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LA CASA NÚMERO 322 (1954) de Richard Quine

Tras el atraco a un banco en el que es asesinado el guardia de seguridad, el policía Paul Sheridan (Fred MacMurray) entra en contacto, por orden de sus superiores, con la amante del criminal (Kim Novak) con el fin de obtener información sobre su paradero; pero cuando la pasión surge entre ambos, deciden hacerse con el botín del robo y huir juntos. Para ello, Sheridan deberá burlar la vigilancia que él mismo y sus compañeros han establecido día y noche ante el apartamento de la chica y sorprender a su amante cuando venga a visitarla.

Diez años después de Perdición (Double Indemnity, 1944), una de las obras maestras de Billy Wilder, el nunca suficientemente reconocido Fred MacMurray interpreta un papel similar, el de un tipo en principio íntegro y honrado que, harto de no poder escapar de una vida mediocre, cae en la doble tentación de conseguir a la chica y el dinero fácil; pero el guion de La casa número 322 (Pushover), escrito por Roy Huggins a partir de una novela de Bill S. Ballinger, se aleja del cinismo despiadado y la frialdad de que hacía gala el film de Wilder y se adentra en un territorio en el que tienen cabida el romanticismo y los escrúpulos: el personaje de MacMurray no es el típico policía corrupto y violento dispuesto a todo y el de Kim Novak no responde ni de lejos al de la femme fatale tan habitual en el género.

En una de sus contadas incursiones en el cine negro, Richard Quine realiza una película tensa y claustrofóbica gracias a una puesta en escena que aprovecha al máximo los espacios cerrados, donde todos los personajes se cruzan y se vigilan constantemente, pero a la que quizá le falte algo de nervio en sus diálogos y un mejor dibujo de personajes, sobre todo en el caso del jefe de policía al que interpreta un desaprovechado E. G. Marshall y en el de la vecina, decisiva en el desenlace, a la que presta rostro y talento la gran Dorothy Malone, para superar el escalón que la separa de la cima del género. Aun así, hora y media más que recomendable en compañía de MacMurray y de una Kim Novak a la que ni siquiera le hace falta esforzarse mucho para deslumbrarnos desde su primera aparición en pantalla, desde la magistral escena en que se conocen los dos protagonistas y que abre el film tras los títulos de crédito.

 

 

 

 

 

RECUERDO DE UNA NOCHE (1940) de Mitchell Leisen

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Recuerdo de una noche (Remember the Night) nos cuenta la historia de una ladrona llamada Lee (Barbara Stanwyck) cuyo juicio se aplaza por las fiestas navideñas. El fiscal del distrito, Jack Sargent (Fred MacMurray) se apiada de ella y, tras pagar su fianza, la acompaña a casa de su madre. Ante el rechazo de esta, Jack decide llevarse a Lee a pasar la Navidad y la Nochevieja con su propia familia.

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Respondiendo a una de las características más reconocibles del cine de Leisen -la mezcla de diferentes géneros en una misma película con sorprendente fluidez-, Recuerdo de una noche comienza siendo, hasta la visita a la madre de Lee, una divertidísima comedia marca de la casa de su guionista Preston Sturges y en su último tercio, cuando Lee ha de pasar finalmente cuentas con la justicia, pasa a adquirir un tono más serio y oscuro de drama romántico, en el que brilla especialmente la fotografía de Ted Tetzlaff.

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En medio, las escenas junto a la madre y la tía de Jack (Beulah Bondi y Eizabeth Patterson), una pareja de ancianas entrañables que hacen pasar a Lee las mejores Navidades de su vida, y la fiesta de Nochevieja en el granero del pueblo, que acabará por unir para siempre al abogado y la ladrona rehabilitada gracias al espíritu navideño, acaban de redondear un film repleto de buenas intenciones hollywoodienses pero también de esa maravillosa inocencia recreada a base de talento cinematográfico a la que nunca nos cansamos de regresar.

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Editada por Impulso.

¡FELIZ 2016 PARA TODOS!