Archive for the ‘Cine policiaco’ Tag

LA CALLE SIN NOMBRE (1948) de William Keighley

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Es comprensible que al encontrarnos ante cierto tipo de cine cuya principal finalidad es hacer propaganda de la infalibilidad del F.B.I se nos disparen las alarmas y optemos por pasar de largo; pero, como por encima de los dudosos propósitos siempre está el talento de los que hacen las películas, una vez superados los prejuicios podemos encontrarnos con obras más que dignas e incluso estupendas que, de paso, pueden ayudarnos a ver la evolución del policiaco americano a lo largo de los años, desde el cine de gánsters en que se situaría G Men contra el imperio del crimen (G Men, 1935) de William Keighley, pasando por el cine de espías en lucha contra los nazis de La casa de la calle 92 (The House of 92nd Street, 1945) de Henry Hathaway, hasta la adopción de ciertos elementos del cine negro que podemos observar en La calle sin nombre (The Street with no Name), también dirigida por Keighley.

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La calle sin nombre, mi preferida, comparte con las otras dos, además de la exaltación de la labor del F.B.I, ciertos aspectos documentales con los que se pretende hacer más reales y creíbles la historia y la propaganda, la presencia del secundario Lloyd Nolan en el papel de uno de los agentes y el elemento argumentativo de la infiltración de un “topo” de los servicios secretos en la banda criminal de turno, aquí interpretado por Mark Stevens. Pero, por otro lado, en ella coinciden determinados elementos que la enriquecen hasta situarla muy por encima de lo que suele ser habitual en este cine al servicio de la causa.

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Tanto la planificación de un Keighley especialmente inspirado que no se conforma con el encuadre más sencillo como la fotografía de puro cine negro a cargo de Joseph MacDonald, que deslumbra en las abundantes escenas donde la oscuridad se rompe solo al encenderse una cerilla o una linterna, y el complejo guion original de Harry Kleiner, que se preocupa de que los malos no sean meras caricaturas y de dar empaque a los estupendos secundarios, hacen de La calle sin nombre un film repleto de una ambigüedad ante la que la mera lucha de las autoridades contra el crimen se va difuminando. Y como guinda del pastel, un Richard Widmark que llena la pantalla interpretando a Stiles, el jefe de los criminales, un tipo inteligente y cruel de tintes homosexuales sutilmente mostrados que supone una evolución a partir del tarado que empujaba ancianas inválidas por las escaleras en El beso de la muerte (Kiss of Death, 1947) de Hathaway.

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Editada por Fox.

 

 

 

 

THE NARROW MARGIN (1952) de Richard Fleischer

the-narrow-margin-posterSalvo en contadas ocasiones, los remakes no aportan gran cosa con relación a sus modelos originales; pero sí suelen resultar útiles para que recordemos películas que teníamos demasiado olvidadas o, incluso, para que algunas que eran prácticamente desconocidas salgan a la luz y gocen de una segunda vida entre la cinefilia más curiosa.

Este es el caso de The Narrow Margin, uno de los mejores films de serie B de los realizados por Richard Fleischer antes de meterse en proyectos de mayor envergadura económica, recuperado gracias a la versión que dirigió Peter Hyams en 1990, titulada Testigo accidental (Narrow Margin) y protagonizada por Gene Hackman.

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El inicio de The Narrow Margin es difícilmente superable: el agente Brown (estupendo, como siempre, Charles McGraw) y su compañero acuden al piso en que se esconde la atemorizada viuda de un mafioso para custodiarla en el viaje que la llevará a testificar contra una organización criminal. Al salir al pasillo, el collar que lleva la mujer se rompe y las perlas caen por el hueco de las escaleras hasta llegar frente a los pies de alguien escondido en las sombras. La cámara sube lentamente para descubrirnos a un asesino que espera para liquidar a la testigo.

Tras el tiroteo en el que muere el compañero de Brown, con el que culmina esta modélica secuencia, la película se desarrolla casi totalmente en el interior del tren en el que Brown ha de esconder y proteger a la viuda de los gánsteres que intentan acabar con ella, lo que la convierte en un desafío narrativo repleto de posibilidades que Fleischer explota a la perfección.

