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Adiós a Sam Shepard (1): PARÍS, TEXAS (1984) de Wim Wenders

Sam Shepard tuvo el buen gusto de no dejar sola a Jeanne Moreau en su último viaje. Conocido en España sobre todo por su trabajo como (gran) actor, fue también director de cine, guionista, autor teatral, poeta y escritor de relatos. Compañero de fatigas artísticas de Raymond Carver, James Salter, Richard Ford, Bob Dylan y tantos otros autores que han ido creando la gran crónica norteamericana de los siglos XX y XXI, su literatura nos muestra la cara más cotidiana y amarga de las relaciones humanas, el otro lado del sueño, siempre susurrando entre líneas mucho más de lo que dicen las palabras. Como muestra de ello pasó por aquí hace tiempo el relato Todos los árboles están desnudos, uno de mis favoritos.

En cuanto a su labor como guionista, Shepard escribió para Wim Wenders -cineasta alemán pero absolutamente enamorado de cierta mitología norteamericana- dos películas hermanadas: Llamando a las puertas del cielo (Don’t Come Knocking, 2005) y, sobre todo, París, Texas (Paris, Texas), una de mis películas preferidas de siempre, la odisea homérica de un hombre llamado Travis (portentoso Harry Dean Stanton) que cruza el país con su hijo para llevarlo de nuevo junto a su madre (Nastassja Kinski), cuyo germen es un libro del propio Shepard, compuesto de textos en prosa y poemas, titulado Crónicas de motel (Motel Chronicles, 1982). En palabras del propio Wenders: “El film que yo había querido hacer en los Estados Unidos estaba ahí, en ese lenguaje, esas palabras, esa emoción americana. No como un guion, sino como una atmosfera, un sentido de la observación, una suerte de verdad”

Wenders y Shepard agarran esa “atmósfera” para realizar uno de los films más genuinamente americanos de la historia, compendio de una forma de entender la vida trasladada al arte. Carreteras interminables, moteles y tugurios, luces nocturnas de neón, vidas derrotadas en busca de algo o de alguien para encontrarse a sí mismas, para alcanzar la redención: toda una iconografía estética y ética de la derrota que tiene no poco de romántico y que está presente en la mejor literatura de Shepard y de sus contemporáneos -incluido el austriaco Peter Handke, especialmente el de Carta breve para un largo adiós-, en la música de Dylan y de tantos otros, en la obra de fotógrafos como Robert Adams o en la pintura, tan cinematográfica y con tantas historias dentro por imaginar o descubrir, de Edward Hopper.

Aspectos culturales que, en mi opinión, no son ajenos -o quizá incluso provengan de él- al wéstern, el género norteamericano por antonomasia, cuya filmografía está repleta de tipos solitarios que buscan su lugar en el mundo o que ya han renunciado a él, de desarraigados que tratan de olvidar su pasado o que han de retomarlo para dejarlo definitivamente atrás y reencontrarse. Parte de su imaginería está también presente, y de qué manera, a lo largo y ancho de París, Texas, desde su inicio con nuestro protagonista  deambulando amnésico por el desierto, hasta la enorme influencia que, a mi modo de ver, recibe de un clásico como Centauros del desierto (The Searchers, 1956), de John Ford.

Tanto Ethan Edwards (John Wayne) como Travis emprenden un viaje para encontrar a alguien -Ethan, a su sobrina, raptada por los comanches; Travis, a su esposa-, y al terminar esa odisea con éxito, algo de absolución, de paz con respecto al pasado y a ellos mismos, se llevan consigo; pero también la inevitable derrota de saber que ya no pueden quedarse entre sus familiares, que su lugar ya no está entre ellos. Con la figura de Ethan traspasando el umbral de la puerta para dirigirse al desierto y con las luces del coche de Travis desapareciendo en la noche hacia no sabemos dónde, dos almas gemelas, dos de los más grandes personajes del cine norteamericano, nos abandonan para continuar su propia búsqueda.

