Archive for the ‘Drama’ Tag

HÔTEL DU NORD (1938) de Marcel Carné

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hotel-du-nord-movie-poster-1938-1020242400Dos jóvenes amantes, Renée (Annabella) y Pierre (Jean Pierre Aumont), alquilan una habitación en el Hôtel du Nord con la intención de suicidarse. Según lo previsto, Pierre dispara a su novia, pero después es incapaz de seguir con el plan y huye ante la presencia de Edmond (Louis Jouvet), un matón y proxeneta que se aloja en el hotel y que ha acudido al oír el disparo. Arrepentido de su cobardía, acaba entregándose a la policía.

Trasladada a un hospital, Renée sobrevive y es contratada como camarera en el hotel. Su presencia altera la rutina de los clientes y pronto empiezan a surgirle pretendientes, pero ella sigue enamorada de Pierre y comienza a visitarlo en la cárcel, aunque este, en un principio, la rechaza. Este hecho hace que Renée se plantee cambiar de vida por completo y acceda a huir con Edmond, a quien buscan unos antiguos socios para eliminarlo por haberlos traicionado, pero en el último momento se arrepiente y decide esperar a Pierre, lo que significará el fin para Edmond.

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Film coral basado en la novela de Eugène Davit, Hôtel du Nord supuso en su momento una de la muestras más populares del realismo poético que abanderó Marcel Carné y del romanticismo exacerbado en el cine gracias a la historia de los amantes protagonistas. Vista hoy, es una buena película en la que el interés por las figuras de los dos jóvenes se desplaza hacia dos personajes aparentemente secundarios que se van adueñando paulatinamente de la escena y a los que el guionista Henri Jeanson dedica las mejores líneas de diálogo: la prostituta interpretada por la enorme actriz Arletty y, sobre todo, el proxeneta al que da vida Louis Jouvet, uno de los grandes del cine europeo. Su confesión a Renée, sentado en un banco del parque, entre las sombras nocturnas, de cuál es su verdadera identidad y de que, tras haberla conocido, está dispuesto a renunciar a su pasado y cambiar de vida, y su entrega voluntaria para morir a manos de quienes lo persiguen tras entender que su amada sigue queriendo a Pierre son los dos momentos más hermosos de la película, y hacen de Edmond uno de los grandes paradigmas del antihéroe trágico, que tantos grandes personajes dará más adelante al noir norteamericano.

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Editada por Cameo.

THE PRIVATE AFFAIRS OF BEL AMI (1947) de Albert Lewin

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La gran novela de Guy de Maupassant Bel Ami (1885) ha sido llevada al cine y a la televisión en muchas ocasiones; la última, en 2012 con el título Bel Ami, historia de un seductor (Bel Ami), dirigida por Nick Ormerod y Declan Donnellan. De todas esas adaptaciones, la mejor considerada con diferencia es The Private Affairs of Bel Ami -conocida actualmente en español como La vida privada de Bel Ami o como Los asuntos privados de Bel Ami-, de Albert Lewin, director de solo seis películas cuyo refinado gusto por los textos bien escritos se hacía extensible a las imágenes con que los ilustraba.

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El protagonista de la historia es Georges Duroy -personaje hecho a la medida de George Sanders y en el que solo me imagino, a la misma altura, a James Mason-, un caradura con gran éxito entre el sexo femenino que está pasando una mala racha económica. Durante un paseo por París, se encuentra en una terraza con su antiguo amigo Charles Forestier, quien le ofrece un puesto de redactor en el periódico en que trabaja y le presenta en sociedad. A partir de aquí, Duroy -a quien en adelante se le conocerá como Bel Ami, el protagonista de una popular canción de la época- vislumbra la posibilidad de ir ascendiendo en el escalafón manipulando y destruyendo a las mujeres que se sienten atraídas por él, con el objetivo final de lograr un matrimonio de conveniencia y hacer carrera política.

