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LA CORRUPCIÓN (1963) de Mauro Bolognini

Al terminar sus estudios, el joven Stefano (Jacques Perrin) está decidido a ingresar en un seminario para consagrar sus días a la religión. Su padre (Alain Cuny), un hombre de negocios sin escrúpulos cuya fe está depositada únicamente en el poder y el dinero y que quiere que su hijo trabaje con él, no está dispuesto a que malgaste su vida entregándose a una mentira. Decidido a evitarlo a toda costa, lo convence de que pasen juntos unos días navegando en su yate para hablar del asunto; pero al llegar a la embarcación, Stefano recibe la sorpresa de que los acompañará la hermosa Adriana (Rosanna Schiaffino), una ambiciosa joven cuya misión, a cambio de una buena suma de dinero, consistirá en seducirlo y abrirle los ojos a un mundo aún desconocido para él.

Realidad contra ilusión. Materialismo contra idealismo. Hipocresía adulta contra valores adolescentes. La manzana de Eva corrompiendo la inocencia… Todo demasiado claro y masticado; nada insinuado a la espera del espectador. Quizá el defecto que se le pueda achacar a la estupenda La corrupción (La corruzione) sea que el guion firmado por Fulvio Gicca Palli y Ugo Liberatore no hace gala precisamente de una gran sutileza a la hora de dramatizar sus ideas en unas situaciones y unos diálogos que no dejan espacio a la sugerencia y en unos personajes que resultan, sobre el papel, excesivamente maniqueos y estereotipados, aunque finalmente llenos de vida gracias a sus intérpretes.

Junto a ellos, la cámara de Mauro Bolognini llena de fuerza la pantalla en cada uno de los luminosos planos de Rosanna Schiaffino; en cada escena nocturna en que, a través de la oscuridad, sobresale la grandeza de un casi mefistofélico Alain Cuny; en el momento en que se consuma la seducción, un fragmento enorme de cine repleto de sensualidad, erotismo y talento en la planificación, o en la majestuosa secuencia final, en la que un derrotado Stefano observa, desde el coche aparcado de Adriana, a un puñado de jóvenes en una pista de baile, siguiendo perfectamente el compás de la coreografía del mundo. Pesimista y terrible y absolutamente vigente cierre para una de las mejores películas de Bolognini.

 

 

VIVIR PARA GOZAR (1938) de George Cukor

Cuando pensamos en nuestras comedias preferidas, supongo que lo habitual es recordar aquellas que más nos han hecho reír; pero como para todo hay excepciones, en mi lista también estaría Vivir para gozar (Holiday), una comedia romántica con la que me río poco pero sonrío continuamente, un homenaje a la elegancia y la inteligencia cuya locura, a diferencia de la de muchas otras screwball comedies, tiene una clara base ideológica y una enorme finalidad crítica, no en vano sus guionistas, Donald Ogden Stewart y Sidney Buchman, eran escritores de izquierdas cuyos nombres fueron incluidos en la lista negra del Comité de Actividades Antiamericanas.

El guion de Vivir para gozar, basado en una obra de teatro de Philip Barry -amigo de Ogden Stewart- que ya había sido llevada al cine en 1930 por Edward H. Griffith, tiene como protagonista a Johnny (Cary Grant), un joven soñador que, a punto de casarse con una chica de la alta sociedad de New York, descubre durante una visita a la mansión en que vive la familia de la novia que tanto esta como su futuro suegro ya le han planificado una vida que consistirá en aburrirse y amasar dinero, con lo que los planes de boda se van yendo poco a poco al traste. Junto a Johnny se posicionarán Linda (Katharine Hepburn) y Ned (Lew Ayres), hermanos de la novia, y el matrimonio Potter (Edward Everett Horton y Jean Dixon), amigos, mentores y casi padres de Johnny. Y, cómo no, entre Linda y Jonny nacerá algo más que una amistad.

Aparte del trabajo de los actores, son dos los aspectos sobresalientes que hacen de esta película una de mis comedias favoritas aunque, insisto, no nos partamos de risa con ella. El primero hay que anotarlo en el haber de Cukor y tiene que ver con la puesta en escena. Demasiado a menudo las películas cuyo germen es una obra de teatro no logran enmascarar su origen, no consiguen el preciso ritmo cinematográfico que les impida resultar acartonadas, estáticas, teatrales en el mal sentido. Cukor -como Hawks, como Mankiewicz- era un maestro a la hora de trasladar el teatro a la pantalla, y aquí consigue que una historia desarrollada en interiores y en muy pocos espacios avance con asombrosa fluidez, sin que apenas reparemos en lo inhabitualmente largas que son muchas de sus escenas.

El segundo aspecto tiene que ver con un guion que entre travesura y travesura de los personajes introduce de forma nada subliminal una mirada ante la vida no precisamente acorde con el capitalismo estadounidense. Y lo hace con una gravedad y hasta una melancolía poco frecuentes en la comedia clásica -basta compararlo con el de una película, curiosamente, del mismo año, la oscarizada Vive como quieras (You Can’t Take it With You) de Frank Capra, con ingredientes similares pero mucho más loca y disparatada, mucho más screwball-, enfocadas sobre todo en los personajes de Linda, una mujer enclaustrada en unas normas que no comparte y sin fuerzas para huir de ellas, y de Ned, un joven alcohólico que recurre a la botella y al cinismo para sobrevivir a su familia. Ambos ven en Johnny una ráfaga de aire fresco que les devuelve algo que creían perdido para siempre y lo acogerán en la habitación en la que pasan la mayor parte del tiempo, el cuarto repleto de juguetes en el que crecieron, símbolo de una inocencia no del todo perdida, un verdadero hogar dentro de una casa que no lo es. El único lugar donde son tan felices como lo somos nosotros en películas como esta.