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DESENGAÑO de Joyce Carol Oates

Desmembrado (Dismember, 2017) es la última colección de relatos de Joyce Carol Oates traducida al castellano, siete piezas que oscilan entre lo estupendo y lo prescindible y que fueron publicadas previamente en diversas revistas estadounidenses. En general, no me parece que esté entre lo mejor de la ingente producción de su autora; pero, aun así, no cabe duda de que la literatura de esta casi octogenaria escritora, perpetua candidata al Nobel, conserva intacta su capacidad para crear atmósferas inquietantes y malsanas y para adentrarse en los rincones más incómodos de la condición humana. Si haces reverencias a lo políticamente correcto, esto no es para ti.

Mi relato preferido, “Desengaño”, cuenta la historia de Steff, una adolescente cuyos celos de su hermana Caitlin y su primo Hunt desembocan en una obsesión de trágicas consecuencias. Tiene en común con otros cuentos del libro el protagonismo femenino y la narración en primera persona, pero creo que es aquí donde más brilla la maestría de Oates a la hora de trabajar el punto de vista narrativo que nos obliga a dudar de los pensamientos y de las impresiones de la protagonista -probable herencia de Henry James- y de ir sembrando detalles aquí y allá que van cobrando su importancia a medida que nos acercamos al desenlace.

Este es el inicio del relato:

La pistola se guardaba en el primer cajón de la cómoda de mi padrastro. Descargada.

Me llegaban unas carcajadas de la parte trasera de la casa. Mi hermana Caitlin, con aquella risa que sonaba como un cristal que se hiciera añicos, y mi primo Hunt Lesinger, que había traído consigo su rifle calibre 22 a petición de Caitlin.

Le daba clases de tiro. Pero a mí no, a mí ni siquiera me miraba.

Intentaba impresionar a Caitlin, eso es lo que hacía. Y Caitlin a él.

En el espejo que había sobre la cómoda, yo veía un rostro borroso y sonrojado. Había aprendido a apartar rápidamente la mirada de aquel rostro, pues a menudo odiaba lo que veía.

¡Tenía en la mano la pistola (prohibida) del señor Lesinger! Pesaba más de lo que habría imaginado.

Traducción de Patricia Antón.

Publicado por Gatopardo ediciones.

 

LOS ADIOSES de Juan Carlos Onetti

Onetti ya estuvo por aquí con sus relatos, pero a un escritor de su envergadura es obligado volver una y otra vez. Los adioses (1954), que no pertenece al más conocido Ciclo de Santa María, me parece, sencillamente, una de las mejores novelas en nuestro idioma, apenas sesenta páginas a las que la etiqueta de imprescindibles se les queda pequeña.

21154133Dedicada a uno de los grandes amores de su vida, la poetisa uruguaya Idea Vilariño, es una obra maestra de la ambigüedad narrativa y de lo que supone la técnica del punto de vista en la novela. La historia de los tres personajes principales, el enfermo que llega al sanatorio y las dos mujeres que le visitan, lo que ocurre entre ellos o lo que quizá ocurre, lo conocemos sólo a través de la mirada de un observador, de un testigo que no sabe pero imagina, supone y chismorrea, obligando al lector a ponerse en su piel, a convertirse en otro personaje asomado a la ventana indiscreta. Onetti nos manipula a su antojo, nos hace partícipes de la culpabilidad moral del narrador, y ni siquiera se apiada de nosotros ofreciéndonos la resolución completa del enigma.

El inicio de esta novela portentosa es suficiente para atraparnos definitivamente y para recordarnos, por si hacía falta, que nadie ha escrito como Onetti.

“Quisiera no haber visto del hombre, la primera vez que entró en el almacén, nada más que las manos; lentas, intimidadas y torpes, moviéndose sin fe, largas y todavía sin tostar, disculpándose por su actuación desinteresada. Hizo algunas preguntas y tomó una botella de cerveza, de pie en el extremo más sombrío del mostrador, vuelta la cara -sobre un fondo de alpargatas, el almanaque, embutidos blanqueados por los años- hacia afuera, hacia el sol del atardecer y la altura violeta de la sierra, mientras esperaba el ómnibus que lo llevaría a los portones del hotel viejo.

Quisiera no haberle visto nada más que las manos, me hubiera bastado verlas cuando le di el cambio de los cien pesos y los dedos apretaron los billetes, trataron de acomodarlos y, en seguida, resolviéndose, hicieron una pelota achatada y la escondieron con pudor en un bolsillo del saco; me hubieran bastado aquellos movimientos sobre la madera llena de tajos rellenados con grasa y mugre para saber que no iba a curarse, que no conocía nada de donde sacar voluntad para curarse.”

Publicada por Barral, Bruguera y otras.