Archive for the ‘Jacques Tourneur’ Tag

EL RENO BLANCO (1952) de Erik Blomberg

MV5BZGIzODRiZTMtYWI0MC00MDlkLWJhNjEtOGY4MTJlZWVhZjgwXkEyXkFqcGdeQXVyMjc1NjE1MzM@._V1_Mientras el cine finlandés contemporáneo es más o menos conocido gracias, sobre todo, a la obra de los hermanos Kaurismäki, seguimos sabiendo bien poco de las películas clásicas filmadas en este país nórdico. Por eso, cuando uno se topa con una que recibió el Premio Internacional de 1953 en Cannes y el Globo de Oro de 1956 a la mejor película de habla no inglesa y además resulta que nos cuenta una historia vampírica ambientada en una aldea de las montañas, la curiosidad cinéfila no tiene más remedio que echarles un vistazo a los poco más de sesenta minutos de El reno blanco (Valkoinen peura), dirigida y fotografiada por Erik Blomberg y escrita por él mismo y por su esposa, Mirjami Kuosmanen, que también interpreta el personaje principal.

Valkoinen peura - Pirita contempla a Asiak dormido

La protagonista del film es una joven llamada Pirita que, al poco tiempo de contraer matrimonio, acude a un hechicero para asegurarse de que conservará para siempre el amor de su marido. Pero este hecho tendrá como consecuencia que el espíritu maligno que Pirita lleva en su interior se manifieste en forma de vampiro capaz de transformarse en un reno completamente blanco que atrae a los cazadores para matarlos.

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Como era de esperar, la cinta es realmente singular, una rara avis en toda regla cuyas virtudes acaban, por fortuna, imponiéndose a sus defectos. Frente a un desarrollo argumental y unas interpretaciones que no acaban de convencerme, la cámara compone una sucesión de planos extraordinarios que alternan la blancura absoluta del día y la nieve con la oscuridad repleta de sombras, tan sugerente esta como la que dominaba los films de terror de Jacques Tourneur y Val Lewton, con los que el de Blomberg guarda más de una similitud.

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Desde su preciosa secuencia inicial a modo de prólogo, nos encontramos pues ante una película que nos gana por la belleza de sus imágenes, un romántico poema visual de amor y muerte recomendable para los buscadores de rarezas cinematográficas y, sobre todo, para los incansables coleccionistas de historias vampíricas que no se conforman con los archiconocidos estereotipos.

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HOMBRE DEL OESTE (1958) de Anthony Mann

Entre 1950 y 1960 Anthony Mann realizó los once wésterns que forman parte de su filmografía. A excepción de dos o tres, se encuentran entre lo mejor de su cine y sitúan al cineasta en la cima del género, siempre un pasito por detrás de, cómo no, John Ford. Elegir uno o dos entre los ocho o nueve magistrales es harto complicado y probablemente sea esa la causa de que no suelan aparecer por las listas de las mejores películas de la historia. En mi caso, quizá el que más disfrute de manera natural, sin darle mucho al coco, sea Horizontes lejanos (Bend of the River, 1952), esa obra maestra absoluta que tanto tiene de cine de aventuras; pero Hombre del Oeste (Man of the West), el único de los once protagonizado por Gary Cooper, en mi opinión, come aparte.

Por supuesto, la historia del otrora sangriento forajido Link Jones (Cooper) -ahora un respetado padre de familia al que en su comunidad le encargan la contratación de una maestra y que, durante el viaje, se reencuentra con su antigua banda, a la que se enfrentará tras fingir que ha vuelto para quedarse- podríamos disfrutarla sin complicarnos la vida, sin ver sus múltiples lecturas, simplemente como «una de vaqueros»; así, ya sería una película estupenda. También podríamos ir un paso más allá y recordar que tipos similares a Jones aparecen en otras obras maestras como Retorno al pasado (Out of the Past, 1947), de Jacques Tourneur, o Sin perdón (Unforgiven, 1992), de Clint Eastwood, o en películas sobrevaloradas como Una historia de violencia (A History of Violence, 2005), de David Cronenberg: tipos que han querido dejar atrás el wild side of life, pero cuyo pasado no acaba de decidirse a dejarlos en paz. Incluso podríamos ponernos un poco más serios y embobarnos con la fotografía de Ernest Haller y con la utilización del cinemascope y la distribución de los personajes en el plano por parte de Mann, a los que sería difícil encontrar parangón. Pero aun así nos haría falta otra vuelta de tuerca para ver en Hombre del Oeste uno de los wésterns más extraños y complejos de cuantos se hayan filmado.

