Archive for the ‘cine romántico’ Tag

LA JETÉE (1962) de Chris Marker

En un muelle de París, un niño ve por un instante a una mujer y ese recuerdo le acompañará el resto de su vida. En ese mismo momento, un hombre que aparece corriendo cae muerto. Años más tarde, la tierra ha sido devastada por la III Guerra Mundial y aquel niño, ya adulto, es utilizado en experimentos para viajar en el tiempo. Al regresar al pasado, entablará una relación con aquella mujer que vio en el muelle.

        En uno de los momentos más hermosos del film, la protagonista (Hélène Chatelain) se despierta en su cama y mueve los párpados. Es el único plano en que Chris Marker filma brevemente el movimiento. El resto de los apenas treinta minutos de La Jetée está montado con fotos fijas acompañadas de música y de la voz en off de un narrador, pero esto no debería echar para atrás a ningún aficionado al mejor cine: probablemente nunca el séptimo arte nos haya dado tanto en tan poco tiempo. Maravillosa historia de amor y de ciencia-ficción, La Jetée es literatura ilustrada, un relato fotografiado, una obra maestra sobre los breves momentos que se fijan en nuestra memoria para no abandonarnos nunca. Y, de regalo, su sorprendente final nos deja (al menos a mí) con la boca abierta.

        Influida, como tantas otras películas, por De entre los muertos (Vertigo, 1958) de Hitchcock, su huella no ha dejado de notarse en el posterior cine de ciencia-ficción, y Terry Gilliam la homenajeó en 12 monos (12 Monkeys, 1995).

               Editada en DVD por Intermedio.

TRES CAMARADAS (1938) de Frank Borzage

En su última novela Aire de Dylan (2012), Enrique Vila-Matas cita la frase “Cuando oscurece, siempre necesitamos a alguien”, una de las incontables líneas de diálogo maravillosas de Tres camaradas (Three Comrades), dirigida por Frank Borzage, producida por Joseph Mankiewicz y escrita, a partir de la novela de Erich Maria Remarque, por Edward E. Paramore Jr. y Francis Scott Fitgerald, en la que, si no me equivoco, fue la única vez que el autor de El gran Gatsby apareció acreditado como guionista en una película.

        Tres camaradas, ambientada en la Alemania de 1920, nos cuenta la amistad entre Erich, Otto y Gottfried (espléndidos Robert Taylor, Franchot Tone y Robert Young), tres compañeros del ejército que intentan salir adelante como pueden tras la guerra. Durante una tarde de juerga conocen a Patricia (Margaret Sullavan), quien reforzará aún más la amistad entre los tres y acabará casándose con Erich. A lo largo de su historia tendrán cabida la comedia y el drama, la venganza y la muerte, logrando el que para mí supone uno de los grandes homenajes del cine al amor y la lealtad, a las ganas de vivir. Quizá eche para atrás a los espectadores que no traguen con su ingenuidad, pero los que aún conserven ante el cine una mirada inocente pueden encontrarse ante una de las películas que más le haya emocionado. En mi opinión, es el mejor film del hoy tan olvidado Borzage y uno de los mejor escritos del cine nortemericano de los 30.

        A pesar de ser una película no demasiado conocida, posiblemente haya que tomarla como referencia de otras más prestigiosas como Los mejores años de nuestra vida (The Best Years of Our Lives, 1946) de William Wyler y, sobre todo, Siempre hace buen tiempo (It´s Always Fair Weather, 1955) de Stanley Donen y Gene Kelly. Y quién sabe si Mankiewicz, productor del film, no tuvo en cuenta su inolvidable escena final a la hora de ponerle rúbrica a su obra maestra El fantasma y la señora Muir (The Ghost and Mrs. Muir, 1947).

              Editada en DVD por Art House media.

CARTA DE UNA DESCONOCIDA de Stefan Zweig

Hace unos veinte años vi por primera vez, en la Filmoteca de Barcelona, Carta de una desconocida (Letter from an Unknown Woman, 1948), la obra maestra del gran Max Ophüls. Recuerdo que al terminar la película los espectadores continuaron en silencio durante unos instantes para, de repente, levantarse de sus asientos y comenzar a aplaudir, en una ovación que duró varios minutos y que supuso el mayor homenaje espontáneo que he visto en una sala de cine. Siempre me he alegrado especialmente de asistir a ese momento, ya que tras volver a verla varias veces en dvd, tras haber visto otras muchas obras maestras, Carta de una desconocida sigue siendo mi película preferida de la historia del cine.

