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KURONEKO (1968) de Kaneto Shindô

Una mujer y su nuera (interpretadas, respectivamente, por Nobuko Otowa y Kiwako Taichi), que sobreviven como pueden en el bosque mientras esperan el regreso de la guerra de su hijo y esposo, son violadas y asesinadas por un grupo de samuráis errantes, que acaban prendiendo fuego a la cabaña en que vivían. Entre las cenizas, un gato negro se acerca a los cadáveres y lame su sangre. Tiempo después, todo samurái que pasa por la noche ante la puerta de Rashomon desaparece y su cadáver es encontrado al día siguiente con unas marcas en el cuello, como si un feroz animal los hubiera mordido. La ironía del destino hará que el joven esperado por las dos mujeres, tras volver del frente y ser recibido con honores, sea el encargado de investigar los asesinatos.

En Kuroneko (Yabu no naka no kuroneko), también conocida como El gato negro, Kaneto Shindô nos lleva de regreso a un escenario similar al de su obra maestra Onibaba -guerra, caos, pobreza, pillaje y mujeres abandonadas a su suerte- para, adentrándose aún más de lleno en territorio fantástico, ofrecernos una versión libre de la leyenda del demonio de Rashomon, en la que dos mujeres vuelven de la muerte convertidas en fantasmas-vampiro, con una apariencia humana similar a la que tenían antes de morir pero elegantemente vestidas, bajo la promesa hecha a los demonios del mal -representados por el gato, presencia recurrente en el fantástico japonés- de ofrecer cobijo en su fantasmal hogar a los solitarios samuráis que se adentren en el bosque para seducirlos y asesinarlos.

Sin ser tan redonda como Onibaba porque algunas secuencias son reiterativas y alargan la película innecesariamente, Kuroneko nos regala tanta belleza cinematográfica que no es difícil incluirla entre las grandes películas del género fantástico y de terror. Desde la primera secuencia, hipnótica como pocas, en que el fantasma de la nuera se aparece a un samurái y lo guía bajo la luna a través del bosque hasta su casa, pasando por las que muestran a la madre acercándose por el pasillo o entregada a sus extraños bailes, la dirección de Shindô y la fotografía de Kiyomi Kuroda nos abruman con sus imágenes oníricas, repletas de una violencia y un erotismo filmados como si de danzas coreografiadas se tratase, con toda la elegancia del mundo, al servicio de dos personajes fascinantes que parecen sacados de un sueño y cuyas seductoras miradas consiguen que, samuráis cinéfilos, no podamos ni queramos renunciar a su invitación.

A WIFE CONFESSES (1961) de Yasuzô Masumura

Conocida en Occidente, como tantas otras películas del cine asiático, por su título en inglés, A Wife Confesses (Tsuma wa kokuhaku suru) inicia sus impecables 90 minutos en el momento en que va dar comienzo el juicio contra Ayako Takigawa, una hermosa mujer acusada de asesinar a su marido, un profesor mucho mayor que ella. A lo largo del proceso, que ocupa la mayor parte del film, los testimonios de Ayako y del resto de personas relacionadas con el matrimonio nos irán informando, mediante sucesivos flashbacks, de cómo era la relación entre los cónyuges, de las circunstancias en que se cometió el supuesto crimen y del papel decisivo que pudo tener en todo el asunto el joven Osamu, un apuesto alumno y ayudante de Takigawa; pero, como no podía ser de otra forma, lo que se nos dice y muestra, y la forma de hacerlo, nos llevará a los espectadores a poner todo en duda y es probable que la influencia del naturalismo y del cine negro norteamericano, con sus mujeres fatales guiando al ingenuo amante a deshacerse del molesto marido, nos lleve a desconfiar cada vez más de la aparente candidez de Ayako.

Lejos de otras propuestas mucho más extremas, tanto en su forma como en su argumento, y quizá más conocidas en Occidente, como la impresionante Tatuaje (Irezumi, 1966), que ya pasó por este blog, o la excesiva e influyente La bestia ciega (Môjû, 1969), A Wife Confesses, basada en una novela de Masaya Maruyama, pertenece a ese grupo de películas en que el gran Yasuzô Masumura hizo gala de una puesta en escena mucho más clásica y contenida, menos exuberante pero igualmente efectiva. Si la primera y más extensa parte del film, la que nos muestra el juicio y las continuas analepsis, es ejemplar en su caracterización de los personajes, en su tratamiento de la subjetividad y en su crítica a la exposición pública de los principales implicados en la vista, los aproximadamente veinte minutos finales, en los que se nos desvela toda la verdad sobre los hechos y sobre sus protagonistas, son un fragmento enorme de cine, imágenes y diálogos que ponen la carne de gallina.

Es en ese desenlace, si no lo había logrado ya antes, donde la gran actriz Ayako Wakao, habitual en el cine de Masumura, nos demuestra lo gran actriz que era y donde su personaje se nos revela como uno de los retratos femeninos más complejos y apasionantes del cine japonés, hasta convertirse en el centro absoluto de este drama magistral en torno a las apariencias, la duda y, en fin, el amor sin límites, cuyo plano final busca permanecer en la memoria del espectador y vaya si lo consigue.

 

 

LOS ASESINOS DE LA LUNA DE MIEL (1969) de Leonard Kastle

Entre 1947 y 1949, Raymond Fernández y Martha Beck, conocidos en la historia criminal estadounidense como «Los asesinos de los Corazones Solitarios», asesinaron a varias mujeres para quedarse con su dinero utilizando el siguiente método: Ray respondía a los anuncios del diario que publicaban mujeres solas en busca de pareja y Martha se hacía pasar por su hermana, lo que daba mayor confianza a sus futuras víctimas. Tras ser declarados culpables de tres de los crímenes, fueron ejecutados en la silla eléctrica en 1951.

