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VIDAS REBELDES de Arthur Miller

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-Eres toda una belleza. Es…, es casi un honor ir sentado a tu lado. Me deslumbras. -Ella ríe por lo bajo, sorprendida-. Hablo de corazón, Roslyn. -Pone el freno de mano y se vuelve hacia ella-: ¿Por qué estás tan triste? Creo que eres la chica más triste que he conocido en mi vida.

-Y tú el primer hombre que me dice eso. Normalmente me toman por una persona muy alegre.

-Porque das alegría a los hombres, eso es todo.

9788490661208A partir de su propio relato The Misfits, publicado en 1957 en la revista Esquire, Arthur Miller escribió un híbrido entre novela y guion para que fuera filmado por John Huston y protagonizado por Marilyn Monroe, esposa del escritor. Su título en España, Vidas rebeldes (The Misfits, 1961). Su historia, la de una hermosa joven llamada Roslyn que, acompañada de su amiga Isabelle, acude a los juzgados de Reno para divorciarse y que entabla amistad en un bar con dos hombres tan desarraigados como ella: Guido, mecánico y aviador, y Gay, un veterano vaquero que se gana la vida cazando caballos destinados a convertirse en comida para perros. Tras pasar unos días en la cabaña a medio construir de Guido, deciden ir a las montañas a capturar una pequeña manada de caballos. Por el camino, se les une Perce, un joven amigo de Gay que se gana la vida participando en rodeos.

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Marilyn y Roslyn. Roslyn y Marilyn. Empezando por sus nombres y continuando por cómo la describe en los muchos fragmentos que le dedica, es fácil darse cuenta de que Miller creó su personaje a imagen y semejanza de su mujer, con toda su belleza, su generosidad, su carácter caprichoso, su necesidad de sentirse amada y su inseguridad ante la vida, hasta el punto de que, sabiendo lo que sabemos de ella tras tantos libros y documentales, quizá estemos ante el retrato, mostrado por medio de la ficción, más bello y fiel de la actriz. Así, Miller la coloca en el centro de un grupo de misfits, de inadaptados a la deriva en un mundo en el que no encuentran su lugar, de cansados vagabundos que, en el fondo, anhelan conocer a alguien por quien valga la pena echar raíces.

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A partir de la preciosa historia de Miller, coronada con los impresionantes capítulos que narran la caza de caballos salvajes -a los que podemos ver como un trasunto de los propios personajes- y el enfrentamiento entre Roslyn y Gay y su mutua redención, Huston realizó un film que, en su conjunto, quizá -y solo quizá- no sea de los más redondos de su filmografía, pero que alberga no pocos momentos que quedan en el recuerdo y que, sobre todo, nos regala algunas de las miradas más tristes, melancólicas, sinceras y conmovedoras de la historia del cine, las que se dedican Clark Gable, que moriría antes de ver estrenada la película; Marilyn Monroe, fallecida al año siguiente, y Montgomery Clift, en pleno proceso de autodestrucción por las drogas y el alcohol. Verlos juntos, compartiendo planos, dignidad, risas y lágrimas, silencios y derrotas, en compañía de otros dos grandes como Eli Wallach y Thelma Ritter, forma parte de la leyenda, la misma que no entiende, ni falta que hace, de perfecciones.

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Ella, exhausta, con la mirada perdida, se inclina y se sienta en el suelo, desmoronada, sollozando calladamente. Perce la mira de soslayo. Gay rodea a la yegua que yace en el suelo, va hacia la camioneta y salta a la parte trasera. Perce se acerca a Roslyn como con la intención de ayudarla a levantarse, pero ella se pone en pie, con los pantalones manchados de yeso, se dirige con paso frágil a la camioneta y entra. Perce la sigue y se sienta al volante, a su lado. Guido regresa, con la mirada fija en el suelo como perplejo por su propia reacción. Monta de un salto en el vehículo. La camioneta se pone en marcha.