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LA ÚLTIMA GALOPADA de Thomas Eidson

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Paralelamente a la recuperación de los grandes clásicos del wéstern literario como Alan Le May, Dorothy M. Johnson o James Warner Bellah, la editorial Valdemar ha tenido la feliz idea de presentarnos a Thomas Eidson, uno de los más reconocidos autores contemporáneos del género. Para ello ha escogido su segunda y estupenda novela, La última galopada (The Last Ride, 1995), llevada al cine en 2003 por el habitualmente impersonal y sosainas Ron Howard. Protagonizada por Tommy Lee Jones y Cate Blanchet, Desapariciones (The Missing) resultaba un puro entretenimiento simplificador de la novela que apuntaba directamente a sus componentes de acción, aventura y terror.

Los acontecimientos que narra La última galopada nos sitúan en Nuevo México en 1886. Mientras Brake Baldwin, 516Ln0Uj6ZL._SX337_BO1,204,203,200_sentado frente a su rancho, lee en un periódico que “El Salvaje Oeste ha muerto”, se acerca a su rancho un anciano jinete fantasmal, un enorme hombre blanco vestido como un apache que pregunta por el hogar de los Baldwin. Brake le ofrece acogida, pero su esposa Maggie, al ver al anciano, se comporta de manera extraña y solo accede a que se quede un par de días en el establo y después se vaya. Sin embargo, cuando una partida de apaches secuestra a su hija mayor y deja malherido a Brake, Maggie no tendrá más remedio que aceptar la ayuda del extraño visitante para perseguir a los indios, dando comienzo así un largo y sangriento itinerario durante el cual iremos conociendo la oculta relación entre los dos protagonistas, a la par que sabremos que aquel titular del periódico con que comenzaba la novela distaba mucho de estar en lo cierto.

Habitada por varios personajes de los que dejan huella, como el large_tKDKvntptlj36WUTzm9Bl3N9bpkanciano jinete Samuel Jones, el mejicano Mannito, el sheriff John o el terrorífico líder de los apaches, y repleta de fragmentos de gran literatura violenta, tensa y misteriosa, La última galopada probablemente pierde fuerza cuando nos da excesivas explicaciones sobre los personajes y cuando resulta redundante al tratar la lucha entre la fe del cristianismo y la magia del paganismo, pero en sus mejores páginas, que son muchas, consigue que regresemos en parte al argumento de Centauros del desierto -a la novela de Le May y al film de John Ford- y que volvamos a sentir la atmósfera opresiva de películas como La noche de los gigantes (The Stalking Moon, 1968), de Robert Mulligan, o La venganza de Ulzana (Ulzana’s Raid, 1972), de Robert Aldrich.

-Buenas noches -dijo Baldwin.

El hombre asintió. Los ojos de Baldwin se movían lentamente sobre él. Era viejo, probablemente de unos setenta años, y grande, casi dos metros de altura, muy delgado pero con algo de barriga. Era imposible saber si era blanco o mestizo. En otro tiempo debió de tener la complexión de un toro salvaje… ahora era todo huesos, crestas y valles. Su rostro curtido se había tostado oscureciéndose a un tono ocre y parecía remendado con trozos de arcilla húmeda que no encajaban unos con otros totalmente; su pesada nariz estaba rota, tal vez en más de una ocasión, y parecía cansado o borracho, o ambas cosas. Su atuendo era extravagante: fronterizo, indio y mexicano. La gente había dejado de vestir así hacía al menos cuarenta años. Los ojos de Baldwin regresaron a las facciones brutales del rostro del hombre.

Un pequeño terrier negro y blanco, del tamaño de un sacabotas, estaba posado sobre la grupa del caballo con el pelo ondeando al viento tormentoso, haciéndole parecerse al perro del circo que Baldwin vio en una ocasión. Sin previo aviso dio un salto en el aire, se desplomó sobre el suelo y luego trotó nerviosamente alrededor de las piernas del ranchero -justo fuera del alcance de una patada- gruñendo como si pesara cien libras en lugar de diez.

