Archive for the ‘Edgar Allan Poe’ Tag

AL MORIR LA NOCHE (1945) de Basil Dearden, Alberto Cavalcanti, Robert Hamer y Charles Crichton

La productora británica Ealing ha pasado a la historia del cine por ser la responsable de un buen puñado de extraordinarias comedias -varias de ellas, obras maestras- dotadas de un sello inconfundible. Con Al morir la noche (Dead of Night) hizo un alto en el camino para adentrarse en el terreno fantástico del terror psicológico, a través de un film de episodios -formato que tan de moda se pondría años más tarde- dirigidos por Basil Dearden, Alberto Cavalcanti (dos de ellos), Robert Hamer y Charles Crichton, cuatro de los habituales cineastas de la productora.

        El hilo conductor de las historias es una reunión en una casa de campo en la que uno de los invitados afirma haber soñado varias veces con la situación en que se encuentran, explicando cosas que van a suceder a continuación. A partir de esta premisa, cada uno de los invitados cuenta un suceso sobrenatural del que fueron partícipes. Espejos encantados, visitas fantasmales, avisos que previenen de una muerte cercana…nos ilustran sobre los límites entre la realidad y las pesadillas, sobre la vida como “un sueño dentro de otro sueño”, como escribió Poe en uno de sus más célebres poemas. 

        Entre el estupendo tono general, para mí destaca especialmente el episodio del ventrílocuo poseído por la personalidad de su muñeco Hugo, con un argumento que el cine nos ha mostrado en un montón de películas: desde El gran Gabbo (The Great Gabbo, 1929) de Erich von Stroheim y James Cruze, hasta una de las mejores Historias para no dormir de Narciso Ibáñez Serrador, pasando por Magic (1978) de Richard Attenborough y cien ejemplos más. Dirigido por Cavalcanti y protagonizado por Michael Redgrave, es una gozada presente en cualquier antología del fantástico, cuyo final apostaría a que influyó en Hitchcock para el de Norman Bates en Psicosis (Psycho, 1960).

               Editada en DVD por Regia Films.

AURA de Carlos Fuentes

Tras el fallecimiento de Carlos Fuentes, el 15 de mayo de este año, la prensa especializada procedió a repasar, como es habitual en estos casos, sus obras más representativas. Junto a las novelas de mayor prestigio, generalmente prolijas, asomaba la cabeza entre las preferencias de todos los críticos una novela corta, de apenas sesenta páginas -una nouvelle, que dirían los franceses-, titulada Aura (1962), la historia del joven Felipe Montero, quien, tras responder a un anuncio del diario, comienza a trabajar como secretario en una misteriosa casa, en la que apenas entra la luz del sol, habitada por la anciana Consuelo y su sobrina Aura. La anciana le encarga ordenar y corregir las memorias de su esposo, fallecido muchos años antes, con la idea de que sean publicadas. En ellas encontrará Felipe la terrible clave de un misterio del que él mismo será protagonista.

        Aura es un relato de corte fantástico, casi de terror onírico, de un romanticismo enfermizo y malsano, incluso necrófilo, a lo que contribuyen la representación erótica y sacrílega de ciertas visiones religiosas y la influencia de la literatura gótica, en especial, creo yo, de los cuentos de Edgar Allan Poe. Pero Aura es además, y sobre todo, un ejercicio de estilo, una obra de orfebrería literaria, en la que el poco habitual narrador en segunda persona lleva de la mano al protagonista, lo manipula y a nosotros con él (“Sólo falta tu nombre. Sólo falta que las letras más negras y llamativas del aviso informen: Felipe Montero. Se solicita Felipe Montero, antiguo becario en la Sorbona, historiador cargado de datos inútiles, acostumbrado a exhumar papeles amarillentos, profesor auxiliar en escuelas particulares, novecientos pesos mensuales. Pero si leyeras eso, sospecharías, lo tomarías a broma.”), nos va dejando pistas sobre el misterio al que nos enfrentamos, juega con el tiempo y con los tiempos verbales, con la posibilidad de que lo cuenta esté ocurriendo o sea irreal, elige cada adjetivo y sus connotaciones, coloca cada palabra como una piedra preciosa en una joya…

        Sí, posiblemente Aura sea literatura de género y un homenaje a tantas lecturas de juventud, pero en ella Fuentes pretende decididamente, y vaya si lo logra, dejar su intransferible sello de autor. 

