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LA PATA DE MONO de W. W. Jacobs y su presencia en el cine (1)

Aunque se dedicó principalmente al género humorístico, el nombre de William Wymark Jacobs sigue siendo recordado gracias, sobre todo, a un breve y casi perfecto relato de terror titulado La pata de mono” (The Monkey’s Paw). Publicado originalmente como parte de la colección de cuentos The Lady of the Barge (1902), ha sido incluido posteriormente en multitud de antologías de literatura fantástica y reconocido como una de las obras maestras del género. Su moraleja: “Ten cuidado con lo que deseas, porque puede convertirse en realidad”.

Sus protagonistas, el matrimonio White y su hijo Herbert, reciben una noche la visita del sargento mayor Morris, un amigo del señor White que ha vivido durante muchos años en la India. El tal Morris trae consigo un recuerdo aparentemente mágico: una pata de mono momificada a la que se le pueden pedir tres deseos. A pesar de las advertencias del sargento de que les puede traer graves consecuencias, los White deciden quedarse la pata sin creer demasiado en sus poderes; aun así, antes de acostarse, casi como un juego deciden pedir, como primer deseo, doscientas libras. Al día siguiente, comprueban el terrible poder de la pata de mono: un enviado de la fábrica en la que trabajaba Herbert les comunica que su hijo ha fallecido y que la empresa, en reconocimiento a sus servicios, les da doscientas libras. Días después de enterrar a Herbert, la señora White, presa del dolor, convence a su marido de que pida un segundo y macabro deseo: que su hijo vuelva a la vida. Horas después, oyen unos golpes en la puerta…

-Un viejo faquir le dio poder mágico -dijo el sargento mayor-. Un hombre muy santo… Quería demostrar que el destino gobierna la vida de los hombres y que nadie puede oponérsele impunemente. Le dio este poder: tres hombres pueden pedirle tres deseos.

Habló tan seriamente que los otros sintieron que sus risas desentonaban.

-Y usted, ¿por qué no pide las tres cosas? -preguntó Herbert White.

El sargento lo miró con tolerancia.

-Las he pedido -dijo, y su rostro curtido palideció.

-¿Realmente se cumplieron los tres deseos? -preguntó la señora White.

-Se cumplieron -dijo el sargento.

-¿Y nadie más pidió? -insistió la señora.

-Sí, un hombre. No sé cuáles fueron las dos primeras cosas que pidió: la tercera fue la muerte. Por eso entré en posesión de la pata de mono.

El relato de Jacobs ha sido adaptado de manera más o menos fiel en muchas ocasiones, generalmente en breves películas destinadas a la televisión. Otras veces, algunos elementos de la historia han sido utilizados, por no decir saqueados, como parte del argumento de largometrajes. Entre las primeras, hay dos que están francamente bien: La zarpa (1967), uno de mis episodios preferidos de las estupendas Historias para no dormir, creadas por Narciso Ibáñez Serrador, y The Monkey’s Paw (2010), dirigida por Ricky Lewis Jr., que posee la atmósfera más terrorífica de cuantas versiones he visto y que añade un atractivo prólogo sobre el origen del ominoso amuleto.

¿QUIÉN PUEDE MATAR A UN NIÑO? (1976) de Narciso Ibáñez Serrador

El periodista y escritor Juan José Plans, especializado en el género fantástico y ocasional contertulio del desaparecido programa ¡Qué grande es el cine!, publicó en 1976 la novela El juego de los niños. A partir de ella, y con la colaboración de Luis Peñafiel en el guión, Narciso Ibáñez Serrador dirigió ¿Quién puede matar a un niño?, posiblemente la mejor película de terror de nuestro cine.

        Tras los títulos de crédito, en los que unos noticiarios nos recuerdan las barbaridades cometidas contra los niños en las guerras de los mayores, vemos a un matrimonio de turistas ingleses que se disponen a pasar unos días en una isla. Al llegar a ella, se dan cuenta de que los únicos habitantes son niños, y no precisamente muy simpáticos a pesar de sus sonrisas. Pronto empiezan a aparecer los cadáveres de los adultos, y a sucederse las escenas que, con pocos medios y a base de talento, nos ponen la piel de gallina. No conviene revelar demasiado de ellas a quien no la haya visto, pero basta con recordar el momento, hacia el final del film, protagonizado por la esposa embarazada (detalle importante), planificado de manera extraordinaria.

        Abierta a diversas lecturas, a pesar de que su última parte pierde, desgraciadamente, mucho de su misterio y su ambigüedad, me resulta especialmente original y desasosegante por el hecho de que casi todas sus escenas suceden durante el día, apartándose de lo que es común en el género, consiguiendo que el terror nos parezca más cotidiano y real, más creíble, de parte de unos niños que por la noche duermen, como todos, y durante el día se dedican a “jugar”: una especie de Verano azul sin Chanquete y teñido de rojo.

        En cuanto a las referencias, muchas y muy buenas: desde El pueblo de los malditos (Village of the damned, 1960) de Wolf Rilla, sobre todo en la escena que transcurre en la cabaña de pescadores, hasta El otro (The other, 1972) de Robert Mulligan, otra de miedo campestre y diurno con niño, pasando por Suspense (The innocents, 1961) -su melodía O willow waly se parece muchísimo a la que suena en esta película, y creo recordar que el director ya la había rescatado para un episodio, también sobre una niña no muy de fiar, de Historias para no dormir– y A las nueve cada noche (Our mother´s house, 1967), ambas de Jack Clayton. Y como curiosidad, señalar que en 1984 se estrenó Los chicos del maíz (Children of the corn) de Frietz Kiersch, un film con una premisa demasiado parecida al de Ibáñez Serrador, basado en un relato del ínclito Stephen King que forma parte del libro El umbral de la noche (Night shift), publicado en 1978. Fíjate en las fechas, piensa mal…

               Editada en DVD por Manga Films.