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BIRDS IN THE NIGHT de Luis Cernuda

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De nuevo por aquí mi poeta preferido de la Generación del 27, esta vez con su homenaje a Arthur Rimbaud y Paul Verlaine, incluido en su último libro Desolación de la quimera (1962).

BIRDS IN THE NIGHT

El GOBIERNO francés, ¿o fue el gobierno inglés?, puso una lápida

En esa casa 8 Great College Street, Camden Town, Londres,

Adonde en una habitación Rimbaud y Verlaine, rara pareja,

Vivieron, bebieron, trabajaron, fornicaron,

Durante algunas breves semanas tormentosas.

Al acto inaugural asistieron sin duda embajador y alcalde,

Todos aquellos que fueron enemigos de Verlaine y Rimbaud cuando vivían.

 

La casa es triste y pobre, como el barrio,

Con la tristeza sórdida que va con lo que es pobre,

No la tristeza funeral de lo que es rico sin espíritu.

Cuando la tarde cae, como en el tiempo de ellos,

Sobre su acera, húmedo y gris el aire, un organillo

Suena, y los vecinos, de vuelta del trabajo,

Bailan unos, los jóvenes, otros van a la taberna.

 

Corta fue la amistad singular de Verlaine el borracho

y de Rimbaud el golfo, querellándose largamente.

Mas podemos pensar que acaso un buen instante

Hubo para los dos, al menos si recordaba cada uno

Que dejaron atrás la madre inaguantable y la aburrida esposa.

Pero la libertad no es de este mundo, y los libertos,

En ruptura con todo, tuvieron que pagarla a precio alto.

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Sí, estuvieron ahí, la lápida lo dice, tras el muro,

Presos de su destino: la amistad imposible, la amargura

De la separación, el escándalo luego; y para éste

El proceso, la cárcel por dos años, gracias a sus costumbres

Que sociedad y ley condenan, hoy al menos; para aquél a solas

Errar desde un rincón a otro de la tierra,

Huyendo a nuestro mundo y su progreso renombrado.

 

El silencio del uno y la locuacidad banal del otro

Se compensaron. Rimbaud rechazó la mano que oprimía

Su vida; Rimbaud la besa, aceptando su castigo.

Uno arrastra en el cinto el oro que ha ganado; el otro

Lo malgasta en ajenjo y mujerzuelas. Pero ambos

En entredicho siempre de las autoridades, de la gente

Que con trabajo ajeno se enriquece y triunfa.

 

Entonces hasta la negra prostituta tenía derecho de insultarles;

Hoy, como el tiempo ha pasado, como pasa en el mundo,

Vida al margen de todo, sodomía, borrachera, versos escarnecidos,

Ya no importan en ellos, y Francia usa de ambos nombres y ambas obras

Para mayor gloria de Francia y su arte lógico.

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Sus actos y sus pasos se investigan, dando al público

Detalles íntimos de sus vidas. Nadie se asusta ahora, ni protesta.

«¿Verlaine?» Vaya, amigo mío, un sátiro, un verdadero sátiro

Cuando de la mujer se trata; bien normal era el hombre,

Igual que usted y que yo. «¿Rimbaud?» Católico sincero, como está demostrado.

Y se recitan trozos del «Barco ebrio» y del soneto a las «Vocales»

Mas de Verlaine no se recita nada, porque no está de moda

Como el otro, del que se lanzan textos falsos en edición de lujo;

Poetas jóvenes, por todos los países, hablan mucho de él en sus provincias.

 

¿Oyen los muertos lo que los vivos dicen luego de ellos?

Ojalá nada oigan: ha de ser un alivio ese silencio interminable

Para aquellos que vivieron por la palabra y murieron por ella,

Como Rimbaud y Verlaine. Pero el silencio allá no evita

Acá la farsa elogiosa repugnante. Alguna vez deseó uno

Que la humanidad tuviese una sola cabeza, para así cortársela.

Tal vez exageraba: si fuera sólo una cucaracha, y aplastarla.

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DONDE HABITE EL OLVIDO de Luis Cernuda

La figura de Luis Cernuda siempre ha sido la que más me ha atraído de la GeneraciónLuis_Cernuda del 27, no sólo por su obra sino también por su biografía y sus ideas, mucho menos conocidas que las de Lorca o Alberti. Por descontado, su poesía, reunida bajo el título La realidad y el deseo (Alianza Editorial), me parece una de las cimas de la literatura en español.

        Dos de sus mejores libros, Los placeres prohibidos (1931) y Donde habite el olvido (1932-1933), se inspiraron al parecer en el amor no correspondido por un actor llamado Serafín Ferro. Aquí os dejo el poema que da título al segundo.

                                                                                  

                    DONDE habite el olvido,

                    En los vastos jardines sin aurora;

                    Donde yo sólo sea

                    Memoria de una piedra sepultada entre ortigas

                    Sobre la cual escapa a sus insomnios.

 

                    Donde mi nombre deje

                    Al cuerpo que designa en brazos de los siglos,

                    Donde el deseo no exista.

 

                    En esa gran región donde el amor, ángel terrible,

                    No esconda como acero

                    En mi pecho su ala,

                    Sonriendo lleno de gracia aérea mientras crece el tormento.

 

                    Allá donde termine este afán que exige un dueño a imagen

                           suya,

                    Sometiendo a otra vida su vida,

                    Sin más horizonte que otros ojos frente a frente.

 

                    Donde penas y dichas no sean más que nombres,

                    Cielo y tierra nativos en torno de un recuerdo;

                    Donde al fin quede libre sin saberlo yo mismo,

                    Disuelto en niebla, ausencia,

                    Ausencia leve como carne de niño.

 

                    Allá, allá lejos;

                    Donde habite el olvido.