Gay tiene el rostro desencajado, como si hubiera sido derrotado a puñetazos peleando por una causa en la que sólo creía a medias. Guiñando los ojos, protegiéndose del viento, su mirada se pierde en lo alto de las montañas, llena de nostalgia, casi esperando la aparición de aquellos centenares de caballos, de aquellas grandes manadas que bajaban galopando en tropel hasta la planicie, los majestuosos caballos y las dóciles yeguas, los mansos palafrenes, los ligeros potrancos que barrían la tierra con sus cascos, apenas rozándola…

Traducción de Victoria Alonso Blanco para Tusquets.

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Adiós a Christopher Plummer

El viernes nos dejó, a los 91 años, Christopher Plummer, un gran actor identificado a menudo por sus estupendas apariciones en papeles secundarios y al que creo que el verdadero reconocimiento le llegó más tarde de lo que merecía.

Aquí lo recuerdo en algunas de sus mejores películas: La caída del imperio romano (The Fall of the Roman Empire, 1964), de Anthony Mann, donde interpretó a Cómodo, el hijo del emperador Marco Aurelio; La noche de los generales (The Night of the Generals, 1967), de Anatole Litvak, en una breve aparición como el mariscal Rommel; Culpable sin rostro (Conduct Unbecoming, 1975), una película tan entretenida como olvidada de Michael Anderson, en la que, en un reparto coral, dio vida a uno de los oficiales de un regimiento británico destinado en la India; El hombre que pudo reinar (The Man Who Would Be King, 1975), de John Huston, la mejor película de su filmografía, en la que encarnó a Rudyard Kipling dando la talla junto a dos compañeros de generación como Sean Connery y Michael Caine; Asesinato por decreto (Murder by Decree, 1979), de Bob Clark, donde creó el que para mí es el mejor Sherlock Holmes del cine, y Escarlata y negro (The Scalet and the Black, 1983), de Jerry London, en el papel de un oficial nazi enfrentado a Gregory Peck.

 

Adiós a Sean Connery

Este viernes 30 de octubre nos dejó, a los 90 años, Sean Connery, el actor que, tras interpretar a Shakespeare y a Tolstoi en televisión, se hizo famoso como James Bond y con el tiempo llegó a ser uno de los más carismáticos de su generación, ayudado por su físico y su impresionante voz. En su filmografía, junto a muchas malas películas, un puñado que son estupendas y algunas obras maestras. Aquí lo recuerdo en El nombre de la rosa (Der Name der Rose, 1978), de Jean-Jacques Annaud, en la que su William de Baskerville llenaba la pantalla; en Robin y Marian (Robin and Marian, 1976), de Richard Lester, donde Audrey Hepburn le dedicaba una de las más hermosas declaraciones de amor que hayamos visto en el cine; en Marnie, la ladrona (Marnie, 1964), de Alfred Hitchcock, y finalmente en mis dos preferidas, estrenadas ambas en 1975, que están entre lo mejor del cine de aventuras de todos los tiempos: El viento y el león (The Wind and the Lion), de John Milius, y El hombre que puedo reinar (The man Who Would Be King), de John Huston.

MACARIO (1960) de Roberto Gavaldón

Aunque desgraciadamente poco conocido por estos lares, Roberto Gavaldón es uno de los grandes del cine mexicano, con una filmografía repleta de magníficas películas, como, por ejemplo, La otra (1946), una historia de intriga que fue llevada de nuevo al cine por Paul Henreid, con Bette Davis como protagonista, en la también estupenda Su propia víctima (Dead Ringer, 1964); En la palma de tu mano (1951), puro cine negro de arriba abajo, o ese maravilloso drama rural con tintes de wéstern titulado El rebozo de Soledad (1952), en el que asistimos a un intenso duelo actoral entre Arturo de Córdova y Pedro Armendáriz y que guarda algunas escenas que podría haber firmado el mismísimo John Ford.