        “La cabeza te da vueltas inundada por el ritmo de ese vals lejano que suple la vista, el tacto, el olor de plantas húmedas y perfumadas: caes agotado sobre la cama, te tocas los pómulos, los ojos, la nariz, como si temieras que una mano invisible te hubiese arrancado la máscara que has llevado durante veintisiete años: esas faciones de goma y cartón que durante un cuarto de siglo han cubierto tu verdadera faz, tu rostro antiguo, el que tuviste antes y habías olvidado. Escondes la cara en la almohada, tratando de impedir que el aire te arranque las facciones que son tuyas, que quieres para ti. Permaneces con la cara hundida en la almohada, con los ojos abiertos detrás de la almohada, esperando lo que ha de venir, lo que no podrás impedir. No volverás a mirar tu reloj, ese objeto inservible que mide falsamente un tiempo acordado a la vanidad humana, esas manecillas que marcan tediosamente las largas horas inventadas para engañar el verdadero tiempo, el tiempo que corre con la velocidad insultante, mortal, que ningún reloj puede medir. Una vida, un siglo, cincuenta años: ya no te será posible imaginar esas medidas mentirosas, ya no te será posible tomar entre las manos ese polvo sin cuerpo.

        Cuando te separes de la almohada, encontrarás una oscuridad mayor alrededor de ti. Habrá caído la noche.”

                     Publicada por Alianza Editorial.

VIVIR SU VIDA (1962) de Jean-Luc Godard

A sus escandalosas opiniones sobre cualquier tema que se le plantee ha añadido ahora Godard el plante al festival de Cannes el día del estreno de su última película: más material inflamable para los debates entre quienes le aman y quienes le detestan. Godard, octogenario y aún en plena forma.

        Particularmente, algunas de sus películas me parecen muy apropiadas para curar el insomnio. Ni buenas ni malas, simplemente películas-godard, que parecen realizadas para su propio disfrute y que son casi un género en sí mismas. Por otro lado, desde que la vi en el cine Casablanca de Barcelona hace unos veinte años, Al final de la escapada sigue estando en la lista de mis películas preferidas, lo cual me parece razón suficiente para situarme más cerca de sus defensores que de sus detractores.

         Sentada a la derecha de Al final de la escapada está Vivir su vida (Vivre sa vie), quizás el film más triste, duro y realista de Godard, a ratos casi un documental de original y literaria estructura. Para contarnos la historia de Nana (Anna Karina), la muchacha que deja su trabajo en una tienda de discos para hacerse prostituta, Godard, como no podía ser menos, no renuncia a ningún recurso a su alcance, por extraño y poco cinematográfico que parezca. Lo mismo inicia el film con un diálogo en el que los personajes dan la espalda a la cámara (como tantas veces ocurre en la vida real), como lo termina con uno de los finales más abruptos que se hayan visto: sobran las palabras, la muerte de Nana es una más de las muchas que ocurren todos los días, apenas un par de frases en la prensa del día siguiente.

        Por el camino, las calles de la ciudad abriendo sus bares, sus habitaciones en hoteles baratos, sus cines con los últimos estrenos…, Nana bailando sola la canción que ha puesto en la máquina de un bar (y que anticipa el extraordinario baile de los protagonistas de Banda aparte (Bande à part, 1964), otra de las grandes películas del cineasta) o manteniendo un improbable diálogo sobre la vida con un filósofo, la lectura del relato de Edgar Allan Poe El retrato oval por la voz en off del propio Godard, mientras la cámara de Raoul Coutard se enamora, en un extenso primer plano, del rostro de Anna Karina (por entonces, esposa de Godard, lo que hace que la elección de ese relato no tenga nada de casual)…Y, sobre todo, esa escena inolvidable en que Godard rinde homenaje a Dreyer: Nana entra en un cine en el que se proyecta La pasión de Juana de Arco (La passion de Jeanne D´Arc, 1928), y mientras se nos muestra el fragmento del film en el que Juana es condenada a la hoguera y acepta la muerte como una liberación, Godard establece un paralelismo entre las dos protagonistas, entre los rostros y las lágrimas de Renée Falconetti y de Anna Karina.

