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EL REGRESO de Joseph Conrad / GABRIELLE (2005) de Patrice Chéreau

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El regreso (The Return) es una novela corta que probablemente sorprenda regreso_big5B15D_01a los lectores de las obras más conocidas de Joseph Conrad. No encontramos en ella personajes atormentados en busca de catárticas aventuras, ni duelos que se prolongan durante años, ni viajes a través del corazón de las tinieblas, aunque sí es posible que, a medida que avancemos en su lectura, veamos en su protagonista ciertos rasgos reconocibles. De todas formas, probablemente a más de uno pueda parecerle más próxima al universo de un Henry James o un Ford Madox Ford, y a saber si no fueron la influencia y la cercanía de estos dos autores las que llevaron a Conrad a afrontar el reto.

Publicada originalmente como parte de la colección Cuentos de inquietud (Tales of Unrest, 1898), nos presenta al matrimonio formado por Alvan Hervey y su esposa (personaje del que no conoceremos su nombre), una pareja conocida y envidiada en su círculo social, de vida acomodada económica y sentimentalmente, que de la noche a la mañana ve alterada su tranquila existencia, sus ideas y sus valores por un suceso absolutamente inesperado: al regresar a casa una tarde, Alvan encuentra una nota de su esposa diciéndole que lo abandona.

Mientras Alvan piensa en las razones y las consecuencias, al poco rato ella vuelve a casa arrepentida, explicando que todo ha sido un error. A partir de aquí, asistimos a un diálogo, que es más bien un monólogo por parte de Alvan, en el que la desbordante prosa de Conrad nos muestra a dos extraños incapaces de expresar sus sentimientos, dos seres a la deriva dominados por el miedo y la culpa que ven cómo se derrumba la farsa que han creado a su alrededor. Alvan reflexiona sobre todo aquello sobre lo que ha sustentado su vida y sobre lo que se ha perdido, lo que no ha vivido a cambio de la comodidad. Al cerrar la novela, su personaje es otro. Su drástica solución y el futuro que le adivinamos lo emparentan, ahora sí, con otros personajes típicamente conradianos.

Así vivieron juntos Alvan Hervey y su esposa cinco prósperos años. Con el tiempo acabaron conociéndose lo bastante para llevar en la práctica una existencia como la suya, pero eran tan incapaces de auténtica intimidad como lo serían dos animales que se alimentaran en el mismo pesebre, bajo el mismo techo, en unas lujosas cuadras. Una vez saciado, el deseo masculino de Hervey se convirtió en hábito; en cuanto a ella, había satisfecho ya sus aspiraciones: abandonar el hogar paterno, afirmar su personalidad, moverse en un círculo propio (mucho más elegante que el de sus progenitores), tener una casa para ella y su propia parcela personal de respeto, envidia y aprobación de la gente. Se entendían mutuamente con cautela, de modo tácito, como un par de conspiradores circunspectos unidos en una conjura que hubiera de reportarles beneficios: eran incapaces de considerar un hecho, un sentimiento, un principio o una creencia salvo a la luz de su propia dignidad, gloria o provecho. Cogidos de la mano, se deslizaban por la superficie de la vida, en una atmósfera pura y gélida, a la manera de dos hábiles patinadores que dibujaran figuras sobre el hielo para admiración de los espectadores, y que ignorasen con desdén la corriente subterránea, la corriente tumultuosa y oscura, la corriente de la vida, profunda e inasequible a las heladas.

Traducción de J. M. Lacruz Bassols.

Publicada por Editorial Funambulista.

GabrielleMoviePosterEl recientemente fallecido cineasta Patrice Chéreau acometió la difícil tarea de llevar las palabras de Conrad a imágenes y, en mi opinión, no salió demasiado airoso del reto, creando un envoltorio lujoso pero falto de alma que no consigue involucrarme.

Desde el primer momento intenta dotar de mayor importancia al personaje femenino para que no sea simplemente el detonante del drama, dándole un nombre, titulando con él la película y arropándolo con escenas y personajes secundarios que no aparecen en la novela. Esto, lógicamente, no invalidaría por si solo la adaptación, de no ser porque esos elementos nuevos no aportan nada a lo creado por Conrad, no consiguen equilibrar lo que dicen y hacen ambos personajes y aparecen como postizos ante la esencia primera del texto. Lo que sí logran es que la película naufrague entre dos aguas y que una actriz portentosa como Isabelle Huppert, quien al parecer tuvo más de un encontronazo con Chéreau, parezca despistada y, quizá por única vez, sin saber qué hacer con su personaje.

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Editada en DVD por DeAPlaneta.

SERIE NEGRA (1979) de Alain Corneau

Antes de aventurarse a ver Serie negra (Série noire) creo que es más que conveniente conocer la novela en que está basada, Una mujer endemoniada (A Hell of a Woman, 1954), o por lo menos estar al tanto de lo que se cuece en el muy particular universo de Jim Thompson a través de alguna otra de sus obras. Tampoco estaría de más saber que el guionista del film, Georges Pérec, es otro prestigioso escritor cuyas novelas (si pueden denominarse así) son también únicas e intransferibles, y que un guión de su mano difícilmente podía dejar de ser, digamos, diferente. Y por último, ayudaría bastante haber visto Coup de torchon (1981), la adaptación que realizó Bertrand Tavernier, con Philippe Noiret e Isabelle Huppert, de 1280 almas (Pop 1280, 1964), que, sin ser tan extrema como la de Corneau, también se las trae. Si alguien, por el contrario, se mete en Serie negra con el único referente de las adaptaciones norteamericanas de Thompson o, peor aún, completamente virgen, corre el comprensible riesgo de, a los diez minutos, mandar la película al carajo pensando que le están tomando el pelo. Y no sería justo.

Un vendedor a domicilio que está como un cencerro (Patrick Dewaere, en una de esas interpretaciones histriónicas que no dejan indiferente), su pintoresca esposa, el cabrón de su jefe, un amigo boxeador aún más zumbado que él, una adolescente que apenas habla (una femme fatale distinta al personaje clásico del género) y la tía de ésta, que la obliga a prostituirse y que guarda una fortuna bajo el colchón, son los inconfundibles protagonistas de un universo completamente degradado y enfermo, de una historia negra negrísima de perdedores que se aferran a un clavo ardiendo.

        Al ritmo del jazz de Duke Ellington, con una fotografía deliberadamente sucia y unos diálogos delirantes, con espacio para el humor absurdo y sorprendente y para la excelencia (tremenda la escena del robo en casa de la niña y de su tía, que acaba como el rosario de la aurora), Serie negra resulta ser ante todo y como tantas veces -y ahí está el precioso plano final para comprobarlo- una historia de amor diferente, d´amour fou entre un peculiar vendedor maduro y una niña prostituta, pero de amor al fin y al cabo.