Desconozco si la novela de Will C. Brown en que se basa, The Border Jumpers (1955), ya recorría los mismos caminos sinuosos que la película, pero creo que el guion de Reginald Doce hombres sin piedad Rose y el punto de vista de Mann dejan bastante claro que estamos ante un film alegórico, repleto de irrealidad, en el que la banda de forajidos liderada por Dock Tobin (Lee J. Cobb) no es más que una representación fantasmal y ridícula de lo que fue, las cenizas de una forma de vida en vías de extinción de la que Jones necesita librarse definitivamente: pocas veces la expresión «fantasmas del pasado» fue tan ajustada. Desde el fallido asalto al tren, protegido por un solo agente de la ley, hasta la planificación del robo al banco de un pueblo tan fantasmal como ellos, la banda de Dock, el anciano que continuamente rememora los «buenos tiempos», se nos presenta como un grupo de inútiles que solo sirven para rematar a un compañero herido o para obligar a desnudarse a Billie (magnífica Julie London), la cantante que se queda con Jones al perder el tren tras el asalto. En realidad, el único peligro que supone esta pandilla es el de seguir formando parte de la vida de Jones, el de ser una molesta piedra en el zapato que le dificulta seguir caminando.

El último tramo de la película no solo confirma sensaciones sino que además aporta un par de ideas imprescindibles para la interpretación del film. La primera de ellas parte del duelo entre Link y Claude (John Dehner), su antiguo compañero de armas y el único hombre a las órdenes de Dock con dos dedos de frente. Mann planifica su final mostrándonos a los dos personajes como las dos caras de una misma moneda, colocando a Link sobre la tarima de una veranda y a Claude, herido en una pierna, arrastrándose por debajo, como si fuera su reflejo en un espejo (de madera). Al matar a Claude, Link acaba con su otro yo, con esa parte de sí mismo que aborrecía.

La segunda de esas claves nos la da el enfrentamiento final entre Link y Dock. Tras eliminar a Claude, nuestro protagonista vuelve a campamento para encontrase que el viejo ha abusado de Billie y que lo espera en lo alto de una montaña. Link tendrá que ascender para destruir al padre, al creador, al hombre que hizo de él un asesino y que ahora apenas se defiende, confirmando que durante toda la película le ha estado siguiendo el juego a su hijo predilecto para facilitarle que acabara con la sombra decrépita en que se había convertido. El diálogo y la planificación no hacen sino subrayar un desenlace de reminiscencias mitológicas, bíblicas y hasta filosóficas que se me antoja cercano a la secuencia de Blade Runner en que el Nexus Roy asciende hasta la morada de su creador para matarlo.

¿Demasiado para «una del Oeste»? Godard escribió que Hombre del Oeste era la mejor película de 1958, definiéndola como una lección admirable de cine moderno que reinventaba el wéstern, y aunque algunos siguen creyendo que los films made in Hollywood solo servían para entretener al personal y poco más, lo cierto es que los grandes guionistas y directores del cine de género, con un enorme bagaje cultural a sus espaldas, se las ingeniaban para introducir de manera subliminal en sus argumentos y en su puesta en escena elementos tan complejos y sesudos como los que podemos encontrar en el cine serio. Y con el añadido de que, a diferencia de plastas como Tarkovsky o Antonioni, cineastas como Mann nunca se arrogaron el derecho a aburrirnos.

EL EXPERIMENTO DEL DR. QUATERMASS (1955) de Val Guest

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Desde su primera aparición en la serie televisiva de 1953 dirigida por Rudolph Cartier, el Dr. Quatermass y su lucha contra las fuerzas alienígenas no han dejado de regresar esporádicamente tanto a la pequeña como a la gran pantalla; la última vez, en otra serie de 2005.

