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EL BARÓN RAMPANTE de Italo Calvino

Después, bastó con la llegada de generaciones con menor criterio, de imprevisora avidez, gente no amiga de nada, ni siquiera de sí misma, y ya todo ha cambiado, ningún Cosimo podrá ya avanzar por los árboles.

La atención que dedicamos al constante aluvión de interesantes novedades editoriales y la recuperación de obras que han ido ganando prestigio y a las que no hicimos el debido caso en su momento dificultan que volvamos de vez en cuando a los clásicos que leímos hace muchos años y que contribuyeron a nuestra pasión por la literatura. Mala cosa. Volver a visitar los libros que nos hicieron felices nos puede deparar alguna decepción, pero serán más las ocasiones en que una segunda o tercera lectura multiplique el goce de la primera, gracias sobre todo a la experiencia lectora acumulada.

Volver a El barón rampante (Il barone rampante, 1957) es celebrar una fiesta con la literatura. Es reencontrarse con el talento, la imaginación y la valentía de quien se atrevió a escribir una novela a contracorriente sobre un niño rebelde que un buen día se sube a un árbol y decide pasar el resto de su vida entre ramas, y entre ellas crece y envejece, y estudia y aprende y enseña, y lucha y ama y recuerda y termina por desaparecer en las alturas. Es volver a Cervantes, a Voltaire, a la fábula, al país de las maravillas, a ese Peter Pan que se niega a crecer, a las historias de piratas, a los amores eternamente ingenuos, a la locura más racional y a la razón más alocada, a una prosa que parece escrita en el propio siglo XVIII en que se desarrolla la novela, pero que se revela intemporal.

Resulta imposible, al regresar a sus páginas, no recuperar al niño que llevamos con nosotros y al que demasiado a menudo desatendemos; imposible no acordarse, siquiera un momento, del tío Teo (Ciccio Ingrassia), aquel personaje que se subía a un árbol para gritar Voglio una donna!, y no había manera de que se bajara, en una de las grandes secuencias de Amarcord (1973), de Federico Fellini, quizá el primer director en el que uno piensa para llevar al cine la novela de Calvino; imposible también no pensar en que la mayoría de estudiantes de este país, incluso aquellos a los que les encanta la literatura, jamás conocerán las maravillosas andanzas del barón Cosimo Piovasco di Rondò, simplemente porque no pertenecen a la literatura española. En fin… La vita rimane la stessa.

Y entonces, para vencer el pudor natural de sus ojos, se detenía a observar los amores de los animales. En primavera el mundo de los árboles era un mundo nupcial: las ardillas se amaban con ademanes y chillidos casi humanos, los pájaros se acoplaban batiendo las alas, hasta los lagartos corrían unidos con las colas trenzadas en un nudo; y los puercos espines parecían volverse blandos para hacer más suaves sus abrazos. El perro Óptimo Máximo, nada intimidado por el hecho de ser el único pachón de Ombrosa, cortejaba grandes perras de pastor, o perras lobas, con petulante audacia, confiando en la natural simpatía que inspiraba. A veces regresaba maltrecho a mordiscos; pero bastaba un amor afortunado para compensarlo por todas las derrotas.

También Cosimo, como Óptimo Máximo, era el único ejemplar de una especie. En sus sueños con los ojos abiertos se veía amado por bellísimas jóvenes; pero ¿cómo encontraría el amor, él, allá en los árboles? En sus fantasías conseguía no imaginarse el lugar donde aquellas cosas sucederían, si en el suelo o allá arriba donde ahora estaban; se figuraba un lugar sin lugar, como un mundo al que se llega andando hacia arriba, no hacia abajo. Eso es: quizá era un árbol tan alto que subiendo por él se tocaba otro mundo, la luna.

Traducción de Esther Benítez.

Publicada por Siruela.

 

 

ESTILO de Charles Bukowski / ORDINARIA LOCURA (1981) de Marco Ferreri

Uno de mis poemas preferidos del tan controvertido Charles Bukowski es el titulado “Estilo” (Style), que forma parte del libro Ruiseñor, deséame suerte (Mockingbird Wish Me Luck, 1972). Aquí os dejo la versión original en inglés.

STYLE

style is the answer to everything —                                                       
a fresh way to approach a dull or a
dangerous thing.
to do a dull thing with style
is preferable to doing a dangerous thing
without it.

