Archive for the ‘Jean-Luc Godard’ Tag

CARL THEODOR DREYER: MI OFICIO

Estoy sentado en un teatro. Frente a mí se abre una pesada cortina. Las luces se apagan y en la pantalla brota una historia. Puede que me haga reír, o llorar. Puede que ría con lágrimas en los ojos, puede que llore con una sonrisa en la boca. Me elevo en el tiempo y el espacio y olvido la monotonía, hasta que se rompe el hechizo.

        El cine es mi única gran pasión. (Carl Theodor Dreyer)

El documental Carl Theodor Dreyer: mi oficio (Carl Theodor Dreyer: min metier, 1995), dirigido por Torben Skjodt Jensen, repasa la filmografía del cineasta danés desde su debut con El presidente (Praesidenten, 1919) hasta el estreno en París, acompañado por los cineastas franceses que le admiraban, con Truffaut y Godard a la cabeza, de Gertrud (1964), su última película.

        Apoyándose en las imágenes de sus obras, los testimonios de los actores y actrices que trabajaron con él y las jugosas anécdotas que cuentan, la presencia y la voz en off del propio cineasta hablando sobre su forma de filmar y sobre sus proyectos frustrados (entre ellos, la filmación de Medea, que acabó haciendo Lars Von Trier, y de la vida de Jesucristo), y un montaje fabuloso que recrea el ritmo de su cine, se centra en sus películas más famosas y en los largos períodos transcurridos entre ellas, con especial atención, cómo no, para La palabra (Ordet, 1955) y la citada Gertrud, sus dos últimos films, fijos desde hace tiempo en las listas de los mejores de la historia.

        La palabra es la favorita de la mayoría de críticos y aficionados, y la única película sonora de Dreyer que fue un éxito en su momento. Un milagro en sus imágenes y un milagro del cine.

        Gertrud es mi preferida, y uno de mis films imprescindibles. Uno de los grandes retratos que nos ha dejado el arte sobre la libertad y el amor, y sobre la soledad que pueden traer consigo: “Creo en el deseo de la carne y en la irremediable soledad del alma.”

                       Editado en DVD por Filmax.

       

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TIEMPO DE AMAR, TIEMPO DE MORIR (1958) de Douglas Sirk

Nunca me ha parecido tan creíble la Alemania en guerra como viendo Tiempo de amar, tiempo de morir, filmada en tiempo de paz. (Jean-Luc Godard)

El cineasta Antonio Drove, responsable de llevar al cine la literatura de Eduardo Mendoza y Ernesto Sábato en La verdad sobre el caso Savolta (1979) y El túnel (1987), escribió uno de los más heterodoxos y apasionados libros sobre cine que conozco: Tiempo de vivir, tiempo de revivir. Conversaciones con Douglas Sirk (1994). Con prólogo de Víctor Erice y epílogo de Miguel Marías, el libro es una declaración de amor al cine de Sirk, pero también, y sobre todo, a las películas, los libros y la música que formaron parte de la vida de Drove y a las personas que los compartieron.

        El título del libro hace referencia a Tiempo de amar, tiempo de morir (A time to love and a time to die), uno de los grandes dramas de Sirk, denostados durante demasiado tiempo por sus argumentos imposibles, cercanos a los culebrones televisivos, que a muchos nos le permitió ver, entre otros logros, una puesta en escena elegante como pocas. Basada en la novela de Erich Maria Remarque (que en la película interpreta al profesor Pohlmann) Un tiempo para vivir, un tiempo para morir (Zeit zum leben, zeit zum sterben, 1954), la película está ambientada en un Berlín devastado por los bombardeos, en el que los supervivientes buscan a sus familiares desaparecidos y en el que la comida y un techo bajo el que vivir se convierten en un lujo. En medio de ese caos, similar al que rodó Roberto Rossellini en Alemania, año cero (Germania, anno zero, 1947), el soldado Ernst y Elizabeth se enamoran, pero han de separarse cuando a él se le acaba el permiso y tiene que volver al frente.

        El rostro del soldado congelado en la nieve, el agua llevándose la última carta de Elizabeth, la escena en la estación en la que Elizabeth no llega a tiempo de despedirse de Ernst y Sirk filma la despedida de otra pareja, mientras Elizabeth se queda mirando tras la valla en la que una cruz de madera anticipa la que veremos en la tumba de un soldado, son sólo algunos de los grandes momentos de esta joya del cine.  

                      Editada en DVD por Suevia.

