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MISS LONELYHEARTS de Nathanael West

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Aunque faltaba menos de un cuarto de hora para el cierre, todavía seguía trabajando en su artículo. Había llegado hasta: «La vida  vale la pena, porque está llena de sueños y de paz, de dulzura y éxtasis, y de fe que arde como una pura llama blanca en un sombrío y oscuro altar». Pero no podía seguir adelante. Las cartas ya no eran divertidas. No podía seguir encontrando gracioso el mismo chiste treinta veces al día durante meses y meses. Y la mayor parte de los días recibía más de treinta cartas, todas iguales, extraídas de la masa del sufrimiento por medio de un cuchillo de cocina en forma de corazón.

Mucho menos conocido que sus coetáneos Faulkner, Steinbeck, Hemingway o Fitzgerald y pocas veces incluido con ellos en el grupo de la Generación Perdida, Nathanael West murió el 22 de diciembre de 1940, a los 37 años, en un accidente de tráfico, precisamente -ironías del destino- cuando se dirigía en su coche junto a su esposa al funeral de su amigo Fitzgerald, fallecido el día anterior. Aun así, tuvo tiempo de dejarnos alguna obra de teatro, un par de relatos, varios guiones cinematográficos -por ejemplo, el de Volvieron cinco (Five Came Back, 1939), dirigida por John Farrow- y, sobre todo, cuatro novelas en las que posiblemente se pueda ver la influencia de sus admirados Dostoievski y Gógol y cuya huella, particularmente, me parece encontrar en la sin par literatura de Flannery O’Connor.

_visd_0001JPG0E5XWAmbientada en la época de la Gran Depresión, la más conocida de las cuatro es Miss Lonelyhearts (1933), cuyo título se refiere al seudónimo que emplea un periodista para responder las cartas, firmadas también con seudónimo, que llegan a su sección del periódico, una suerte de consultorio al que escriben personas que, por una u otra razón, cargan con una vida desgraciada. Lo que no saben es que su gurú, su mesías particular, aquel del que esperan una solución o unas palabras de alivio, no es más que otra alma perdida tan desorientada como ellas, otro anónimo corazón solitario cuyo nombre real nunca conoceremos, que ahoga sus penas en alcohol y ha de soportar a diario el sarcasmo de su jefe.

West se sirve del argumento y su galería de casi caricaturescos personajes para mostrar su absoluta falta de fe en una sociedad mediocre y desnortada para la que no existen los sueños ni la esperanza y cuya hipocresía alcanza, cuando se quitan la máscara del anonimato, incluso a quienes parecían sinceros y honrados en su derrota. Y lo peor es que quizá solo el cinismo más descarnado, personificado en Shrike, el jefe de Miss Lonelyhearts, sirva para sobrevivir.

Tan breve -apenas 90 páginas- como cruda, Miss Lonelyhearts se verá aun superada en su pesimismo y su amargura por la cuarta y última y también magistral novela de West, El día de la langosta (The Day of the Locust, 1939), sobre todo por su apocalíptico desenlace, filmado de manera tan impresionante como terrorífica por John Schlesinger en su adaptación cinematográfica de 1975, que aquí se tituló Como plaga de langosta.

No había señales de la primavera. La suciedad que cubría la superficie de aquel terreno abigarrado no era de origen orgánico. El año anterior, recordaba, mayo no había podido sacar nada de aquel suelo. Fue necesaria toda la brutalidad de julio para conseguir, torturándola, que salieran unas pocas púas verdes de la tierra exhausta.

Lo que aquel pequeño parque necesitaba, aún más que él, era beber. No valdría ni el alcohol ni la lluvia. Mañana, en su columna, les pediría a Corazón Roto, a Harta de Todo, a Desesperada, a Desilusionada con Marido Tuberculoso y a sus demás corresponsales que vinieran aquí para regar la tierra con sus lágrimas. Nacerían flores, flores que olerían a pies.

-¡Ah, la humanidad…!

Traducción de Javier Alfaya y Barbara McShane para Random House Mondadori. 

MV5BNmYzYmIwNTEtMDJhOS00OTkyLWI0NDEtZTZlZWNkNDJlMGMxXkEyXkFqcGdeQXVyMTIxOTk5MzY@._V1_Que yo conozca, Miss Lonelyhearts ha sido llevada al cine en dos ocasiones. La primera, titulada Advise to the Lovelorn, dirigida por Alfred L. Werker y estrenada al parecer el mismo año de 1933 en que se publicó la novela, se sirve del personaje para crear a su alrededor una comedia de apenas una hora con muy poca gracia. La segunda, Corazones solitarios (Miss Lonelyhearts, 1958), basada en la novela de West y en la obra de teatro de 1957 escrita a partir de ella por Howard Teichman, toma prestados la historia, los personajes e incluso buena parte de los diálogos para acabar resultando una versión mucho más edulcorada que, para colmo, se permite un final feliz, quizá perteneciente a  la obra de Teichman. Pero eso no sería negativo en sí mismo si no fuera por la más sosa e inane de las puestas en escena posibles, cortesía del director Vincent J. Donehue, que consigue que ni siquiera destaquen las interpretaciones de Montgomery Clift, Rober Ryan y Mirna Loy. Lo mejor, con diferencia, la fotografía del gran John Alton.

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LA CICATRIZ (1948) de Steve Sekely

John Alton, autor del libro de referencia sobre la fotografía en el cine Painting With Light (1949), fue uno de los grandes directores de fotografía de la época dorada de Hollywood. De origen húngaro, su trabajo brilló en todo tipo de géneros, especialmente en el noir, donde dio luz a varias obras maestras y a estupendos films no demasiado conocidos como La cicatriz (The Scar), también conocida en Estados Unidos por el título Hollow Triumph. Aquí unió su talento al del director Steve Sekely, también inmigrante húngaro, y al de Paul Henreid, el tercero en discordia en Casablanca (1942), un tipo con talento e inquietudes, mejor actor de lo que se suele reconocer, y que en esta ocasión -no fue la única- ejerció también como productor.

La película nos cuenta la historia de John Muller (Henreid), un delincuente inteligente y con estudios universitarios que nada más salir de la cárcel planea el atraco a un salón de juegos propiedad de un conocido mafioso llamado Rocky Stansyck. El golpe no sale como estaba previsto: la banda de Muller es eliminada y este ha de esconderse de los hombres de Stansyck, que lo buscan para matarlo. Pero un giro de la suerte parece venir en su ayuda. Al ser confundido con un psiquiatra llamado Bartok, de enorme parecido con él, Muller decide asesinarlo y ocupar su lugar, aunque para ello tendrá que hacerse una cicatriz como la que tiene el doctor en la mejilla izquierda. Enamorado de la secretaria de Bartok (magnífica, como siempre, Joan Bennett), decidirá huir con ella; pero a la rueda del destino siempre le gusta juguetear con los personajes del noir antes de llevárselos por delante.

Además de la impresionante fotografía de Alton y de unos estupendos diálogos -guion de Daniel Fuchs a partir de la novela de Murray Forbes, cuyo argumento no es difícil imaginarlo en manos de Hitchcock-, en el film destaca la sobresaliente dirección de Sekely: secuencias como la del atraco o la de la persecución nocturna y planos como el que cierra la despedida de los dos amantes los firmaría cualquier maestro del cine. Todo ello hace de La cicatriz una mayúscula muestra de cine negro, toda una sorpresa situada solo un peldaño por debajo de los mayores exponentes del género.