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Las 100 mejores películas de terror según Cinemanía

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En su número de marzo, la revista Cinemanía nos propone su lista de las 100 mejores películas de terror de todos los tiempos, con la que nos podemos entretener un rato buscando nuestras preferidas y el puesto que ocupan o criticando la inclusión en ella de las que no nos gustan nada. Al fin y al cabo, se hacen sobre todo para eso.

Más allá de que, como a todos, me sobran bastantes de las citadas y me faltan otras tantas, en lo que menos estoy de acuerdo es en que el primer puesto lo ocupe El resplandor (The Shining, 1980) de Stanley Kubrick, una película que no me entusiasma; para mi gusto, ese lugar de honor debería ocuparlo Suspense (The Innocents, 1961) de Jack Clayton, que aquí aparece tan solo en el nº 59.

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A continuación, y a bote pronto, propongo unos cuantos títulos que no están en la lista de Cinemanía y que yo incluiría. Algunos responden simplemente a gustos muy personales; otros me parecen, además, imprescindibles del género.

Por orden cronológico:

La carreta fantasma (1921) de Victor Sjöström.

Yo anduve con un zombie (1943) de Jacques Tourneur.

El retrato de Dorian Gray (1945) de Albert Lewin.

Las diabólicas (1955) de Henri-Georges Clouzot.

Dementia (1955) de John Parker.

La noche del demonio (1957) de Jacques Tourneur.

El fotógrafo del pánico (1960) de Michael Powell.

La máscara del demonio (1960) de Mario Bava.

Ojos sin rostro (1960) de Georges Franju.

El péndulo de la muerte (1961) de Roger Corman.

El carnaval de las almas (1962) de Herk Harvey.

Las tres caras del miedo (1963) de Mario Bava.

Onibaba (1964) de Kaneto Shindô.

El caso de Lucy Harbin (1964) de William Castle.

Frankenstein creó a la mujer (1967) de Terence Fisher.

A las nueve cada noche (1967) de Jack Clayton.

Nervios rotos (1968) de Roy Boulting.

La hora del lobo (1968) de Ingmar Bergman.

El gato negro (1968) de Kaneto Shindô.

La residencia (1969) de Narciso Ibáñez Serrador.

El fantasma del paraíso (1974) de Brian De Palma.

Asesinato por decreto (1979) de Bob Clark.

En compañía de lobos (1984) de Neil Jordan.

Carretera al infierno (1986) de Mark Harmon.

Tras el cristal (1987) de Agustí Villaronga.

Jeepers Creepers (2001) de Victor Salva.

 

 

 

UN CORAZÓN EN INVIERNO (1992) de Claude Sautet

Contaba el director Claude Sautet en una entrevista que del cuento de Lermontov La princesa Mary, punto de arranque de la película, en el guión final “sólo quedó una idea: enamorar a una mujer por el placer perverso de decirle: “No la quiero”. Así actúa Stéphane, el personaje central (enorme Daniel Auteuil), cuya actitud da título al film: vacío por dentro, incapaz de reconocer y expresar sus sentimientos, jugará con los de los demás hasta autodestruirse.

            Pocas películas aúnan como ésta un ritmo pausado, fluido, con una tensión que siempre late bajo las situaciones, bajo las miradas. Los personajes son inteligentes, cultos, refinados, guardan las formas, hablan poco y generalmente de cosas banales, pero a su alrededor se notan las emociones que no se ven, que no se dicen, como si la teoría del iceberg de Hemingway sobre el relato (la mayor parte de lo que se está contando no está en la superficie) se hubiera trasladado de la literatura al cine.

            Fue en el cine Casablanca donde, hace ya 16 años, vi tres veces esta maravillosa, hipnótica película, dirigida en estado de gracia por Sautet (guionista de esa obra capital del terror europeo titulada Ojos sin rostro (Les yeux sans visage, 1960), de Georges Franju), y desde entonces he vuelto a verla varias veces en formato doméstico, y sigo pensando que es una de las obras mayores de todo el cine francés.

            Editada en DVD por Filmax.