El film que nos ocupa es probablemente el más conocido sobre el personaje, una pequeña joya producida por la Hammer que brilla sobre todo en el aspecto visual, en la forma como Val Guest resuelve varias de sus escenas inspirándose, eso sí, en clásicos del género.

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En cuanto al argumento, poca cosa: una nave que había sido enviada al espacio en misión de reconocimiento se estrella al regresar a la tierra y en su interior solo aparece uno de sus tres ocupantes, con aspecto de haber sido infectado e incapaz de comunicarse. Tras examinarlo en un hospital, el Dr. Quatermass (Brian Donlevy) sospecha que ha sido poseído por una fuerza alienígena y ordena mantenerlo bajo vigilancia; pero la imprudente esposa lo ayuda a escapar y el extraño ser comienza a sembrar el pánico entre la población.

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El talento de Guest para la puesta en escena destaca ante todo a partir de la secuencia de la huida, con el asesinato estupendamente filmado del tipo al que ha contratado la esposa para sacar al «marido» del hospital. Tras esta, posiblemente los dos grandes momentos del film con sendos homenajes: el encuentro del monstruo con la niña que juega con su muñeca, en el que nos devuelve ya irremediablemente, si no lo ha hecho antes, a El doctor Frankenstein               (Frankenstein, 1931) de James Whale, y la magistral escena nocturna en el zoo en la que los animales se alborotan al sentir una presencia entre la vegetación, y que hace que regresemos por un instante al universo creado por Jacques Tourneur en La mujer pantera (Cat People, 1942).

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Lástima que al final la película opte por la vía fácil – probablemente, cosas de la productora- y olvide que siempre es mejor sugerir que mostrar, lo cual deja mal sabor de boca pero no consigue empañar una de las cintas más interesantes del fantástico de los años 50.

Editada en DVD por Feel Films.   

Las 100 mejores películas de terror según Cinemanía

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En su número de marzo, la revista Cinemanía nos propone su lista de las 100 mejores películas de terror de todos los tiempos, con la que nos podemos entretener un rato buscando nuestras preferidas y el puesto que ocupan o criticando la inclusión en ella de las que no nos gustan nada. Al fin y al cabo, se hacen sobre todo para eso.

Más allá de que, como a todos, me sobran bastantes de las citadas y me faltan otras tantas, en lo que menos estoy de acuerdo es en que el primer puesto lo ocupe El resplandor (The Shining, 1980) de Stanley Kubrick, una película que no me entusiasma; para mi gusto, ese lugar de honor debería ocuparlo Suspense (The Innocents, 1961) de Jack Clayton, que aquí aparece tan solo en el nº 59.

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A continuación, y a bote pronto, propongo unos cuantos títulos que no están en la lista de Cinemanía y que yo incluiría. Algunos responden simplemente a gustos muy personales; otros me parecen, además, imprescindibles del género.

Por orden cronológico:

La carreta fantasma (1921) de Victor Sjöström.

Yo anduve con un zombie (1943) de Jacques Tourneur.

El retrato de Dorian Gray (1945) de Albert Lewin.

Las diabólicas (1955) de Henri-Georges Clouzot.

Dementia (1955) de John Parker.

La noche del demonio (1957) de Jacques Tourneur.

El fotógrafo del pánico (1960) de Michael Powell.

La máscara del demonio (1960) de Mario Bava.

Ojos sin rostro (1960) de Georges Franju.

El péndulo de la muerte (1961) de Roger Corman.

El carnaval de las almas (1962) de Herk Harvey.

Las tres caras del miedo (1963) de Mario Bava.

Onibaba (1964) de Kaneto Shindô.

El caso de Lucy Harbin (1964) de William Castle.

Frankenstein creó a la mujer (1967) de Terence Fisher.

A las nueve cada noche (1967) de Jack Clayton.

Nervios rotos (1968) de Roy Boulting.

La hora del lobo (1968) de Ingmar Bergman.

El gato negro (1968) de Kaneto Shindô.

La residencia (1969) de Narciso Ibáñez Serrador.

El fantasma del paraíso (1974) de Brian De Palma.

Asesinato por decreto (1979) de Bob Clark.

En compañía de lobos (1984) de Neil Jordan.