En el centro de dicha filmografía, tres aproximaciones ejemplares al universo literario de B. Traven, el escritor siempre envuelto en el misterio al que adaptó John Huston en El tesoro de Sierra madre (The Treasure of the Sierra Madre, 1948): Días de otoño (1962), La rosa blanca (1961) y, por supuesto, Macario, posiblemente la cinta más redonda de Gavaldón y sin duda la más prestigiosa y conocida gracias a sus nominaciones, en 1960, al Óscar a la mejor película de habla no inglesa y a la Palma de Oro de Cannes.

Macario (Ignacio López Tarso), pobre de solemnidad, sobrevive miserablemente junto a su familia gracias a la venta de leña entre los habitantes del pueblo. Un día, harto de tanta penuria, le dice a su esposa (Pina Pellicer) que le dé a los hijos la parte de comida que le corresponde y le promete que nunca volverá a probar bocado hasta que pueda permitirse el lujo de comerse un guajolote (un pavo) entero sin tener que compartirlo con nadie. La comprensiva mujer roba y cocina uno y se lo entrega la mañana siguiente a su marido para que se lo coma a sus anchas durante su jornada en el monte, pero al intentar hacerlo se le aparecen sucesivamente el diablo, Dios y la Muerte (Enrique Lucero) pidiéndole que lo comparta con ellos. Temiendo morir antes de poder disfrutar de la comida, accede a la tercera demanda, y la Muerte, para recompensar su generosidad, le regala un agua que consigue devolver la salud a los enfermos, salvo a los pocos que ella decida llevarse definitivamente. Gracias a sus milagros curativos, Macario se convierte en un hombre rico; pero ya se sabe que en según qué sitios la alegría dura poco.

Ambientada durante las celebraciones del Día de los Muertos, con fotografía deslumbrante de Gabriel Figueroa y maravillosas interpretaciones del trío protagonista, Macario es una joya cinematográfica que trata sobre los sueños inalcanzables de los eternos sufridores, una suerte de fábula cuyos elementos fantásticos quizá suavizan sus formas pero no le restan gravedad a su cruel moraleja. De una aparente sencillez y una belleza que desarman al espectador más escéptico; depurada al máximo, sin los excesos melodramáticos de los que a menudo peca el cine mexicano, incluso el mejor, y abundante en secuencias para el recuerdo, como la que transcurre en la morada de la Muerte, en la que cada vela encendida representa una vida, esta obra maestra universal me parece la mejor forma de descubrir el cine de Roberto Gavaldón y las muchas y agradables sorpresas que en él aguardan a los cinéfilos más curiosos.

 

 

 

HOMBRE DEL SUR de Roald Dahl

Relatos de lo inesperado (Tales of the Unexpected, 1979) es una de las compilaciones más populares del escritor galés de origen noruego Roald Dahl, en gran medida porque los cuentos incluidos en ella han sido conocidos por el gran público gracias a diversas series de televisión. Por sus páginas, repletas de humor negro y de ironía, con elementos fantásticos o más claramente realistas pero siempre con cierto gusto por lo macabro y mucha mala leche, suelen campar a sus anchas ejemplares del género humano poco recomendables.

Uno de mis preferidos, y también de los más conocidos, es el titulado «Hombre del sur», quizá el que más a veces ha sido adaptado a la televisión y al cine. En la pequeña pantalla apareció, junto a sus compañeros de colección, en la serie Tales of the Unexpected (1979-1988), aunque las adaptaciones que el espectador español más veterano probablemente recuerde sean las dos que formaron parte, en diferentes temporadas, de la mítica Alfred Hitchcock presenta: la de 1960, protagonizada por Peter Lorre y Steve McQueen, y la de 1985, con un inmenso John Huston acaparando todas las miradas. En el cine, pudimos rememorar la historia en el cuarto episodio, dirigido y protagonizado por Quentin Tarantino, de Four Rooms (1995).

