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MATEN AL LEÓN de Jorge Ibargüengoitia

JorgeIbarguengoitia

Al día siguiente, Bonilla, Paletón y el señor de la Cadena se levantaron a buena hora, hicieron sus necesidades ante el guardia de vista, se rasuraron con navaja prestada, se confesaron con el Padre Inastrillas, caminaron por los pasillos de la Jefatura entre un pelotón de la Policía Montada y se pararon en el patio de servicio, dando la espalda al muro de prácticas, mirando cómo los montados se hincaban, cortaban cartucho, apuntaban y disparaban. Murieron rayando el sol.

A la ejecución asistieron Jiménez, envuelto en un capote prusiano que lo hacía sudar a chorros, Galvazo, desveladón, un Ministro de la Suprema Corte, que fue quien dio fe, Cardona, en representación de la presidencia, con órdenes de asegurarse de que quedaran bien muertos los culpables, el Padre Inastrillas, que echó la bendición, y varios periodistas y fotógrafos.

El tiro de gracia estuvo a cargo del teniente Ibarra, personaje oscuro, que no volverá a aparecer en esta historia, ni en ninguna otra, porque murió esa misma noche de congestión alcohólica.

La literatura en castellano ha tratado en no pocas ocasiones el tema político del tirano, hasta convertirlo prácticamente en un subgénero por el que han transitado grandes nombres como Valle-Inclán, García Márquez, Roa Bastos o Vargas Llosa. maten-al-leon_jorge-ibarguengoitia_libro-OAFI970A esta ilustre lista se unió el mucho menos conocido Jorge Ibargüengoitia con Maten al león (1969), magnífica novela que se sirve del humor como herramienta de crítica, marca de la casa de este autor mejicano fallecido en el accidente aéreo de 1983 en Mejorada del Campo (Madrid).

Ambientada en un país ficticio, la novela narra el complot del partido en la oposición para asesinar al presidente Belaunzarán, al que se refieren como “el Gordo”, un tirano inculto y salvaje que pretende perpetuarse en el poder aunque para ello tenga que sobornar, corromper o llevarse por delante a todo aquel que pueda arrebatárselo. La mala suerte, la inutilidad y la falta de arrojo provocarán que los sucesivos intentos de magnicidio fracasen y que los conjurados vayan cayendo como moscas.

Ibargüengoitia construye una farsa demoledora repleta de inteligencia y sarcasmo en la que no deja títere con cabeza, burlándose tanto del tirano como de quienes pretenden correrle la poltrona para sentarse en ella, personajes acomodados que juegan a ser valientes mientras se pegan sus grandes juergas y coquetean por los salones y jardines. Una parodia política y social, divertida y a la vez muy seria, que demuestra una vez más que en las luchas por el poder los pobres siempre son los grandes olvidados y que cualquier acto revolucionario ha de surgir forzosamente del pueblo.

-Amigo Pereira -dice Cussirat-, soy un fracasado. Lo intenté matar tres veces. La primera les costó la vida a los moderados, la segunda, a mi novia, y la tercera, a mi mozo, que fue uno de los hombres más extraordinarios que he conocido, y a mi gran amigo de la infancia. Yo, que soy el responsable, me salvo, me vengo a meter en una choza, veo pobres por primera vez, duermo mal, y descubro que, después de todo, los pobres van a seguir siendo pobres, y los ricos, ricos. Si yo hubiera sido Presidente, hubiera hecho muchas cosas, pero no se me hubiera ocurrido darles dinero. ¿Así que qué importancia tiene que el Presidente sea un asesino o no lo sea?

-A mí nunca me había importado -dice Pereira, que ha seguido, con atención, el razonamiento.

-Usted es sabio -dice Cussirat.

Publicada por RBA.

EL DÍA DEL JUICIO de Salvatore Satta

Después de tantas lecturas “imprescindibles” que a menudo resultan no serlo, de tantos autores prestigiosos a los que cualquier buen lector debe conocer, de tantos suplementos literarios y tantas campañas publicitarias que intentan o consiguen convencernos de que la última novela de Fulanito es la hostia en vinagre, de repente encontramos al azar, por pura suerte, porque ese día nos fijamos en ella como podíamos no haberlo hecho, una novela completamente desconocida, de un autor del que nunca habíamos oído hablar, y tras leerla y considerarla inmediatamente una de las lecturas de nuestra vida comenzamos a preguntarnos cuántos escritores permanecen en el olvido sin merecerlo, o incluso cuántas grandes novelas, por una u otra razón, ni siquiera llegan a ver la luz.  

