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LOS HUESOS DEL INVIERNO de Daniel Woodrell

WoodrellEl éxito de determinadas adaptaciones cinematográficas propicia, por fortuna, que la literatura de algunos estupendos y desconocidos novelistas, como es el caso de Daniel Woodrell, llegue a ver la luz en nuestro país.

Aunque Ang Lee ya había llevado al cine la novela Woe to Live On (1987) en la decepcionante Cabalga con el diablo (Ride with the Devil, 1999), el reconocimiento le llega a Woodrell tras el estreno y las nominaciones al Oscar de Winter’ s Bone (2010), estupenda adaptación, dirigida por Debra Granik, de la novela publicada en 2006 y traducida aquí bajo el título Los huesos del invierno.

Huesos del inviernoEl argumento gira en torno al personaje de Ree Dolly, una joven de 16 años que ha de hacerse cargo de una madre trastornada y de sus dos hermanos pequeños y cuyo padre, un delincuente en libertad condicional, lleva días desaparecido. Si no consigue encontrarlo o demostrar que ha muerto antes de treinta días, la ley les quitará la casa y los dejará en la calle.

Esa búsqueda la llevará a pedir ayuda al patriarca del clan familiar, solo para descubrir un microcosmos en el que imperan las drogas, el alcohol y la violencia, regido por antiguas y sagradas reglas que no deben romperse y donde es mejor no hacer demasiadas preguntas y mirar hacia otro lado.

Winter's Bone PosterAmbientada, al igual que otras novelas de Woodrell, en las nevadas y gélidas montañas de Ozark, en Missouri, Los huesos del invierno nos muestra, bajo los códigos narrativos del género negro (el propio Woodrell etiquetó su estilo como country-noir) una sociedad rural cerrada en sí misma, que dicta sus propias leyes y soluciona sus problemas de manera endogámica, por encima de una autoridad policial que no se inmiscuye y en la que los jóvenes tienen su destino marcado por la tradición familiar y por una forma de vida dominada por la pobreza y los instintos más primarios, tan dura y despiadada como el clima que la rodea.

Afortunadamente, en contraste con la historia que nos cuenta, la trabajadísima prosa de Woodrell, de las que te obligan a releer y apreciar detenidamente cada detalle, consigue extraer poesía de cada una de sus escogidas palabras, creando con ellas la belleza que probablemente Ree y sus hermanos nunca conozcan. Quienes gusten de la literatura del gran Cormac McCarthy, con toda seguridad encontrarán en Los huesos del invierno muchos y buenos motivos para disfrutarla.

Las laderas tejidas de hielo se deshacían. El hielo resbalaba por todas partes, ramas, tallos, tocones, piedras, y caía tintineando al suelo. La bruma se levantaba por encima de las hondonadas y se posaba en los raíles, aunque no se elevaba mucho más arriba de la cabeza de Ree. Le tiznaba las mejillas de churretones como lágrimas aplastadas. Veía el cielo, pero con los pies envueltos en bruma. Las macizas traviesas, humedecidas, olían a alquitrán; Ree las iba pisando y aspirando el alquitrán en la niebla y oyendo el sonido cristalino del hielo en los árboles y el chasquido al quebrarse. Se limpió de las mejillas la niebla que parecía lágrimas y se encasquetó la capucha. Trozos de hielo más grandes caían sordamente a tierra. Riachuelos de hielo fundido abrían pequeños canales en la nieve de la ladera. Se oía el hielo, se oían los regueros y las botas hacían ruido al pisar. Se detuvo en un puente que cruzaba un arroyo helado. Quería ver la profundidad del agua a través de los agujeros de la capa de hielo. Estaba extrañamente quieta, observando, quieta y observando en el puente, hasta que comprendió que buscaba un cuerpo debajo del hielo, y se puso de rodillas y lloró, lloró hasta que las lágrimas le llegaron al pecho.

Traducción de Concha Cardeñoso Sáenz de Miera.

Publicada por Alba Editorial.