        La breve novela en que se basa el film de Ophüls, publicada en 1927 por Stefan Zweig, no me parece, ni mucho menos, a la altura de su adaptación cinematográfica (al contrario de lo que suele decirse, muchísimas películas superan con creces a sus originales literarios), pero sin sus personajes y situaciones, sin sus preciosas palabras, no habría existido la insuperable puesta en escena de Ophüls, el carrusel de imágenes deslumbrantes que ilustran la trágica historia de amor entre Lisa y Stefan (Joan Fontaine y Louis Jourdan en los papeles de su vida), razón más que suficiente para que ocupe un lugar de privilegio en la biblioteca.

        El fragmento que os dejo es el inicio de la carta que Lisa le escribe a Stefan. Mientras lo transcribo, ya me dan ganas de ver de nuevo la película, de volver a Viena, en el 1900…

        “Mi hijo murió ayer. Durante tres días y tres noches estuve luchando con la muerte, tratando de salvar su frágil vida. Durante cuarenta horas consecutivas, mientras la fiebre abrasaba su pobre cuerpo, le velé al pie de su cama. Le puse compresas fría sobre la frente; día y noche, noche y día. Sostuve sus manitas inquietas. La tercera noche, mis fuerzas se quebraron. Se me cerraron los ojos sin darme cuenta y debí de dormir tres o cuatro horas en aquella dura silla. Mientras tanto, me lo arrebató la muerte. Y ahí yace mi pobre, mi querido pequeño, en su estrecha cama, tal como murió. Sólo sus ojos, sus inteligentes ojos oscuros, han sido cerrados; sus manos están cruzadas sobre el pecho, sobre su blanca camisa. Arden cuatro cirios, uno en cada esquina de la cama.

        No me atrevo a mirarle, tengo miedo de moverme. Las llamas, al oscilar, hacen vagar sombras extrañas sobre su rostro y sus labios cerrados. Se diría que sus rasgos se animan y, por un momento, casi llego a imaginar que en realidad no está muerto, que va a despertar y a decirme con su clara voz algo adorablemente infantil.

        Pero sé que está muerto; no quiero volver a mirarle, para no sentir, una vez más, esta loca esperanza y una vez más sufrir el desengaño. Mi hijo murió ayer, ahora lo sé. Ya no me queda nadie en el mundo más que tú; sólo tú, que no me conoces; tú, que vives alegre jugando con los hombres y las cosas. Sólo tú, que nunca me has conocido y a quien yo nunca he dejado de amar.”

            Publicada por Editorial Juventud.

EDUARDO MANOSTIJERAS (1990) de Tim Burton

Para terminar el año, una maravilla que nos regalaron Tim Burton, Johnny Depp y Winona Ryder hace ya -parece mentira- más de veinte años. Entre el gótico y los cuentos de hadas, entre el monstruo de Frankenstein y La Bella y La Bestia, una historia de amor y aceptación a los que son diferentes en un lugar en el que nunca nieva, hasta que Eduardo extrae la nieve de sus esculturas de hielo. Uno de los más hermosos cuentos navideños de la historia del cine.

 

                              Editada en DVD por Fox.

                             ¡FELIZ 2012 PARA TODOS!

LA BALADA DEL SOLDADO (1959) de Grigori Tchujrai

La balada del soldado (Ballada o soldate) cuenta el regreso del joven soldado Aliosha a casa para pasar unos días de permiso, tras haber abatido un par de tanques enemigos en una acción heroica. Durante el viaje, tras el cual podrá ver finalmente a su madre sólo por unos minutos, se cruzará con pequeñas historias anónimas que retrasarán su regreso y se enamorará de Shura, una joven que se oculta en los trenes del ejército para intentar volver a casa.

A partir de una pequeña anécdota dentro de la gran historia de la guerra, Grigori Tchujrai filma un espectáculo visual en el que la música, la fotografía, las interpretaciones y la planificación componen un mosaico de una belleza extraordinaria. Desde las escenas en que la madre espera en el camino el regreso de su hijo, que abren y cierran la película en una estructura de flash-back circular, pasando por los suaves y casi imperceptibles travellings que muestran la rutina de la guerra en las caras de soldados y campesinos, hasta los primeros planos en los que se refleja la alegría del reencuentro, el horror por la pérdida o el amor entre los dos jóvenes (la iluminación de sus rostros mirándose durante la última noche que pasan juntos en el tren es de las que dejan con la boca abierta), La balada del soldado es una de las grandes obras humanísticas del cine, a la altura de las que filmaron, en el mismo terreno, Ford, Ozu o De Sica.

