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LAS PELÍCULAS DE MI VIDA (2016) de Bertrand Tavernier

Una de las películas que más he disfrutado este año es el documental Las películas de mi vida (Voyage à travers le cinéma français). De título español obviamente engañoso, el film es un recorrido apasionante para muy cinéfilos por la cinematografía francesa entre 1930 y 1970, tres horas de gran cine que no solo se hacen cortas, sino que dejan con ganas de, al menos, tres horas más.

Al igual que hacía Martin Scorsese en su “viaje” por el cine americano, Tavernier realiza una selección muy personal del cine que más le gusta y no necesariamente del más prestigioso. Así, en el documental tienen cabida desde imprescindibles como Renoir -quien, por cierto, no sale muy bien parado en el plano personal-, Godard, Becker o Carné -a quien Tavernier defiende ante la opinión de muchos de que no era nadie sin Prévert y el resto de sus colaboradores habituales- hasta cineastas demasiado olvidados como Jean Grémillon, Maurice Tourneur o Edmond T. Gréville, pasando por actores como Jean Gabin y músicos como Joseph Kosma, hasta el recuerdo de sus encuentros y colaboraciones con Jean-Pierre Melville o Claude Sautet, entre otros.

En resumen, un viaje a lo largo de cuatro décadas del cine francés para recordar alguna de nuestras películas preferidas y para descubrir a un buen puñado de cineastas que, como acostumbra a pasar, han quedado a la sombra de los grandes nombres.

NO TOQUÉIS LA PASTA (1954) de Jacques Becker

No toquéis la pasta (Touchez pas au grisbi) es un film negro, de gánsters, de atracadores, pero no hay en él apenas acción ni escenas violentas, ni siquiera el típico tenaz policía que ejerza de contrapunto asomando las narices. De hecho, Becker ni se molesta en mostrarnos el atraco que desencadena la historia que nos cuenta. Lo que a él le importa, ante todo, es el retrato de Max (Jean Gabin), un delincuente ya maduro, de los de la vieja escuela, amante de las mujeres, de la buena música, del buen comer y del mejor beber, a quien ya no atrae la vida nocturna y que sólo piensa en retirarse tras cambiar el oro obtenido en el atraco por dinero en metálico. Un personaje que tiene varios puntos en común con el que interpretaría poco después Roger Duchesne en Bob el jugador (Bob le fambleur, 1956) de Jean-Pierre Melville.

        Pero al pobre Max, como no podía ser menos, se le complican las cosas. Su compinche en el atraco, su gran amigo Ritón, le cuenta el asunto a su novia (una jovencísima Jeanne Moreau), propiciando la entrada en escena del amante, un nuevo gánster con el careto de, quién si no, Lino Ventura, el cual secuestra a Ritón y ofrece su vida a cambio del oro. Para Max, la amistad está por encima de todo. Esa amistad que hemos visto tantas veces en las películas de Howard Hawks, la que no necesita de gestos o palabras, sólo de hechos. Así, con la colaboración de otro par de amigos, accede al intercambio, pero es traicionado. Es entonces cuando Becker abre un paréntesis en la tranquila vida de Max y nos regala una trepidante persecución nocturna a tiro limpio impresionantemente filmada.

        Son sólo unos pocos minutos dentro de una película austera y pausada, sin detalles de cara a la galería, cuya huella creo que está presente en posteriores films franceses del género -sobre todo en las grandes obras de Melville- y que nos ofrece uno de los grandes personajes creados por el enorme Jean Gabin. Raymond Chandler dijo de Bogart que todo lo que tenía que hacer para dominar una escena era entrar en ella. Gabin no necesitaba más.