Joan of Arc had style,
John the Baptist,
Christ,
Sócrates,
Caesar,
Garcia Lorca.

style is the difference,
a way of doing,
a way of being done.

6 herons standing quietly in a pool of water
or you walking out of the bathroom naked
without seeing
me.

Una versión extendida del poema, que me gusta aún más, abre la primera secuencia del film Ordinaria locura (Storie di ordinaria follia), recitada por Henry Chinasky (estupendo Ben Gazzara), alter ego del autor y protagonista de buena parte de sus novelas y relatos. Como la mayoría de las firmadas por Marco Ferreri, la película no es como para tirar cohetes, pero en sus mejores momentos consigue introducirnos en su recreación nada académica y muy onírica de una vida entregada a la literatura, el alcohol, el sexo y la autodestrucción, elementos los dos últimos encarnados también en el personaje interpretado por Ornella Muti. A quienes se animen a verla, les puede traer a la memoria algunos momentos de la segunda etapa del cine de Fellini o de la película de Eliseo Subiela El lado oscuro del corazón (1992).

Aquí os dejo traducida la versión que aparece en el film de Ferreri.

ESTILO

El estilo es la respuesta a todo.
Una manera desenvuelta de afrontar algo aburrido o peligroso.
Hacer algo aburrido con estilo es mejor que hacer algo peligroso sin estilo.
Hacer algo peligroso con estilo es lo que yo llamo arte.
Torear puede ser un arte.
Boxear puede ser un arte.
Amar puede ser un arte.
Abrir una lata de sardinas puede ser un arte.
No muchos tienen estilo.
No muchos pueden conservar el estilo.
He visto perros con más estilo que hombres.
A pesar de que no muchos perros tengan estilo.
Los gatos lo tienen en abundancia.

Cuando Hemingway estampó sus sesos en la pared de un disparo, eso era estilo.
Algunas veces la gente te aporta estilo.
Juana de Arco tenía estilo.
Juan el Bautista.
Cristo.
Sócrates.
García Lorca.

He encontrado hombres en prisión con estilo.
He encontrado más hombres en prisión con estilo que hombres fuera de prisión.
El estilo es una diferencia, una manera de hacer, una manera de ser hecho.
Seis garzas sosegadamente erguidas en un estanque, o tú, saliendo
del baño desnuda sin verme.

 

 

 

SEÑORAS Y SEÑORES (1966) de Pietro Germi

oY5PymxEn 1953, Fellini nos mostró en Los inútiles (I vitelloni) a un grupete de jóvenes atorrantes que entre risas, juergas y bromas se sentaban a ver la vida pasar; tres años después, Bardem adaptaba a Arniches en su impresionante Calle Mayor, en la que otros tipejos sin oficio ni beneficio no dudaban en dejar a la intemperie los sentimientos de una mujer si con ello podían matar el aburrimiento durante una temporada.

No es difícil imaginar a personajes como estos al cabo de unos años, ya con un trabajo y ciertas obligaciones que atender, y junto a sus respectivas esposas reconocerlos en Señoras y señores (Signore e signori), una de las más divertidas, salvajes y despiadadas críticas sociales que nos haya dejado el cine italiano, cortesía de Pietro Germi y de los guionistas Furio Scarpelli y Luciano Vincenzoni.

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Ganadora de la Palma de Oro en Cannes, Señoras y señores está compuesta de tres episodios habitados, con mayor o menor protagonismo en cada uno de ellos, por los mismos personajes, miembros de la floreciente burguesía del norte de Italia en los años 60, a los que Germi destroza sin compasión quitándoles las máscaras y sacando al aire sus vergüenzas.

Blindados tras las falsas apariencias y la hipocresía que los hacen respetables a ojos de los demás y recurriendo, cuando se les va la mano y se ven expuestos a algún escándalo, al poder que ejercen sobre la prensa y las autoridades y a su influencia sobre el clero, ganada a pulso con sus “limosnas”, estos personajillos no dudan en recurrir al engaño para ponerse los cuernos entre ellos -siempre y cuando, por supuesto, el resto del grupo no se entere-, en evitar por todos los medios que uno de ellos abandone a su familia para huir con una joven de la que se ha enamorado -el mejor episodio, con una maravillosa Virna Lisi y un impresionante Gastone Moschin- o en pasarse de uno a otro a una joven menor de edad para gozar de sus favores sexuales a cambio de dinero, episodio que aprovecha Germi para extender su inclemente sátira a las clases pobres: aquí nadie se libre del hacha del verdugo.

