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Literatura con balón (y 2): ARQUEROS, ILUSIONISTAS Y GOLEADORES de Osvaldo Soriano

Periodista, novelista, escritor de cuentos, futbolista en su juventud y seguidor de San Lorenzo de Almagro, el argentino Osvaldo Soriano escribió a lo largo de su vida un buen puñado de relatos con el deporte rey como protagonista. Recopilados en el libro Arqueros, ilusionistas y goleadores (1996), nos ofrecen una visión del fútbol muy alejada de la que impera hoy en día, atendiendo siempre a su lado más humano, entre lo cómico y lo nostálgico, mostrando generalmente las dificultades, la derrota y el olvido por encima de las victorias y el éxito. Por sus páginas desfilan los recuerdos del niño que comenzaba a dar patadas a un balón, los inicios del club San Lorenzo, las alucinantes aventuras del hijo del forajido Butch Cassidy como árbitro aficionado a punta de pistola, la derrota de Brasil ante Uruguay en el Mundial de 1950 recordada por el jugador uruguayo Obdulio Varela, las divertidas memorias del Míster Peregrino Fernández, el gol de Maradona con la mano en el Mundial del 86 ante Inglaterra, la crónica del penalti más largo del mundo (relato adaptado al cine en 2005 por Roberto Santiago, con Fernando Tejero como protagonista), y un largo etcétera.

        Mi preferido de entre todos estos relatos posiblemente sea el titulado Arístides Reynoso, la historia del goleador que, en su último partido y antes de hacer definitivamente las maletas, le marca a Boca el gol inolvidable con el que había soñado. Aquí os dejo un fragmento.

        “Años después mostraba con orgullo la cicatriz y juraba no haber abierto la boca para quejarse. No hizo otra cosa que levantarse y seguir porque la pierna lo sostenía todavía y Musimessi, el Arquero Cantor, ya salía a enfrentarlo. Eran tiempos del Glostora Tango Club: tipos de traje y gomina Brancato que escuchaban las charlas de Discépolo; damas y damitas con pollera hasta abajo de la rodilla. Una década insulsa que preludiaba las tormentas que cantarían Beatles y Stones. Cine, radioteatro, salón de té, hipódromo, tango… ¡Cuánto había que esperar a que las chicas se decidieran! ¡Cuánto amor y cuánto odio despertaban Evita y Perón! Todo eso y Arístides Reynoso que pisa el área con las valijas hechas y el pasaje comprado. Viene medio desacomodado y Musimessi ya abre el tren de aterrizaje, cae a sus pies con la camiseta que le marca las costillas. A Arístides le queda una sola: frenar de golpe, tirarla con los talones por encima de la espalda e ir a buscarla, si llega, por la rendija que se abre detrás del arquero. Siente el golpe en la rodilla, sabe de qué se trata, pero escapa y antes de caer por última vez en un estadio porteño, le pega de punta y cierra la valija.”

               Publicado por Seix Barral.

Literatura con balón (1): EL FANTASISTA de Hernán Rivera Letelier

Aún con la futbolera resaca de la victoria en el mundial a cuestas, no es mal momento para rebatir el tópico según el cual literatura y fútbol nunca han hecho buenas migas. Afortunadamente muchos y buenos escritores se han encargado ya de llevar la contraria a los que siguen pensando que quien es capaz de apreciar una buena lectura no va a perder el tiempo viendo a unos tipos de corto disputándose un balón, e incluso algunos, como Nabokov o Camus (suya es la célebre frase “En una cancha de fútbol se juegan todos los dramas humanos”), no sólo apoyaron la pluma sobre el césped, sino que también hicieron sus pinitos en él, ambos como porteros.

        Ejemplos del cariño entre la literatura y el deporte rey los hay a montones. A bote pronto, y sin ser exhaustivo, los españoles Javier Marías, Manuel Vázquez Montalván, Gonzalo Suárez o José Luis Garci, el británico Nick Hornby, o los hispanoamericanos Mario Benedetti, Eduardo Galeano y Roberto Fontanarrosa, quien escribió algunos de los cuentos sobre fútbol (y sobre muchas otras cosas) más divertidos que uno haya leído. También entre los grandes, aunque quizá menos conocidos, están el chileno Hernán Rivera Letelier y su novela El Fantasista (2006), y el argentino Osvaldo Soriano, autor de un buen puñado de maravillosos relatos futboleros.

        El Fantasista cuenta la historia de la eterna rivalidad balompédica entre los pueblos vecinos de Coya Sur y de María Elena. A Coya Sur, cuyo equipo siempre pierde, llega cierto día un extraño personaje, acompañado de un balón y de una mujer tan extraña como él, llamado Expedito González y conocido por el sobrenombre de “Fantasista del balón”. El personaje en cuestión se dedica a ir de pueblo en pueblo realizando exhibiciones con su pelota, que parece formar parte de él, para ganarse unas monedas. Los vecinos del pueblo, ante tamaño talento futbolístico, ven en el visitante al salvador de su honor, e intentan convencerle para que se quede a disputar el gran y último partido contra sus vecinos. Pero el Fantasista, como todo personaje misterioso, lleva consigo un extraordinario secreto.

        Novela tragicómica, a caballo entre lo épico y lo cotidiano, El Fantasista, como gran parte de la literatura de su autor, guarda un enorme sentido religioso, identificando desde el principio la llegada del protagonista con la de un nuevo Jesucristo, un nuevo Mesías salvador y milagroso que les compense al fin por tantas penas deportivas, aunque también puede leerse como un western pampero, en el que el artista del balón vendría a ser el pistolero invencible que aparece para salvar a los lugareños, un Alan Ladd o un Clint Eastwood de rasgos chilenos.

“Todos coincidimos por igual cuando el Fantasista, con un dejo de amargura en su voz cavernosa, dijo que nadie podía decir lo que era el placer si nunca le hizo un gol olímpico al mejor arquero del año; que ninguno podía saber lo que era el júbilo más desatado si nunca gambeteó a tres rivales al hilo y anotó el gol del triunfo en los descuentos de una final del campeonato. Pero de igual modo, ningún cristiano conocía la derrota y la humillación más profunda si no caminó nunca hasta el fondo del arco a buscar la pelota después de hacer un autogol.

        Por último, rematamos todos de acuerdo: nadie había experimentado la angustia de sentirse solo en el universo, hasta haberse parado bajo los tres palos, esperando que lo fusilaran de un tiro penal en el último minuto de juego.

        Aquí hubo un instante de silencio. Un silencio profundo. Como si sobre el camposanto hubiese pasado un ángel con el dedo en los labios. Todos nos quedamos como ensimismados. El Fantasista entonces se incorporó y, en un gesto casi sacramental, se puso a acomodar la corona amorosamente en la cruz del mausoleo.”

              Publicada por Alfaguara.