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La aparición de varios personajes de identidad poco clara, algunos de los cuales resultarán determinantes en la conclusión de la historia; sus encuentros en los estrechos pasillos y en los pequeños compartimentos del tren; la ambigüedad de algunos diálogos, y el aprovechamiento de los reflejos en los cristales de las ventanillas -sobre todo, en la espléndida escena del tiroteo final- consiguen dotar a esta breve película de una gran sensación de asfixia y claustrofobia, de tensión y violencia latente, que se lleva sin dificultad todo el protagonismo frente al sencillo argumento y la emparentan, al menos en parte, con Berlin Express (1948), un film de Jacques Tourneur que rayaba a gran altura en sus momentos más cercanos al género negro pero que perdía fuelle cuando se metía en el terreno del espionaje con mensaje propagandístico.

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Editada en DVD por Manga Films.

 

LOS SOBORNADOS (1953) de Fritz Lang

El cine policiaco clásico norteamericano no suele mostrarnos la rutina doméstica de los agentes de la ley, las cenas y las bromas compartidas con la esposa hasta que una llamada urgente las interrumpe o el momento en que hay que darle las buenas noches a los niños. Si Fritz Lang lo hace en Los sobornados (The Big Heat) es para que el público se identifique en mayor medida con el policía Dave Bannion (Glenn Ford) tras el asesinato de su esposa y para justificar la transformación del personaje. A partir de ese suceso, el hasta entonces honesto defensor de la justicia, que se ocupaba profesionalmente del extraño suicidio de un ex policía, hará la guerra por su cuenta sin detenerse ante nada para llevar a cabo su venganza, sin tener en cuenta el peligro que puedan correr los personajes que se prestan a ayudarle, en una espiral de violencia que le convierte en anticipo de los muchos policías de métodos expeditivos y moral ambigua que poblarán el cine de las décadas siguientes.

        Su camino se cruza con el de Debby (maravillosa, como siempre, Gloria Grahame), la chica florero del gánster Vince (Lee Marvin). Al conocer a Bannion, Debby se siente atraída por él y se ilusiona con la posibilidad de una vida decente, pero Vince, tras enteresarse de su encuentro con el policía, le desfigura el rostro arrojándole café hirviendo (ni siquiera James Cagney tuvo tan pocos miramientos cuando estrelló un pomelo en la cara de su amante en una de las grandes escenas de El enemigo público (The Public Enemy, 1931) de William A. Wellman). Desde ese momento, Debby y Bannion, ayudados circunstancialmente por otra mujer (la secretaria del garaje controlado porVince, quien no por casualidad ha de ayudarse de una muleta para caminar, lo que nos hace pensar en alguna otra represalia pasada, aunque no se nos confirme), unen sus respectivas cicatrices físicas y morales para llevarse por delante a Vince y a su jefe, un capo que tiene dominadas a las autoridades locales, y se identifican hasta convertirse en un vengador de dos cabezas (en algunos planos no compartidos son incluso encuadrados desde la misma perspectiva), en personajes, como muchos otros de los que habitan el cine de su autor, llevados a una situación límite en que a la violencia responden con más violencia, aunque en mi opinión la mirada de Lang se muestra mucho más comprensiva y afectuosa con Debbie, personaje que recupera su dignidad hasta el final.

        Con guión rotundo y frenético de gloriosos diálogos, a partir de la novela de William P. McGivers, gracias al cual Sydney Boehm ganó el premio Edgar Allan Poe de 1954, Los sobornados muestra en sus imágenes una violencia que únicamente solían permitirse sus hermanas pequeñas de la serie B, y supone, para quien esto escribe, el más apasionante y perfecto capítulo de los filmados por Lang durante su extraordinaria etapa norteamericana.  

                      Editada en DVD (sin subtítulos en español) por Columbia.

A SANGRE FRÍA (1967) de Richard Brooks

El asesinato de la familia Clutter a manos de Perry Smith y Dick Hickock se convirtió, en manos de Truman Capote, en una de las cimas de la narrativa norteamericana y en una novela que abrió nuevos caminos a seguir por el cine, la televisión y, por supuesto, la literatura. Por citar sólo otra novela policiaca basada en un caso real, inspirada claramente en A sangre fría (In Cold Blood, 1966) y elogiada por el mismo Capote, ahí está la magnífica Campo de cebollas (The Onion Field, 1973) de Joseph Wambaugh, llevada al cine por Harold Becker en 1979.