-¿Muerde? -aulló Baldwin levantando la voz sobre el creciente rugido de la tempestad.

El anciano asintió otra vez, revelándose ante los ojos de Baldwin durante unos segundos como un demonio que galopaba en aquel oscuro viento.

Traducción de Marta Lila Murillo.

Publicada por Valdemar.

Recordando a Maureen O’Hara

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El día 24 de este mes nos dejaba, a los 95 años, la gran Maureen O’Hara, la pelirroja irlandesa vinculada inevitablemente a las cinco películas que interpretó para John Ford, las mejores de su carrera. Aunque pueda parecer extraño al tratarse de una actriz como ella, el resto de su filmografía no ofrece demasiados grandes títulos -tres o cuatro- e incluso sería recomendable que nadie viera cartones del tamaño de Perseguido (The Fallen Sparrow, 1943) de Richard Wallace, en la que ni siquiera ella se salva.

Por fortuna, siempre podremos volver a verla en películas como las que aquí recordamos: Esmeralda, la zíngara (The Hunchback of Notre Dame, 1939) de William Dieterle, junto a Charles Laughton; ¡Qué verde era mi valle! (How Green Was My Valley, 1941), la primera de sus colaboraciones con Ford; Esta tierra es mía (This Land is Mine, 1943), de nuevo con Laughton, a las órdenes de Jean Renoir; Río Grande (Rio Grande, 1950) y El hombre tranquilo (The Quiet Man, 1952), ambas de Ford y junto a John Wayne, y Nuestro hombre en La Habana (Our Man in Havana, 1959) de Carol Reed, en la que hizo pareja con Alec Guinness.

(GERMANY OUT) American movies in the 1930ies Charles Laughton and Maureen O'Hara in a scene of the movie 'The Hunchback of Notre Dame' Directed by: William Dieterle USA 1939 Produced by: RKO Pictures Vintage property of ullstein bild (Photo by ullstein bild/ullstein bild via Getty Images)

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This Land Is Mine (1943) Directed by Jean Renoir Shown from left: Charles Laughton, Maureen O'Hara, John Donat

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EL HOMBRE QUE MATÓ A LIBERTY VALANCE de Dorothy M. Johnson

Bert Barricune murió en 1910. A su funeral no fueron más de una docena de personas. Entre ellos estaba un destacado y joven periodista que esperaba encontrarse con una historia de interés humano. Corría la leyenda de que el viejo había sido una especie de pistolero en sus años mozos. Unos pocos carcamales andaban torpemente, ya a solas, ya en parejas, nerviosos y ceñudos, aferrándose a sus deteriorados sombreros. Hombres que fueron los compañeros de Bert en la bebida o en las partidas de póquer en las que se jugaban cantidades nimias mientras el mundo rodaba delante de ellos. También vino una mujer que lucía un denso velo que le ocultaba el rostro. Rayas blancas y amarillas se adivinaban en su pelo teñido de negro. El reportero tomó nota mentalmente: un viejo colega del viejo barrio. No hay ninguna historia que merezca la pena.

Blog14Habitualmente se desconoce o no se tiene en cuenta que muchas de las obras maestras del wéstern cinematográfico clásico son adaptaciones más o menos fieles de textos literarios, de relatos o novelas. Si alguien se sorprende por el dato, no tiene más que acudir, por ejemplo, a la filmografía por excelencia del género, la de John Ford.