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Ante un texto enorme como el de Maupassant y con un elenco impresionante de actores y actrices -junto a Sanders, John Carradine, Ann Dvorak, Angela Lansbury, Warren William y Susan Douglas, a cual mejor-, un cineasta con estilo propio no podía contentarse con poner la cámara de manera impersonal y que el diálogo y los intérpretes lograran por sí solos un film entretenido pero plano en su puesta en escena. El talento de Lewin como escritor -suyo es el guion, como el de sus otras cinco películas- y como director deja su huella a lo largo de todo el metraje, consiguiendo una adaptación ejemplar con momentos sublimes, en los que brilla especialmente la fotografía de Russell Metty, como la escena en la que, junto al lecho de un agonizante Forestier, su todavía esposa y Bel Ami planean su futuro juntos o la larga secuencia final con el duelo bajo la lluvia, uno de los más bellos jamás rodado.

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Editada por Feel Films.

 

ASFALTO (1929) de Joe May

Asphalt posterMucho menos conocido que Murnau, Lang o Lubitsch, entre otras razones porque su aventura americana tras huir del nazismo fue bastante desastrosa, Joe May fue uno de los pioneros que contribuyeron a crear la gran cinematografía alemana del periodo mudo. De nombre real Joseph Otto Mandel, adoptó artísticamente el apellido de su esposa Mia May, actriz a la que dirigió en 1921 en la primera versión de El tigre de Esnapur La tumba india, el film de aventuras escrito por Thea von Harbou y Fritz Lang que el propio Lang recrearía en 1959.

Una de sus películas más accesibles, gracias a la edición en dvd, es Asfalto (Asphalt), un drama urbano romántico y violento ambientado en un Berlín que desde el inicio, mediante un montaje trepidante y modernísimo que alterna primeros planos, travellings y transparencias, se nos muestra como una ciudad caótica y rebosante de vida, una jungla de asfalto en la que, como veremos, cualquier polluelo está en peligro de caer en tentaciones que le aparten del camino recto.

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Tras este magnífico comienzo, la película se cierra en torno a la historia de John Holk (Gustav Frölich), un honrado e ingenuo policía que se apiada de una ladrona -Betty Amann, con un peinado que recuerda a los de Tony Curtis y Jack Lemmon en Con faldas y a lo loco (Some Like It Hot, 1959) de Billy Wilder, quien, por cierto, conocía a May- porque cree que roba para sobrevivir. Cuando se da cuenta del engaño y quiere actuar correctamente llevándola a la cárcel, cae en las redes de esta femme fatale y se enamora de ella; pero, como mandan los cánones, cerca de una de estas perlas siempre anda un tipo con malas pulgas que no atiende a razones.

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Aunque la historia y los personajes sean quizá demasiado simples y la moralina final nos traiga la redención de la protagonista -a pesar del erotismo y la violencia presentes, aquí no estamos en el territorio pesimista, asfixiante, sórdido y recargadamente expresionista de La caja de Pandora (Die Büchse der Pandora, 1929), la obra maestra de G. W. Pabst-, la maravillosa planificación y el ritmo febril que otorga May a las imágenes, junto a la gran fotografía de reminiscencias expresionistas de Günther Rittau, hacen de Asfalto una estupenda película en la que, además, podemos descubrir ya ciertos elementos argumentales que formarán parte de lo que en la década de los 40 se conocerá como “cine negro”.

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Editada por Divisa.

MUCHACHAS DE UNIFORME (1931) de Leontine Sagan / CORRUPCIÓN EN EL INTERNADO (1958) de Géza Von Radványi

tumblr_mr2nsr0hXf1sspwr0o1_500Christa Winsloe fue una escritora húngara que vivió los años de libertades individuales y esplendor cultural de la República de Weimar en Alemania. Activista política y declarada abiertamente homosexual, tuvo que huir de los nazis a Francia, donde fue ejecutada en 1944.

Pasó parte de su adolescencia en un internado donde sufrió la estricta disciplina prusiana, que educaba a las jóvenes para ser abnegadas esposas y madres de futuros soldados al servicio de la patria. Esa experiencia la revivió en la obra de teatro Ayer y hoy Gestern und Heute, 1930), que sirvió de base para las películas Muchachas de uniforme y Corrupción en el internado, ambas tituladas originalmente Mädchen in Uniform.  En 1933, Winsloe publicó la novela sobre el mismo tema La muchacha Manuela (Das Mädchen Manuela).

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Aunque el lesbianismo ya había estado presente de manera tangencial en películas anteriores, Muchachas de uniforme pasa por ser la primera que trata el tema de manera directa como parte crucial del argumento. Fue, lógicamente, censurada en muchos países, pero gozó de una gran acogida en los que pudo estrenarse.

