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EL CASO DE LUCY HARBIN (1964) de William Castle

Poniendo en situación al cinéfilo curioso: una Joan Crawford con ojos de cabra loca sorprende a su marido con su amante y, lógicamente, agarra un hacha que estaba a mano y los hace pedacitos ante los infantiles ojos de su hijita. Tras veinte años en un manicomio, se va a vivir a la granja de la hija, quien pretende casarse con un joven ricachón en contra de la voluntad de los padres. Como artistas invitados, el encargado de convertir en comida a los animalitos de la granja (cómo no, con un hacha), un tarado con el careto del gran George Kennedy, y el doctor del manicomio, que casualmente pasaba por ahí. Uno tras otro irán perdiendo, literalmente, la cabeza.

        Con ustedes, William Castle, productor de, entre otras, La semilla del diablo (Rosemary´s Baby, 1968) de Polanski y director especializado en películas de terror y suspense de bajo, o bajísimo, presupuesto, algunas de las cuales han sido objeto del correspondiente remake modernizador. Cineasta de culto, considerado a menudo el Hitchcock de la serie B o incluso Z, su filmografía guarda ciertos paralelismos con la del cineasta inglés, y no sólo por compartir género. Como muestra, ahí está Homicidio (Homicidal, 1961), una especie de extravagante homenaje o vuelta de tuerca a Psicosis (Psycho, 1960). Y sin ir más lejos, en El caso de Lucy Harbin (Strait-Jacket) el guión (o lo que sea) viene firmado por Robert Bloch, autor de la novela en que se basó Psicosis, y la actriz que interpreta a la hija de Joan Crawford es Diane Baker, a la que pudimos ver en Marnie, la ladrona (Marnie), también de 1964.

        La película en cuestión es una de las más atractivas y definitorias del “estilo Castle”: un disparatado argumento en el que poco importan la verosimilitud y la lógica del desarrollo dramático y de los personajes, con momentos absolutamente delirantes como el encuentro entre la Crawford y Kennedy cuando éste se dispone a sacrificar una gallina o la escena en que Lucy, tras tomarse un par de copas, intenta seducir al novio de su hija ante sus propias narices. En resumen, un completo dislate que se disfruta precisamente por su falta de seriedad y que no es más que una excusa, un relleno entre el que se cuelan los cuatro crímenes filmados con mano maestra, cuatro escenas claustrofóbicas repletas de tensión y suspense, extraordinariamente fotografiadas y planificadas, en las que Castle demuestra que era grande a la hora de conseguir lo único que pretendía: asustar durante un rato al respetable.

                        Editada en DVD por Impulso Records.

CHARADA (1963) de Stanley Donen

Es muy posible que una película como Charada (Charade) nunca ocupe un puesb70-9705to en ninguna lista de las mejores películas de la historia, y probablemente no lo merezca si nos atenemos a su importancia en el desarrollo del cine, su influencia posterior, la ausencia de interpretaciones intelectuales en su argumento, y demás razones que nos importan más bien poco cuando nos sentamos ante la pantalla. Aunque nos hagan disfrutar una y mil veces, este tipo de films seguirá viéndose desplazado por el prestigio de egregios castigos firmados por Resnais, Pasolini, Bertolucci, Antonioni o, incluso, Robert Altman. Y es que, a veces, el género humano merece todo el aburrimiento que le caiga encima.

        Charada es, sencillamente, un fiestón para los que buscan una buena historia que les mantenga clavados a la butaca durante un par de horas. Desde su inicio, con la escena que sirve de prólogo, los fantásticos títulos de crédito, la música de Henry Mancini, y el plano de una pistola apuntando a Audrey Hepburn, la película de Donen es como una montaña rusa que no da un momento de respiro. En el impresionante guión de Peter Stone -basado en una historia del propio Stone y de Marc Behm, autor de esa esa joya de la novela negra que es La mirada del observador (The eye of the beholder, 1980)- caben la intriga, la acción, el humor, el romanticismo, las sorpresas constantes y unos cuantos cadáveres, y el resultado, de la mano de Donen, es un manual de ritmo cinematográfico al que ni se acercan las películas actuales del género. Y, cómo no, al frente de un reparto de lujo (Walter Matthau, James Coburn, George Kennedy), Cary Grant y Audrey Hepburn, él veinticinco años mayor y qué más da.

        Donen intentó repetir la fiesta tres años después con Arabesco (Arabesque, 1966), pero la cosa no acabó de cuajar. Yo, desde luego, volveré de vez en cuando a repetirla.

              Editada en DVD por Universal.