La venerable señora que aparece sentada frente a su escritorio en la foto de la derecha se llamaba Dorothy M. Johnson, y fue, aunque pueda parecer chocante, una de las autoras que más y mejor escribió sobre las andanzas de indios y pistoleros en el viejo y lejano oeste americano. Entre sus relatos más conocidos, gracias a sus adaptaciones al cine, se encuentran Dorothy M_ Johnson - Indian Country (portada)“Un hombre llamado caballo” (A Man Called Horse), “El hombre que mató a Liberty Valance” (The Man Who Shot Liberty Valance” -ambos incluidos en la colección titulada Indian Country (1953)- o “El árbol del ahorcado” (The Hanging Tree, 1957).

El relato que nos ocupa, de apenas veinte páginas, sirvió de base para que Willis Goldbeck y James Warner Bellah -otro de los grandes autores del género, también llevado a la pantalla por Ford anteriormente- escribieran un guion portentoso que amplía la historia e introduce numerosos cambios, empezando por el nombre de los personajes interpretados por John Wayne (Bert Barricune/Tom Doniphon) y James Stewart (Ransome Foster/Ransom Stoddard). Gracias a esas variaciones, el film adquiere una dimensión que probablemente no alcance el magnífico relato de Johnson, pero sin este no podríamos disfrutar, una y otra vez, del que para mí es el mejor wéstern que se haya filmado.

Al principio habéis podido leer cómo empieza la historia; ahora, otro de sus grandes fragmentos. El resto es leyenda.

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-Tú no mataste a Liberty -le indicó.

Foster frunció el ceño.

-Le enterraron.

Liberty disparó una vez. Tú disparaste otra y fallaste. Yo disparé una vez, y nunca fallo. De todas formas, yo tampoco iré a recoger la recompensa, Hallie no aprueba la violencia.

-Eso es todo lo que tenía para estar orgulloso -dijo Foster pensativo.

-Le hiciste frente -afirmó Barricune-, fuiste a su encuentro. Si quieres estar orgulloso de algo, puedes recordar eso. Es cierto que no hiciste mucho más.

Ranse le miró fijamente.

-Bert, ¿eres mi amigo?

Barricune sonrió sin humor.

-Sabes que no lo soy. Te recogí en la pradera, pero lo hubiera hecho por la última escoria que se debatiera en esa situación. Si hubiera querido, no lo habría hecho.

-Entonces, ¿por qué…?

Bert miró hacia la punta de sus botas.

-Hallie te quiere. Soy amigo de Hallie. Es lo que siempre seré mientras tú andes por aquí.

-Luego, yo soy el hombre que mató a Liberty Valance -dijo Ranse.

Eso fue lo más cerca que estuvo de atreverse a decir “gracias”. Y desde entonces Bert Barricune comenzó a ser su conciencia, su némesis, su enemigo vitalicio y el hombre que le hizo grande.

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Traducción de José Menéndez-Manjón.

Publicado por Valdemar en Colección Frontera.

 

EL BANQUETE DE LOS GENIOS de Manuel Hidalgo

2009022802105740_375En noviembre de 1972, el cineasta George Cukor organizó en su mansión de Hollywood una comida en homenaje a Luis Buñuel, cuya película El discreto encanto de la burguesía (Le charme discret de la bourgeoisie, 1972) ganaría el Oscar a la mejor película en lengua no inglesa en marzo de 1973. Buñuel acudió a la comida acompañado de su hijo Rafael, de su guionista Jean-Claude Carrière y del productor Serge Silberman. Cukor, a su vez, invitó a unos cuantos amigos y compañeros de profesión: Billy Wilder, George Stevens, William Wyler, Alfred Hitchcock, Rouben Mamoulian, Robert Wise, Robert Mulligan, John Ford y Fritz Lang, quien no pudo acudir debido a su delicado estado de salud.

EL-BANQUETE-DE-LOS-GENIOSDe la reunión se conservan varias fotos de los invitados conversando y unas cuantas del grupo posando para la cámara. Estas últimas, a pesar de que en ellas no aparece Ford porque tuvo que retirarse, indispuesto, antes de tiempo, muestran la que todavía hoy está considerada como la mayor concentración de talento cinematográfico que se haya visto.