Ni siquiera el ligero aroma patriotero que desprende la película, mostrado de manera nada estridente y personificado en la figura heroica y sin mácula de Aliosha, consigue distraernos y entorpecer la visita a esta maravilla. No cuesta nada pasar por alto algún que otro mensaje si a cambio nos regalan a la pequeña Shura alejándose por el andén, tras decir adiós a un joven soldado del que se ha enamorado y al que nunca volverá a ver.

Editada en DVD por Divisa.

EL SEÑOR DE LA GUERRA (1965) de Franklin J. Schaffner / BRONWYN de Juan Eduardo Cirlot

Antes de realizar El planeta de los simios (The Planet of the Apes, 1968) y Patton (1970), sus dos obras maestras más populares, Franklin James Schaffner ya nos había dejado otra joya para la historia del cine titulada El señor de la guerra (The War Lord), casi más conocida por historiadores que por cinéfilos, ya que según dicen es la película que muestra con mayor fidelidad lo que fue la Edad Media, algo a lo que supongo que no es ajena la extraordinaria fotografía de Russell Metty, colaborador en varias de las mejores películas de Douglas Sirk, entre otras maravillas.

        Basada en la obra de teatro de Leslie Stevens The Lovers -título que ya da una idea de por dónde van los tiros-, cuenta la historia de Chrysagón de la Cruz (Charlton Heston), un caballero normando que es enviado por su Señor a proteger a unos vasallos suyos de los ataques de los frisios. Al llegar ve lo que acabará siendo su perdición, a la hermosa campesina Bronwyn (Rosemary Forsyth) bañándose en las aguas del pantano. Perdidamente enamorado, ejercerá su derecho de pernada tras la boda de Bronwyn con uno de los campesinos, ganándose el odio de los vasallos. Pero Chrysagón no renunciará a ella, lo cual le costará el favor de su Señor, su honor y su vida.

        Película histórica, bélica, de aventuras o de lo que se quiera, El señor de la guerra es en realidad una de las más apasionadas historias de amor que nos haya dado el cine, y también de las más contenidas, sin una palabra ni un gesto de más, a la que asistimos en parte a través de las miradas y los silencios de Bors (enorme, como siempre, Richard Boone), el hombre de confianza de Chrysagón. Como muestra de esa contención, el momento en que Bors cura una herida a Chrysagón mientras Bronwyn intenta sujetarle por los brazos, hasta que sus rostros quedan casi unidos: una antológica escena de amor sin palabras que ni siquiera lo parece.

                  Editada en DVD, con el formato alterado, por Filmax.

El caso del poeta barcelonés Juan Eduardo Cirlot (su hija Victoria, por cierto, fue mi profesora de Literaturas Románicas en la Universidad de Barcelona, y tuvo el detalle de aprobarme) es el mayor ejemplo que conozco de cómo el cine, o una película, o sencillamente un personaje, puede influir en nuestra vida o incluso alterarla completamente. Tras ver El señor de la guerra, Cirlot debió de sentir el mismo embrujo que sintió Chrysagón al ver a Bronwyn emerger de las aguas, ya que comenzó a dedicarle lo que acabarían siendo 16 libros de poemas, escritos entre 1967 y 1971, reunidos finalmente bajo el título Bronwyn. El breve poema que aquí os dejo, uno de mis preferidos, creo que resume perfectamente la esencia de ese ciclo poético.

Ahora sí que ya sé por qué te vi

sobre las grises aguas del pantano,

loto de las entrañas de la luz,

sin pétalos ni rayas de relámpago.

Te vi para saber que soy eterno.

No importa que esté muerto junto al mar.

                     Publicado por Siruela.

