Archive for the ‘el jazz en el cine’ Tag

CHANTAJE EN BROADWAY (1957) de Alexander Mackendrick

Se abre el telón a la noche de Broadway: bares repletos de noctámbulos, reparto de periódicos, luces de neón, música en los clubes… Entre los parroquianos se mueve, ritmo frenético, Sidney Falco, un agente de artistas, una rata nocturna que vendería a su madre, si no lo ha hecho ya, por los favores del gurú de la prensa, el columnista J. J. Hunsecker, cuya lengua viperina hace triunfar o hunde en la miseria a cualquiera que pase por su máquina de escribir. J. J. ha encomendado una labor a su lacayo preferido: que su amada hermana rompa la relación que mantiene con un guitarrista; por supuesto, no importa cómo lo consiga. Le damos la mano a Falco, con cuidado de conservar todos los dedos, y durante hora y media descendemos con él a las cloacas del engaño, la ambición, el poder, la corrupción, el chantaje y la prostitución en todas sus variantes. En blanco y negro, por supuesto. Poco de blanco y mucho, mucho de negro.

Chantaje en Broadway (Sweet Smell of Success), una de las películas más perfectas que conozco, fue producida por la Hill-Hecht-Lancaster, la productora de Burt Lancaster, que se reservó uno de los papeles de su vida, el del impagable J. J. Hunsucker -apellido que, con algún ligero retoque, recuperaron los hermanos Cohen y Sam Raimi para el personaje interpretado por Paul Newman en El gran salto (The Hudsucker Proxy)-, el destructivo y solitario misántropo que desde su torre de marfil domina la opinión pública y que guarda todo su (incestuoso) amor para su hermana pequeña (Susan Harrison), a la que no permite que se acerque ni el aire, y mucho menos el de la noche. Junto a él, en una interpretación igual de descomunal -sorprende que aún hoy en día haya quien le niegue su condición de actorazo-, Tony Curtis en la piel de Sidney Falco, una puta completamente amoral consciente de que lo es porque, como a la añorada Jeanette, el mundo le ha hecho así. Personajes de un cine negro hasta las cejas sin necesidad de balas ni mujeres fatales, atrapados ambos sin remedio en la propia mierda que han ido creando a su alrededor. Sospecho que sus apellidos no tienen nada de casual.

Ellos son la punta de lanza, la cara visible de una de las mayores reuniones de talento que el cine nos ha dejado: el jazz de Elmer Bernstein; la fotografía, tan oscura como los personajes y sus acciones, y la profundidad de campo de James Wong Howe, que viajó de China a Estados Unidos siendo un niño para acabar convirtiéndose en uno de los más grandes operadores cinematográficos; el guion de Ernest Lehman y Clifford Odets, un festín en todas y cada una de sus vitriólicas líneas, un manual de escritura de personajes secundarios -cada uno de ellos, con su momento de gloria- y una muestra como pocas de respeto por la inteligencia del espectador. Chantaje en Broadway es muchas cosas, pero sobre todo es una película que desprende inteligencia por los cuatro costados, hasta parecer que abusa de ella.

Y, por supuesto, la dirección de Alexander Mackendrick, cuya cámara se desliza con la mayor elegancia entre los personajes, baila con ellos al ritmo de la música de Bernstein y los observa sin inmutarse como parte lógica e inseparable de unos ambientes, unas calles, una noche y una ciudad que son, también ellos, personajes con entidad propia de una película que probablemente sirvió de inspiración (poca) a Jean-Pierre Melville para crear las imágenes de Deux hommes dans Manhattan (1959), una de sus escasas obras menores. Imposible destacar para el recuerdo solo unos cuantos planos, un par de escenas o una única secuencia de esta obra maestra sin altibajos, sin un solo momento de flaqueza, que no suele encontrar su espacio en las sacrosantas listas de las mejores de la historia quizá porque deja poco espacio para la emoción y la empatía del espectador. Cine filmado en celuloide de acero.

 

 

 

 

ASCENSOR PARA EL CADALSO (1957) de Louis Malle

París, finales de los 50, albores de la nouvelle vague. Los grandes músicos norteamericanos de jazz encuentran en la capital francesa el lugar apropiado para que su música sea reconocida y admirada, y el nuevo movimiento cinematográfico descubre en el jazz su alma gemela y lo incorpora a su forma de ver el cine.

        Louis Malle filma Ascensor para el cadalso (Ascenseur pour l´échafaud), su primer largometraje. Para ello adapta una novela negra de Noel Calef que bien podría haber firmado el James Mallahan Cain de El cartero siempre llama dos veces (The postman always rings twice, 1934) o Pacto de sangre (Double indemnity, 1945): dos amantes planean asesinar al marido de ella, pero las cosas se tuercen. Y se tuercen porque aquí el policía es Lino Ventura, y que yo sepa nunca hizo papeles de tonto.

        Para los personajes principales, Maurice Ronet y Jeanne Moreau. El rostro de Jeanne Moreau bajo la lluvia de París en blanco y negro, el rostro que por sí solo podía iluminar una sala de cine y hacer atractiva cualquier película por mediocre que fuera. 

        Y casualmente Miles Davis se encuentra en París y accede a hacerse cargo de la música de la película, la mejor banda sonora de jazz compuesta expresamente para el cine.

        Ascensor para el cadalso podría haber sido sólo una magnífica muestra de cine negro, pero además, y sobre todo, es el lugar donde el jazz y las imágenes se compenetran creando un ritmo fresco y espontáneo y absolutamente nuevo, el lugar donde coincidieron cuatro de los grandes pilares de la cultura francesa del siglo xx: el cine, el jazz, la novela negra…y Jeanne Moreau.