El novelista, guionista y crítico de cine Manuel Hidalgo ha querido recordar aquel momento histórico en su estupendo libro El banquete de los genios (2013). En él realiza un exhaustivo análisis de El discreto encanto de la burguesía, repasa las personalidades y las filmografías de los invitados y su posible relación con las de Buñuel y, por supuesto, se centra en recuperar las sabrosas anécdotas relacionadas con la reunión. Una invitación en toda regla, que se lee de una sentada, para cualquier buen amante del cine.

En esta foto aparecen conversando George Stevens y Billy Wilder mientras, fumando sentado, John Ford los escucha.

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Y aquí la foto de familia. De pie, de izquierda a derecha: Robert Mulligan, William Wyler, George Cukor, Robert Wise, Jean-Claude Carrière y Serge Silberman. Sentados, de izquierda a derecha: Billy Wilder, George Stevens, Luis Buñuel, Alfred Hitchcock y Rouben Mamoulian.

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Publicado por Ediciones Península.

ENTRE DOS JURAMENTOS (1950) de Robert Wise

20121123025104-two-flags-westSangre en la luna (Blood on the Moon, 1948) y Entre dos juramentos (Two Flags West), las dos únicas aportaciones al western de parte del todoterreno Robert Wise, permanecen hasta tal punto en el olvido que ni siquiera aparecen citadas en muchos de los más prestigiosos estudios sobre el género publicados en nuestro país. En mi opinión, ambas guardan suficientes elementos de interés como para ser rescatadas, y especialmente la segunda, a pesar de la falta de intensidad en algunas de sus secuencias y de cierta debilidad en el dibujo de los personajes, nos ofrece momentos magistrales que ningún aficionado al género, sobre todo los devotos del cine de John Ford, debería perderse.

La historia nos traslada al año 1864, durante la Guerra de Secesión norteamericana. A un grupo de presos sudistas al mando del coronel Tucker (Joseph Cotten) se les ofrece la libertad a cambio de prestar su ayuda en la lucha contra los apaches. Liderados por el capitán Bradford (Cornel Wilde), se dirigen a Fort Thorn, en Nuevo Méjico, donde encuentran al comandante Kenniston (Jeff Chandler), un soldado amargado que arrastra una pierda ortopédica como recuerdo de una batalla, que odia por igual a los indios y a los sudistas y que está enamorado sin esperanza de la joven Elena (Linda Darnell), la viuda de su hermano. Tras el asesinato a sangre fría del hijo del jefe apache a manos de Kenniston, el grupo de Tucker deberá escoger entre escapar traicionando su juramento o quedarse para defender el fuerte.

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El guión, firmado por Casey Robinson, está basado en una historia escrita por Frank S. Nugent y Curtis Kenyon. Nugent fue uno de los habituales guionistas de John Ford a partir de Fort Apache (1948), que adaptaba la novela de James Warner Bellah titulada Massacre. No es, pues, de extrañar que de la aportación de Nugent en dos films tan cercanos en el tiempo surjan algunas similitudes argumentales, sobre todo en lo que concierne al personaje de Kenniston, un trasunto del fanático coronel Thursday que interpretó Henry Fonda en la película de Ford. Pero es en la realización de Wise donde más se deja notar el magisterio del gran cineasta tuerto, la huella de una forma inconfundible de entender el western.

