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LA CORRUPCIÓN (1963) de Mauro Bolognini

Al terminar sus estudios, el joven Stefano (Jacques Perrin) está decidido a ingresar en un seminario para consagrar sus días a la religión. Su padre (Alain Cuny), un hombre de negocios sin escrúpulos cuya fe está depositada únicamente en el poder y el dinero y que quiere que su hijo trabaje con él, no está dispuesto a que malgaste su vida entregándose a una mentira. Decidido a evitarlo a toda costa, lo convence de que pasen juntos unos días navegando en su yate para hablar del asunto; pero al llegar a la embarcación, Stefano recibe la sorpresa de que los acompañará la hermosa Adriana (Rosanna Schiaffino), una ambiciosa joven cuya misión, a cambio de una buena suma de dinero, consistirá en seducirlo y abrirle los ojos a un mundo aún desconocido para él.

Realidad contra ilusión. Materialismo contra idealismo. Hipocresía adulta contra valores adolescentes. La manzana de Eva corrompiendo la inocencia… Todo demasiado claro y masticado; nada insinuado a la espera del espectador. Quizá el defecto que se le pueda achacar a la estupenda La corrupción (La corruzione) sea que el guion firmado por Fulvio Gicca Palli y Ugo Liberatore no hace gala precisamente de una gran sutileza a la hora de dramatizar sus ideas en unas situaciones y unos diálogos que no dejan espacio a la sugerencia y en unos personajes que resultan, sobre el papel, excesivamente maniqueos y estereotipados, aunque finalmente llenos de vida gracias a sus intérpretes.

Junto a ellos, la cámara de Mauro Bolognini llena de fuerza la pantalla en cada uno de los luminosos planos de Rosanna Schiaffino; en cada escena nocturna en que, a través de la oscuridad, sobresale la grandeza de un casi mefistofélico Alain Cuny; en el momento en que se consuma la seducción, un fragmento enorme de cine repleto de sensualidad, erotismo y talento en la planificación, o en la majestuosa secuencia final, en la que un derrotado Stefano observa, desde el coche aparcado de Adriana, a un puñado de jóvenes en una pista de baile, siguiendo perfectamente el compás de la coreografía del mundo. Pesimista y terrible y absolutamente vigente cierre para una de las mejores películas de Bolognini.

 

 

CRÓNICA FAMILIAR (1962) de Valerio Zurlini

La triste mirada del joven Jacques Perrin -que un año antes se había enamorado de Claudia Cardinale en La chica con la maleta (La ragazza con la valigia, 1961), otra obra maestra de Zurlini- y el rostro de Marcello Mastroianni en la que para mí es una de sus mejores interpretaciones protagonizan absolutamente Crónica familiar (Cronaca familiare), basada en la novela autobiográfica de Vasco Pratolini publicada en 1947.

        Ganadora del León de Oro en el Festival de Venecia, cuenta el reencuentro de Enrico y Lorenzo, dos hermanos que fueron separados siendo niños: Enrico, el mayor, fue educado por la abuela, mientras Lorenzo fue acogido por una familia acomodada. Su convivencia en la pobreza, los recuerdos compartidos que volverán a tener su importancia en el trágico desenlace, las visitas a la abuela (interpretada por una extraordinaria Sylvie) en el asilo son mostrados, a través de una oscura fotografía y una planificación que cuida cada detalle, con una contención poco frecuente en el drama italiano, incluyendo sus grandes obras maestras. Zurlini consigue conmovernos sin necesidad de forzar las situaciones, sin subrayados innecesarios, sin supeditar la película al posible exhibicionismo de los actores.

        No estamos ante un dramón desaforado, y quizá por ello pueda parecer fría, distante y demasiado pausada. En mi opinión es una de las grandes del género en el cine italiano, y que muchas de sus virtudes no aparezcan siempre en la superficie y se vayan descubriendo tras nuevos visionados habla claramente del talento de un cineasta y la elegancia de su estilo.

LA CHICA CON LA MALETA (1961) de Valerio Zurlini

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Con algunas actrices ocurre que son suplantadas para siempre en la memoria por uno de los personajes a los que interpretaron. Para mí, Audrey Hepburn siempre será  la Ariane del film de Billy Wilder; Joan Fontaine -cómo no-, la Lisa de ese monumento al cine que es Carta de una desconocida; Anna Karina, la prostituta Nana de Vivir su vida; Julie Christie -faltaría más-, la inolvidable Lara de Doctor Zhivago…Y Claudia Cardinale, la inocente y seductora Aida de La chica con la maleta (La ragazza con la valigia).

        Esta no demasiado conocida película del aún menos popular directolocandinar italiano Valerio Zurlini es la historia de una cantante de orquesta que es engañada por un tipo que le promete dinero y fama para luego dejarla tirada con su maleta. Siguiéndole la pista, conocerá a Lorenzo (Jacques Perrin), el hermano menor, que se enamora de ella e intenta ayudarla. Pero las circunstancias y las diferencias de edad y de clase social terminarán separándoles.

        Pocas veces una actriz y su personaje se han adueñado, como en esta película, de todos y cada uno de los planos: la escena en que Aida va bajando lentamente la escalera de la casa de Lorenzo mientras éste la observa; la pequeña fiesta en el hotel, en la que Aida se deja seducir por otro mientras Lorenzo se emborracha; la larga escena de la playa y la posterior despedida; y el momento final, con Aida ya completamente sola, sin saber qué va a ser de ella, caminando en la noche hasta salir del plano.

        Sin las estridencias propias de buena parte del cine romántico italiano, con una preciosa fotografía en blanco y negro y las notas del aria Celeste Aida de Verdi, Zurlini consiguió una triste y maravillosa película habitada por un personaje inolvidable, una obra maestra del cine italiano que merece ser revalorizada.