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A caballo entre el trazo grueso -para que no quepan dudas de la mala leche que desprende- y las situaciones y diálogos más geniales y delirantes, Señoras y señores se sitúa justo al lado de la mucho más conocida Divorcio a la italiana (Divorzio all´italiana, 1961) y, en mi opinión, muy por encima de Seducida y abandonada (Sedotta e abbandonata, 1964), y demuestra una vez más, por si hacía falta, que la commedia all´italiana es un pozo sin fondo de grandes películas y que debajo de cada piedra italiana se encuentra un actor excepcional.

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Editad en DVD por Regia Films.

 

 

EL DÍA DEL JUICIO de Salvatore Satta

Después de tantas lecturas “imprescindibles” que a menudo resultan no serlo, de tantos autores prestigiosos a los que cualquier buen lector debe conocer, de tantos suplementos literarios y tantas campañas publicitarias que intentan o consiguen convencernos de que la última novela de Fulanito es la hostia en vinagre, de repente encontramos al azar, por pura suerte, porque ese día nos fijamos en ella como podíamos no haberlo hecho, una novela completamente desconocida, de un autor del que nunca habíamos oído hablar, y tras leerla y considerarla inmediatamente una de las lecturas de nuestra vida comenzamos a preguntarnos cuántos escritores permanecen en el olvido sin merecerlo, o incluso cuántas grandes novelas, por una u otra razón, ni siquiera llegan a ver la luz.  

        A Salvatore Satta, jurista de profesión, le dio un buen día por echar la vista atrás, pasar cuentas con su Nuoro natal y llenar de recuerdos una novela titulada El día del juicio (Il giorno del giudizio, 1979). Por sus páginas desfilan los poderosos y los humildes, las prostitutas y las beatas, los maestros, los curas, los políticos y los que emigran en busca de una vida mejor para volver poco después a enclaustrarse en esa Nuoro testigo impasible del paso de los años, personajes tratados por el Satta narrador con dureza no exenta de ternura y humor, igualados en el momento del juicio y de la muerte, reunidos para siempre en el omnipresente cementerio.   

        Comparada con El gatopardo (Il gattopardo, 1958) de Lampedusa (a mí me recuerda también a Pedro Páramo (1955) de Juan Rulfo y a Cien años de soledad (1967) de García Márquez, y la sitúo sin rubor a su misma altura), El día del juicio es una obra maestra de la literatura sobre el discurrir inexorable del tiempo, que parece levantar polvo al pasar sus páginas pobladas por pobres difuntos a la espera de que el narrador los resucite por un instante. Cada una de sus frases, cada uno de sus portentosos fragmentos, merece la lectura más atenta y pausada, incluso volver de vez en cuando sobre nuestros pasos a medida que vamos avanzando, a fin de poder apreciar por completo la maestría de este novelista ocasional, que ni siquiera pudo ver publicada su novela, ya que falleció en 1975. 

        Aquí os dejo un fragmento, uno de los innumerables que podría haber escogido. Probablemente no venga a cuento, pero sus últimas líneas me recuerdan a la escena final de otra obra maestra, esta vez del cine, titulada Ocho y medio (Otto e mezzo, 1963) de Federico Fellini. Cosas mías. En cualquier caso, si alguien emplea unos minutos en leerlo quizá se decida a descubrir una de las más grandes novelas (esta vez sí) de la literatura del siglo xx.

