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ILEGAL (1955) de Lewis Allen

 

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Lewis Allen fue un cineasta inglés que desarrolló la práctica totalidad de su carrera en Estados Unidos, alternando la dirección de películas de bajo presupuesto con sus muchos trabajos para la televisión. Entre sus films, un poco de todo y casi nada para tirar cohetes, desde el drama al cine de misterio pasando por el de aventuras o el policíaco.

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Ilegal (Illegal) –remake de The Mouthpiece (1932), dirigida por James Flood y Elliott Nugent- es uno de sus mejores trabajos, un híbrido entre el género de gánsteres y el judicial -por aquí no asoman en absoluto las luces y sombras del noir– dominado a lo largo y a lo ancho por la presencia de Edward G. Robinson en la piel de Victor Scott, un fiscal famoso por ganar todos sus casos que presenta su dimisión al descubrir que el último acusado para el que consiguió la pena de muerte era, en realidad, inocente.

Tras una temporada de depresión y de darle al frasco, Scott decide pasarse al otro lado y ejercer de abogado defensor, pero entrará en conflicto con gente poco recomendable y con su antigua ayudante y protegida, que sigue trabajando para el estado.

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A pesar de un final demasiado condescendiente y a mayor gloria de Robinson y de su personaje, Ilegal se beneficia de una puesta en escena vigorosa -las contadas secuencias de acción están maravillosamente filmadas- y con un magnífico ritmo interno nada teatral, de unos estupendos secundarios entre los que destaca la gran Nina Foch y de un guion perfectamente armado y con algunas frases lapidarias para el recuerdo, cortesía de James R. Webb y W. R. Burnett -este último, el autor de la novela que adaptó John Huston en su obra maestra La jungla de asfalto (The Asphalt Jungle, 1950)-. Suficientes elementos para un film que, sin ser redondo, vale la pena descubrir.

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Editada en DVD por Feel Films.

 

 

HOMBRES VIOLENTOS (1955) de Rudolph Maté

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El cineasta de origen austro-húngaro Rudolph Maté comenzó su andadura en esto del cine como director de fotografía, primero en Europa y después, a partir de la segunda mitad de los años 30, en Hollywood. Entre las grandes películas en que colaboró, títulos imprescindibles como La pasión de Juana de Arco (La passion de Jeanne d’Arc, 1928) y Vampyr (1932) de Dreyer, Enviado especial (Foreign Correspondent, 1940) de Hitchcock, Ser o no ser (To Be or Not to Be, 1942) de Lubitsch, Gilda (1946) de Charles Vidor o La dama de Shanghai (The Lady from Shanghai, 1948) de Welles, aunque en esta última no aparecía en los créditos.

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A partir de 1947 dio el salto a la dirección, convirtiéndose en un todoterreno más solvente que genial al servicio del drama, el noir, el cine de aventuras o el wéstern; nada comparable, desde luego, a las grandes obras que contribuyó a crear como camarógrafo, pero sí películas de género bien hechas, entre las que brilla con luz propia Hombre violentos (The Violent Men), un enérgico wéstern y un turbulento drama habitado por hombres -y mujeres- que no reparan en gastos a la hora de conseguir lo que quieren.

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El gran Glenn Ford interpreta a John Parrish, un capitán del ejército que vuelve a casa para casarse y cambiar de vida, decidido a malvender su rancho y sus tierras al mayor propietario de la zona, Lee Wilkenson, (Edward G. Robinson), un anciano ambicioso pero cuya invalidez le deja a merced de su manipuladora esposa Martha(Barbara Stanwyck). El asesinato de uno de sus trabajadores a manos de los pistoleros contratados por Wilkenson para amedrentar a todos los ganaderos de la zona provocará que Parrish cambie de opinión y decida defenderse.

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El extraordinario reparto, la música de Max Steiner y el magnífico guion de Harry Kleiner, basado en una novela de Donald Hamilton, contribuyen decisivamente a que Hombres violentos sea un wéstern destacable; pero por encima de todo ello sobresale la dirección de Maté. La planificación en panorámico, tanto en interiores (el duelo en el bar; el plano en que Martha demuestra el dominio que ejerce sobre su marido, agotado en un sillón, sin una palabra, tan solo pasándole los brazos sobre sus hombros) como en exteriores (la muerte del trabajador de Parrish; la escena en que este le comunica a Wilkenson su decisión de no vender y enfrentarse a él; la estampida de caballos, con un deslumbrante plano picado), y su capacidad para dotar de la fuerza, el nervio y el ritmo necesarios a esta historia febril, de pulsiones primitivas, repleta de hombres y mujeres dispuestos a matar o morir por justicia, venganza, ambición u amor, sitúan a este film por encima de la media de la ingente cantidad de obras poco conocidas que pueblan el género.

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Editada en DVD por Sony.