CAMPO DE AMAPOLAS BLANCAS de Gonzalo Hidalgo Bayal

Aunque  Gonzalo Hidalgo Bayal no sea uno de los escritores más populares o, como se dice ahora, mediáticos, y sus argumentos y su forma de narrar no sean especialmente llamativos para el gran público, no quita para que estemos ante una de las personas que mejor escriben en este país, autor de una obra absolutamente coherente desde sus inicios hasta hoy, y con un reducido pero fiel grupo de seguidores.

        Quizás sea Paradoja del interventor (2006) su novela más conseguida y la que ha recibido mejores críticas hasta la fecha, pero yo le tengo un especial cariño a Campo de amapolas blancas (1997), su novela más breve y cercana, posiblemente la más apropiada para empezar a conocer su literatura. El narrador nos traslada a finales de los 60 y nos cuenta su relación con H (no sabremos su nombre), su compañero de estudios, juergas y conquistas no realizadas, junto al que descubrirá la cultura y la libertad de la época en un París irrechazable, y del que irá poco a poco distanciándose.

        El argumento no es, desde luego, nada nuevo, pero sí la manera de enfocarlo. Aquí no encontramos panfletos melancólicos, ni se idealiza una época y una forma de entender la vida, ni se condena sistemáticamente a la desconcertada generación anterior (al padre de H se le dedican algunos de los fragmentos más hermosos de la novela), sino que estamos ante la crónica desapasionada, aunque teñida de nostalgia, de cómo algunas personas se quedan ancladas en una determinada etapa, sin distinguir, o quizás sin querer hacerlo, su entorno y sus inquietudes de su propia vida.

        El jazz, The Beatles, Cortázar, César Vallejo, la nouvelle vague con Godard a la cabeza, aparecen en la novela no sólo como señas culturales de una época sino, y sobre todo, como elementos indispensables de la personalidad de H. De hecho, no cuesta demasiado imaginar este texto llevado al cine, a su muy personal manera, por el mejor Godard de los años 60.

        Y por si alguien quiere conocer de primera mano a Hidalgo Bayal, tenéis una entrevista con él en el enlace Kafka, revista de humanidades.

“Yo regresé a Murania y H se quedó todavía un mes en el vértigo de la libertad, la capital del mundo, que tal vez fuera ciertamente la capitale de la douleur. ¿Qué hizo durante ese tiempo, cómo le fue, tuvo fortuna? Lo ignoro. No hay más testigos de su peripecia que “los días jueves y los huesos húmeros, la soledad, la lluvia, los caminos” (H decía húmedos). Sólo puedo asegurar que, cuando volvió, era otro, probablemente un perseguidor.”

               Publicada por Tusquets.

UN VERANO CON MÓNICA (1952) de Ingmar Bergman

En una escena de Los cuatrocientos golpes (Les quatre cents coups, 1959), de François Truffaut, vemos a Antoine Doinel y a su amigo René robando en un cine la foto de una chica tomando el sol, con los ojos cerrados. La chica es la actriz sueca Harriet Andersson, y la foto es un plano de Un verano con Mónica (Sommaren med Monika), una de las primeras grandes películas de Ingmar Bergman. 

        El film cuenta la historia de Mónica y Harry, una joven pareja de enamorados que deciden romper con su entorno, dejar sus trabajos y a sus familias, y lanzarse a la aventura, a no hacer nada más que disfrutar de su amor y su libertad. Pero tras el verano maravilloso que pasan junto al mar Mónica se queda embarazada, y la pareja ha de volver a la ciudad, a la rutina, a la misma vida que lleva todo el mundo. Harry encuentra trabajo y se hace cargo del bebé, pero Mónica es incapaz de asumir esa nueva vida como madre y esposa y les abandona.

        Las imágenes de esa juvenil libertad, de la huída de todo lo impuesto y convencional, en Un verano con Mónica me han parecido, desde la primera vez que la vi, la antesala de los ánimos de cambio, de ruptura con lo establecido, en la cultura francesa en general y en su cine en particular desde finales de los años cincuenta, con Truffaut y Godard a la cabeza de la nouvelle vague. No creo que el cine de Bergman tenga demasiado que ver, ni en sus temas ni en su forma, con el de los dos cineastas franceses, pero apostaría a que tuvieron presente la historia de Mónica y Harry al realizar sus primeras películas, y no sólo, en el caso de Los cuatrocientos golpes, por una foto robada a la entrada de un cine. La libertad, la frescura, los interrogantes y el desconcierto de la Mónica de Bergman están presentes en el Antoine Doinel del film de Truffaut y en la Patricia que interpretó Jean Seberg en Al final de la escapada (À bout de souffle, 1959), el primer largometraje de Godard. Y hay un detalle que me parece especialmente significativo: el primer plano de Harriet Andersson dirigiendo su mirada hacia la cámara, hacia nosotros, buscando respuestas. Quizá me equivoque pero creo que es la primera vez que ese recurso, luego mil veces utilizado, aparecía en una película. En los planos que cierran los citados films de Truffaut y Godard, Antoine y Patricia también buscan ayuda en la cámara, en los espectadores.