El relato, de apenas trece páginas en las que la tensión va en aumento y que nos guardan un final sorprendente, nos lleva a una habitación de hotel en la que está a punto de cruzarse una curiosa apuesta entre un hombre mayor -el «hombre del sur» del título- y un muchacho, con una joven y otro hombre -el narrador de la historia- como testigos: si el chico es capaz de encender diez veces seguidas su encendedor, del que dice que no falla nunca, ganará un Cadillac; si no, su adversario le cortará el dedo meñique de su mano izquierda con un cuchillo.

-Muy bien -dije yo-, empiecen.

El muchacho me hizo una petición antes de comenzar:

-¿Quiere contar en voz alta el número de veces que lo enciendo? Por favor.

-Sí, lo haré.

Levantó la tapa del mechero y con el mismo dedo dio una vuelta a la ruedecita. La piedra chispeó y apareció una llama amarillenta.

-¡Uno! -dije yo.

No apagó la llama, sino que colocó la tapa en su sitio y esperó unos segundos antes de volverlo a encender.

Dio otra fuerte vuelta a la rueda y de nuevo apareció la pequeña llama al final de la mecha.

-¡Dos!

El silencio era total. El muchacho tenía los ojos puestos en el encendedor. El hombrecillo tenía el cuchillo en el aire y también miraba al encendedor.

-¡Tres!

-¡Cuatro!

-¡Cinco!

-¡Seis!

-¡Siete!

Traducción de Carmelina Payá y Antonio Samons.

Publicado por Anagrama.

EL HOMBRE QUE QUISO SER REY de Rudyard Kipling

-He vuelto -repitió-; y fui rey de Kafiristán, yo y Dravot… ¡éramos reyes coronados!

Quien más quien menos habrá visto la película El hombre que pudo reinar (The Man Who Would Be King, 1975), una de las obras maestras de John Huston, cineasta adicto a los personajes que persiguen un sueño y se topan, inevitablemente, con la derrota; pero quizá no tantos se hayan animado a acudir a las fuentes, a conocer a Kipling, a leer uno de los relatos más perfectos y hermosamente tristes que la literatura nos haya dejado.

En esta oficina lo acordamos; usted sentado y dándonos libros. Soy Peachey, Peachey Taliaferro Carnehan, y usted ha estado aquí sentado desde entonces… ¡Oh, Dios mío!

¿Cuántas veces terminamos una lectura convencidos de que nos acompañará para siempre? ¿De cuántas historias salimos a la vez eufóricos y ya nostálgicos, deseando volver a ellas? Supongo que para eso son necesarios personajes como Daniel Dravot y Peachey Taliaferro Carnehan -Sean Connery y Michael Caine en el film de Huston-, epítomes del espíritu aventurero, de las locas ilusiones, de la camaradería y la dignidad, de todo aquello que probablemente soñaba vivir el propio narrador mientras trabajaba en su despacho del diario. Kipling se limitó a imaginarlo con palabras inigualables, a fijar la historia y la leyenda de la mano de un Peachey Carnehan que no se dejó vencer por la muerte sin antes dejar testimonio de su odisea; nosotros, a leerlo por primera vez en épocas ya olvidadas en las que un WhatsApp no interrumpía nuestras aventuras. Qué tiempos.

-Fueron lo bastante crueles como para darle de comer en el templo, porque dijeron que era más dios que el viejo Daniel, que sólo era un hombre. Después le sacaron a la nieve y le dijeron que se fuera a su casa, y Peachey volvió a su casa al cabo de un año, mendigando a salvo por los caminos; porque Daniel Dravot caminaba delante de él y le decía: «Venga, Peachey. Lo estamos haciendo muy bien». Las montañas bailaban por la noche, y las montañas intentaban caer sobre la cabeza de Peachey, pero Dan le llevaba de la mano, y Peachey avanzaba encorvado. Nunca soltó la mano de Dan, ni soltó la cabeza de Dan. Se la dieron de regalo en el templo, para recordarle que no volviera, y aunque la corona era de oro puro, y Peachey se moría de hambre, Peachey nunca la vendió. ¡Usted conoció a Dravot, señor! ¡Conoció a Su Alteza el Hermano Dravot! ¡Mírelo ahora!