THE SADDEST MUSIC IN THE WORLD (2003) de Guy Maddin

Año tras año buena parte de la crítica y de los festivales de cine se empeña en descubrirnos a cineastas que, supuestamente, aportan un soplo de aire fresco al anquilosado séptimo arte y revolucionan el marchito lenguaje de la imagen y sus reglas narrativas: son los nuevos gurús del cine. Sus nombres son reverenciados en pedantes tertulias cinéfilas y, a juzgar por los elogios y los premios recibidos, parece que de haber nacido cincuenta años antes Orson Welles y John Ford habrían empeñado su cámara y se habrían dedicado a la fontanería o al asunto del andamio. ¿De verdad que no has visto aún sus películas? ¿A qué coño esperas? Si sigues siendo un ignorante durante unos meses más corres el grave riesgo de que estos genios caigan en el olvido sin que hayas citado ni una sola vez sus habitualmente impronunciables nombres. Tendrás entonces que seguir buscando ese remedio infalible contra tu habitual insomnio, mientras sigues escuchando las campanadas a medianoche y vuelves a recordar qué verde era tu valle.

        Pero como, parafraseando al Borges lector de Lovecraft, la curiosidad sigue pudiendo más que el miedo, uno acaba siempre por encontrar algo que vale la pena entre tanta mandanga disfrazada de innovación. Y no es que Guy Maddin vaya a engrosar la lista de mis cineastas de cabecera ni que me disponga a recomendar sus películas a diestro y siniestro, pero en el poco cine suyo que he visto, especialmente en The saddest music in the world, sí he encontrado lo suficiente como para creer que no estoy ante otra tomadura de pelo.

        Con la ayuda en el guión del gran escritor británico Kazuo Ishiguro, con unas gotas del David Lynch más extravagante y del Fellini más circense, recuperando buena parte de los recursos cinematográficos del cine mudo (incluyendo una preciosa pero voluntariamente desgastada fotografía en blanco y negro) y recordándonos el clásico de Tod Browning Garras humanas (The Unknown, 1927), Maddin nos narra (es un decir) la historia del concurso que convoca la reina de la cerveza de Winnipeg (interpretada por Isabella Rossellini, habitual en el cine del director canadiense) para encontrar la canción más triste del mundo. El género fantástico, el musical y las historias de amor más atormentadas se alían para ofrecernos algo que nos parece completamente nuevo pero que mira de reojo a los clásicos.

                  Editada en DVD por Cameo.

CUANDO PASAN LAS CIGÜEÑAS (1957) de Mikhail Kalatozov

Aunque pueda parecer mentira, el cine de Orson Welles ha sido tachado a menudo de pura pirotecnia exhibicionista y vacía de contenido, de tomar como excusa la historia que nos cuenta para entregarse al culto del más difícil todavía. Si bien es cierto que Welles siempre buscó -y así lo afirma en varias entrevistas- explotar al máximo las posibilidades del lenguaje cinematográfico, a mí no me cabe duda no sólo de que siempre las puso al servicio de lo que quería contar, sino que en los personajes que habitan sus películas radica gran parte de la fuerza de su cine y que muchas de las mejores escenas que filmó les pertenecen enteramente a ellos, a sus palabras, sus silencios y sus miradas.

        Si pongo como ejemplo a Welles es porque el cine del mucho menos conocido Mikhail Kalatozov es susceptible de recibir las mismas críticas, y buena muestra de ello es Cuando pasan las cigüeñas (Letyat zhuravli) -como este país is different pa to, las grullas del título original se convirtieron en cigüeñas a su paso por España-, la maravillosa historia de amor entre Veronica y Boris, los dos amantes que han de separarse al alistarse Boris como voluntario para ir al frente.

        Kalatozov nos muestra esta triste y romántica historia a través de una sucesión de planos, escenas y secuencias enteras de una increíble belleza visual, que en ocasiones posiblemente hagan que el drama nos resulte menos cercano y no nos emocione tanto como debería, distraídos por la exuberancia de las imágenes, pero que en absoluto son meras fotografías en las que recrear la vista: todos y cada uno de esos momentos nos cuentan algo sobre los personajes y contribuyen a la principal finalidad de que la historia avance. Junto a ellos, el rostro que domina toda la película y del que la cámara se enamora, el de la actriz Tatiana Samoilova. Kalatozov es consciente de que esta historia le pertenece a ella, y sabe entregarle el film y reposarlo en cada uno de sus primeros planos, en su expresión al ver destruída su casa tras el bombardeo en el que mueren sus padres, en su soledad entre la alegre multitud que recibe a los soldados que vuelven del frente, mientras reparte entre los supervivientes las flores que estaban destinadas a Boris.