Dirigida por Leontine Sagan, discípula de Max Reinhardt, la historia nos sitúa en el año 1910, en un colegio de la ciudad de Potsdam en el que las internas son educadas en la obediencia y el miedo y solo encuentran consuelo en la relación entre ellas y en la comprensión de la profesora Von Bernburg (Dorothea Wieck), a la que admiran y quieren. Una nueva alumna llamada Manuela (Hertha Thiele), a la que le cuesta adaptarse a esa nueva vida de restricciones, se sentirá atraída por ella de manera dramática.

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El film de Sagan trata de manera seria y sensible, sin efectismos, tanto el tema de la educación retrógrada e inhumana como el de la atracción física y sentimental entre mujeres, vista quizá en parte como tabla de salvación ante la situación e incluso se diría que aceptada tácitamente por la dirección del centro. Su elegante puesta en escena nunca nos evoca su origen teatral, y la espiritualidad y desnudez de algunos momentos -la maravillosa escena en que Von Bernburg da las buenas noches a sus alumnas besándolas en la frente y acaba besando en los labios a Manuela; la casi fantasmal secuencia en que la muchacha sube las escaleras rezando un Padre Nuestro mientras sus compañeras la buscan atemorizadas, o cualquiera de los primeros planos de la actriz Hertha Thiele- consiguen en su maestría incluso recordarnos el cine de Dreyer.

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maedchen-in-uniform-movie-poster-1958-1020429124En 1958, el cineasta húngaro Géza Von Radványi, hermano del gran escritor Sándor Márai, realizó un remake en color al que en nuestro bendito país se le colgó el comercial y lamentable título Corrupción en el internado. Esta adaptación, protagonizada por Lilli Palmer y una jovencísima Romy Schneider, introduce pequeñas variantes sin demasiada importancia en el argumento, pero en lo esencial sigue fielmente el modelo filmado por Sagan. Nominada al Oso de Oro en el Festival de Berlín, aunque carece de la belleza de los mejores momentos de su predecesora es una buena película que vale la pena ver como un más que digno complemento de la original.

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Y como curiosidad final, la muy probable influencia, sobre todo de la segunda versión, en el estupendo film español La residencia (1969), dirigido por Narciso Ibáñez Serrador y escrito por Juan Tébar, una historia de terror con gotas de erotismo ambientado en una institución para señoritas y protagonizado, precisamente, por Lilli Palmer.

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Editadas por Regia Films.

 

 

IDA (2013) de Pawel Pawlikowski

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Entre los grandes de la historia hay un selecto grupo de cineastas que, para contar sus historias, buscaban la belleza en cada plano, en cada escena. Junto a sus directores de fotografía, estos creadores de imágenes, estos pintores del celuloide, lograron fijar en el tiempo instantes que podrían enmarcarse y poblar las paredes de cualquier museo. Ida, con sus portentosas imágenes y la maravillosa historia que nos cuentan, es hasta ahora la última obra maestra de esa estirpe.

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El film nos sitúa en Polonia, en los años 60. Anna, una joven novicia huérfana a punto de tomar los hábitos, se entera de que tiene una tía llamada Wanda y sale del convento para pasar unos días con ella. Durante ese tiempo, se enterará de que su verdadero nombre es Ida y de que es judía, conocerá el destino de su familia durante la ocupación nazi y descubrirá un mundo completamente desconocido para ella.

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Dos personajes y dos actrices: Wanda (Agata Zuleska), una jueza, antigua fiscal del estado, alcohólica, fumadora empedernida y amante fácil, una mujer fuerte, desencantada y solitaria ya vencida por el peso del pasado; Ida (Agata Trzebuchowska), una muchacha que necesita demasiadas respuestas en poco tiempo y que se abre con curiosidad a los placeres inmediatos de la vida para descubrir que quizá no es tanto lo que se pierde. Dos interpretaciones sustentadas en silencios y miradas que nos transmiten un sinfín de interrogantes y sentimientos sin necesidad de grandes discursos, encuadradas de manera apabullante por Pawlikowski. Puro talento visual en el que no falta ni sobra un solo plano.

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Escrita por el propio Pawlikowski y por Rebecca Lenkiewicz y fotografiada por Lukasz Zal y Ryszard Lenczewiski, Ida es una breve maravilla rebosante de gran cine -el que remite a Bergman, Dreyer, Kalatozov o el también polaco Kieslowski-, una obra redonda y perfecta cuyos mágicos quince minutos finales buscan ya su lugar en las antologías.

