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AL ROJO VIVO (1949) de Raoul Walsh

Para algunos será la trilogía de El Padrino (The Godfather, 1972/74/90) de Coppola; para otros Uno de los nuestros (Goodfellas, 1990) de Scorsese; los más clásicos seguirán pensando que Scarface, el terror del hampa (Scarface, shame of a nation, 1932) de Hawks aún no ha sido superada. Para mí la mejor película de gángsters es Al rojo vivo (White heat), la historia de Cody Jarrett buscando por todos los medios la cima del mundo. Prohibido pestañear.

        En el film de Walsh no hay montajes paralelos, ni tiroteos coreografiados, ni lecturas shakesperianas ni planos congelados. El personaje principal no es un moderno Robin Hood, ni un tipo abocado al crimen por las circunstancias, ni un héroe de vuelta de todo con un halo romántico. Tampoco hay aquí moralina barata, ni mensaje a los ciudadanos honrados para que confíen en que la policía siempre gana a los malos. Y, desde luego, no hay asomo de típica historia de amor metida con calzador. En Al rojo vivo hay una banda de asesinos y atracadores al mando de un chalado enfermo, un niño con una pistola, dependiente de una madre tan despiadada como él, y casado con una Virginia Mayo que ronca y que se la pega con otro de la banda que aspira a ser el jefe. Cadáveres y traiciones a la orden del día. Y al otro lado los polis (Edmond O´Brien, enorme como siempre), que intentan por todos los medios borrar a Jarrett y a su banda del mapa. Muerto el perro se acabó la rabia. No hay más. Violenta, trepidante, y sin concesiones para la galería, Al rojo vivo abre nuevos caminos que pronto transitarán, entre otros, Robert Aldrich o Don Siegel. 

        Y aunque el guión, el montaje y el ritmo son absolutamente redondos, la película está en deuda con Cagney, dueño y señor de la función. Cagney metiéndole cuatro balazos al maletero de un coche, mientras se come una pata de pollo, porque dentro hay un tipo al que le falta el aire (¿se basaría Scorsese en esta escena para el inicio de Uno de los nuestros?); su careto y su mirada tras una puerta entreabierta, a punto de liquidar al traidor Ed; y, cómo no, Cagney gritando por fin: “¡Lo conseguí, Ma! ¡La cima del mundo!” antes de saltar por los aires, en uno de los mejores finales que se hayan visto.

        Cody Jarrett consigue, finalmente, alcanzar la cima del mundo -aunque no precisamente la que buscaba-, y Walsh, con esta película, la cima del cine.

              Editada en DVD por Warner.

KUROSAWA. Un documental sobre la vida del maestro

Como complemento a la autobiografía de Kurosawa que desde hace ya varios años tenemos a nuestro alcance en su traducción al español, nada mejor que echarle un vistazo a este extenso documental, dirigido por Adam Low, que nos acerca aún más la vida y las películas de quien es considerado, junto a Mizoguchi, Ozu y Naruse, uno de los cuatro grandes del cine japonés, y el más accesible a la mirada occidental.

        A través de la narración de Sam Shepard y los testimonios del propio cineasta, su familia, y varios de sus colaboradores, las imágenes nos muestran los momentos más decisivos de la vida de Kurosawa -la estricta educación recibida, el suicidio de su hermano, la crisis tras el fracaso de su propia productora al estrenar Dodes´ka-Den (1970), que le lleva a no encontrar financiación en su propio país y a un intento de suicidio, etc- y de su trayectoria como director, desde sus inicios como guionista en films propagandísticos y los primeros trabajos como realizador durante la guerra y la ocupación estadounidense, pasando por sus grandes obras maestras -que descubren el cine japonés a gran parte de la crítica europea y que son, algunas de ellas, objeto de remakes-, hasta sus últimos films producidos en el extranjero, con capital soviético Dersu Uzala (1975) y con capital norteamericano (Lucas, Coppola y Spielberg) desde Kagemusha (1980) hasta Madadayo (1993), su testamento cinematográfico.

           Editado en DVD por Filmax.