Carretera al infierno (1986) de Mark Harmon.

Tras el cristal (1987) de Agustí Villaronga.

Jeepers Creepers (2001) de Victor Salva.

 

 

 

THE NARROW MARGIN (1952) de Richard Fleischer

the-narrow-margin-posterSalvo en contadas ocasiones, los remakes no aportan gran cosa con relación a sus modelos originales; pero sí suelen resultar útiles para que recordemos películas que teníamos demasiado olvidadas o, incluso, para que algunas que eran prácticamente desconocidas salgan a la luz y gocen de una segunda vida entre la cinefilia más curiosa.

Este es el caso de The Narrow Margin, uno de los mejores films de serie B de los realizados por Richard Fleischer antes de meterse en proyectos de mayor envergadura económica, recuperado gracias a la versión que dirigió Peter Hyams en 1990, titulada Testigo accidental (Narrow Margin) y protagonizada por Gene Hackman.

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El inicio de The Narrow Margin es difícilmente superable: el agente Brown (estupendo, como siempre, Charles McGraw) y su compañero acuden al piso en que se esconde la atemorizada viuda de un mafioso para custodiarla en el viaje que la llevará a testificar contra una organización criminal. Al salir al pasillo, el collar que lleva la mujer se rompe y las perlas caen por el hueco de las escaleras hasta llegar frente a los pies de alguien escondido en las sombras. La cámara sube lentamente para descubrirnos a un asesino que espera para liquidar a la testigo.

Tras el tiroteo en el que muere el compañero de Brown, con el que culmina esta modélica secuencia, la película se desarrolla casi totalmente en el interior del tren en el que Brown ha de esconder y proteger a la viuda de los gánsteres que intentan acabar con ella, lo que la convierte en un desafío narrativo repleto de posibilidades que Fleischer explota a la perfección.

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La aparición de varios personajes de identidad poco clara, algunos de los cuales resultarán determinantes en la conclusión de la historia; sus encuentros en los estrechos pasillos y en los pequeños compartimentos del tren; la ambigüedad de algunos diálogos, y el aprovechamiento de los reflejos en los cristales de las ventanillas -sobre todo, en la espléndida escena del tiroteo final- consiguen dotar a esta breve película de una gran sensación de asfixia y claustrofobia, de tensión y violencia latente, que se lleva sin dificultad todo el protagonismo frente al sencillo argumento y la emparentan, al menos en parte, con Berlin Express (1948), un film de Jacques Tourneur que rayaba a gran altura en sus momentos más cercanos al género negro pero que perdía fuelle cuando se metía en el terreno del espionaje con mensaje propagandístico.

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Editada en DVD por Manga Films.

 

LA CACERÍA de Alejandro Paternain

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Con el recuerdo de la literatura de Conrad, Stevenson, Kipling, Falkner y O´Brian por bandera y las bodegas repletas del cine de Curtiz, Walsh, Tourneur y tantos otros, en 1997 nos llegó, de la mano del maestro uruguayo Alejandro Paternain, la maravillosa novela La cacería, devolviéndonos de nuevo en todo su esplendor el género de aventuras en el mar y, con él, tantas otras cosas que echábamos de menos.

12154-10083-largeAl mando de la historia, John Blackbourne, marino de Baltimore y capitán de la goleta La Intrépida, con patente de corso bajo pabellón uruguayo, y Basilio de Brito, capitán del brick portugués Espíritu Santo, a quien el gobierno de su país ordena detener a toda costa al navío norteamericano. Dos personajes que, sin haberse visto nunca y a través de la distancia que separa sus barcos, intentan conocerse y descubrir sus puntos débiles, y que acaban respetándose y admirándose mutuamente. A sus órdenes, una tripulación de secundarios memorables, entre los que destaca el marinero irlandés de La Intrépida Patrick Donagall, cuya historia irá paulatinamente cobrando importancia en boca de sus compañeros hasta erigirse en protagonista al final de la novela. Y junto a ellos, el resto de personajes imprescindibles: el honor, la valentía, la gloria sin recompensa, los abordajes y los funerales marinos, las leyendas corsarias ante el grog o el brandy, las tormentas que deciden el destino de los hombres, la nostalgia de la tierra dejada atrás, las mujeres que esperan el regreso…

Entre el metálico encuentro de los sables y el rugido de los cañones, la exquisita y ensoñadora prosa de La cacería, elegante como pocas, nos hace navegar a toda vela y sin descanso por sus páginas, volver sobre ellas para saborearlas de nuevo y, una vez terminadas, buscar alguna otra de las novelas que nos dejó escritas este Don Alejandro Paternain, que en 2004 partió definitivamente en busca de nuevos mares por descubrir.

