Archive for the ‘George V. Higgins’ Tag

LAIDLAW de William McIlvaney

El argumento de Irène (Travail Soigné, 2006), la espléndida y adictiva primera novela de Pierre Lemaitre, giraba en torno a un asesino en serie cuyos crímenes eran reproducciones de los narrados en grandes novelas criminales. Uno de ellos, el de una joven violada y asesinada en un parque, lo copiaba del que centra la investigación policial en Laidlaw (1977), una obra maestra escrita portentosamente por el escocés William McIlvaney.

No busquen los aficionados al género muchos asesinatos, un misterio enrevesado por resolver, un culpable al que descubrir o una tensión que te obligue a pasar página tras página robándole horas al sueño; esto no es territorio Lemaitre. En Laidlaw solo hay un crimen y la identidad de su autor es conocida por el lector -no por la policía- desde el principio. Lo que encontramos aquí es una ciudad, Glasgow, maravillosamente definida en sus contrastes entre la vida de la gente “normal” y la de los habitantes de los bajos fondos y una galería de personajes sin desperdicio perfectamente dibujados por McIlvaney y merecedores, cada uno de ellos, de su momento de gloria literaria. Desde el inspector Laidlaw y su primerizo ayudante Harkness hasta Bud Lawson, el vengativo padre de la muchacha asesinada, pasando por tipos duros que solo siguen sus propias reglas, como John Rhodes o Matt Mason, o Minty “el hombre cáncer”, todos son personajes mayores al servicio de una novela que es puro talento literario, sin etiquetas, y que nos regala un sinfín de brillantísimos diálogos, solo a la altura de los de un Raymond Chandler o un George V. Higgins.

La sala le pareció tan irreal como el decorado de una obra de teatro. Al parecer, todos se sabían sus papeles. Observó al padre de Mary, tratando de detectar algún gesto de rechazo de lo que estaba oyendo. No hubo ninguno. El hombre miraba fijamente el televisor como si el clérigo le estuviera realmente diciendo algo a él. Harkness comenzó a preocuparse por el padre de Mary. También empezó a preocuparse por los pastores que se cogen las rodillas con los dedos entrelazados mientras hablan de Dios como si fuera su tío, sugiriendo más o menos que en realidad Dios no es tan mal muchacho cuando lo conoces y que, sea cual sea su pasado, tiene buenas intenciones para el futuro. También comenzó a preocuparse por la madre de Mary, que hacía galletas de jengibre, y por la propia Mary. Harkness comenzó a preocuparse por todo.

Sintió que las contradicciones hacían mella en él. El lugar donde estaba se burlaba de aquel donde había estado. Y sin embargo los dos eran Glasgow. Siempre le había gustado la ciudad, peo jamás había sido tan consciente de ella como esa noche. Captó su fuerza en las contradicciones. Glasgow es galletas de jengibre caseras y Jennifer muerta en el parque. Es la simpatía sentenciosa del comandante y la anunciada agresividad de Laidlaw. Es Milligan, insensible como un bloque de hormigón, y la señora Lawson, atontada por el sufrimiento. Es la mano derecha que te derriba de un golpe y la mano izquierda que te levanta, mientras la boca alterna disculpa y amenazas.

Al día siguiente, con Laidlaw, vería sin duda algo de la ciudad que no había visto nunca. Celoso de su cariño por ella, se recordó que lo que vería solo sería una parte muy pequeña del conjunto.

Traducción de Amelia Brito.

Publicada por RBA.

EL CONFIDENTE (1973) de Peter Yates

El día 9 de este mismo mes nos dejaba el cineasta norteamericano Peter Yates, recordado sobre todo por ser el realizador de Bullitt (1968) y de su persecución de coches por las calles de San Francisco. 

        Lejos de la espectacularidad del film protagonizado por Steve McQueen se encuentra mi película preferida de Yates, El confidente (The Friends of Eddie Coyle), basada en la excepcional novela de George V. Higgins y que podría opositar sin problemas al policiaco más austero de la historia del cine. En la trama de El confidente está la policía, los traficantes de armas y los atracadores de bancos de turno, pero en sus casi dos horas apenas hay dos o tres disparos y un par de muertos, lo imprescindible para un film en el que, sobre todo, se habla mucho y bien. En la mayor parte de sus escenas encontramos a dos personajes diciendo unos diálogos magníficamente escritos, que otorgan al film una sensación de realidad como pocas veces en el género, reforzada por unos actores que nunca buscan parecerlo y por una fotografía fría y oscura. En El confidente no hay héroes ni grandes villanos, ni  grandes gestos de cara a la galería, sólo unos personajes que se buscan la vida como pueden, que hacen lo que tienen que hacer sin mirar a los lados, sin preocuparse por lo que pueda ocurrirle al vecino, y mañana será otro día.

        Mención aparte, cómo no, para el grande entre los grandes Robert Mitchum, en un papel muy alejado de los que nos tiene acostumbrados. Su Eddie Doyle es la cruda imagen del perdedor, un patético traficante de armas que se ve obligado a convertirse en chivato de la policía para evitar ir a la cárcel y que acaba siendo manipulado y traicionado por todos. Su mirada es la viva nostalgia de otros tiempos, y su presencia, como siempre, una razón más que suficiente para la visita. 

 

                       Editada en DVD por Paramount.