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Editada por Cameo.

 

 

LA RAGAZZA DI BUBE (1963) de Luigi Comencini

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La_ragazza_di_BubeNo siempre es imprescindible que las películas que forman parte de nuestra memoria cinéfila sean absolutas maravillas. A veces basta un solo plano, un diálogo, un tema musical o una interpretación para que a algunas les hagamos un pequeño sitio en nuestros recuerdos. En mi caso, una de ellas es La ragazza di Bube, adaptación de la novela de Carlo Cassola dirigida por Luigi Comencini, la historia de una muchacha llamada Mara a la que presta alma, corazón y vida Claudia Cardinale: un personaje, una actriz y un rostro que, como pocas veces, son toda una película, empezando por su título. Y no quiero decir con esto que Comencini -un buen director con alguna estupenda cinta en su filmografía como Todos a casa (Tutti a casa, 1960)- no pinte nada; pero sí creo que a la historia y al resto de personajes les falta fuerza y acaban diluyéndose ante la presencia de Mara/Claudia.

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La alegre Mara, la muchacha de pelo corto traviesa y rebelde que se enamora de un forastero al que llaman Bube (un George Chakiris que dos años antes daba el pego bailando al ritmo de Shakespeare, pero al que aquí se le ven las costuras); la que lo mira mientras duerme aguardando pacientemente a que despierte; la que lo acompaña en su huida tras ser acusado de asesinar a un policía fascista…

La triste Mara, la que espera durante años que Bube salga de la cárcel; la que pasea de noche, bajo la luz de las farolas, junto a Stefano (Marc Michel), un escritor enamorado de ella al que acabará rechazando; la que, mientras viaja en tren para visitar a Bube, recuerda su historia al inicio del film…

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A ambas, y a cómo las ilumina la espléndida fotografía de Gianni Di Venanzo, pertenecen todos y cada uno de los grandes momentos de la película, hasta el punto de que si hay en ella una historia de amor que realmente nos conmueve es la que vive la cámara con Claudia Cardinale.

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Editada en DVD por Mon Inter Comerz.

 

 

 

HOMBRES VIOLENTOS (1955) de Rudolph Maté

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El cineasta de origen austro-húngaro Rudolph Maté comenzó su andadura en esto del cine como director de fotografía, primero en Europa y después, a partir de la segunda mitad de los años 30, en Hollywood. Entre las grandes películas en que colaboró, títulos imprescindibles como La pasión de Juana de Arco (La passion de Jeanne d’Arc, 1928) y Vampyr (1932) de Dreyer, Enviado especial (Foreign Correspondent, 1940) de Hitchcock, Ser o no ser (To Be or Not to Be, 1942) de Lubitsch, Gilda (1946) de Charles Vidor o La dama de Shanghai (The Lady from Shanghai, 1948) de Welles, aunque en esta última no aparecía en los créditos.

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A partir de 1947 dio el salto a la dirección, convirtiéndose en un todoterreno más solvente que genial al servicio del drama, el noir, el cine de aventuras o el wéstern; nada comparable, desde luego, a las grandes obras que contribuyó a crear como camarógrafo, pero sí películas de género bien hechas, entre las que brilla con luz propia Hombre violentos (The Violent Men), un enérgico wéstern y un turbulento drama habitado por hombres -y mujeres- que no reparan en gastos a la hora de conseguir lo que quieren.

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El gran Glenn Ford interpreta a John Parrish, un capitán del ejército que vuelve a casa para casarse y cambiar de vida, decidido a malvender su rancho y sus tierras al mayor propietario de la zona, Lee Wilkenson, (Edward G. Robinson), un anciano ambicioso pero cuya invalidez le deja a merced de su manipuladora esposa Martha(Barbara Stanwyck). El asesinato de uno de sus trabajadores a manos de los pistoleros contratados por Wilkenson para amedrentar a todos los ganaderos de la zona provocará que Parrish cambie de opinión y decida defenderse.

