia los que poseen todo lo que él no ha tenido nunca acaba estallando, mientras la mampara que los separa se cierra definitivamente como una losa, es uno de los finales más secos e impactantes que nos ha dejado el cine.

                 Editada en DVD por Filmax. 

ADIÓS, MUÑECA (1975) de Dick Richards

Aunque pueda parecer extraño, repasando las adaptaciones cinematográficas de las novelas de Raymond Chandler uno se da cuenta de que no hay mucho donde agarrarse, exceptuando, faltaría más, El sueño eterno (The big sleep, 1946) de Howard Hawks, una obra maestra a pesar de que sólo respeta a medias el espíritu de la novela, con un Philip Marlowe con la cara de Humphrey Bogart más duro que el literario y con un tono que la aleja por momentos del género negro y la mete de lleno en la comedia. Y es que, tratándose de Hawks, casi cualquier película de cualquier género deja sitio para echarse unas risas.

        Aparte del film de Hawks, mi preferido es Adiós, muñeca (Farewell, my lovely), tercera adaptación de la novela homónima tras The falcon takes over (1942), película de Irving Reiss absolutamente olvidada en la que Marlowe no aparece y el argumento sólo es utilizado como base para una aventura del detective The Falcon, y la dirigida por Edward Dmytryk Historia de un detective (Murder, my sweet, 1944), que goza de bastante prestigio pero que a mí no me entusiasma, en parte porque Dick Powell no me convence en la piel de Marlowe.

        Adiós, muñeca no es tampoco ninguna obra maestra, ni siquiera creo que sea una gran película. A la dirección de Richards le falta nervio, la ausencia de ritmo interno en varias escenas clama al cielo, la voz en off , aunque respeta al máximo la primera persona de la novela, resulta excesiva y, en muchos momentos, gratuita y los personajes secundarios actúan como si supieran que lo son, sin ofrecer una réplica consistente al protagonista. Y aún así la película se disfruta, y mucho, básicamente por el envoltorio. La música de jazz, la magnífica ambientación, el vestuario, la presencia de Robert Mitchum encarnando a un Marlowe cansado y cínico pero muy humano, hacen que desde la primera escena reconozcamos el territorio Chandler más que en ninguna otra adaptación, y nos encontremos en casa. Richards, a saber si consciente de sus limitaciones o demasiado respetuoso con el material que maneja, no intenta dejar su sello, sino que se muestra absolutamente fiel al original y consigue con oficio que, a pesar de sus defectos, la cosa llegue a buen puerto.

        Mitchum tuvo la desgracia de volver a interpretar el personaje en Detective privado (The big sleep, 1978), una nueva versión de la primera novela de Chandler a cargo del terrorífico Michael Winner. Con las deficiencias de Adiós, muñeca multiplicadas por mil y ninguna de sus virtudes, el tipo en cuestión logra lo imposible, convertir una gran novela y un reparto de campanillas que incluye, entre otros, a James Stewart y Richard Boone, en material de derribo. A su lado el film de Richards e incluso las más que discutibles adaptaciones del universo chandleriano que relizaron, entre otros, Robert Montgomery, Paul Bogart, Robert Altman y Bob Rafelson son música celestial.

                Editada (por decir algo) en DVD por Sogemedia.

ON DANGEROUS GROUND (1952) de Nicholas Ray

Conocida por estos lares como La casa en la sombra y como La casa de las sombras, y fechada, según la fuente que se consulte, en 1950, 1951 o 1952, On dangerous ground es una de las películas más extrañas y atípicas de una filmografía ya de por sí única e intransferible, en la que, más allá de sus logros y sus fracasos, siempre estuvo presente la fuerza y la pasión que Ray contagiaba a sus historias, sus personajes y sus imágenes.

        La primera parte del film es un policiaco urbano y nocturno que se da la mano con el cine negro básicamente por la presencia del protagonista Jim Wilson (Robert Ryan), un policía solitario y desengañado, adusto con sus compañeros y con sus conocidos, que emplea la violencia con los delincuentes como un modo de expresión de su forma de ser, algo así como un Harry Callahan amargado y sin chulería. Negrísimo y claustrofófico, este fragmento termina cuando sus superiores, hartos de los métodos de Wilson, se lo quitan de encima enviándolo a un pueblo del norte para capturar al asesino de una chica.

        Al llegar al pueblo, Wilson conoce al padre de la muchacha asesinada (Ward Bond), otro tipo pasado de rosca que intenta cazar por su cuenta al asesino, y a la hermana del sospechoso, Mary, la mujer ciega que, en uno de los grandes detalles del guión de A. I. Bezzerides, ha de tocar siempre la planta que cuelga del techo del salón para orientarse, metáfora de su propio desconcierto ante la situación. A partir de aquí la película se transforma en todos los sentidos: el cine negro deja paso al western (el paisaje nevado, la caza del criminal en las montañas) y al melodrama, la fotografía oscurísima del principio se convierte en blancura y luminosidad casi dreyerianas, las cuerdas de la excepcional banda sonora de Bernard Herrmann abandonan por momentos su habitual nerviosismo hasta adquirir un tono triste y romántico, y el violento Jim Wilson, ante la humanidad y el desamparo de Mary, toma conciencia de su naturaleza y, abandonando sus antiguos métodos, intenta que el chico se entregue.

         A pesar de que me parece una de las mejores películas de Nicholas Ray, una extraordinaria rareza que difícilmente habría llegado a buen puerto en manos de otro cineasta, su final, teniendo en cuenta tanto el desarrollo de la historia como el resto de su filmografía, apesta a imposición de la productora. Aunque puestos a pensar bien, quizás el bueno de Ray quiso darle a Jim Wilson todo lo que le negó al Dixon Steele que interpretó Humphrey Bogart en su obra maestra En un lugar solitario (In a lonely place, 1950).

                  Editada en DVD por Manga Films.