        Quien haya visto este conmovedor momento de cine sin palabras, que reúne casi todo lo que es capaz de expresar una imagen, ¿podrá seguir afirmando que el cine de Godard es insoportable?

                 Editada en DVD por Avalon (Filmoteca Fnac).

LOS CUENTOS DEL WHISKY de Jean Ray

Jean Ray es el seudónimo por el que más se conoce al escritor -además de marinerojean_ray_01 y contrabandista- Raymond de Kremer, que alcanzó cierta popularidad gracias a la serie de novelas policiacas protagonizadas por el detective Harry Dickson. Su obra de culto es la novela de terror Malpertuis (1943), llevada al cine en 1971 por un tal Harry Kümel, que para muchos es una joya oculta y que realmente da miedo pero de lo mala que es. En ella aparecía Orson Welles en una de esas breves interpretaciones en las que se limitaba a pasar el cepillo.

       La primera obra que Ray publicó fue Los cuentos del whisky (Les contes du whisky, 1925), una colección de breves relatos, casi anécdotas algunos, con la noche, la niebla y las sombras por escenario. Sus habitantes son marineros, usureros, prostitutas, taberneros, que conviven con seres de otro mundo, reales e imaginarios, demonios, fantasmas, y muertos que vuelven de la tumba para vengarse. Con el whisky como motivo recurrente e hilo conductor de los relatos, entre Los cuentos del whisky hay piezas magistrales como Una mano -que no me extrañaría que hubiese inspirado a Cortázar uno de sus primeros relatos, Estación de la mano (Cortázar, aunqray_1_previewue argentino, nació en Bélgica, como Ray)-, La venganza -que recuerda a El corazón delator de Poe-, o Mujercita amada, perfumada a verbena y El nombre del barco, dos maravillas que combinan el humor y la nostalgia, y que no cuesta imaginarlas filmadas por John Ford.

       En el primero de esos cuentos, una escena de taberna, la ofensa de la que son objeto dos amigos es perdonada porque en labios de una mujer escuchan una canción que les trae tristes recuerdos:

        “Si la artista hubiese cantado Werther, Lohengrin o cualquier otra cosa, la suerte de aquella pandilla de imbéciles, lo bastante incautos como para meterse en un antro de marineros, hubiera estado echada.

        Pero la artista cantó Butterfly, y ello le fue inspirado y ordenado por Dios.

        Y me explico la repentina mansedumbre de los dos granujas, insultados en su miseria por el lujo y por la alegría de los otros.

        El recuerdo de una geisha deshecha en lágrimas, empequeñeciéndose cada vez más en el embarcadero, mientras el vapor huye apresuradamente del puerto encantado, acudió en auxilio de la evocadora en aquel momento tan próximo al crimen.

        Y, con tanta firmeza como en Dios, creo en su gesto fantasmal de amante protegiendo a la bella joven de ojos color malva que cantó tan maravillosamente la inmensa piedad de las muchachas de puerto, una noche, en el Site enchanteur.”

        En el segundo, unos marineros cobran conciencia de su soledad al discutir el nombre que le quieren poner a su barco:

        “-¡Silencio! -dijo Hildesheim-. Este barco se llamará Loute.

        -¿Loute? -inquirí-. ¿Qué diablos significa eso?

        -Es el nombre de una niña -respondió Hildesheim.

        -¡Ah! ¿Qué niña?

        -Una niña rubia que le pide cuentos y céntimos a su padre, una niña que le convierte a uno en un hombre cuando no es más que una maldita mula, una niña por la cual se moriría de hambre cantando de placer, una niña por la cual se iría a robar las estrellas, la luna o el Gaurisankar… Una niña… ¡Ah, miseria divina!

        -Hildesheim, viejo amigo -dijo Bobby Moos en voz muy baja-. ¿Quién es esa Loute?

        -No exite -murmuró Hildesheim como en un soplo-. Es el nombre que hubiera dado a mi hija, si hubiese tenido una habitación con una estufa, y una mesa, y una cama, y una mujer a la que hubiese amado.

        -Somos… unos… vagabundos… -fraseó Bobby Moos-, unos… perros…

        -Loute -susurró Hildesheim.

        Un triple sollozo ascendió, en medio de la oscuridad nocturna, hacia la eterna indiferencia de las estrellas.”

                   Traducción de José Mª Roca.

                   Publicado por Editorial Acervo.