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HOMBRE DE LA ESQUINA ROSADA (1962) de René Mugica

En su relato «Hombre de la esquina rosada», incluido en el libro Historia universal de la infamia (1935), Borges nos contó cómo Rosendo Juárez, el Pegador, en lo que apuntaba a un acto de cobardía, rehuía el encuentro con Francisco Real, el Corralero, que lo había desafiado por su fama de cuchillero, y cómo este, tras ganarse los favores de la Lujanera, la amante de Juárez, era finalmente acuchillado entre las sombras de la noche. Al terminar el cuento, se nos descubría que el asesino de Real era el personaje que recordaba la historia y quien la escuchaba, el propio Borges. Mucho tiempo después, en «Historia de Rosendo Juárez», uno de los relatos de El informe de Brodie (1970), Borges le ofrecía al presunto cobarde la oportunidad de contar su versión de los hechos.

La primera de las narraciones citadas fue llevada al cine en 1962 por René Mugica, en una adaptación de algo más de una hora. Como la brevedad de lo escrito por Borges no daba para mucho, la película compone una historia más extensa aportando datos previos al encuentro entre los tres protagonistas, que explican el porqué de este y que, lejos de parecernos superfluos, consiguen enriquecer el texto y otorgarle una nueva dimensión, un nuevo significado. Y por si fuera poco, dicha aportación no es en absoluto ajena a la temática borgiana, por lo que encaja como anillo al dedo.

La película comienza con la salida de la cárcel, gracias a un indulto, de Francisco Real, que lleva consigo la historia de un compañero de presidio llamado Nicolás Fuentes, acusado injustamente de un crimen y encarcelado por culpa de la traición de su mujer, la Lujanera, de Ramón Santoro y de Rosendo Juárez. Sin saber que Fuentes ha muerto en prisión, los tres esperan que también sea indultado ese día y vaya a su encuentro para vengarse. Durante una trifulca en una taberna, Real se enfrenta a Santoro sin conocerlo y tras matarlo se entera de su identidad. Desde ese momento, acepta que su destino es el de Fuentes, comprende que él es ahora Nicolás Fuentes, y se dirige a culminar su venganza. El final, alterado por las razones comentadas, nos muestra lo que cuenta Borges en su relato.

Formidable guion de Carlos Aden, Isaac Aisemberg y Joaquín Gómez Bas («Hace tiempo que sé de tus ojos, de tu boca, del calor de tu cuerpo…», le susurra Real a la Lujanera, pegado a ella, como si hubiera ya experimentado lo que sintió y tantas veces le contó Fuentes); impresionantes Susana Campos (la Lujanera), Jacinto Herrera (Juárez), Francisco Petrone (Real) y Walter Vidarte (el joven al que al final identificaremos como el narrador del cuento y asesino de Real), que más que interpretarlos parece que son los personajes; dirección maestra de René Mugica, que va acumulando la tensión gradualmente hasta la portentosa secuencia final, una maravilla de puesta en escena… El propio Borges -homenajeado en el film por la presencia de un personaje ciego- dijo, honesto o generoso, que la película era superior a su cuento; como estoy de acuerdo con él, prefiero creer en su sinceridad. Y es que es difícil entender cómo esta pequeña, por breve, joya del cine argentino titulada Hombre de la esquina rosada continúa escondida entre las sombras de la noche más canalla, tanguera y cinéfila.

 

 

El wéstern mexicano (y 2): TIEMPO DE MORIR (1966) de Arturo Ripstein

Es de sobras conocido que el estreno de Por un puñado de dólares (Per un pugno di dollari, 1964), de Sergio Leone, trajo consigo un cambio radical en la manera de ver el wéstern en la práctica totalidad de cinematografías que cultivaban el género. La mexicana, desde luego, no fue una excepción, así que a finales de los 60 y principios de los 70 proliferaron en ella los wésterns cuya estética estaba claramente influida por el spaghetti cocinado en Italia. Por desgracia para el espectador curioso, la mayoría de estos films podemos dividirlos entre los malos y los muy malos; aunque, mirando el lado positivo, alguno de ellos alcanza tal grado de delirio que puede provocarnos involuntariamente unas cuantas carcajadas. Como ejemplo, Cinco mil dólares de recompensa (1972), de Jorge Fons, una de las películas más divertidas, a su pesar, que he visto.

Afortunadamente, antes de que la moda italiana dominara las pasarelas al sur de Río Bravo aún se rodaron algunos wésterns que conservaban intacto el sabor a pulque. Uno de ellos es Tiempo de morir, la sorprendente y magistral ópera prima que filmó Arturo Ripstein a sus 21 años a partir de un guion escrito por Gabriel García Márquez -atención a las similitudes entre esta historia y la de su novela Crónica de una muerte anunciada (1981)- y Carlos Fuentes, que conoció una segunda y también estupenda adaptación en 1985, de la mano del cineasta colombiano Jorge Alí Triana. En cuanto a tema y argumento, la película de Ripstein comparte mesa y mantel con Los hermanos Del Hierro, esto es, también la venganza es aquí el motor del drama y también la fatalidad y el destino juegan un papel fundamental; pero su estilo y su tono, en cambio, son muy diferentes.