La adaptación homónima realizada por Richard Brooks -uno de los grandes a la hora de llevar al cine la mejor literatura- es una tremenda película que deja de lado la melancolía y el tono elegíaco que acaba cobrando la novela de Capote para centrarse en las razones que acaban llevando a Perry y Dick al crimen y en la crítica, sin obviar los aspectos más horrorosos del múltiple asesinato (imposible olvidar el flash-back que recrea la matanza, casi de película de terror), a una sociedad que contribuye a crear monstruos para acabar luego con ellos. Así, mientras Capote termina emocionándonos al pensar cómo podría ser la joven Nancy Clutter de seguir con vida, Brooks opta por impactarnos y hacernos reflexionar, poniendo el punto final con el cadáver de Perry colgando de la soga y un fundido sobre el que vuelve a aparecer el título del film, equiparando claramente la sangre fría con la que fueron asesinados los Clutter a la que muestran las instituciones a la hora de aplicar la pena de muerte.

Con un reparto sin grandes nombres pero en el que estan espléndidos Robert Blake, Scott Wilson, John Forsythe y dos de los más grandes secundarios de siempre como Paul Stewart y Charles McGraw -quien no se acuerde de él puede recurrir, entre otras muchas, a su interpretación del instructor de gladiadores Marcellus en Espartaco (Spartacus, 1960) de Stanley Kubrick-, quien da vida al padre de Perry, y una sobrecogedora fotografía en blanco y negro de Conrad Hall, A sangre fría me parece no sólo una de las mayores joyas de la filmografía de Brooks sino también, y sobre todo, uno de los primeros films norteamericanos que trataron la violencia de la forma más cruda, directa y real, alejándose de la imagen que de ella dieron los géneros clásicos y anticipando el cine moderno que revolucionó Hollywood pocos años después, con los Coppola, Scorsese o Schrader a la cabeza. No hay más que compararlo con la otra gran adaptación de Capote al cine, Desayuno con diamantes (Breakfast at Tiffany´s, 1961) de Blake Edwards, maravillosa e inolvidable pero que edulcoraba al gusto de la época los aspectos más sórdidos del texto original, para darse cuenta de que los tiempos estaban cambiando.

Editada en DVD por Columbia.

SIN CONCIENCIA (1951) de Bretaigne Windust y Raoul Walsh

Firmada en los créditos por el cineasta de origen francés Bretaigne Windust y, al parecer, dirigida en gran parte por Raoul Walsh, Sin conciencia (The Enforcer) es la única película que recuerdo de las protagonizadas por Humphrey Bogart en la que su presencia y su personaje no son de lo más destacable. Y no es que con cualquier actor de medio pelo en su lugar el resultado hubiese sido el mismo, pero creo que los mayores atractivos que nos depara el film hay que buscarlos, en esta ocasión, en otro sitio.

        Su inicio parece situarnos ante un policiaco en el que la labor de los agentes de la ley va a ser el centro de la historia y que va a derivar en un juicio con recital a cargo de Bogart, pero enseguida la película se mete de lleno en el cine negro gracias a una alambicada estructura repleta de continuos flash-backs que nos van descubriendo un argumento mucho más retorcido y siniestro de lo esperado, a una ambientación y una fotografía en blanco y negro claustrofóbicas, y a una retahíla antológica de personajes secundarios a los que la cámara define perfectamente sin apenas palabras y a los que prestan sus impagables caretos, entre otros, Zero Mostel y el gran Ted de Corsia. Estos personajes y sus malas artes (fabulosa la escena en que se dispone el asesinato en la barbería) se llevan sin dificultad el gato al agua a la espera de que aparezca de una vez el jefe de la banda, el misterioso Mendoza. A la manera del Mabuse de Fritz Lang o del Dimitrios Makropoulos escrito por Eric Ambler, Mendoza se erige en rey de la función sin necesidad de estar presente, simplemente atemorizando a todos sólo con nombrarlo, y cuando por fin se nos muestra con los rasgos de un gigante como Everett Sloane, por supuesto, no defrauda.

        Lástima que el gran duelo interpretativo entre Bogart y Sloane no aparezca por ningún lado para haber redondeado una magnífica y no muy conocida película. Y, puestos a pedir, la banda de asesinos sin escrúpulos dirigida por Mendoza podían haberle dado al menos un susto al tipo que le puso título al film en nuestro país. La única falta de conciencia que hay aquí es la suya.

                  Editada en DVD por Suevia.

EL CONFIDENTE (1973) de Peter Yates

El día 9 de este mismo mes nos dejaba el cineasta norteamericano Peter Yates, recordado sobre todo por ser el realizador de Bullitt (1968) y de su persecución de coches por las calles de San Francisco. 

