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JOKER (2019) de Todd Phillips

Creía que mi vida era una tragedia. Ahora veo que es una comedia.

La línea más brillante del guion escrito por Todd Phillips y Scott Silver, dicha en una escena crucial de la película, es también la que mejor expresa la evolución de Arthur Fleck (Joaquin Phoenix), un tipo no demasiado equilibrado mentalmente cuyo único objetivo en la vida es que la gente se ría con él, pero que solo consigue que la vida se ría de él. Harto de ser objeto de burlas, mentiras y palizas, de ser la última mierda de la ciudad, decide que ya es hora de que sea él quien se ría, y no precisamente de bromas inocentes. Está a punto de nacer el Joker.

Fleck y Phoenix, Phoenix y Fleck, fascinantes y desde ya inseparables, se erigen en los protagonistas absolutos -y aquí el adjetivo es ineludible como pocas veces- de Joker, la tan esperada como polémica cinta que explica el (un) posible origen de la némesis de Batman y que ha sido saludada por la crítica, de manera general, como una obra maestra o casi. Mi opinión, a falta de un segundo visionado que pueda modificarla, es que se queda uno o dos peldaños por debajo, ya que comete unas cuantas torpezas, achacables más al guion que a la puesta en escena, que emborronan sus muchos aciertos. Algunas de ellas sean quizá de poca importancia, como el hecho de recurrir a traumas muy manidos para justificar el carácter y las reacciones de Arthur, la repetición excesiva de sus carcajadas y bailoteos -la magnífica escena en que el protagonista, transformado ya en joker, baja las escaleras en la calle sería aún mejor y más efectiva si lo viéramos bailando por primera vez- o el subrayado innecesario para la preciosa secuencia que nos muestra la verdadera relación de Arthur con su vecina; pero lo que sí me parece un error de bulto es la poca atención mostrada hacia unos personajes secundarios que son meros puntos de apoyo sin ninguna entidad y que carecen del peso específico necesario para actuar como contrapunto a la altura del protagonista, para prestarnos su punto de vista, imprescindible para dotar de equilibrio a cualquier gran película, equilibrio que aquí echo de menos. Y si dispones de Frances Conroy (la actriz que interpretaba a la madre en la magnífica serie A dos metros bajo tierra) y de un tal Robert De Niro, la cosa se agrava.

De hecho, la desaprovechada presencia de De Niro parece más que otra cosa un homenaje a dos personajes que interpretó para Martin Scorsese: el Travis Bickle de Taxi Driver (1976) y el Rupert Pupkin de El rey de la comedia (The King of Comedy, 1982), dos de las influencias más claramente reconocibles en Joker. Junto a ellas, quizá podamos pensar que por aquí se cuela también V de Vendetta (V For Vendetta, 2006), la estupenda adaptación del cómic de Alan Moore a cargo de James McTeigue; o, por qué no, El maquinista (The Machinist, 2004) de Brad Anderson, protagonizada por un Christian Bale que años más tarde se pondría el traje de… Batman. Y, ya puestos, podemos acordarnos de un tal Norman Bates e incluso, viajando a las antípodas, del payaso de El que recibe el bofetón (He Who Gets Slapped, 1924), la obra maestra de Victor Sjöström protagonizada por un Lon Chaney tan acaparador como aquí Joaquin Phoenix.

Posibles referentes estos y otros tantos perfectamente integrados en la trama para enriquecer una gran película que, como digo, podría haber sido aún mejor. Con todo, secuencias magistrales como la del triple asesinato en el metro o la del encuentro entre Arthur con un niño llamado Bruce Wayne (¿habrá continuación?), junto a las ya comentadas y otras muchas, ponen de manifiesto que algunos personajes de cómic poseen la suficiente fuerza y complejidad como para merecer proyectos cinematográficos serios, adultos y, por qué no, transgresores que vayan un paso más allá del típico y quizá ya cansino blockbuster palomitero. Que siga.

 

 

 

 

LOS VENGADORES (2012) de Joss Whedon

Los amantes del cine de acción y, por qué no, del cine en general, tienen desde ayer una cita obligada con Los vengadores (The Avengers), posiblemente la mejor adaptación a la pantalla de un cómic de superhéroes o al menos, que no siempre es lo mismo, la que más plenamente consigue aquello que busca. En cuanto a historias gráficas llevadas al cine, creo que sólo la magnífica V de Vendetta (V For Vendetta, 2006) de James McTeigue, basada en el cómic de Alan Moore y David Lloyd, sigue resistiendo la comparación.

        Diálogos bien escritos, con el punto justo de humor y de trascendencia, que consiguen que todos los personajes estén a la misma altura y tengan su protagonismo (aunque, lógicamente, dos magníficos actores como Robert Downey Jr. y Mark Ruffalo acaben asomando la cabeza), escenas de acción muy bien filmadas, sin recurrir a la típica cámara lenta sin sentido o a un montaje epiléptico que no deja ver nada y, sobre todo, aquello que distingue al buen cine de los videoclips más o menos entretenidos y que es tantas veces invisible: el impresionante ritmo interno de cada una de las escenas, que consigue que los momentos en que los personajes, simplemente, hablan, sabiamente alternados con los más espectaculares, no hagan decaer en absoluto, más bien al contrario, la diversión. 

        Con espacio para agradecidos cameos (entre otros, aparecen brevemente Stan Lee, Harry Dean Stanton y un Powers Boothe al que hay que buscar con lupa) e incluso, si queremos ponernos en plan cinéfilonostálgico, con referencias a clásicos como Los siete magníficos (The Magnificient Seven, 1960) de John Sturges, Doce del Patíbulo (The Dirty Dozen, 1967) de Robert Aldrich y tantas otras en las que se reune al grupo para acabar con los malos, Los vengadores es una montaña rusa de dos horas y cuarto que se pasan volando (¿sería igual de buena con los 45 minutos que el director Joss Whedon se vio obligado a cortar?) y que te dejan deseando ver inmediatamente la próxima entrega, la cual, a juzgar por lo que muestra el epílogo, puede dejar a ésta en una mera avanzadilla.