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LAS DIABÓLICAS (1955) de Henri-Georges Clouzot

Nunca he entendido demasiado la persecución a la que fue sometido Clouzot en su momento por gran parte de la crítica, aunque es de suponer que el tipo de películas que realizaba en la Francia cinematográfica de los Renoir, Bresson, Becker y compañía, y el hecho de que se le comparara con Hitchcock, que para muchos críticos franceses era el sumo sacerdote del cine, no debió de beneficiarle mucho. Odiosas comparaciones aparte, Clouzot nos dejó un buen puñado de magníficas películas, con El salario del miedo (Le salaire de la peur, 1953) y Las diabólicas (Les diaboliques) a la cabeza.

        Las diabólicas es un film a caballo entre el policiaco y el terror, con magníficos detalles visuales que definen a los personajes o nos avanzan escenas posteriores, pero que contiene también grandes dosis de crítica social, mala leche y humor negro, y audacia en la presentación de las relaciones, características ya presentes en El cuervo (Le corbeau, 1943), su película más polémica, prohibida durante muchos años.

        En esta historia de crímenes y macabras alianzas, en la que nada es lo que parece y que guarda varias vueltas de tuerca, Clouzot es capaz de sacarle el máximo partido a los escenarios, a la ambientación, a una piscina en la que no aparece un cadáver que sí debería, a una fotografía en la que sí aparece alguien que no debería, a un traje que vuelve de entre los muertos, a un baúl que pesa demasiado y que logra que nos acordemos de La soga (Rope, 1948) de Hitchcock, y a un guiño final en el guión inesperado y genial. Y a pesar de que, una vez vista, ya conozcamos todas las sorpresas que nos depara, la película resiste perfectamente nuevas visitas, porque siempre aparece algún nuevo detalle en el que no habíamos reparado. Lástima que, para que los malos no se salgan con la suya, haya que meter al policía con calzador; no he leído la novela en que se basa la película, pero en ésta el personaje, tanto en su presentación como en sus posteriores apariciones, resulta completamente inverosímil.

        Al parecer Hitchcock se interesó por la novela de Boileau y Narcejac en que se basa el film, pero Clouzot se le adelantó. Resulta demasiado fácil asegurar que el cineasta inglés lo habría hecho aún mejor, pero viendo el desastre que llevó a cabo un tal Jeremiah S. Chechick en su versión de los noventa -con Chazz Palminteri, Sharon Stone e Isabelle Adjani en los papeles que habían interpretado Paul Meurisse, Simone Signoret y Vera Clouzot (esposa del director)- más nos valdría  limitarnos a apreciar el film de Clouzot en lo que se merece.

               Editada en DVD por Avalon (Filmoteca FNAC).

THE DRIVER (1978) de Walter Hill

En 1968 se estrenaba la película Bullit de Peter Yates, protagoniz466010_1020_Aada por Steve McQueen. No era nada del otro jueves, pero aún hoy se recuerdan sus espectaculares persecuciones en coche por las calles de San Francisco, que causaron impacto en la época. Una década más tarde nos llegaba The driver, la historia de un conductor a sueldo, conocido como El Cowboy, interpretado por Ryan O´Neal, que se alquila a las bandas de atracadores.

        A primera vista, lo que más destaca en la película, como no podía ser de otro modo viniendo de Walter Hill, es la acción, las escenas violentas, y las impresionantes, accidentadas, y (demasiado) extensas persecuciones en coche. Pero bajo este envoltorio puramente comercial aparece el Walter Hill cinéfilo, autor también del guión, para transformar un típico film policiaco en una recuperación de algunos de los arquetipos del cine negro clásico: el tipo solitario y parco en palabras y gestos, que quiere ganar dinero rápido para retirarse de la circulación (y nunca mejor dicho); la chica ambiciosa que va por libre (una jovencísima Isabelle Adjani), prostituta de lujo para más señas, y que tiene un papel ambiguo en la historia; y el policía ambicioso y sin escrúpulos (Bruce Dern), que no duda en saltarse las leyes para atrapar al conductor, tomándoselo como un duelo personal. Y todo ello aderezado por unos brillantes y, en boca del policía, divertidísimos diálogos. Tan sólo le faltan las luces y sombras del blanco y negro para terminar de recuperar el viejo aroma de la serie B.