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Desde la excepcional escena que abre la película, situada en el lugar donde está confinado el grupo sudista y dominada por la espléndida fotografía de Leon Shamroy, hasta el paseo final de Tucker y Elena entre las tumbas de los caídos en la batalla, son numerosos los momentos magistralmente resueltos por Wise “a la manera de Ford”: el paso de los soldados rebeldes cantando las canciones de su tierra; los planos largos que muestran a los jinetes bajo un cielo plagado de nubes; las madres abrazando a sus pequeños durante el ataque de los indios; Elena curando las heridas de los soldados…Y por encima de todos, ese breve y bellísimo plano en el que Kenniston se despide de Elena, agotada y dormida, acariciándole el cabello, antes de abandonar sus armas y salir del fuerte para entregar su vida a los apaches a cambio de la de sus hombres: un sacrificio filmado por Wise de manera casi fantasmagórica, como si de una de sus películas de terror se tratara; un gesto heroico y suicida similar a los que, años más tarde, serán elemento característico del cine de Sam Peckinpah.

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Sin llegar a ser una película redonda, por las razones señaladas al comienzo, Entre dos juramentos ofrece motivos más que suficientes para ser considerada, aunque sólo sea fragmentariamente, uno de los mejores legados del western fordiano y para ser ampliamente revalorizada por sí misma.

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Editada en DVD por Impulso.

 

 

 

En recuerdo de Harry Morgan

El pasado martes día 7 se nos fue, a los 96 años, Harry Morgan, uno de los últimos grandes secundarios del Hollywood clásico. Habitual en producciones para televisión, recibió un Emmy en 1980 por su interpretación del coronel Potter en la serie M*A*S*H, posiblemente el papel por el que más se le recuerda, pero su inconfundible físico estuvo antes presente en un montón de grandes películas, entre las que destacan westerns como Cielo amarillo (Yellow Sky, 1948) de William A. Wellman, Solo ante el peligro (High Noon, 1952) de Fred Zinnemann, Horizontes lejanos (Bend of the River, 1952) y Tierras lejanas (The Far Country, 1955), ambas de Anthony Mann. Aquí lo recuerdo junto a Henry Fonda en Incidente en Ox-Bow (The Ox-Bow Incident, 1943), obra maestra de Wellman, y junto a John Wayne en el magnífico fragmento que dirigió John Ford para La conquista del Oeste (How the West Was Won, 1962). Descanse en paz.

 

 

UN LUGAR EN EL MUNDO (1992) de Adolfo Aristarain

Casi todas mis películas preferidas pertenecen a una época en la que yo aún no había nacido. Las he visto en pases por televisión (a menudo de madrugada, el mejor momento para el cine), gracias al vídeo y al dvd, en larguísimas sesiones de Filmoteca o en algún cine de reestreno por desgracia ya desaparecido. Así, desde que comencé a darme el gustazo de ir al cine, a finales de la década de los 80, he visto un buen puñado de obras maestras en el momento de su estreno, pero pocas están entre mis absolutamente imprescindibles. Una de esas pocas es, sin duda, Un lugar en el mundo. La vi un par de veces en el cine, unas cuantas más en formato doméstico a pesar de la horrorosa edición disponible, y sigue teniendo, cada vez que vuelvo a ella, la magia de la primera vez, la que sólo conservan las más grandes.

        En Un lugar en el mundo confluyen historias de aprendizaje, de amor, de amistad, de orgullo por mantener los ideales y hacer, contra viento y marea, aquello que debe hacerse. Historias que pertenecen por derecho propio al mejor cine norteamericano clásico y, en especial, al western. El mejor film de Aristarain es, desde luego, un western pampero, como lo son muchos otros sin pertenecer de manera explícita al género. Aquí no son necesarios los duelos entre pistoleros porque los hay entre un caballo y un tren, entre una forma de entender la vida que desaparece y otra que lo arrasa todo a su paso.