        A Salvatore Satta, jurista de profesión, le dio un buen día por echar la vista atrás, pasar cuentas con su Nuoro natal y llenar de recuerdos una novela titulada El día del juicio (Il giorno del giudizio, 1979). Por sus páginas desfilan los poderosos y los humildes, las prostitutas y las beatas, los maestros, los curas, los políticos y los que emigran en busca de una vida mejor para volver poco después a enclaustrarse en esa Nuoro testigo impasible del paso de los años, personajes tratados por el Satta narrador con dureza no exenta de ternura y humor, igualados en el momento del juicio y de la muerte, reunidos para siempre en el omnipresente cementerio.   

        Comparada con El gatopardo (Il gattopardo, 1958) de Lampedusa (a mí me recuerda también a Pedro Páramo (1955) de Juan Rulfo y a Cien años de soledad (1967) de García Márquez, y la sitúo sin rubor a su misma altura), El día del juicio es una obra maestra de la literatura sobre el discurrir inexorable del tiempo, que parece levantar polvo al pasar sus páginas pobladas por pobres difuntos a la espera de que el narrador los resucite por un instante. Cada una de sus frases, cada uno de sus portentosos fragmentos, merece la lectura más atenta y pausada, incluso volver de vez en cuando sobre nuestros pasos a medida que vamos avanzando, a fin de poder apreciar por completo la maestría de este novelista ocasional, que ni siquiera pudo ver publicada su novela, ya que falleció en 1975. 

        Aquí os dejo un fragmento, uno de los innumerables que podría haber escogido. Probablemente no venga a cuento, pero sus últimas líneas me recuerdan a la escena final de otra obra maestra, esta vez del cine, titulada Ocho y medio (Otto e mezzo, 1963) de Federico Fellini. Cosas mías. En cualquier caso, si alguien emplea unos minutos en leerlo quizá se decida a descubrir una de las más grandes novelas (esta vez sí) de la literatura del siglo xx.

“En un radio de cien metros podría señalar desde aquí los límites de los viejos y húmedos muros. Basta seguir todo lo que aparece ennegrecido por el tiempo, descascarillado, olvidado, lo que ha muerto por segunda vez. Y más allá de estas pobres tumbas se extiende todavía un breve pedazo de tierra, breve e infinito, con algún resto de cruces inclinadas, alguna cruz derribada, como si hubiera agotado su función. Me pregunto si hay más esperanza en todas aquellas tumbas donde los muertos están solos o en esta tierra bajo la cual los huesos de infinitas generaciones se acumulan y se confunden, se han hecho tierra también ellos. En este remotísimo rincón del mundo, ignorado por todos salvo por mí, siento que la paz de los muertos no existe, que los muertos están libres de todos los problemas, menos de uno, del de haber estado vivos. En las tumbas etruscas rumian los bueyes, las mayores se han convertido en establos. Sobre los lechos de piedra dejan las ollas y los cestos, los humildes instrumentos de la vida pastoril. Nadie recuerda que sean tumbas, ni siquiera el ocioso turista que se encarama por el sendero excavado en la roca, y se aventura en la profunda oscuridad donde resuena su voz. No obstante, ellos siguen estando allí, desde hace dos mil, tres mil años, porque la vida no puede vencer a la muerte, ni la muerte puede vencer a la vida. La resurrección de la carne comienza el mismo día en que se muere. No es una esperanza, no es una promesa, no es una condena. Pietro Catte, el que se colgó de un árbol la noche de Navidad, en la tanca de Biscollai, creía que podía morir.Y ahora también él está aquí (porque los curas, haciéndole pasar por loco, lo sepultaron en la tierra consagrada) con don Pasqualino y Fileddu, don Sebastiano y el ziu Poddanzu, el canónigo Fele y el maestro Ferdinando, los campesinos de Sèuna y los pastores de San Pietro, los curas, los ladrones, los santos, los ociosos del Corso; todos en una mezcla inextricable, aquí debajo.

        Como en una de aquellas absurdas procesiones del paraíso dantesco desfilan en hileras interminables, pero sin coros ni candelabros, los hombres de mi estirpe. Todos se dirigen a mí, todos quieren dejar en mis manos el hatillo de su vida, la historia sin historia de su haber existido. Palabras de oración o de ira susurran con el viento entre los matorrales de tomillo. Una corona de hierro se balancea sobre una cruz desprendida. Y tal vez mientras pienso su vida, porque escribo su vida, me ven como un dios ridículo que les ha llamado a congregarse en el día del juicio, para liberarles para siempre de su memoria.” 

             Traducción de Joaquín Jordá.

             Publicada por Anagrama (colección Otra vuelta de tuerca).

EL CHACAL DE NAHUELTORO (1969) de Miguel Littín

Posiblemente el libro de García Márquez La aventura de Miguel Littín clandestino en Chile (1986) haya ayudado lo suyo para descubrir la figura del cineasta chileno en nuestro país. Aun así, la mayor parte de su filmografía sigue siendo una gran desconocida entre nosotros. 