«¡El timón!», informa Luis de Almeida. «No gobierna», exclama el timonel, despavorido. Insto a los carpinteros reparación urgente, encargo a Pinto que restablezca el orden en cubierta, pongo a Freire da Nóbrega bajo asistencia del jesuita Araújo, y aprovechando que la lluvia ha cesado, mando a los artilleros que apresten otra andanada. Despliego el catalejo, escruto la goleta, veo su cañón giratorio, ha asestado golpes muy duros, no sé con qué artes, y procuro descubrir al capitán. Lo he juzgado mal, he subestimado su capacidad o no he comprendido que la suerte viaja con él. Será tal vez aquel hombre alto, sobre la toldilla, que golpetea una prenda -¿su gorra de lana, empapada?- contra la balaustrada, que corre ahora por cubierta, dando órdenes a los veleros, haciéndolos bracear las vergas hasta obtener ángulos que les permitan acercar la goleta a mi barco sin gobierno. Ése ha de ser, un perfil de hombre joven que trabaja a la par de cualquier marinero, que aparta los artilleros de sus piezas para que empuñen los garfios de abordaje, que induce a la marinería para que, cuchilla en mano, cimbren sus aceros de modo amenazante. Ése es, qué duda cabe, volviendo a su puesto en la toldilla. Un poco más de luz en este día encapotado, y adivinaría las líneas de su rostro, el carácter que componen esas líneas, el orgullo, la vanidad, la rapacidad, la felicidad que me halagarían si estuviese en su lugar, sin importarle -como tampoco a mí me hubiese importado- que ese pabellón sostenido a despecho de la lluvia pertenezca a una fuerza vencida a miles de millas, hace meses. Lo mismo sentiría yo si hubiese desarbolado y dejado sin timón al enemigo. Dos cañonazos bastaron, disparados con puntería implacable. Los cielos así lo disponen; y la lluvia, que arrecia o escampa cuando quiere, riéndose de lo que los hombres proponen.

Publicada por Alfaguara.

LA VENTANA INDISCRETA de Cornell Woolrich / LA MIRADA INDISCRETA de Georges Simenon

pollaLa literatura de Cornell Woolrich, más conocido por el seudónimo de William Irish, ha sido un filón para el cine. Entre la interminable lista de películas basadas en sus novelas o relatos encontramos algunas magníficas: El hombre leopardo (The Leopard Man, 1943) de Jacques Tourneur, La dama desconocida (Phantom Lady, 1944) de Robert Siodmak, Mentira latente (No Man of her Own, 1950) de Mitchell Leisen, La novia vestía de negro (La mariée était en noir, 1967) y La sirena del Mississippi (La sirène du Mississippi, 1969), ambas de François Truffaut. Famoso por ser el máximo exponente del suspense literario, su camino estaba condenado a encontrarse con el de Hitchcock, quien llevó a imágenes -y a su terreno- el relato La ventana indiscreta (It Had to Be Murder), publicado en 1942. Aquí os dejo un fragmento:

«Avanzó un paso o dos, se inclinó ligeramente, luego abrió los brazos y, sujetando a la vez colchón y sábanas, los alzó para amontonarlos a los pies de la cama. Un segundo después hizo lo mismo con el lecho gemelo que se hallaba al otro lado.

    Por tanto, nadie ocupaba las camas: su mujer no estaba allí.

Hay gente que emplea la expresión «efecto retardado». Comprendí entonces lo que esto significa. Desde hacía dos días, una especie de inquietud mal definida, de sospecha imprecisa, algo que no podría esplicar, estaba dando vueltas en torno mío como un insecto que busca un lugar donde posarse.

