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LOS SOBORNADOS (1953) de Fritz Lang

El cine policiaco clásico norteamericano no suele mostrarnos la rutina doméstica de los agentes de la ley, las cenas y las bromas compartidas con la esposa hasta que una llamada urgente las interrumpe o el momento en que hay que darle las buenas noches a los niños. Si Fritz Lang lo hace en Los sobornados (The Big Heat) es para que el público se identifique en mayor medida con el policía Dave Bannion (Glenn Ford) tras el asesinato de su esposa y para justificar la transformación del personaje. A partir de ese suceso, el hasta entonces honesto defensor de la justicia, que se ocupaba profesionalmente del extraño suicidio de un ex policía, hará la guerra por su cuenta sin detenerse ante nada para llevar a cabo su venganza, sin tener en cuenta el peligro que puedan correr los personajes que se prestan a ayudarle, en una espiral de violencia que le convierte en anticipo de los muchos policías de métodos expeditivos y moral ambigua que poblarán el cine de las décadas siguientes.

        Su camino se cruza con el de Debby (maravillosa, como siempre, Gloria Grahame), la chica florero del gánster Vince (Lee Marvin). Al conocer a Bannion, Debby se siente atraída por él y se ilusiona con la posibilidad de una vida decente, pero Vince, tras enteresarse de su encuentro con el policía, le desfigura el rostro arrojándole café hirviendo (ni siquiera James Cagney tuvo tan pocos miramientos cuando estrelló un pomelo en la cara de su amante en una de las grandes escenas de El enemigo público (The Public Enemy, 1931) de William A. Wellman). Desde ese momento, Debby y Bannion, ayudados circunstancialmente por otra mujer (la secretaria del garaje controlado porVince, quien no por casualidad ha de ayudarse de una muleta para caminar, lo que nos hace pensar en alguna otra represalia pasada, aunque no se nos confirme), unen sus respectivas cicatrices físicas y morales para llevarse por delante a Vince y a su jefe, un capo que tiene dominadas a las autoridades locales, y se identifican hasta convertirse en un vengador de dos cabezas (en algunos planos no compartidos son incluso encuadrados desde la misma perspectiva), en personajes, como muchos otros de los que habitan el cine de su autor, llevados a una situación límite en que a la violencia responden con más violencia, aunque en mi opinión la mirada de Lang se muestra mucho más comprensiva y afectuosa con Debbie, personaje que recupera su dignidad hasta el final.

        Con guión rotundo y frenético de gloriosos diálogos, a partir de la novela de William P. McGivers, gracias al cual Sydney Boehm ganó el premio Edgar Allan Poe de 1954, Los sobornados muestra en sus imágenes una violencia que únicamente solían permitirse sus hermanas pequeñas de la serie B, y supone, para quien esto escribe, el más apasionante y perfecto capítulo de los filmados por Lang durante su extraordinaria etapa norteamericana.  

                      Editada en DVD (sin subtítulos en español) por Columbia.

AL ROJO VIVO (1949) de Raoul Walsh

Para algunos será la trilogía de El Padrino (The Godfather, 1972/74/90) de Coppola; para otros Uno de los nuestros (Goodfellas, 1990) de Scorsese; los más clásicos seguirán pensando que Scarface, el terror del hampa (Scarface, shame of a nation, 1932) de Hawks aún no ha sido superada. Para mí la mejor película de gángsters es Al rojo vivo (White heat), la historia de Cody Jarrett buscando por todos los medios la cima del mundo. Prohibido pestañear.

        En el film de Walsh no hay montajes paralelos, ni tiroteos coreografiados, ni lecturas shakesperianas ni planos congelados. El personaje principal no es un moderno Robin Hood, ni un tipo abocado al crimen por las circunstancias, ni un héroe de vuelta de todo con un halo romántico. Tampoco hay aquí moralina barata, ni mensaje a los ciudadanos honrados para que confíen en que la policía siempre gana a los malos. Y, desde luego, no hay asomo de típica historia de amor metida con calzador. En Al rojo vivo hay una banda de asesinos y atracadores al mando de un chalado enfermo, un niño con una pistola, dependiente de una madre tan despiadada como él, y casado con una Virginia Mayo que ronca y que se la pega con otro de la banda que aspira a ser el jefe. Cadáveres y traiciones a la orden del día. Y al otro lado los polis (Edmond O´Brien, enorme como siempre), que intentan por todos los medios borrar a Jarrett y a su banda del mapa. Muerto el perro se acabó la rabia. No hay más. Violenta, trepidante, y sin concesiones para la galería, Al rojo vivo abre nuevos caminos que pronto transitarán, entre otros, Robert Aldrich o Don Siegel. 

        Y aunque el guión, el montaje y el ritmo son absolutamente redondos, la película está en deuda con Cagney, dueño y señor de la función. Cagney metiéndole cuatro balazos al maletero de un coche, mientras se come una pata de pollo, porque dentro hay un tipo al que le falta el aire (¿se basaría Scorsese en esta escena para el inicio de Uno de los nuestros?); su careto y su mirada tras una puerta entreabierta, a punto de liquidar al traidor Ed; y, cómo no, Cagney gritando por fin: “¡Lo conseguí, Ma! ¡La cima del mundo!” antes de saltar por los aires, en uno de los mejores finales que se hayan visto.

        Cody Jarrett consigue, finalmente, alcanzar la cima del mundo -aunque no precisamente la que buscaba-, y Walsh, con esta película, la cima del cine.

              Editada en DVD por Warner.