Traducción de Encarna Castejón.

Publicado por Austral.

FAT CITY de Leonard Gardner

Tully se fue temprano a la cama aquella noche, harto de pollo frito y puré de patatas, y oyendo los ruidos de la calle se dejó llevar con su derrota hacia la oscuridad.

En 1972 se estrenó Fat City, ciudad dorada (Fat City), una de las mejores películas de John Huston para quien esto escribe. Protagonizada por Stacy Keach, en el mejor papel de su vida, Jeff Bridges y Susan Tyrrell, candidata al Oscar a la mejor actriz secundaria por su interpretación, nos mostró sin cortapisas el lado más amargo, cruel y poco romántico de la derrota. Gracias a la realista fotografía de Conrad L. Hall, el film olía a mugre, a sudor, a alcohol, a soledad, a sueños rotos. Y, de propina, nos reservaba una de las escenas finales más hermosas y desesperanzadoras que nos haya dejado el cine.

Ese fragmento tan simbólico, en el que un Billy Tully vencido, sentado a la barra de un bar, contempla su rostro envejecido en un espejo mientras el mundo se paraliza, literalmente, a su alrededor, no aparece en la novela original de Leonard Gardner -se le debió de ocurrir al propio Gardner al escribir el guion o, incluso, a John Huston-, pero sí está en ella todo lo demás, la historia de un exboxeador que va de hotel en hotel, de bar en bar y de trabajo en trabajo, y que decide volver al entrenar para regresar al ring como una forma de no darse aún completamente por vencido, de aferrarse por última vez de manera desesperada, y quizá engañosa, al único sueño que ha dado sentido a su vida. Junto a él, un joven llamado Ernie, en el que Billy se ve reflejado, que empieza a dar sus primeros pasos en el boxeo y que pronto descubrirá que, para la mayoría, la vida real tiene poco que ver con promesas de éxito.

Áspera, cruda, limada hasta despojarla de cualquier adorno innecesario -el propio autor declaró que había depurado las 400 páginas de la primera versión hasta dejarlas en unas 200-, Fat City (1969) es la única novela escrita hasta ahora por Leonard Gardner y una de esas obras maestras de la literatura estadounidense que muestran la otra cara del American Dream. Su inicio ya deja bien a las claras en qué fango nos movemos. Aquí os lo dejo.

Vivía en el Hotel Coma, que tal vez tomaba el nombre de algún fundador de la ciudad -un explorador de California o un pionero- o de algún inmigrante italiano fallecido mucho tiempo atrás que no fundó más que el hotel. Con independencia de a quién conmemorase, el hotel era un monumento mediocre, y Billy Tully no tenía intención de quedarse allí. Seguía guardando la ropa limpia en la maleta que tenía sobre la cómoda, lista para abandonar aquel alojamiento por otro mejor a las primeras de cambio. A lo largo del año y medio transcurrido desde que le dejó su mujer había vivido en cinco hoteles. Observó desde la ventana el raquítico horizonte de Stockton -una ciudad de ochenta mil habitantes rodeada por pantanos, riachuelos y los terrenos cultivados del delta del río San Joaquín-, una vista de edificios de oficinas, chapiteles, chimeneas, torres de agua, tanques de gas y tejados bajos de residencias que se alzaban entre árboles sin hojas en medio de calles completamente planas. Desde su ventana veía hombres entrar y salir de bares y licorerías, cafés, tienda de segunda mano y hoteles sin ascensor. Unas palomas del color mismo de las calles picoteaban en las canaletas, volaban entre edificios, iban de cornisa en cornisa y arrullaban en el alféizar de Tully. Su habitación era alta y estrecha. Marcas de cabezas grasientas oscurecían el papel pintado entre los barrotes del cabecero de la cama. La persiana estaba hecha trizas, la bombilla apenas daba luz y los vecinos parecían sufrir todos alguna afección pulmonar.