        El chacal de Nahueltoro cuenta la historia real de José del Carmen Valenzuela Torres, un hombre analfabeto, alcoholizado y violento, casi un animal salvaje, que en 1960 asesinó, a sangre fría y bajo los efectos del alcohol, a la mujer que le había dado cobijo y a sus hijos. La presentación del personaje y la narración de los crímenes ocupa la primera parte de la película, y para ello el cineasta se sirve, quién sabe si para relacionarlo con el carácter del personaje, de un montaje nervioso repleto de breves elipsis, casi a la manera de los primeros films de Godard. Tras el arresto del criminal, Littín realiza una larga y serena escena en la que los cadáveres son transportados a caballo ante la mirada de las gentes, un fragmento precioso de cine que a mí me recuerda el momento en que los jinetes comandados por William Holden abandonan el poblado mejicano en Grupo salvaje (The Wild Bunch) de Sam Peckinpah, curiosamente también de 1969.

        La segunda parte del film, más reposada y cercana al cine documental, y que en ocasiones me recuerda al cine de Rossellini, nos muestra cómo José aprende a leer y escribir, sus esfuerzos en aprender un oficio, el descubrimiento -en otro magnífico momento- de que se pueden dar patadas a una pelota y convertir eso en un juego, la aceptación y la práctica, gracias al cura de la prisión, de la religión cristiana…la transformación, en fin, de José en un hombre civilizado que reconoce la barbaridad que cometió, mientras espera el día en que será fusilado.

        El tono que confiere Littín a la película nunca roza lo panfletario, aunque sí pone de manifiesto que el hombre al que ejecutan ya no es el mismo que cometió los crímenes, mostrando claramente su oposición a la pena de muerte. Y cuando eso se consigue mostrar con imágenes no son necesarios los discursos que entorpecen el cine.

                  Editada en DVD por Filmax.

LA HORA AZUL de Alonso Cueto

Quienes han leído Operación masacre (1957), del escritor argentino Rodolfo Walsh, sostienen que fue el pistoletazo de salida de la novela de no-ficción o basada en hechos reales, años antes de que apareciera A sangre fría (1965) de Truman Capote, que sigue siendo la obra más representativa del género y que durante mucho tiempo ha sido considerada su pionera. Controversias aparte, lo cierto es que esta literatura ha dado muchos y buenos frutos en la novela hispanoamericana, y hasta García márquez en Noticia de un secuestro (1996) o Ricardo Piglia en Plata quemada (1997) se han dejado tentar por ella. La hora azul (2005) del peruano Alonso Cueto, no es de las más conocidas pero sí de las mejores.

        Ganadora del Premio Herralde, La hora azul cuenta la obsesión del abogado Adrián Ormache, hijo de un oficial del ejército durante la guerra de Sendero Luminoso, por encontrar a la mujer a quien su padre le perdonó la vida, la única que pudo escapar del cuartel donde se las torturaba, violaba y asesinaba. A partir de esta historia real y de los datos documentados sobre Sendero Luminoso, y utilizando recursos propios de la novela policiaca, Cueto escribe una novela sobre el lado humano de los verdugos y la posibilidad de que sean perdonados, sobre cómo el pasado que apenas conocemos se cuela en nuestro presente y nos obliga a intentar completar una parte de nuestras vidas.

“Me imaginé cómo se vería desde allí una noche poblada de estrellas. Las manos temblando, la mujer llamada Miriam poniéndose el uniforme de Guayo y saliendo a aquel camino, y apenas volteando hacia ese hueco de la pequeña torre en la que estaba el vigía. Ella había prendido el cigarrillo, estaba concentrada en toda la extensión de sus músculos, acertando a dar con la voz de Guayo, voy a dar una vuelta, sus hombros buscaban el espacio donde avanzar sin despertar sospechas, encontrando la franja de aire que la separaba y la aproximaba al vigía, voy a dar una vuelta le había dicho, luego había pasado debajo del vigía y había logrado entrar al aire de fuera. Quizá había visto el milagro de una mano en alto, una mano que aceptaba su salida, hasta llegar al gran espacio negro a la derecha. Quizá había llegado al lugar en el que yo estaba en ese instante, ella caminando junto a esas piedras, no podía ceder al impulso de correr, había seguido con la caminata bajo el humo del cigarrillo, expuesta al cielo, sin apurarse, sin voltear, en la urgencia contenida de hacerse invisible hasta que pudiera llegar a ese camino desde donde se veía el cuartel. Traté de imaginarla allá, sobre el camino de piedras, abrazándose al frío, entrando a la negrura, a la parálisis de la velocidad, ¿así?, ¿había sido así?”

                 Publicada por Anagrama.