SOY LEYENDA de Richard Matheson

La gran novela de Richard Matheson Soy leyenda (I am legend, 1954) ha sido llevada al cine oficialmente en tres ocasiones: El último hombre sobre la tierra (The last man on earth, 1964), con Vincent Price y dirigida por Sidney Salkow y Ubaldo Ragona, El último hombre…vivo (The Omega man, 1971) de Boris Sagal, con Charlton Heston, y Soy leyenda (I am legend, 2007), dirigida por Francis Lawrence y con Will Smith como protagonista. Si las tres logran mantener el interés es básicamente gracias a la historia que adaptan y no por méritos propios. Por suerte, los que gustamos de la literatura de Matheson siempre podemos acudir a El increíble hombre menguante (The incredible shrinking man, 1956) de Jack Arnold y a El diablo sobre ruedas (Duel, 1971) de Steven Spielberg, sin olvidar los episodios que recreaban sus historias de La dimensión desconocida (Twilight zone).

        Soy leyenda nos sitúa en un futuro en el que, tras una guerra bacteriológica, los supervivientes se han convertido en vampiros. Todos, excepto Robert Neville, cuya vida se reduce a buscar y asesinar durante el día a todos los vampiros que puede y a defenderse de sus ataques durante la noche. A caballo, pues, entre el terror y la ciencia-ficción, la novela de Matheson no se limita a ser un mero entretenimiento de género, sino que nos muestra la delgada línea que separa el bien del mal y lo que es normal de lo que no cuando sólo una persona representa las ideas convencionales, cuando esa persona es vista como un monstruo por todos los demás. Por otro lado, la soledad del hombre en su lucha contra una situación que le supera -posiblemente el gran tema de la literatura de Matheson- está también presente en esta novela cuya influencia se ha dejado notar en la literatura posterior. Sin ir más lejos, y aunque quizás sea aventurar demasiado, la lectura de La carretera (The road, 2006) de Cormac McCarthy me recordó algunas de las ideas ya presentes en Soy leyenda.

        “Pero luego el silencio cubrió las cabezas, como una manta pesada. Todos volvieron hacia Neville unos rostros pálidos. Neville los observó serenamente. Y de pronto comprendió. Yo soy el anormal ahora. La normalidad es un concepto mayoritario. Norma de muchos, no de un solo hombre.

        Y comprendió, también, la expresión de aquellos rostros: angustia, miedo, horror. Tenían miedo, sí. Era para ellos un monstruo terrible y desconocido, una malignidad más espantosa aún que la plaga. Un espectro invisible que había dejado como prueba de su existencia los cadáveres desangrados de sus seres queridos. Y Neville los comprendió, y dejó de odiarlos. La mano derecha apretó el paquetito de píldoras. Por lo menos el fin no llegaría con violencia, por lo menos no habría una carnicería…

        Neville miró los nuevos habitantes de la Tierra. No era como ellos. Semejante a los vampiros, era un anatema y un terror oscuro que debían destruir. Y de pronto, nació la nueva idea, divirtiéndolo, a pesar del dolor.

        Tosió atragantándose. Se dio vuelta y se apoyó en la pared mientras se metía las píldoras en la boca. Se cierra el círculo. Un nuevo terror nacido de la muerte, una nueva superstición que invade la fortaleza del tiempo.

        Soy leyenda.”

                       Traducción de Manuel Figueroa.

                       Publicada por Ediciones Minotauro.

WARLOCK de Oakley Hall / EL HOMBRE DE LAS PISTOLAS DE ORO (1959) de Edward Dmytryk

En Warlock, Oakley Hall ha devuelto al mito de Tombstone su completa, mortal y sangrienta humanidad. Warlock es una de las mejores novelas americanas. (Thomas Pynchon)             

oakley_hall2A mis lecturas juveniles de Stevenson, Conrad, Poe o Ibáñez se unían, de vez en cuando, las novelas del Oeste de Marcial Lafuente Estefanía y de Silver Kane (quien luego resultó llamarse -decepción pasajera- Francisco González Ledesma, natural de Barcelona), que proporcionaban un rato de entretenimiento pero confirmaban que el western, el de verdad, era cosa del cine, y es que uno a esa edad aún no sabía que muchas de las grandes películas de indios y vaqueros eran adaptaciones literarias.