        Posiblemente no esté Un verano con Mónica entre las grandes obras maestras de Bergman -lo cual quiere decir que “sólo” es una magnífica película-, pero sí creo que es uno de los films más apropiados para comenzar a conocer el universo de un director al que demasiadas veces se ha tachado de difícil. Y además, los que nunca pasamos un verano con esa maravillosa actriz que fue Harriet Andersson, tenemos la ocasión de imaginar que al menos, por una vez y durante un instante, nos dedicó su mirada.

               Editada en DVD por Manga Films.

  

FRITZ LANG. EL CÍRCULO DEL DESTINO

El breve documental Fritz Lang. El círculo del destino (Fritz Lang.lang_dvd Le cercle du destin – Les films allemands, 1998) es un acercamiento al cine del realizador durante sus dos etapas en Alemania. La primera fue la que cimentó su prestigio en todo el mundo, gracias a películas mudas como Metrópolis (Metropolis, 1926) y a su primer film sonoro, M, el vampiro de Düsseldorf (M, mürder inter uns, 1931), que fue objeto de un remake dirigido por Joseph Losey en 1951 que no está nada mal. Cuando el nazismo llega al poder, Lang se marcha a Estados Unidos. Tras su periplo norteamericano, regresa a Alemania y realiza tres películas más, pero en esta ocasión son muy mal recibidas por la crítica alemana. Serán los realizadores y críticos franceses, como en otras ocasiones, los que exalzarán tanto sus films norteamericanos como los de su segunda etapa alemana, homenaje incluido por parte de Godard en su película El desprecio (Le mépris, 1963), según la novela de Alberto Moravia.

        A través de diversas entrevistas con historiadores de cine, amigos y colaboradores del cineasta, los realizadores Volker Schlöndorf y Claude Chabrol, y el propio Lang, el documento, dirigido por Jorge Dana, analiza algunos aspectos de su cine -filosofía, arquitectura- y de su vida, principalmente su relación con el poder, las causas de su marcha a Hollywood, y la muerte de su esposa, de la que Lang fue sospechoso. Especialmente sabrosas son las opiniones del socarrón Chabrol -quien también homenajeó a Lang en su película Dr. M (Docteur M, 1989)- sobre la influencia del cineasta vienés en su cine y en el de Hitchcock, la muerte de la esposa (cree que Lang la asesinó), y el film Spione (1928), al que considera el mejor de la primera etapa.

        “Lo característico de todas mis películas es la lucha contra el destino. No es el destino lo importante, sino la lucha.”

                                                                                             Fritz Lang

              Editado en DVD por Divisa.

 

LILITH (1964) de Robert Rossen

7395-1En 1959 Jean Seberg dio vida a una chica dulce e inocente que recorría los Campos Eliseos vendiendo el New York Herald Tribune, la Patricia de Al final de la escapada (À bout de souffle, 1959), de Jean-Luc Godard. Cinco años más tarde interpretó a uno de los personajes femeninos más complejos, crueles e inolvidables que ha dado el cine en Lilith (1964), la última película de Robert Rossen y su obra maestra junto a El buscavidas (The hustler, 1961), la mítica película protagonizada por Paul Newman que, de entre las de su autor, es la que suele aparecer en las listas.

Lilith es un film perturbador, una pesadilla, un viaje a lo más oscuro del alma humana, el alma de Lilith y Vincent (Warren Beatty), personajes a los que iremos conociendo y redescubriendo poco a poco a lo largo de la película a través de unas imágenes plenas de belleza y desasosiego, de una luz blanquísima, casi onírica o enfermiza, como la historia que nos cuentan. Las escenas abrumadoras son incontables- la seducción del niño por parte de Lilith, que nos llega a incomodar; los dos momentos en que Vincent se encuentra con su exnovia, precioso el primero, el segundo, terrible; el final del propio Vincent, mostrado con una concisión magistral-, pero la más antológica, y que da la clave del film, es la que sucede en el rio, entre la niebla, cuando Lilith besa su propio reflejo en el agua, haciéndolo desaparecer. “El amor es destructivo”, dice Lilith, y Vincent dirá por primera vez su nombre.

Cada vez que uno revisita esta película encuentra nuevos detalles, nuevas lecturas, y el placer es siempre el mismo. Pero el viaje no es fácil. Ver esta película hace daño. Lilith es una flor venenosa, pero en su veneno radica gran parte de su belleza.

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Editada en DVD por Columbia