“En un radio de cien metros podría señalar desde aquí los límites de los viejos y húmedos muros. Basta seguir todo lo que aparece ennegrecido por el tiempo, descascarillado, olvidado, lo que ha muerto por segunda vez. Y más allá de estas pobres tumbas se extiende todavía un breve pedazo de tierra, breve e infinito, con algún resto de cruces inclinadas, alguna cruz derribada, como si hubiera agotado su función. Me pregunto si hay más esperanza en todas aquellas tumbas donde los muertos están solos o en esta tierra bajo la cual los huesos de infinitas generaciones se acumulan y se confunden, se han hecho tierra también ellos. En este remotísimo rincón del mundo, ignorado por todos salvo por mí, siento que la paz de los muertos no existe, que los muertos están libres de todos los problemas, menos de uno, del de haber estado vivos. En las tumbas etruscas rumian los bueyes, las mayores se han convertido en establos. Sobre los lechos de piedra dejan las ollas y los cestos, los humildes instrumentos de la vida pastoril. Nadie recuerda que sean tumbas, ni siquiera el ocioso turista que se encarama por el sendero excavado en la roca, y se aventura en la profunda oscuridad donde resuena su voz. No obstante, ellos siguen estando allí, desde hace dos mil, tres mil años, porque la vida no puede vencer a la muerte, ni la muerte puede vencer a la vida. La resurrección de la carne comienza el mismo día en que se muere. No es una esperanza, no es una promesa, no es una condena. Pietro Catte, el que se colgó de un árbol la noche de Navidad, en la tanca de Biscollai, creía que podía morir.Y ahora también él está aquí (porque los curas, haciéndole pasar por loco, lo sepultaron en la tierra consagrada) con don Pasqualino y Fileddu, don Sebastiano y el ziu Poddanzu, el canónigo Fele y el maestro Ferdinando, los campesinos de Sèuna y los pastores de San Pietro, los curas, los ladrones, los santos, los ociosos del Corso; todos en una mezcla inextricable, aquí debajo.

        Como en una de aquellas absurdas procesiones del paraíso dantesco desfilan en hileras interminables, pero sin coros ni candelabros, los hombres de mi estirpe. Todos se dirigen a mí, todos quieren dejar en mis manos el hatillo de su vida, la historia sin historia de su haber existido. Palabras de oración o de ira susurran con el viento entre los matorrales de tomillo. Una corona de hierro se balancea sobre una cruz desprendida. Y tal vez mientras pienso su vida, porque escribo su vida, me ven como un dios ridículo que les ha llamado a congregarse en el día del juicio, para liberarles para siempre de su memoria.” 

             Traducción de Joaquín Jordá.

             Publicada por Anagrama (colección Otra vuelta de tuerca).

THE SADDEST MUSIC IN THE WORLD (2003) de Guy Maddin

Año tras año buena parte de la crítica y de los festivales de cine se empeña en descubrirnos a cineastas que, supuestamente, aportan un soplo de aire fresco al anquilosado séptimo arte y revolucionan el marchito lenguaje de la imagen y sus reglas narrativas: son los nuevos gurús del cine. Sus nombres son reverenciados en pedantes tertulias cinéfilas y, a juzgar por los elogios y los premios recibidos, parece que de haber nacido cincuenta años antes Orson Welles y John Ford habrían empeñado su cámara y se habrían dedicado a la fontanería o al asunto del andamio. ¿De verdad que no has visto aún sus películas? ¿A qué coño esperas? Si sigues siendo un ignorante durante unos meses más corres el grave riesgo de que estos genios caigan en el olvido sin que hayas citado ni una sola vez sus habitualmente impronunciables nombres. Tendrás entonces que seguir buscando ese remedio infalible contra tu habitual insomnio, mientras sigues escuchando las campanadas a medianoche y vuelves a recordar qué verde era tu valle.

        Pero como, parafraseando al Borges lector de Lovecraft, la curiosidad sigue pudiendo más que el miedo, uno acaba siempre por encontrar algo que vale la pena entre tanta mandanga disfrazada de innovación. Y no es que Guy Maddin vaya a engrosar la lista de mis cineastas de cabecera ni que me disponga a recomendar sus películas a diestro y siniestro, pero en el poco cine suyo que he visto, especialmente en The saddest music in the world, sí he encontrado lo suficiente como para creer que no estoy ante otra tomadura de pelo.

        Con la ayuda en el guión del gran escritor británico Kazuo Ishiguro, con unas gotas del David Lynch más extravagante y del Fellini más circense, recuperando buena parte de los recursos cinematográficos del cine mudo (incluyendo una preciosa pero voluntariamente desgastada fotografía en blanco y negro) y recordándonos el clásico de Tod Browning Garras humanas (The Unknown, 1927), Maddin nos narra (es un decir) la historia del concurso que convoca la reina de la cerveza de Winnipeg (interpretada por Isabella Rossellini, habitual en el cine del director canadiense) para encontrar la canción más triste del mundo. El género fantástico, el musical y las historias de amor más atormentadas se alían para ofrecernos algo que nos parece completamente nuevo pero que mira de reojo a los clásicos.

                  Editada en DVD por Cameo.