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El extraordinario reparto, la música de Max Steiner y el magnífico guion de Harry Kleiner, basado en una novela de Donald Hamilton, contribuyen decisivamente a que Hombres violentos sea un wéstern destacable; pero por encima de todo ello sobresale la dirección de Maté. La planificación en panorámico, tanto en interiores (el duelo en el bar; el plano en que Martha demuestra el dominio que ejerce sobre su marido, agotado en un sillón, sin una palabra, tan solo pasándole los brazos sobre sus hombros) como en exteriores (la muerte del trabajador de Parrish; la escena en que este le comunica a Wilkenson su decisión de no vender y enfrentarse a él; la estampida de caballos, con un deslumbrante plano picado), y su capacidad para dotar de la fuerza, el nervio y el ritmo necesarios a esta historia febril, de pulsiones primitivas, repleta de hombres y mujeres dispuestos a matar o morir por justicia, venganza, ambición u amor, sitúan a este film por encima de la media de la ingente cantidad de obras poco conocidas que pueblan el género.

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Editada en DVD por Sony.

 

 

RÍO SALVAJE (1960) de Elia Kazan

No había que sobrecargar Wild River, no había que atiborrarla de efectos (…) es la primera película en la que yo quería ser tan lírico como fuese capaz, incluso hasta parar la acción.

(Del libro Elia Kazan por Elia Kazan (Kazan par Kazan, 1973) de Michel Ciment.

76aAunque me parece innegable que muchas de sus películas contienen un buen montón de escenas inolvidables repletas de fuerza y personalidad, lo cierto es que Kazan no ha sido nunca uno de mis directores preferidos. Creo que, en líneas generales, su puesta en escena es excesivamente crispada y recargada y que busca el efecto fácil y el subrayado innecesario para que al espectador le quede muy claro su mensaje, apoyándose para ello en las exuberantes interpretaciones de sus actores y actrices. En resumen, Kazan no me parece precisamente un maestro de la sutileza y la elegancia cinematográficas, y es muy probable que en ello influya el hecho de ser un cineasta que proviene del teatro.

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Por lo que se deduce de sus conversaciones con el crítico Michel Ciment, parece que el propio Kazan era consciente de que a su cine no le sobraban ni la fluidez ni la serenidad de que hacían gala los grandes clásicos americanos, y se propuso dárselas a partir de Río Salvaje (Wild River), que es, lógicamente, mi película de Kazan preferida junto a la inmediatamente posterior Esplendor en la hierba (Splendor in the Grass, 1961): en ambas, Kazan consigue abrir una ventana para que entre el aire, para que su puesta en escena respire y repose.

Ambientada en los años treinta, en la época del New Deal establecido por Roosevelt, la historia que nos cuenta Río salvaje nos traslada a las tierras situadas en la ribera del río Tennessee, que han de ser expropiadas para construir una presa hidroeléctrica en beneficio de la región. El encargado de desalojar a los lugareños, Chuck Glover (Montgomery Clift, un gran actor pero, ya muy enfermo y alcoholizado, una mala elección para este papel), se encuentra con la férrea oposición de la anciana Ella (enorme interpretación de Jo Van Fleet), que se niega a abandonar la tierra de sus antepasados. Mientras intenta convencerla de que ha de doblegarse ante el bien común, Chuck se enamora de su nieta Carol (una deslumbrante Lee Remick que ilumina cada plano en el que aparece).

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Film sencillo y hermoso sobre una formas de vida que se acaban, sobre las raíces y la memoria de un pasado que ha de dejar espacio al progreso y a quienes están a tiempo de subirse a su tren, Río salvaje deja hablar a la tierra y a los paisajes, permite que sean los objetos, las miradas y los silencios, más que las palabras, quienes nos cuenten la historia. Kazan es consciente aquí de que una mecedora vacía puede decirnos mucho más que cualquier discurso grandilocuente y se acerca así, más que nunca, al cine de los grandes maestros como Ford, al que tanto admiraba.

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Editada en DVD por Impulso.

 

TERESA RAQUIN (1953) de Marcel Carné

zzzzzzzEl escritor francés Émile Zola fue uno de los principales representantes del Naturalismo, ese movimiento ideológico y literario que, como ya se ha indicado aquí en otras ocasiones, tanta influencia ejerció en el posterior género negro. Entre sus más relevantes novelas, hay dos que demuestran claramente esa influencia y que tienen varios elementos comunes: Teresa Raquin (Thérèse Raquin, 1868) y La bestia humana (La bête humaine, 1890). La segunda fue llevada al cine en 1938 por Jean Renoir, en una adaptación estupenda bajo el mismo título, y en 1953 por Fritz Lang, dando como resultado una de sus obras maestras americanas: Deseos humanos (Human Desire).

