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ASCENSOR PARA EL CADALSO (1957) de Louis Malle

París, finales de los 50, albores de la nouvelle vague. Los grandes músicos norteamericanos de jazz encuentran en la capital francesa el lugar apropiado para que su música sea reconocida y admirada, y el nuevo movimiento cinematográfico descubre en el jazz su alma gemela y lo incorpora a su forma de ver el cine.

        Louis Malle filma Ascensor para el cadalso (Ascenseur pour l´échafaud), su primer largometraje. Para ello adapta una novela negra de Noel Calef que bien podría haber firmado el James Mallahan Cain de El cartero siempre llama dos veces (The postman always rings twice, 1934) o Pacto de sangre (Double indemnity, 1945): dos amantes planean asesinar al marido de ella, pero las cosas se tuercen. Y se tuercen porque aquí el policía es Lino Ventura, y que yo sepa nunca hizo papeles de tonto.

        Para los personajes principales, Maurice Ronet y Jeanne Moreau. El rostro de Jeanne Moreau bajo la lluvia de París en blanco y negro, el rostro que por sí solo podía iluminar una sala de cine y hacer atractiva cualquier película por mediocre que fuera. 

        Y casualmente Miles Davis se encuentra en París y accede a hacerse cargo de la música de la película, la mejor banda sonora de jazz compuesta expresamente para el cine.

        Ascensor para el cadalso podría haber sido sólo una magnífica muestra de cine negro, pero además, y sobre todo, es el lugar donde el jazz y las imágenes se compenetran creando un ritmo fresco y espontáneo y absolutamente nuevo, el lugar donde coincidieron cuatro de los grandes pilares de la cultura francesa del siglo xx: el cine, el jazz, la novela negra…y Jeanne Moreau.

             Editada en DVD por Avalon (Filmoteca Fnac).

LET´S GET LOST (1988) de Bruce Weber

Hacia el final de Let´s get lost un anciano y agotado Chet Baker le pide a su público, que hasta el momento no ha sido demasiado respetuoso con su música, que guarde silencio “because, you know, it´s one of those tunes”. Comienza entonces a acariciar la letra de Almost blue, almost doing things we used to do…almost you…almost me…Es un primer plano del rostro ajado de Chet Baker, blanco y negro, el micrófono casi pegado a la voz, la boquilla de la trompeta -esta vez no la hará sonar- muy cerca de los labios, como en un gesto del que ya no puede desprenderse, los ojos siempre cerrados…Al terminar la canción el público, respetuoso esta vez, comienza a aplaudir. Y nosotros con él. Es uno de los grandes momentos de jazz recogidos por una cámara.

        En Let´s get lost hay conciertos y grabaciones, mucho jazz, locales nocturnos en los que casi podemos oler el humo, muchas mujeres y mucha velocidad, mil anécdotas, playas sin sol. Las vidas en blanco y negro de Chet Baker, los éxitos y el fracaso, sus rostros y su sonrisa y su mirada. Casi tristes.

        Pocos meses después del estreno de la película, el hombre que susurraba canciones se tiraba por una ventana de un hotel de Amsterdam. Almost blue…almost me…

        Si os gusta el cine, el jazz, la mejor fotografía en blanco y negro, o simplemente cualquier noche os sorprende pelín tristones, no dejéis de verla, no dejéis que Chet Baker y Let´s get lost pasen de largo. Y escuchadla. En silencio.

               Editada en DVD por Avalon. 

       

       

BIRD (1988) de Clint Eastwood

Clint Eastwood es casi el único director en activo (y digo casi porque se supone q195418_1020_Aue nuestro Víctor Erice no se ha retirado y porque me encanta David Fincher) que sigue consiguiendo hacerme ir sin dudarlo a una sala de cine. Venciendo por el camino unos cuantos estúpidos prejuicios, sus películas han ido ganándose el favor primero de la crítica y más adelante del gran público, llegándose a calificar sus últimos trabajos como obras maestras sin merecerlo, ya sea porque la admiración causa ceguera o porque, a pesar de todo, destacan entre la mediocridad general.

        Posiblemente, el primer paso hacia los altares lo dio Eastwood con Sin perdón (Unforgiven, 1992), una obra maestra del western – sobre todo en su última media hora-, triunfadora en los Oscars, y que contaba con ilustres precedentes como El jinete pálido (Pale rider, 1985) y, más aún, El fuera de la ley (The outlaw Josey Wales, 1976), otra obra redonda. Varios años más tarde daría el paso definitivo, sobre todo entre el público, y gente que jamás se sintió atraída por el director de la divertidísima El sargento de hierro (Heartbreak ridge, 1986) comenzó a ir a ver sus películas. Es la época de Mystic river (2003) -que, junto a magníficos momentos, tiene otros que no me gustan nada- y Million dollar baby (2004), otra obra maestra a pesar de las horribles escenas en que aparece la familia de la chica, absolutamente maniqueas, vulgares, y que parecen sacadas de un telefilm de sobremesa. A partir de ahí todo lo que ha dirigido Eastwood se ha ensalzado, en mi opinión, de manera exagerada: el díptico de 2006 sobre la batalla de Iwo Jima le salió bien sólo a medidas;  la tan aplaudida El intercambio (Changeling, 2008) me parece, directamente, una de sus peores películas; y Gran Torino (2008), aunque me gusta y me parece la mejor de estas últimas, no creo que esté entre lo mejor de su filmografía. A pesar de todo, seguiré corriendo al cine a ver la última de Clint.

        Y lo seguiré haciendo, en parte, porque es el responsable de una de mis películas preferidas de todos los tiempos, una colosal obra de arte, homenaje al jazz y, sin pretenderlo, un homenaje al cine en sí misma, y que me parece, sin duda, la mejor de su director. Bird (1988), una inagotable lección de cine, pone en imágenes los últimos años de la vida del saxofonista Charlie Parker, conocido por el apodo de Bird, con una interpretación colosal de Forest Whitaker y Diane Venora.

bird-biopic

        La película es, sencillamente, una sucesión de escenas de antología que componen el retrato del éxito, la autodestrucción y la muerte de uno de los mayores genios de la música del siglo xx, con un maravilloso y complejo montaje a base de continuos flash-backs y saltos en el tiempo, y con unos diálogos que, en boca de los actores, ponen la piel de gallina. Por citar algunas, de entre un conjunto perfecto, la escena en que Charlie y su esposa Chan escuchan, mientras van en el coche, una versión con letra de Kansas City, que es un preludio de muerte y que volverá a sonar en la escena final del funeral, y el momento en que Charlie le envía compulsivamente telegrama tras telegrama a su esposa tras la muerte de la hija, son de lo mejor que ha rodado y rodará Eastwood. Y por si fuera poco, en el film está mi flash-back favorito de la historia del cine, aquel en el que el saxofonista Buster recuerda, entre carcajadas, cómo conoció a un joven llamado Charlie “from just around“.

        El film de Eastwood es, junto al relato de Cortázar El perseguidor, el mayor homenaje que el arte ha ofrecido a la figura de Charlie Parker y, aunque no sea demasiado citado cuando se habla de su autor, el eslabón de su carrera en que, más que nunca, consigue explorar todas las posibilidades que ofrece el lenguaje cinematográfico puesto al servicio de una historia. 

                  Editada en DVD por Warner.