        Las referencias son muchas e inmejorables: la camaredería y el humor del cine de Howard Hawks; el paralelismo con los personajes de Raíces profundas (Shane, 1953) de George Stevens, en la que un extranjero conoce a una familia con problemas, mantiene una relación especial con el hijo, se hace amigo de un hombre que representa todo lo que él ya no será y se enamora de su esposa; y por encima de todo, las películas de John Ford. Después de muchos infructuosos intentos de continuar su escuela por parte de varios cineastas norteamericanos, tuvo que llegar un director argentino para recuperar el cine del gran tuerto. La borrachera que agarran Mario y Hans, que comienza siendo divertidísima y culmina en uno de los momentos más hermosos de la película, es digna heredera de las muchas que aparecían en los films de Ford. La escena en que Mario quema la lana de la cooperativa, el trabajo y la ilusión de tanto tiempo, me recuerda aquella en que Tom Doniphon (John Wayne) hace arder la casa que había construído para Hallie (Vera Miles) en El hombre que mató a Liberty Valance (The Man Who Shot Liberty Valance, 1962): ambos personajes son derrotados y renuncian a su sueño. Y ambas películas nos cuentan una pequeña historia, importante sólo para unos pocos, que es necesario recordar, y vaya si lo haremos. En esta historia Mario, Hans, Ana, la monja Nelda y el joven Ernesto comparten diálogos maravillosamente escritos mientras, como aquellos personajes a los que Ford dotó de la mayor humanidad, ven, sienten y comprenden, y nosotros con ellos, todo aquello que de verdad importa sin decir una sola palabra.

        Con la ayuda de unos prodigiosos Federico Luppi, José Sacristán, Cecilia Roth, Leonor Benedetto y Gastón Batyi, que más que interpretar parece que son sus personajes, Aristarain consigue una obra maestra para la historia, y firma con ella una declaración de amor a un cine que ya apenas existe.

                 Editada en DVD por Tesela.

CARTA BREVE PARA UN LARGO ADIÓS de Peter Handke

La pasión por el cine del dramaturgo y novelista austriaco Peter Handke ha quedado reflejada sobre todo en sus colaboraciones como guionista, a veces de sus propias obras, con Wim Wenders y en sus propias incursiones como cineasta. Pero esa pasión también se ha puesto de manifiesto en algunas de sus novelas.

        En Carta breve para un largo adiós (Der kurze brief zum langen abschied, 1972), crónica de un viaje a través de los Estados Unidos a la vez que del viaje interior del protagonista, Handke no sólo introduce continuas referencias cinematográficas, sino que llega a presentarnos al mismísimo John Ford como personaje, como símbolo de la cultura norteamericana que atrae al novelista. Un guiño a los lectores cinéfilos y una razón más para conocer esta formidable novela.

        “-Me gustaría estar siempre con alguien -dijo John Ford-, y me gustaría también marcharme siempre el último de una reunión, porque no quiero que ninguno de los que se quedan me critique, y quiero impedir también que se critique a los que se marchan. Así he rodado también mis películas.”

              Traducción de Miguel Sáenz.

              Publicada por Alianza Editorial.

WARLOCK de Oakley Hall / EL HOMBRE DE LAS PISTOLAS DE ORO (1959) de Edward Dmytryk

En Warlock, Oakley Hall ha devuelto al mito de Tombstone su completa, mortal y sangrienta humanidad. Warlock es una de las mejores novelas americanas. (Thomas Pynchon)             

oakley_hall2A mis lecturas juveniles de Stevenson, Conrad, Poe o Ibáñez se unían, de vez en cuando, las novelas del Oeste de Marcial Lafuente Estefanía y de Silver Kane (quien luego resultó llamarse -decepción pasajera- Francisco González Ledesma, natural de Barcelona), que proporcionaban un rato de entretenimiento pero confirmaban que el western, el de verdad, era cosa del cine, y es que uno a esa edad aún no sabía que muchas de las grandes películas de indios y vaqueros eran adaptaciones literarias.