Traducción de Rubén Martín Giráldez.

Publicada por Underwood.

ILEGAL (1955) de Lewis Allen

 

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Lewis Allen fue un cineasta inglés que desarrolló la práctica totalidad de su carrera en Estados Unidos, alternando la dirección de películas de bajo presupuesto con sus muchos trabajos para la televisión. Entre sus films, un poco de todo y casi nada para tirar cohetes, desde el drama al cine de misterio pasando por el de aventuras o el policíaco.

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Ilegal (Illegal) –remake de The Mouthpiece (1932), dirigida por James Flood y Elliott Nugent- es uno de sus mejores trabajos, un híbrido entre el género de gánsteres y el judicial -por aquí no asoman en absoluto las luces y sombras del noir– dominado a lo largo y a lo ancho por la presencia de Edward G. Robinson en la piel de Victor Scott, un fiscal famoso por ganar todos sus casos que presenta su dimisión al descubrir que el último acusado para el que consiguió la pena de muerte era, en realidad, inocente.

Tras una temporada de depresión y de darle al frasco, Scott decide pasarse al otro lado y ejercer de abogado defensor, pero entrará en conflicto con gente poco recomendable y con su antigua ayudante y protegida, que sigue trabajando para el estado.

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A pesar de un final demasiado condescendiente y a mayor gloria de Robinson y de su personaje, Ilegal se beneficia de una puesta en escena vigorosa -las contadas secuencias de acción están maravillosamente filmadas- y con un magnífico ritmo interno nada teatral, de unos estupendos secundarios entre los que destaca la gran Nina Foch y de un guion perfectamente armado y con algunas frases lapidarias para el recuerdo, cortesía de James R. Webb y W. R. Burnett -este último, el autor de la novela que adaptó John Huston en su obra maestra La jungla de asfalto (The Asphalt Jungle, 1950)-. Suficientes elementos para un film que, sin ser redondo, vale la pena descubrir.

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Editada en DVD por Feel Films.

 

 

UN MARIDO RICO (1942) de Preston Sturges

The-Palm-Beach-StoryUno de los elementos característicos de la screwball comedy americana que tantas grandes películas nos dejó durante los años 30 y 40 es la presencia de una protagonista femenina dominante, inteligente y manipuladora, que impone su voluntad llegando hasta donde haga falta y trae de cabeza al personaje masculino, a menudo pasivo cuando no directamente bobalicón. Este intercambio de papeles -que de manera nada cómica y mucho más sibilina se da también en el cine negro- está en la base de algunas de las mejores comedias de Hawks, Leisen, Lubitsch o Preston Sturges.

La que maneja el cotarro en Un marido rico (The Palm Beach Story) es la gran Claudette Colbert. Es ella quien lleva los pantalones en casa-la que fuma y se emborracha, detalles de guion nada casuales- y quien decide poner fin a las penurias económicas de su matrimonio abandonando a su esposo y viajando a Palm Beach para casarse con algún millonario despistado que, de paso, sufrague el proyecto arquitectónico de su marido, a quien haría pasar por su hermano. El pobre esposo abandonado (Joel McCrea), cuya opinión, por supuesto, no cuenta un comino, la seguirá hasta Palm Beach para tratar de impedir sus planes.

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Este disparatado argumento le sirve como excusa a Sturges para escribir y dirigir una de las más divertidas, locas y vertiginosas películas del género, repleta de situaciones dominadas por una total ausencia de lógica y por un humor, a menudo, antológicamente absurdo. Aquí poco importan los personajes como individuos, cómo son y cómo evolucionan, ni siquiera sus relaciones sentimentales, sino lo que de ellos puede obtener Sturges para montar su fiesta, para alcanzar la pura comedia. No hay más que ver el delirante final para darnos cuenta de que todo vale si nos lo hemos pasado bien.