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Precisamente en 1953, Marcel Carné dirigió la adaptación homónima de Teresa Raquin, que supuso su mayor éxito -ganó el León de Plata en el Festival de Venecia- tras la ruptura profesional con el guionista Jacques Prévert y que, como curiosidad, era una de las cien películas preferidas de Akira Kurosawa.

La historia que nos cuenta les resultará muy familiar a los aficionados al cine negro, con las salvedades de que aquí la pareja de amantes no actúa por ambición económica (aunque esta sí aparece con relación a un personaje secundario y crucial) y de que la protagonista no es precisamente una femme fatale: la joven Teresa (Simone Signoret) está infelizmente casada con su primo Camille, un tipo enfermizo, aburrido e insoportable, dominado por una madre igual de insoportable, que vive con ellos. La aparición de Laurent (Raf Vallone), un atractivo camionero italiano, despierta en ella los instintos de la juventud que permanecían aletargados y le abre la puerta a la posibilidad de una nueva vida.

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Pero estamos en territorio naturalista, en territorio negro, y ya sabemos que aquí la felicidad brilla por su ausencia, que aquí el que la hace la paga. Quien se deja llevar de manera irracional por sus instintos primarios, intentando alterar el orden establecido, acaba sucumbiendo a los giros de la suerte, al destino escrito, a la fatalidad.

Carné muestra a esos personajes que desean y odian, que chantajean y matan, que no se resignan a lo que les ha tocado en el sorteo sin recurrir a excesos melodramáticos, sin interferir tomando partido o juzgándolos, tan solo dejando que la realidad estropee naturalmente los guiones que habían intentado escribir para sus propias vidas.

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Editada en DVD por Cinecom.

 

 

LA CARRETA FANTASMA (1921) de Victor Sjöström

Körkarlen (1921) Filmografinr 1921/01A Victor Sjöström se le recuerda sobre todo por su interpretación del profesor Isak Borg en Fresas salvajes (Smultronstället, 1957), pero, además de un estupendo actor, fue también, junto a su compatriota y amigo Mauritz Stiller, uno de los más importantes directores europeos en los inicios del cine. De filmografías paralelas, ambos crearon las grandes obras maestras del cine mudo sueco antes de irse a trabajar a Hollywood -Sjöström le dejó al cine americano una de sus películas capitales, El viento (The Wind, 1928)- y ambos tuvieron entre sus referentes la literatura de la escritora sueca Selma Lagerlöf, la primera mujer en ganar el Nobel de literatura, en 1909. Dos de sus mejores films, La carreta fantasma (Körkarlen) y El viejo castillo (Gunnar Hedes saga, 1923), basados en novelas de Lagerlöf, tienen incluso similitudes argumentales y pueden considerarse precedentes de otra obra maestra de Bergman, El séptimo sello (Det sjunde inseglet, 1956).

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La historia que nos cuenta La carreta fantasma recupera una antigua leyenda según la cual si el último fallecido en Nochevieja, antes de que las campanas den las doce, es un gran pecador, deberá conducir durante el año siguiente la carreta que recoge las almas de los muertos. En esta ocasión le toca el turno a David Holm, un tipo de la peor calaña al que el cochero de la carreta le muestra hasta qué punto su vida fue un infierno que perjudicó a quienes le rodeaban, lo cual puede hacernos recordar el relato de Dickens Cuento de Navidad (A Christmas Carol, 1843).

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De estructura compleja a base de flashbacks, con una fotografía que alterna los matices terrosos en las escenas diurnas e interiores con los fríos azules en las escenas nocturnas, el film de Sjöström, como tantas otras grandes obras del período mudo, nos sorprende aún hoy por su influencia -¿tuvo en cuenta Kubrick la escena en que David hace pedazos una puerta con un hacha al filmar la famosa y muy similar escena de El resplandor (The Shining, 1980)?-, su planificación, su imaginería y sus impresionantes efectos visuales. Casi un siglo después, ese icono del cine que es la figura del cochero con su guadaña, que atraviesa las puertas y los muros para cargar con las almas, continúa resultando impresionante.

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¡FELIZ 2015 PARA TODOS!