 

 

CUANDO EL DESTINO NOS ALCANCE (1973) de Richard Fleischer

Richard Fleischer representa uno de los casos más claros de cineasta cuya popular190982_1020_Aidad siempre ha estado muy por debajo de la de sus películas. Muchísimos espectadores han visto y disfrutado sus grandes obras, pero son muchos menos los que podrían relacionarlas con su autor. Nunca ha sido un director-estrella, al estilo de Hitchcock, Welles, Almodóvar o, en su momento, Frank Capra, el primer director cuyo nombre apareció en los créditos por delante del título de la película.

         Fleischer es el responsable de Los vikingos (The vikings, 1958) y El estrangulador de Boston (The Boston strangler, 1968), dos portentosas obras maestras, y de un buen puñado más de magníficas películas. Una de mis preferidas es Cuando el destino nos alcance (Soylent green), una historia a medio camino entre la ciencia-ficción y el policiaco, que si no está a la altura de las dos citadas es en parte porque el argumento detectivesco y su desarrollo no se plasman con la suficiente fuerza en la pantalla, y en parte por esa estética pop que contaminó gran parte del cine norteamericano de los 70 y que aquí aún molesta más que en otras ocasiones, ya que la película pretende mostrar la ciudad de Nueva York en el año 2022.  

        A pesar de todo, el film me parece uno de los más importantes de la filmografía de Fleischer básicamente por dos motivos: la visión del futuro que nos muestra -supongo que presente ya en la novela de Harry Harrison que sirve de base a la película-, con una población hacinada que se alimenta a base de galletas de plancton distribuidas por el gobierno, llamadas soylent green, y donde sólo unos pocos con recursos pueden conseguir en el mercado negro frutas, hortalizas o un trozo de carne que sepan a algo, situación a la que, al paso que vamos, conseguiremos llegar; y la inolvidable escena en que Sol (Edward G.Robinson ya muy enfermo, en el que sería su último papel) se dirige a lo que llaman El Hogar, el edificio donde reciben a la gente que decide morir. Allí, tumbado en una camilla y escuchando música clásica, pasa sus últimos minutos de vida viendo en una gigantesca pantalla las imágenes de cómo era la tierra que el conoció y que ha sido destruida, mientras Thorn (Charlton Heston), impresionado,desde una habitación contigua y a través de un cristal contempla llorando las mismas imágenes por primera vez. Un momento cinematográfico impresionante, que resulta aún más conmovedor por ser el último que interpretó Edward G.Robinson, y que resultaría mucho más efectivo que cualquier documental ecologista.

                          Editada en DVD por Warner.

EL REY DEL JUEGO (1965) de Norman Jewison

                                                                       197207_1020_A                                                                                                                                                                              Muchas son las películas americanas en las que el póquer aparece como parte de su argumento: El destino también juega (A big hand for the little lady, 1966) de Fielder Cook, es un divertimento en el que los engaños del póquer terminan en un engaño mucho mayor; El póquer de la muerte (Five card stud, 1968) de Henry Hathaway, es un magnífico film policiaco disfrazado de western, en el que una partida es el origen de una venganza; en House of games (1987) de David Mamet, el mundo del póquer sirve como telón de fondo para narrar una estafa; con Rounders (1998), John Dahl perdió la ocasión de hacer la gran película sobre el tema, en parte porque ni Matt Damon ni el personaje que interpreta dan la talla.

        Norman Jewison, que años más tarde lograría un gran éxito con En el calor de la noche (In the heat of the night, 1967) y El violinista en el tejado (Fiddler on the roof, 1971), dirigió la que hasta el momento sigue siendo la mejor película sobre el póquer: El rey del juego (The Cincinnati kid), según la novela de Richard Jessup. No es, ni mucho menos, una obra maestra, pero Jewison consigue  un magnífico entretenimiento y filma la mejor partida de póquer del cine, sobre todo en el espectacular mano a mano final entre el aspirante Steve McQueen y el maestro Edward G. Robinson. 

        Salvando las infinitas distancias, El rey del juego es al póquer en el cine lo que El buscavidas (The hustler, 1961) al mundo del billar. Ambas son historias de perdedores, pero funcionan de manera contraria. Mientras en el film de Jewison la historia sirve como excusa para mostrar la mayor y más tensa partida, en la película de Rossen- una de mis preferidas de la historia- los ambientes y desafíos del billar son el marco donde se desarrolla un argumento mucho más complejo, vivo y lleno de matices.

        Como curiosidad, la otra gran partida de cartas en el cine aparece en I giocatori, el cuarto episodio de El oro de Nápoles (L´oro di Napoli, 1954) de Vittorio De Sica. Un conde demasiado aficionado al juego, interpretado por el propio De Sica, al que su mujer ya no le da dinero para jugar, obliga al hijo de su portero a jugar a la escoba. En una delirante partida, en la que se juega hasta la casa, acabará simbólicamente desplumado por el niño.

                   Editada en DVD por Warner.