En Tiempo de morir el protagonista es Juan Sáyago (estupendo Jorge Martínez de Hoyos, a quien el espectador recordará como líder de los campesinos en Los siete magníficos (The Magnificent Seven, 1960), de John Sturges), un hombre que regresa a su pueblo tras cumplir una condena de 18 años en la cárcel por haber asesinado a Raúl Trueba. Su intención es reformar su casa, recuperar el amor de Mariana Sampedro (Marga López) y vivir en paz; pero los hijos de Trueba, unos niños cuando murió su padre, lo esperan para vengarse. El más joven conoce por casualidad a Sáyago antes de saber que es la persona a la que esperan y, poco a poco, llega a admirarle, y tanto él como su hermano se enteran de cómo fue realmente el enfrentamiento entre su padre y Juan; pero aun así los tres hombres, aunque son conscientes de que ya no tiene ningún sentido, acudirán a una cita que, tras tantos años aguardándola, les resulta inevitable.

Wéstern modesto pero enorme, filmado con apabullante sencillez y contundencia por una cámara que se permite pocos adornos para que el peso recaiga en los personajes, el film de Ripstein está recorrido todo él por un tono crepuscular de serena melancolía y habitado por un inolvidable protagonista que ya ni siquiera va armado y que necesita lentes para poder ver bien, pero que se verá forzado a recurrir, por última vez, a la violencia. Imposible que quien la haya visto pueda olvidar su secuencia final y su sorprendente, desmitificador y bellísimo último fragmento, que cae como una losa sobre el espectador y que resume por sí solo buena parte de la poética del género.

 

 

 

 

 

 

 

El wéstern mexicano (1): LOS HERMANOS DEL HIERRO (1961) de Ismael Rodríguez

Mientras vuelve a casa a caballo con sus dos pequeños hijos, Reynaldo del Hierro es asesinado a traición por Pascual Velasco. Desde ese momento, la viuda solo vivirá para insuflar sus deseos de venganza en los dos niños e incluso llegará a contratar a un famoso pistolero para que los adiestre en el manejo de las armas. Con el paso de los años, mientras Martín, el más joven, se convierte en un loco asesino fiel reflejo del odio de su madre, Reynaldo, el mayor, intentará olvidar la venganza y vivir en paz, pero su destino se verá irremediablemente ligado al de su hermano, tanto en el amor de ambos por la misma mujer como en la muerte.

Además de ser considerado generalmente el mejor wéstern de la cinematografía mexicana y de llegar incluso a ser incluido, con justicia, en alguna lista de los 50 imprescindibles de la historia del cine, Los hermanos del Hierro es uno de los más complejos que he visto, hasta el punto de que en cada visionado nos sorprende con nuevos detalles argumentales y visuales que se nos habían pasado por alto y que enriquecen el desarrollo de la historia y la caracterización de sus personajes. Me parece también el que más y más claramente bebe de las fuentes de la tragedia griega; en este aspecto, ni siquiera Pursued (1947), dirigido por Raoul Walsh y escrito por Niven Busch, que quizá sea el wéstern estadounidense en el que mejor se aprecia dicha influencia, se le puede comparar.

Para contarnos esta historia de venganza -tema capital del wéstern mexicano-, en la que el viento y la aridez del paisaje devienen en reflejo de la psicología de los protagonistas, personajes encadenados a la fatalidad, Ismael Rodríguez lleva a cabo un despliegue abrumador de ideas de puesta en escena que casi siempre actúa en función y en beneficio del drama y que hace del film un barroco ejercicio de autor nada común en el género; para entendernos, se situaría mucho más cerca del estilo de Orson Welles que del de Howard Hawks.

Un uso de la elipsis abrupto y sin complejos, pero que nunca dificulta el seguimiento de la historia; una fotografía de interiores (la casa familiar, la cárcel) que remite al cine de terror; el paso del presente al pasado, el flash-back, mostrado dentro de un mismo plano mediante un travelling; los primeros planos iluminados de la cara de Martín cuando pierde el control de sí mismo; el plano subjetivo del revólver empuñado, quizá inspirado en uno similar de  Forty Guns (1957), de Sam Fuller, o el del rostro de la madre -ese personaje inolvidable que parece sacado de una tragedia de Eurípides, como una Medea o una Electra-, oscurecido, mientras escuchamos sus pensamientos, que es uno de los momentos cinematográficos más terribles que recuerdo y que forma parte de unos cinco minutos finales que cierran el film de manera bellísima, incomparable… Son solo algunos de los mil detalles visuales que podemos encontrar en esta sorprendente obra maestra.

Con un reparto que incluye a varias de las principales figuras de la época, como Antonio Aguilar, Julio Alemán, Columba Domínguez, Emilio Fernández, Pedro Armendáriz o Ignacio López Tarso; con guion del propio Ismael Rodríguez y Ricardo Garibay, y con fotografía de Rosalío Solano, Los hermanos del Hierro es una película reverenciada en México cuyo argumento ha sido repetido posteriormente en no pocos wésterns mejicanos, italianos y españoles. Lo poco vista que ha sido en nuestro país demuestra el desconocimiento casi absoluto -a excepción de las películas de Buñuel- que tenemos de una cinematografía repleta de sorpresas para el espectador curioso.