        Lejos de la espectacularidad del film protagonizado por Steve McQueen se encuentra mi película preferida de Yates, El confidente (The Friends of Eddie Coyle), basada en la excepcional novela de George V. Higgins y que podría opositar sin problemas al policiaco más austero de la historia del cine. En la trama de El confidente está la policía, los traficantes de armas y los atracadores de bancos de turno, pero en sus casi dos horas apenas hay dos o tres disparos y un par de muertos, lo imprescindible para un film en el que, sobre todo, se habla mucho y bien. En la mayor parte de sus escenas encontramos a dos personajes diciendo unos diálogos magníficamente escritos, que otorgan al film una sensación de realidad como pocas veces en el género, reforzada por unos actores que nunca buscan parecerlo y por una fotografía fría y oscura. En El confidente no hay héroes ni grandes villanos, ni  grandes gestos de cara a la galería, sólo unos personajes que se buscan la vida como pueden, que hacen lo que tienen que hacer sin mirar a los lados, sin preocuparse por lo que pueda ocurrirle al vecino, y mañana será otro día.

        Mención aparte, cómo no, para el grande entre los grandes Robert Mitchum, en un papel muy alejado de los que nos tiene acostumbrados. Su Eddie Doyle es la cruda imagen del perdedor, un patético traficante de armas que se ve obligado a convertirse en chivato de la policía para evitar ir a la cárcel y que acaba siendo manipulado y traicionado por todos. Su mirada es la viva nostalgia de otros tiempos, y su presencia, como siempre, una razón más que suficiente para la visita. 

 

                       Editada en DVD por Paramount.

UN MALDITO EMBROLLO (1959) de Pietro Germi

Al comienzo de Un maldito embrollo (Un maledetto imbroglio), mientras vemos pasar los títulos de crédito, escuchamos, en la maravillosa voz de Alida Chelli, la canción Sin no me moro. Entonces uno piensa, además de en lo hermosa que es, qué narices pinta ese tema en una película policiaca con culpable de robo y asesinato por descubrir. Sólo al final, cuando el personaje, hasta entonces muy secundario, que interpreta Claudia Cardinale adquiere toda su dimensión, descubrimos la razón y la importancia de la canción. Y lo que uno piensa esta vez, como tantas otras, es que ojalá algún gran cinesta hubiera tomado este personaje para contarnos toda su historia en otra película. Aunque quizá -sólo quizá- sea mejor, sencillamente, imaginarla.

        Es en este final y en la media hora anterior donde Un maldito embrollo nos ofrece sus mejores momentos, en parte porque vamos conociendo las pequeñas historias y misterios de cada personaje, y en parte, sobre todo, gracias a que Pietro Germi (que también interpreta al policía encargado del caso) abandona el ritmo vertiginoso -más apropiado para la comedia pero que, en mi opinión, no le hace ningún favor a un film policiaco- con que nos iba presentando escenas, personajes y diálogos, e introduce una pausa imprescindible para que la historia repose.

        De esta forma, el director de la divertidísima Divorcio a la italiana (Divorzio all´italiana, 1961) consigue una de las mejores muestras de un género que, en el cine italiano, no nos ha dejado demasiadas grandes obras.

                              Editada en DVD por Nacadih Video.

EL ESTRANGULADOR DE BOSTON (1968) de Richard Fleischer

Si hay una película que demuestra que Tony Curtis no sólo servía para hacer de galán en comedias románticas, sino que podía bordar cualquier papel por difícil que fuera, esa es El estrangulador de Boston (The Boston strangler), la gran obra maestra, junto con Los vikingos (The vikings, 1958), de la filmografía de Richard Fleischer. En ella interpreta a Albert De Salvo, un fontanero de vida aparentemente normal y corriente que en realidad es un asesino en serie de mujeres. El film es una joya que no ha hecho sino ganar con el tiempo, de una austeridad y un realismo que la hacen aún más impactante, pero valdría la pena simplemente por la escalofriante interpretación de Curtis, alejada de los peligrosos exhibicionismos a que se suelen prestar estos personajes. Si en la mayoría de sus grandes películas solía estar a la sombra de Jack Lemmon, Kirk Douglas o Burt Lancaster, aquí no sólo está a la altura del mismísimo Henry Fonda, sino que es capaz de eclipsarle en el antológico mano a mano que cierra la película. Una gozada, una interpretación de las que no se olvidan.

   

                     Editada en DVD por Fox.