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Y no tenemos que esperar demasiado para percatarnos del absoluto despiporre que es Un marido rico. Ya antes de llegar a Palm Beach y conocer a Hackensacker III -a quien, por cierto, no me cuesta mucho imaginármelo, con unos cuantos años más, enamorándose de Jack Lemmon en Con faldas y a lo loco (Some Like It Hot, 1959) de Billy Wilder- y a su hermana -la misma Mary Astor que lidiaba con Bogart/Spade en El halcón maltés (The Maltese Falcon, 1941) de John Huston-, nos encontramos con personajes inolvidables como el anciano magnate de las salchichas que va a conocer el piso del que van a echar a nuestros protagonistas o el grupo de cazadores gracias a los cuales la Colbert puede viajar de gorra en tren a Palm Beach y que protagonizan una de las mayores juergas etílicas de la historia del cine, convirtiendo el tren en su propio coto de caza, en un absoluto desmadre que podría rivalizar con el del camarote de los hermanos Marx en Una noche en la ópera (A Night at the Opera, 1935) de Sam Wood.

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Editada en DVD por Sherlock.

 

LOS VALIENTES ANDAN SOLOS (1962) de David Miller

A comienzos de los 60, el cine de Hollywood comenzó a interesarse por el personaje del vaquero inadaptado, un tipo rudo y con un código ético desfasado incapaz de seguir y aceptar la constante evolución de la época en que vive. A la sombra de Vidas rebeldes (The Misfits, 1961) de John Huston -posiblemente el gran film sobre el tema, una maravilla aún más mitificada por todo lo que ocurrió tras su rodaje-, surgieron películas como la estupenda Los valientes andan solos (Lonely Are the Brave), no demasiado famosa, probablemente, porque anda perdida en medio de una filmografía, la de David Miller, que en líneas generales no es precisamente para tirar cohetes.

El protagonista de la historia es Jack Burns (Kirk Douglas), un vaquero que en plenos años 50 continúa a lomos de su yegua atravesando pastos vallados, carreteras y fronteras vigiladas, ajeno completamente a unas leyes que no van con él. Enterado de que Paul, un antiguo amigo, ha sido encarcelado por ayudar a unos inmigrantes ilegales, acude a Nuevo Méjico para ayudarle a fugarse, pero una vez en la cárcel se da cuenta de que su amigo ya no es el rebelde que era y que prefiere cumplir la condena para no tener que abandonar a su mujer y su hijo. Jack se escapa, pero la policía y el ejército emprenden una caza del hombre a través de las montañas.

Los valientes andan solos es un proyecto personal de Kirk Douglas, actor que llegó a controlar muchos de los films en los que participó y que incluso fundó su propia productora. Aquí encarna a un personaje cínico, bravucón y desencantado, una especie de Quijote que lucha por la justicia contra helicópteros y camiones en lugar de molinos de viento, pero que se sabe impotente ante una época que ya no es la suya y que irremediablemente acabará venciéndole. Él es el vértice absoluto sobre el que gira la película, pero Dalton Trumbo, en otro de sus magníficos y simbólicos guiones protagonizados por un rebelde que se enfrenta a la sociedad -en esta ocasión, adaptando una novela de Edward Abbey-, no se olvida de dar sus grandes momentos a los otros dos personajes principales: el sheriff interpretado por Walter Matthau, tan cínico y desencantado como Jack, al que se ve obligado a perseguir pero sin demasiados deseos de atraparle, y la esposa de Paul (una principiante y maravillosa Gena Rowlands), de quien Jack, faltaría más, continúa aún enamorado. La escena en que ambos se despiden definitivamente antes de que él emprenda su huida hacia las montañas, ese gesto cómplice e instintivo de tocarse el cabello que quizá recuerda otros momentos compartidos, es ya -sin olvidarnos del tremendo final en la carretera bajo la lluvia nocturna- motivo suficiente para ver esta película injustamente poco conocida.

Editada en DVD por Suevia.