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TRES PADRINOS (1948) de John Ford

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La novela de Peter B. Kyne en que se basa Tres padrinos (3 Godfathers) ya había sido llevada al cine en varias ocasiones, una de ellas por el propio Ford -a quien encantaba la historia- bajo el título Marked Men (1919). Como, al parecer, el montaje final de esa versión muda fue manoseado, como tantas veces, por la productora, el cineasta decidió volver a rodarla años después, esta vez con mayor libertad.

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Escrito por Frank S. Nugent y Laurence Stallings y dedicado a la memoria de Harry Carey, protagonista de la anterior versión y amigo de Ford, el film cuenta las desventuras de tres forajidos de buen corazón (John Wayne, Pedro Armendáriz y Harry Carey Jr.) que, tras asaltar un banco, son perseguidos sin tregua por el sheriff (Ward Bond) y sus ayudantes. Durante su huida por el desierto encuentran, en una carreta, a una mujer moribunda a punto de dar a luz. Tras nacer el niño, se convertirán en sus tres padrinos, en sus tres Reyes Magos particulares.

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De claras connotaciones religiosas y salpicado de abundantes elementos cómicos que lo desdramatizan, el argumento de Tres padrinos puede resultar, visto hoy, algo ingenuo y edulcorado, demasiado ligero e intrascendente como para dar a luz una estupenda película; pero la puesta en escena de Ford demuestra, una vez más, que el cariño con el que filmaba a sus personajes estaba por encima de cualquier historia. Escenas como la de la tormenta de arena, totalmente real y que al parecer no estaba prevista, mucho más efectiva, por supuesto, que si se hubiera creado con efectos digitales; el hallazgo de la mujer, filmado desde el interior de la carreta y mostrando su abertura como si fuera la entrada a un portal (de Belén); su entierro tras conseguir dar a luz, una preciosidad nada recargada, como suele ser habitual en el cine de Ford, y dibujada con cuatro sencillos trazos, o la muerte del joven William, herido, agotado y sediento, tras haber superado lo peor de la travesía hacia el pueblo de Nueva Jerusalén, son perlas que Ford creó para presentarnos a los tres Reyes Magos más entrañables de la historia del cine.

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Editada en DVD por Warner.

ENTRE DOS JURAMENTOS (1950) de Robert Wise

20121123025104-two-flags-westSangre en la luna (Blood on the Moon, 1948) y Entre dos juramentos (Two Flags West), las dos únicas aportaciones al western de parte del todoterreno Robert Wise, permanecen hasta tal punto en el olvido que ni siquiera aparecen citadas en muchos de los más prestigiosos estudios sobre el género publicados en nuestro país. En mi opinión, ambas guardan suficientes elementos de interés como para ser rescatadas, y especialmente la segunda, a pesar de la falta de intensidad en algunas de sus secuencias y de cierta debilidad en el dibujo de los personajes, nos ofrece momentos magistrales que ningún aficionado al género, sobre todo los devotos del cine de John Ford, debería perderse.

La historia nos traslada al año 1864, durante la Guerra de Secesión norteamericana. A un grupo de presos sudistas al mando del coronel Tucker (Joseph Cotten) se les ofrece la libertad a cambio de prestar su ayuda en la lucha contra los apaches. Liderados por el capitán Bradford (Cornel Wilde), se dirigen a Fort Thorn, en Nuevo Méjico, donde encuentran al comandante Kenniston (Jeff Chandler), un soldado amargado que arrastra una pierda ortopédica como recuerdo de una batalla, que odia por igual a los indios y a los sudistas y que está enamorado sin esperanza de la joven Elena (Linda Darnell), la viuda de su hermano. Tras el asesinato a sangre fría del hijo del jefe apache a manos de Kenniston, el grupo de Tucker deberá escoger entre escapar traicionando su juramento o quedarse para defender el fuerte.

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El guión, firmado por Casey Robinson, está basado en una historia escrita por Frank S. Nugent y Curtis Kenyon. Nugent fue uno de los habituales guionistas de John Ford a partir de Fort Apache (1948), que adaptaba la novela de James Warner Bellah titulada Massacre. No es, pues, de extrañar que de la aportación de Nugent en dos films tan cercanos en el tiempo surjan algunas similitudes argumentales, sobre todo en lo que concierne al personaje de Kenniston, un trasunto del fanático coronel Thursday que interpretó Henry Fonda en la película de Ford. Pero es en la realización de Wise donde más se deja notar el magisterio del gran cineasta tuerto, la huella de una forma inconfundible de entender el western.

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Desde la excepcional escena que abre la película, situada en el lugar donde está confinado el grupo sudista y dominada por la espléndida fotografía de Leon Shamroy, hasta el paseo final de Tucker y Elena entre las tumbas de los caídos en la batalla, son numerosos los momentos magistralmente resueltos por Wise “a la manera de Ford”: el paso de los soldados rebeldes cantando las canciones de su tierra; los planos largos que muestran a los jinetes bajo un cielo plagado de nubes; las madres abrazando a sus pequeños durante el ataque de los indios; Elena curando las heridas de los soldados…Y por encima de todos, ese breve y bellísimo plano en el que Kenniston se despide de Elena, agotada y dormida, acariciándole el cabello, antes de abandonar sus armas y salir del fuerte para entregar su vida a los apaches a cambio de la de sus hombres: un sacrificio filmado por Wise de manera casi fantasmagórica, como si de una de sus películas de terror se tratara; un gesto heroico y suicida similar a los que, años más tarde, serán elemento característico del cine de Sam Peckinpah.

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Sin llegar a ser una película redonda, por las razones señaladas al comienzo, Entre dos juramentos ofrece motivos más que suficientes para ser considerada, aunque sólo sea fragmentariamente, uno de los mejores legados del western fordiano y para ser ampliamente revalorizada por sí misma.

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Editada en DVD por Impulso.