Su historia ha sido llevada al cine al menos en cuatro ocasiones: Alleluia (2014), del director belga Fabrice Du Welz; Corazones solitarios (Lonely Hearts, 2006), de Todd Robinson; la estupenda Profundo carmesí (1996), de Arturo Ripstein, y Los asesinos de la luna de miel (The Honeymoon Killers), la única película dirigida por Leonard Kastle y film de culto donde los haya, en parte porque al exagerado de François Truffaut le dio por decir que era su favorito de todo el cine norteamericano.

Dejando a un lado la boutade de Truffaut, lo cierto es que la película de Kastle, como otros grandes ejemplos del mejor cine independiente americano de los 60 y de la nouvelle vague, no ha perdido nada de su frescura y de esa sensación que transmite de cinéma vérité, como si el director hubiera acompañado a la pareja de asesinos en sus andanzas y las hubiera filmado in situ, a lo que contribuyen definitivamente las interpretaciones tanto de protagonistas como de secundarios, ajenas a cualquier artificio actoral. Este aspecto estilístico, que le confiere al film un aire casi documental, brilla especialmente en las escenas de los asesinatos, filmados de manera tan natural, tan real, y sin un atisbo de remordimiento por parte de sus autores, que resultan mucho más impresionantes que las que solemos ver en producciones con más medios.

Y como guinda para este estupendo film, Kastle nos regala un último plano magistral en el que vemos a Martha (Shirley Stoler), en la cárcel de mujeres, leyendo una carta que le ha enviado Ray (Tony Lo Bianco) en la que le confiesa que ha sido el único amor de su vida. Mientras oímos la voz en off de Ray, la cámara se va alejando lentamente de Martha para dejarla a solas con su amor. Un momento final que ofrece unos segundos de compasión a esta pareja de monstruos humanos que han protagonizado una crónica del horror, pero también, y sobre todo, una trágica historia de amor.

 

CARRIE (1952) de William Wyler

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Es más que probable que, tras el gran éxito del film de George Stevens Un lugar en el sol (A Place in the Sun, 1951), basado en la novela de Theodor Dreiser Una tragedia americana (An American Tragedy, 1926), la Paramount pensara que tenía la diana asegurada llevando al cine otra obra de Dreiser y dejando el proyecto en las manos adecuadas. Así, bajo la batuta del coleccionista de Oscars William Wyler y con la presencia de una estrella como Jennifer Jones, la adaptación de la primera novela de Dreiser, titulada La hermana Carrie (Sister Carrie, 1900), parecía tener todos los ingredientes para resultar una apuesta ganadora.

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Pero, al parecer, la historia de la hermosa Carrie, por cualquier medio que nos llegara, estaba destinada al cajón del olvido. Tanto en su día la novela de Dreiser, que trataba temas como el sexo, el escándalo social o el adulterio de manera demasiado directa para la moral de la época, como después la película, con un Laurence Olivier que no era precisamente un gran reclamo para la taquilla, fueron dos enormes fracasos. Aún hoy, Carrie sigue siendo una de las obras menos conocidas de su director.

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Realizada en la que para mí es la mejor etapa de la carrera de Wyler, la que nos regaló obras maestras como La heredera (The Heiress, 1949) o Vacaciones en Roma (Roman Holiday, 1953), Carrie consigue sortear todos los obstáculos de una historia en la que abundan las situaciones dificilmente creíbles y que podían haberla hecho caer en el ridículo. Gracias a una sabia contención dramática y a una elegantísima puesta en escena que contiene algunos de los planos y movimientos de cámara más hermosos del cine de Wyler, termina siendo una preciosa y triste historia de amor y destrucción, la de un hombre culto y respetado que abandona a su esposa y a sus hijos, su cómoda posición económica y su prestigio social por el amor de una joven mujer en el que cree ver su última ocasión de conocer una verdadera y breve felicidad. A este inolvidable personaje le dedicó el gran Laurence Olivier la que posiblemente sea su mejor interpretación para el cine.

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Editada en DVD por Paramount.

 

SI NO AMANECIERA (1941) de Mitchell Leisen

Entre la comedia y el drama Mitchell Leisen fue fraguando una magnífica filmografía que desgraciadamente hoy en día es muy poco recordada, quizá con la excepción de Medianoche (1939), un film desmadrado y divertidísimo escrito por Billy Wilder y Charles Brackett.

        También de Wilder y Brackett es el guión del drama romántico Si no amaneciera (Hold back the down), la historia de un vividor rumano (Charles Boyer) que, en un pueblo mejicano, espera su ocasión de pasar a los Estados Unidos. La portunidad se le presenta cuando conoce a una maestra (Olivia de Havilland) que está de visita en el pueblo con sus alumnos. La seduce y se casa con ella para conseguir la ciudadanía, pensando en abandonarla al cruzar la frontera, pero la intervención de un inspector de inmigración y el hecho de que comienza a enamorarse de ella le complican sus planes.

        El film se mueve entre la comedia ligera y la ternura que inspira el personaje de la maestra hasta llegar al más puro dramatismo, pero sin caer nunca en el exceso ni el exhibicionismo, con una dirección absolutamente medida que consigue hacernos creíble y conmovedora una historia en muchos momentos inverosímil: la magia del cine hecho con talento.

        Junto a La vida íntima de Julia Norris (To each his own, 1946) -también escrita por Brackett y con la que Olivia de Havilland ganó el Oscar-, Si no amaneciera es uno de los mejores dramas de Leisen. Un programa doble ideal para (re) descubrir a un gran cineasta.

            Editada en DVD por Universal.