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HOMBRES VIOLENTOS (1955) de Rudolph Maté

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El cineasta de origen austro-húngaro Rudolph Maté comenzó su andadura en esto del cine como director de fotografía, primero en Europa y después, a partir de la segunda mitad de los años 30, en Hollywood. Entre las grandes películas en que colaboró, títulos imprescindibles como La pasión de Juana de Arco (La passion de Jeanne d’Arc, 1928) y Vampyr (1932) de Dreyer, Enviado especial (Foreign Correspondent, 1940) de Hitchcock, Ser o no ser (To Be or Not to Be, 1942) de Lubitsch, Gilda (1946) de Charles Vidor o La dama de Shanghai (The Lady from Shanghai, 1948) de Welles, aunque en esta última no aparecía en los créditos.

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A partir de 1947 dio el salto a la dirección, convirtiéndose en un todoterreno más solvente que genial al servicio del drama, el noir, el cine de aventuras o el wéstern; nada comparable, desde luego, a las grandes obras que contribuyó a crear como camarógrafo, pero sí películas de género bien hechas, entre las que brilla con luz propia Hombre violentos (The Violent Men), un enérgico wéstern y un turbulento drama habitado por hombres -y mujeres- que no reparan en gastos a la hora de conseguir lo que quieren.

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El gran Glenn Ford interpreta a John Parrish, un capitán del ejército que vuelve a casa para casarse y cambiar de vida, decidido a malvender su rancho y sus tierras al mayor propietario de la zona, Lee Wilkenson, (Edward G. Robinson), un anciano ambicioso pero cuya invalidez le deja a merced de su manipuladora esposa Martha(Barbara Stanwyck). El asesinato de uno de sus trabajadores a manos de los pistoleros contratados por Wilkenson para amedrentar a todos los ganaderos de la zona provocará que Parrish cambie de opinión y decida defenderse.

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El extraordinario reparto, la música de Max Steiner y el magnífico guion de Harry Kleiner, basado en una novela de Donald Hamilton, contribuyen decisivamente a que Hombres violentos sea un wéstern destacable; pero por encima de todo ello sobresale la dirección de Maté. La planificación en panorámico, tanto en interiores (el duelo en el bar; el plano en que Martha demuestra el dominio que ejerce sobre su marido, agotado en un sillón, sin una palabra, tan solo pasándole los brazos sobre sus hombros) como en exteriores (la muerte del trabajador de Parrish; la escena en que este le comunica a Wilkenson su decisión de no vender y enfrentarse a él; la estampida de caballos, con un deslumbrante plano picado), y su capacidad para dotar de la fuerza, el nervio y el ritmo necesarios a esta historia febril, de pulsiones primitivas, repleta de hombres y mujeres dispuestos a matar o morir por justicia, venganza, ambición u amor, sitúan a este film por encima de la media de la ingente cantidad de obras poco conocidas que pueblan el género.

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Editada en DVD por Sony.

 

 

LOS SOBORNADOS (1953) de Fritz Lang

El cine policiaco clásico norteamericano no suele mostrarnos la rutina doméstica de los agentes de la ley, las cenas y las bromas compartidas con la esposa hasta que una llamada urgente las interrumpe o el momento en que hay que darle las buenas noches a los niños. Si Fritz Lang lo hace en Los sobornados (The Big Heat) es para que el público se identifique en mayor medida con el policía Dave Bannion (Glenn Ford) tras el asesinato de su esposa y para justificar la transformación del personaje. A partir de ese suceso, el hasta entonces honesto defensor de la justicia, que se ocupaba profesionalmente del extraño suicidio de un ex policía, hará la guerra por su cuenta sin detenerse ante nada para llevar a cabo su venganza, sin tener en cuenta el peligro que puedan correr los personajes que se prestan a ayudarle, en una espiral de violencia que le convierte en anticipo de los muchos policías de métodos expeditivos y moral ambigua que poblarán el cine de las décadas siguientes.

        Su camino se cruza con el de Debby (maravillosa, como siempre, Gloria Grahame), la chica florero del gánster Vince (Lee Marvin). Al conocer a Bannion, Debby se siente atraída por él y se ilusiona con la posibilidad de una vida decente, pero Vince, tras enteresarse de su encuentro con el policía, le desfigura el rostro arrojándole café hirviendo (ni siquiera James Cagney tuvo tan pocos miramientos cuando estrelló un pomelo en la cara de su amante en una de las grandes escenas de El enemigo público (The Public Enemy, 1931) de William A. Wellman). Desde ese momento, Debby y Bannion, ayudados circunstancialmente por otra mujer (la secretaria del garaje controlado porVince, quien no por casualidad ha de ayudarse de una muleta para caminar, lo que nos hace pensar en alguna otra represalia pasada, aunque no se nos confirme), unen sus respectivas cicatrices físicas y morales para llevarse por delante a Vince y a su jefe, un capo que tiene dominadas a las autoridades locales, y se identifican hasta convertirse en un vengador de dos cabezas (en algunos planos no compartidos son incluso encuadrados desde la misma perspectiva), en personajes, como muchos otros de los que habitan el cine de su autor, llevados a una situación límite en que a la violencia responden con más violencia, aunque en mi opinión la mirada de Lang se muestra mucho más comprensiva y afectuosa con Debbie, personaje que recupera su dignidad hasta el final.

        Con guión rotundo y frenético de gloriosos diálogos, a partir de la novela de William P. McGivers, gracias al cual Sydney Boehm ganó el premio Edgar Allan Poe de 1954, Los sobornados muestra en sus imágenes una violencia que únicamente solían permitirse sus hermanas pequeñas de la serie B, y supone, para quien esto escribe, el más apasionante y perfecto capítulo de los filmados por Lang durante su extraordinaria etapa norteamericana.  

                      Editada en DVD (sin subtítulos en español) por Columbia.