Varias veces, cuando las vagas ideas que bullían en mi cerebro parecían a punto de tomar forma, algo sin importancia, alguna nimiedad ligeramente tranquilizadora -como, por ejemplo, las persianas anormalmente bajadas durante demasiado tiempo que acababan por alzarse-, intervenía de improviso para dispersarlas y ponerlas en fuga.

Pero mi inquietud continuaba latente, y cualquier cosa podía aclarar las ideas imprecisas que se me ocurrían; y esta cualquier cosa se produjo de pronto en el mismo instante en que aquel hombre recogía la ropa de cama. Con la celeridad de un rayo, las sospechas inconsistentes se convirtieron en una certeza: se trataba de un asesinato

  El mismo año en que se publica La ventana indiscreta, al otro lado del charco Georges Simenon escribe La mirada indiscreta (La fenêtre des Rouet), que no ve la luz hasta que termina la II Guerra Mundial en 1945. La traducción del título se apoya, lógicamente, en la popularidad del film de Hitchcock, pero no lo hace de manera gratuita. La protagonista de la novela es una solterona que dedica sus días a imaginar las vidas de sus vecinos mientras los observa a través de su ventana. Y, como no podía ser de otro modo, es testigo de un asesinato. Simenon vuelve a regalarnos, a partir de un crimen, otro de sus habituales y magníficos retratos psicológicos. Un fragmento:

  «Ahí está Antoinette. Dominique se ha sobresaltado porque acaba de descubrirla casualmente, no estaba mirando las ventanas del enfermo, sino la ventana contigua, la de una especie de saloncito donde, desde que su marido está enfermo, Antoinette Rouet se ha hecho instalar una cama.

Permanece de pie cerca de la puerta que comunica las dos estancias. Se ha quitado el sombrero, los guantes. Dominique no se ha equivocado, pero ¿por qué se queda parada como si esperase?

Diríase que a la madre, allá arriba, la está avisando su instinto. Se nota que está inquieta. Tal vez haga un esfuerzo heroico para levantarse, pero hace ya muchos meses que no anda sin que la ayuden. Es enorme. Es una torre. Sus piernas son gruesas y rígidas como columnas. Las pocas veces que sale hacen falta dos personas para subirla a un coche, y siempre parece amenazarlas con su bastón de contera de goma. Ahora que ya no hay nada que contemplar, la vieja Augustine ha dejado su ventana. Seguro que está en el largo y casi a oscuras corredor de su planta, al que dan las puertas de todas las buhardillas, acechando el paso de alguien con quien hablar. Es capaz de espiar así durante toda una hora, con las manos cruzadas sobre el vientre, como una araña monstruosa, y nunca su rostro pálido bajo los cabellos blancos como la nieve abandona su expresión de dulzura infinita.

¿Por qué no hace algo Antoinette Rouet? Con toda la fuerza de su mirada clavada en el vacío incandescente, su marido pide auxilio. Dos, tres veces ha cerrado la boca, ha apretado las mandíbulas, pero no ha logrado apresar la bocanada de aire que necesita.

Entonces Dominique se queda yerta. Le parece que nada en el mundo sería capaz de arrancarle un ademán, un sonido. Acaba de adquirir la certeza del drama, de un drama tan inesperado, tan palpable que es como si ella misma, en este instante, participara en él.

¡Rouet está condenado a morir! ¡Va a morir! Esos minutos, esos segundos durante los cuales los Caille se visten al lado para salir, durante los cuales un autobús cambia de marcha para llegar al Boulevard Haussmann, durante los cuales suena el timbre de la lechería -nombre al que, como una incongruencia, nunca ha podido acostrumbarse-, esos minutos, esos segundos son lo últimos de un hombre a quien ha visto vivir bajo sus ojos durante años.»

Es prácticamente imposible, y más con la guerra de por medio, que Simenon conociera el relato de Wollrich. Estamos, pues, ante dos grandes autores que casualmente, al mismo tiempo y con propósitos y estilos muy distintos, crearon dos personajes y dos situaciones similares.

La ventana indiscreta está publicada por Austral.

Traducción de Jacinto León.

La mirada indiscreta está publicada por Tusquets.

Traducción de José Escué.