             Editada en DVD por Avalon (Filmoteca Fnac).

LET´S GET LOST (1988) de Bruce Weber

Hacia el final de Let´s get lost un anciano y agotado Chet Baker le pide a su público, que hasta el momento no ha sido demasiado respetuoso con su música, que guarde silencio «because, you know, it´s one of those tunes». Comienza entonces a acariciar la letra de Almost blue, almost doing things we used to do…almost you…almost me…Es un primer plano del rostro ajado de Chet Baker, blanco y negro, el micrófono casi pegado a la voz, la boquilla de la trompeta -esta vez no la hará sonar- muy cerca de los labios, como en un gesto del que ya no puede desprenderse, los ojos siempre cerrados…Al terminar la canción el público, respetuoso esta vez, comienza a aplaudir. Y nosotros con él. Es uno de los grandes momentos de jazz recogidos por una cámara.

        En Let´s get lost hay conciertos y grabaciones, mucho jazz, locales nocturnos en los que casi podemos oler el humo, muchas mujeres y mucha velocidad, mil anécdotas, playas sin sol. Las vidas en blanco y negro de Chet Baker, los éxitos y el fracaso, sus rostros y su sonrisa y su mirada. Casi tristes.

        Pocos meses después del estreno de la película, el hombre que susurraba canciones se tiraba por una ventana de un hotel de Amsterdam. Almost blue…almost me…

        Si os gusta el cine, el jazz, la mejor fotografía en blanco y negro, o simplemente cualquier noche os sorprende pelín tristones, no dejéis de verla, no dejéis que Chet Baker y Let´s get lost pasen de largo. Y escuchadla. En silencio.

               Editada en DVD por Avalon. 

       

       

BIRD (1988) de Clint Eastwood

Clint Eastwood es casi el único director en activo (y digo casi porque se supone q195418_1020_Aue nuestro Víctor Erice no se ha retirado y porque me encanta David Fincher) que sigue consiguiendo hacerme ir sin dudarlo a una sala de cine. Venciendo por el camino unos cuantos estúpidos prejuicios, sus películas han ido ganándose el favor primero de la crítica y más adelante del gran público, llegándose a calificar sus últimos trabajos como obras maestras sin merecerlo, ya sea porque la admiración causa ceguera o porque, a pesar de todo, destacan entre la mediocridad general.

        Posiblemente, el primer paso hacia los altares lo dio Eastwood con Sin perdón (Unforgiven, 1992), una obra maestra del western – sobre todo en su última media hora-, triunfadora en los Oscars, y que contaba con ilustres precedentes como El jinete pálido (Pale rider, 1985) y, más aún, El fuera de la ley (The outlaw Josey Wales, 1976), otra obra redonda. Varios años más tarde daría el paso definitivo, sobre todo entre el público, y gente que jamás se sintió atraída por el director de la divertidísima El sargento de hierro (Heartbreak ridge, 1986) comenzó a ir a ver sus películas. Es la época de Mystic river (2003) -que, junto a magníficos momentos, tiene otros que no me gustan nada- y Million dollar baby (2004), otra obra maestra a pesar de las horribles escenas en que aparece la familia de la chica, absolutamente maniqueas, vulgares, y que parecen sacadas de un telefilm de sobremesa. A partir de ahí todo lo que ha dirigido Eastwood se ha ensalzado, en mi opinión, de manera exagerada: el díptico de 2006 sobre la batalla de Iwo Jima le salió bien sólo a medidas;  la tan aplaudida El intercambio (Changeling, 2008) me parece, directamente, una de sus peores películas; y Gran Torino (2008), aunque me gusta y me parece la mejor de estas últimas, no creo que esté entre lo mejor de su filmografía. A pesar de todo, seguiré corriendo al cine a ver la última de Clint.

        Y lo seguiré haciendo, en parte, porque es el responsable de una de mis películas preferidas de todos los tiempos, una colosal obra de arte, homenaje al jazz y, sin pretenderlo, un homenaje al cine en sí misma, y que me parece, sin duda, la mejor de su director. Bird (1988), una inagotable lección de cine, pone en imágenes los últimos años de la vida del saxofonista Charlie Parker, conocido por el apodo de Bird, con una interpretación colosal de Forest Whitaker y Diane Venora.

bird-biopic

        La película es, sencillamente, una sucesión de escenas de antología que componen el retrato del éxito, la autodestrucción y la muerte de uno de los mayores genios de la música del siglo xx, con un maravilloso y complejo montaje a base de continuos flash-backs y saltos en el tiempo, y con unos diálogos que, en boca de los actores, ponen la piel de gallina. Por citar algunas, de entre un conjunto perfecto, la escena en que Charlie y su esposa Chan escuchan, mientras van en el coche, una versión con letra de Kansas City, que es un preludio de muerte y que volverá a sonar en la escena final del funeral, y el momento en que Charlie le envía compulsivamente telegrama tras telegrama a su esposa tras la muerte de la hija, son de lo mejor que ha rodado y rodará Eastwood. Y por si fuera poco, en el film está mi flash-back favorito de la historia del cine, aquel en el que el saxofonista Buster recuerda, entre carcajadas, cómo conoció a un joven llamado Charlie «from just around«.

        El film de Eastwood es, junto al relato de Cortázar El perseguidor, el mayor homenaje que el arte ha ofrecido a la figura de Charlie Parker y, aunque no sea demasiado citado cuando se habla de su autor, el eslabón de su carrera en que, más que nunca, consigue explorar todas las posibilidades que ofrece el lenguaje cinematográfico puesto al servicio de una historia. 

                  Editada en DVD por Warner.