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AN INSPECTOR CALLS (1954) de Guy Hamilton

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Años antes de ponerse tras la cámara en algunas películas de James Bond y en un par de adaptaciones de Agatha Christie, Guy Hamilton dirigió un pequeño film la mar de singular que goza de cierto prestigio en círculos reducidos y que aún hoy puede suponer toda una sorpresa para el espectador más curioso: An Inspector Calls, basado en la obra de teatro homónima de J. B. Priestley, autor que a menudo reflejó en su literatura su preocupación por las clases sociales más desfavorecidas.

A group shot from An Inspector Calls (1954)

La historia, situada en 1912, nos lleva a la casa de una familia inglesa acomodada, los Birling. Tras la cena, el novio de la hija la pide en matrimonio. Alegría, brindis y planes de futuro. Pero algo va a interrumpir su felicidad. De repente, por la puerta del jardín, entra sin previo aviso un hombre con aire misterioso que se presenta como el inspector de policía Poole. Tras la sorpresa inicial, el visitante les informa de la muerte por envenenamiento de una joven de clase baja llamada Eva Smith. En principio, los miembros de la familia no entienden qué tienen que ver con el suceso; pero el inspector les irá mostrando individualmente una fotografía de la chica que les hará recordar que todos ellos, padre, madre, hijo, hija y futuro yerno, tuvieron algún tipo de relación con la fallecida. Los flashbacks, como no podía ser de otro modo, están servidos.

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Aunque el film no trata en ningún momento de ocultar su origen teatral, Hamilton se las apaña para dotarle en todo momento de ritmo cinematográfico y para conseguir ni más ni menos que lo que pretende: un entretenimiento sin alharacas visuales que nos mantiene intrigados de principio a fin bajo cuyo disfraz de misterio policiaco late una fuerte carga de crítica social, comandado por un reparto estupendo en el que destacan Alastair Sim en el papel de inspector, una suerte de Pepito Grillo o voz de la conciencia, y el futuro cineasta Bryan Forbes en el de hijo demasiado aficionado a la botella. Y como guinda del pastel, un final sorprendente que incluso se atreve a entroncar con el cine fantástico.

Alastair Sim as Inspector Poole in a scene from An Inspector Calls (1954)

HAMLET (1964) de Grigori Kozintsev

Las dos últimas películas que dirigió Grigori Kozintsev, y las dos que más prestigio le proporcionaron, son sendas aproximaciones al inagotable universo de William Shakespeare. La segunda, El rey Lear (Korol Lir, 1971), es una obra maestra que se queda a muy poca distancia de Ran (1985), de Akira Kurosawa, la mejor adaptación de esta obra en mi opinión. A la primera de ellas, Hamlet (Gamlet), el calificativo «de obra maestra» se le queda pequeño y, desde luego, está a años luz del resto de adaptaciones, incluidas las muy populares de Laurence Olivier y Kenneth Branagh.

Al igual que en su segunda incursión shakespeariana, Kozintsev escribió el guion a partir de la traducción de Boris Pasternak y contó con el compositor Dimitri Shostakovich y con el director de fotografía Jonas Gritsius. Tanto la música como la luz y las sombras, protagonistas, lo cual no es decir poco, al mismo nivel que el texto -pocos cielos se habrán visto en el cine como los filmados aquí por Kozintsev y Gritsius-, envuelven las pasiones de Hamlet (excepcional Innokenti Smoktunovski) y el resto de personajes, los innumerables detalles de la puesta en escena y la danza creada por los majestuosos movimientos de cámara, formando con ellos una sinfonía de imágenes casi fantasmales, una especie de sueño repleto de violencia, locura y muerte cercano, en ocasiones, al terror.

Al igual que hicieran Welles y Kurosawa -o que David Lean lejos de Shakespeare-, Kozintsev es capaz de aunar lo épico y lo lírico, el sentimiento y el espectáculo, lo íntimo y lo público, la caracterización de cada personaje y las consecuencias de sus actos en el desarrollo de la trama y de acogerlos en un envoltorio visual digno compañero de algunas de la más hermosas palabras que se han escrito. Desde la aparición del espectro del padre de Hamlet clamando venganza hasta el encuentro con el sepulturero y la calavera de Yorick, pasando por la representación teatral, a instancias de Hamlet, del crimen perpetrado por el rey Claudio o por el suave movimiento de cámara que nos guía hasta el cadáver de Ofelia bajo las aguas, el Hamlet de Kosintsev es una sucesión de planos de inacabable belleza que por sí solos podrían explicar por qué el cine es un arte.

PYGMALION (1938) de Anthony Asquith y Leslie Howard

La obra de teatro de George Bernard Shaw publicada en 1912, inspirada en el mito clásico de Pigmalión y Galatea y que llevaba implícita la crítica de su autor a lo mal que hablan el inglés los propios británicos, ha conocido dos adaptaciones cinematográficas a su altura. La más conocida, por supuesto, es My Fair Lady (1964), la magistral versión musical de George Cukor que se llevó un saco de Óscars y que fue protagonizada por unos deslumbrantes Audrey Hepburn y Rex Harrison.

No tan famosa, por desgracia, es Pygmalion, una deliciosa comedia romántica y, por momentos, muy loca dirigida por Anthony Asquith y Leslie Howard. El propio Howard interpreta a Henry Higgins, el experto profesor de fonética que le apuesta al coronel Pickering que en seis meses convertirá a la harapienta y vulgar vendedora de flores Eliza Doolitle (Wendy Hiller) en una dama de modales exquisitos y dicción perfecta. Para ello, se la llevará a vivir a su casa, donde la someterá a extenuantes clases tratándola como a un mero objeto de experimentación; pero, al igual que el Pigmalión escultor, acabará enamorándose de la Galatea que ha creado.

Mucho menos lujosa, por descontado, que la posterior versión de Cukor, la de Asquith y Howard emplea la mitad de tiempo en explicarnos la historia gracias a una magistral lección de montaje y elipsis narrativa que nos impide pestañear para no perdernos nada. Junto a esa brillante puesta en escena nada teatral, absolutamente cinematográfica, unos diálogos divertidísimos (Óscar al mejor guion adaptado) dichos a ritmo de ametralladora por un reparto soberbio desde los protagonistas hasta el último secundario, con mención especial para Wilfrid Lawson, que interpreta al aprovechado padre de Eliza. Todo ello para una enorme comedia que merece situarse mucho más cerca, en cuanto a prestigio, de su hermana cantada y en colores.