EL PERRO DE LOS BASKERVILLE (1959) de Terence Fisher / ASESINATO POR DECRETO (1978) de Bob Clark

Probablemente sea Sherlock Holmes uno de los personajes que más veces ha sido llevado al cine, si no el que más, pero creo que ninguna de esas películas consigue ser una obra maestra. Seguro que muchos opinan que La vida privada de Sherlock Holmes (The private life of Sherlock Holmes, 1970) de Billy Wilder sí lo es, pero aun teniendo momentos maravillosos no me parece la obra redonda que pudo haber sido.

        Dos de los films sobre el detective de Baker Street que más me gustan son los británicos El perro de los Baskerville (The hound of the Baskervilles) y Asesinato por decreto (Murder by decree), que van más allá del argumento policiaco para adentrarse en el género de terror. El primero es una adaptación de la novela homónima de Arthur Conan Doyle, con Peter Cushing componiendo el mejor Holmes del cine y Andre Morell en el papel de Watson. Es uno de los films de la productora Hammer que más me gustan, con fotografía y  ambientación marca de la casa. En el segundo Holmes (Christopher Plummer) investiga los crímenes de Jack el destripador, en una intriga que involucra a la realeza británica y a la masonería, y que argumenta las mismas teorías sobre el caso que el impresionante cómic de Alan Moore y Eddie Campbell From Hell. Entre un reparto de campanillas destaca, como siempre, James Mason en el papel de Watson (vale para él el mismo comentario que para Cushing), y la ambientación del Londres victoriano es antológica. No es difícil suponer que sea la mejor película de Bob Clark, responsable de horrores como Porky´s (1981).

        Como digo, ninguna de las dos es una obra maestra, pero los aficionados al género y al personaje de Holmes tienen con ellas un programa doble de diversión asegurada.

              Editadas en DVD respectivamente por MGM y Universal.

CUANDO EL DESTINO NOS ALCANCE (1973) de Richard Fleischer

Richard Fleischer representa uno de los casos más claros de cineasta cuya popular190982_1020_Aidad siempre ha estado muy por debajo de la de sus películas. Muchísimos espectadores han visto y disfrutado sus grandes obras, pero son muchos menos los que podrían relacionarlas con su autor. Nunca ha sido un director-estrella, al estilo de Hitchcock, Welles, Almodóvar o, en su momento, Frank Capra, el primer director cuyo nombre apareció en los créditos por delante del título de la película.

         Fleischer es el responsable de Los vikingos (The vikings, 1958) y El estrangulador de Boston (The Boston strangler, 1968), dos portentosas obras maestras, y de un buen puñado más de magníficas películas. Una de mis preferidas es Cuando el destino nos alcance (Soylent green), una historia a medio camino entre la ciencia-ficción y el policiaco, que si no está a la altura de las dos citadas es en parte porque el argumento detectivesco y su desarrollo no se plasman con la suficiente fuerza en la pantalla, y en parte por esa estética pop que contaminó gran parte del cine norteamericano de los 70 y que aquí aún molesta más que en otras ocasiones, ya que la película pretende mostrar la ciudad de Nueva York en el año 2022.  

        A pesar de todo, el film me parece uno de los más importantes de la filmografía de Fleischer básicamente por dos motivos: la visión del futuro que nos muestra -supongo que presente ya en la novela de Harry Harrison que sirve de base a la película-, con una población hacinada que se alimenta a base de galletas de plancton distribuidas por el gobierno, llamadas soylent green, y donde sólo unos pocos con recursos pueden conseguir en el mercado negro frutas, hortalizas o un trozo de carne que sepan a algo, situación a la que, al paso que vamos, conseguiremos llegar; y la inolvidable escena en que Sol (Edward G.Robinson ya muy enfermo, en el que sería su último papel) se dirige a lo que llaman El Hogar, el edificio donde reciben a la gente que decide morir. Allí, tumbado en una camilla y escuchando música clásica, pasa sus últimos minutos de vida viendo en una gigantesca pantalla las imágenes de cómo era la tierra que el conoció y que ha sido destruida, mientras Thorn (Charlton Heston), impresionado,desde una habitación contigua y a través de un cristal contempla llorando las mismas imágenes por primera vez. Un momento cinematográfico impresionante, que resulta aún más conmovedor por ser el último que interpretó Edward G.Robinson, y que resultaría mucho más efectivo que cualquier documental ecologista.

                          Editada en DVD por Warner.