Más tarde llegarían los primeros westerns encuadernados acompañados de cierto prestigio: El bandido adolescente (1965) del exiliado Ramón J. 20090709-warlock2Sender, sobre la figura de Billy el Niño; algunos relatos de O´Henry y de Bret Harte; La verdadera historia de la banda de Kelly (True history of the Kelly gang, 2000), que novelaba la vida del pistolero australiano Ned Kelly y que le valió a Peter Carey su segundo Premio Booker, o las impresionantes obras del gran Cormac McCarthy. Pero, a pesar de los buenos ratos, poco o nada encontraba yo en estas lecturas que me devolviera el imaginario cinematográfico de los Ford, Hawks o Wellman.

Y entonces llegó Warlock (1958) de un tal Oakley Hall. Y resultó que ya conocía la historia, o parte de ella, porque había visto la adaptación homónima de Edward Dmytryk, aquí titulada El hombre de las pistolas de oro, una buena, por momentos magnífica película, pero incapaz de mostrar ni por asomo toda la riqueza literaria del texto de Hall, porque en él sí se demuestra que toda la grandeza de los mejores films del género también puede aparecer escrita en un papel.

Alternando el narrador omnisciente con los fragmentos de un diario escrito por uno de los personajes, de nombre Henry Holmes Goodpasture, la novela nos cuenta la historia de la ciudad fronteriza de Warlock, refugio de asesinos, mineros, prostitutas, jugadores y ladrones de ganado, dominada por el cacique de turno y su banda. A ella llega el misterioso pistolero Clay Blaisdell, a quien los cobardes ciudadanos del lugar convencen para restablecer la ley, acompañado del aún más misterioso jugador y pendenciero Tom Morgan, personaje que se lleva varios de los mejores momentos de la novela. Comienza entonces el recuerdo de tantas visitas a ciudades como Tombstone o Wichita, de duelos a lo OK Corral, de personajes complejos a medio camino entre la realidad y la ficción, de situaciones y diálogos que hablan del fin de una época y de la leyenda que lleva consigo y que encontrarían su máxima expresión cinematográfica en El hombre que mató a Liberty Valance (The man who shot Liberty Valance, 1962) de John Ford, el film que mejor refleja, mejor incluso que la adaptación de Dmytryk, el universo de esta novela. Y ese recuerdo nos llega de la mano de una narrativa tan brillante que resiste pocas comparaciones y que consigue que deseemos no terminar nunca las casi 700 páginas de esta obra maestra imprescindible.

“En un reciente volumen de memorias del Oeste, observo que se trata a Blaisdell más como un héroe seminovelesco que como un hombre de carne y hueso. Pero sí era un hombre: yo, que lo he visto comer y beber, respirar y sangrar, puedo atestiguarlo. Y a pesar de las ficciones de Bane y demás ralea, no han existido muchos como él, ni como Morgan, McQuown, o John Gannon.

Pero a veces, recordando la historia de aquellos hombres que te contaba cuando eras pequeño, pienso, como quizá pienses tú mismo, si no soy yo también un fabulador, con una imaginación tan desbocada como la de Bane, o si no he llegado poco a poco a estilizar y simplificar en mi memoria (¡como suelen hacer los viejos!) aquellos sucesos, glorificando a su capricho a esas personas, y tratando de conferirles una talla sobrehumana.

Exclamo con dolor que no es así, y al mismo tiempo llego a dudar de mí mismo. Pero he llevado un diario a lo largo de todos estos años, y aunque la tinta se ha vuelto borrosa en sus amarillentas páginas, aún es legible en su totalidad. Un día de éstos, si tienes un interés mayor que el de hacer valer tus argumentos frente a un compañero de clase, esas páginas serán tuyas.

Ahora que tu carta me ha traído a la memoria a todas aquellas personas y aquellos años, deseo vivamente que no me falten tiempo y facultades para dar cuerpo a mis diarios y convertirlos en la Verdadera Historia de Warlock, en todas sus ramificaciones, antes de que el nombre de Blaisdell, y el de otros hombres y mujeres, así como el de la ciudad en que vivieron, se pierdan para siempre…”.

Traducción de Benito Gómez Ibáñez.

Publicada por Galaxia Gutenberg.