Más tarde llegarían los primeros westerns encuadernados acompañados de cierto prestigio: El bandido adolescente (1965) del exiliado Ramón J. 20090709-warlock2Sender, sobre la figura de Billy el Niño; algunos relatos de O´Henry y de Bret Harte; La verdadera historia de la banda de Kelly (True history of the Kelly gang, 2000), que novelaba la vida del pistolero australiano Ned Kelly y que le valió a Peter Carey su segundo Premio Booker, o las impresionantes obras del gran Cormac McCarthy. Pero, a pesar de los buenos ratos, poco o nada encontraba yo en estas lecturas que me devolviera el imaginario cinematográfico de los Ford, Hawks o Wellman.

Y entonces llegó Warlock (1958) de un tal Oakley Hall. Y resultó que ya conocía la historia, o parte de ella, porque había visto la adaptación homónima de Edward Dmytryk, aquí titulada El hombre de las pistolas de oro, una buena, por momentos magnífica película, pero incapaz de mostrar ni por asomo toda la riqueza literaria del texto de Hall, porque en él sí se demuestra que toda la grandeza de los mejores films del género también puede aparecer escrita en un papel.

Alternando el narrador omnisciente con los fragmentos de un diario escrito por uno de los personajes, de nombre Henry Holmes Goodpasture, la novela nos cuenta la historia de la ciudad fronteriza de Warlock, refugio de asesinos, mineros, prostitutas, jugadores y ladrones de ganado, dominada por el cacique de turno y su banda. A ella llega el misterioso pistolero Clay Blaisdell, a quien los cobardes ciudadanos del lugar convencen para restablecer la ley, acompañado del aún más misterioso jugador y pendenciero Tom Morgan, personaje que se lleva varios de los mejores momentos de la novela. Comienza entonces el recuerdo de tantas visitas a ciudades como Tombstone o Wichita, de duelos a lo OK Corral, de personajes complejos a medio camino entre la realidad y la ficción, de situaciones y diálogos que hablan del fin de una época y de la leyenda que lleva consigo y que encontrarían su máxima expresión cinematográfica en El hombre que mató a Liberty Valance (The man who shot Liberty Valance, 1962) de John Ford, el film que mejor refleja, mejor incluso que la adaptación de Dmytryk, el universo de esta novela. Y ese recuerdo nos llega de la mano de una narrativa tan brillante que resiste pocas comparaciones y que consigue que deseemos no terminar nunca las casi 700 páginas de esta obra maestra imprescindible.

“En un reciente volumen de memorias del Oeste, observo que se trata a Blaisdell más como un héroe seminovelesco que como un hombre de carne y hueso. Pero sí era un hombre: yo, que lo he visto comer y beber, respirar y sangrar, puedo atestiguarlo. Y a pesar de las ficciones de Bane y demás ralea, no han existido muchos como él, ni como Morgan, McQuown, o John Gannon.

Pero a veces, recordando la historia de aquellos hombres que te contaba cuando eras pequeño, pienso, como quizá pienses tú mismo, si no soy yo también un fabulador, con una imaginación tan desbocada como la de Bane, o si no he llegado poco a poco a estilizar y simplificar en mi memoria (¡como suelen hacer los viejos!) aquellos sucesos, glorificando a su capricho a esas personas, y tratando de conferirles una talla sobrehumana.

Exclamo con dolor que no es así, y al mismo tiempo llego a dudar de mí mismo. Pero he llevado un diario a lo largo de todos estos años, y aunque la tinta se ha vuelto borrosa en sus amarillentas páginas, aún es legible en su totalidad. Un día de éstos, si tienes un interés mayor que el de hacer valer tus argumentos frente a un compañero de clase, esas páginas serán tuyas.

Ahora que tu carta me ha traído a la memoria a todas aquellas personas y aquellos años, deseo vivamente que no me falten tiempo y facultades para dar cuerpo a mis diarios y convertirlos en la Verdadera Historia de Warlock, en todas sus ramificaciones, antes de que el nombre de Blaisdell, y el de otros hombres y mujeres, así como el de la ciudad en que vivieron, se pierdan para siempre…”.

Traducción de Benito Gómez Ibáñez.

Publicada por Galaxia Gutenberg.