        Quizá esta película sería aún más impresionante si Kalatozov hubiese alcanzado una mayor comunión entre su riqueza formal y la emoción que nos transmite, pero si el cine es, entre otras cosas, un espectáculo visual, Cuando pasan las cigüeñas es una parada imprescindible.

                   Editada en DVD por Divisa.

AMIGOS APASIONADOS (1949) de David Lean

La historia del cine está repleta de grandes injusticias cinéfilas, de películas relegadas a un olvido tan grande como el talento de quienes las filmaron. Amigos apasionados (The passionate friends), una absoluta maravilla del cine romántico, es una de las muchas obras maestras que realizó David Lean a pesar de su corta filmografía y, a la vez, una de las menos vistas y aún menos citadas. Quizá la razón de ese olvido sea que tiene varios aspectos en común con su hermana mayor Breve encuentro (Brief encounter, 1946), una de las mejores películas de siempre y cuya mención, como ocurre demasiado a menudo con otros films, suele barrer de un plumazo todo el cine de Lean anterior a sus grandes superproducciones.

        Adaptación de la novela homónima de Herbert George Wells (sí, el mismo de La máquina del tiempo o El hombre invisible) a cargo del gran Eric Ambler, con Ann Todd y Trevor Howard como protagonistas, el film cuenta, al igual que hacía Breve encuentro y con el mismo actor, una historia de amor adúltero, aunque aquí cobra mucho mayor protagonismo la figura del marido (inmenso, como siempre, Claude Rains), hacia quien, curiosamente, irá dirigida nuestra simpatía, y su estructura es mucho más compleja, narrando el romance a través de varios años con continuos saltos en el tiempo. Repleta de pequeños detalles memorables y de escenas de una elegancia insuperable (Ann Todd despidiéndose de Trevor Howard desde el balcón, observada por nosotros y por Claude Rains a través de las cortinas, o el instante en que ella piensa en el suicidio en el andén del metro), con tiempo incluso para un momento de puro suspense, protagonizado por Claude Rains y unos prismáticos, que habría filmado sin dudar el mejor Hitchcock, Amigos apasionados demuestra de nuevo que, desde sus inicios hasta su testamento cinematográfico con Pasaje a la India (A passage to India, 1984), David Lean fue, sencillamente, uno de los más grandes.

        Quizá sólo el nuevo aficionado al cine que viera ahora Breve encuentro Amigos apasionados, sin tener ni idea del enorme prestigio de la primera y del absurdo olvido de la segunda, podría valorar realmente si existe tanta diferencia entre ambas y hasta qué punto se ha sido injusto con esta maravillosa película.

               Editada en DVD por Filmax.

LA CHICA CON LA MALETA (1961) de Valerio Zurlini

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Con algunas actrices ocurre que son suplantadas para siempre en la memoria por uno de los personajes a los que interpretaron. Para mí, Audrey Hepburn siempre será  la Ariane del film de Billy Wilder; Joan Fontaine -cómo no-, la Lisa de ese monumento al cine que es Carta de una desconocida; Anna Karina, la prostituta Nana de Vivir su vida; Julie Christie -faltaría más-, la inolvidable Lara de Doctor Zhivago…Y Claudia Cardinale, la inocente y seductora Aida de La chica con la maleta (La ragazza con la valigia).

        Esta no demasiado conocida película del aún menos popular directolocandinar italiano Valerio Zurlini es la historia de una cantante de orquesta que es engañada por un tipo que le promete dinero y fama para luego dejarla tirada con su maleta. Siguiéndole la pista, conocerá a Lorenzo (Jacques Perrin), el hermano menor, que se enamora de ella e intenta ayudarla. Pero las circunstancias y las diferencias de edad y de clase social terminarán separándoles.

        Pocas veces una actriz y su personaje se han adueñado, como en esta película, de todos y cada uno de los planos: la escena en que Aida va bajando lentamente la escalera de la casa de Lorenzo mientras éste la observa; la pequeña fiesta en el hotel, en la que Aida se deja seducir por otro mientras Lorenzo se emborracha; la larga escena de la playa y la posterior despedida; y el momento final, con Aida ya completamente sola, sin saber qué va a ser de ella, caminando en la noche hasta salir del plano.

        Sin las estridencias propias de buena parte del cine romántico italiano, con una preciosa fotografía en blanco y negro y las notas del aria Celeste Aida de Verdi, Zurlini consiguió una triste y maravillosa película habitada por un personaje inolvidable, una obra maestra del cine italiano que merece ser revalorizada.