Archive for the ‘John Huston’ Tag

ILEGAL (1955) de Lewis Allen

 

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Lewis Allen fue un cineasta inglés que desarrolló la práctica totalidad de su carrera en Estados Unidos, alternando la dirección de películas de bajo presupuesto con sus muchos trabajos para la televisión. Entre sus films, un poco de todo y casi nada para tirar cohetes, desde el drama al cine de misterio pasando por el de aventuras o el policíaco.

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Ilegal (Illegal) –remake de The Mouthpiece (1932), dirigida por James Flood y Elliott Nugent- es uno de sus mejores trabajos, un híbrido entre el género de gánsteres y el judicial -por aquí no asoman en absoluto las luces y sombras del noir– dominado a lo largo y a lo ancho por la presencia de Edward G. Robinson en la piel de Victor Scott, un fiscal famoso por ganar todos sus casos que presenta su dimisión al descubrir que el último acusado para el que consiguió la pena de muerte era, en realidad, inocente.

Tras una temporada de depresión y de darle al frasco, Scott decide pasarse al otro lado y ejercer de abogado defensor, pero entrará en conflicto con gente poco recomendable y con su antigua ayudante y protegida, que sigue trabajando para el estado.

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A pesar de un final demasiado condescendiente y a mayor gloria de Robinson y de su personaje, Ilegal se beneficia de una puesta en escena vigorosa -las contadas secuencias de acción están maravillosamente filmadas- y con un magnífico ritmo interno nada teatral, de unos estupendos secundarios entre los que destaca la gran Nina Foch y de un guion perfectamente armado y con algunas frases lapidarias para el recuerdo, cortesía de James R. Webb y W. R. Burnett -este último, el autor de la novela que adaptó John Huston en su obra maestra La jungla de asfalto (The Asphalt Jungle, 1950)-. Suficientes elementos para un film que, sin ser redondo, vale la pena descubrir.

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Editada en DVD por Feel Films.

 

 

UN MARIDO RICO (1942) de Preston Sturges

The-Palm-Beach-StoryUno de los elementos característicos de la screwball comedy americana que tantas grandes películas nos dejó durante los años 30 y 40 es la presencia de una protagonista femenina dominante, inteligente y manipuladora, que impone su voluntad llegando hasta donde haga falta y trae de cabeza al personaje masculino, a menudo pasivo cuando no directamente bobalicón. Este intercambio de papeles -que de manera nada cómica y mucho más sibilina se da también en el cine negro- está en la base de algunas de las mejores comedias de Hawks, Leisen, Lubitsch o Preston Sturges.

La que maneja el cotarro en Un marido rico (The Palm Beach Story) es la gran Claudette Colbert. Es ella quien lleva los pantalones en casa-la que fuma y se emborracha, detalles de guion nada casuales- y quien decide poner fin a las penurias económicas de su matrimonio abandonando a su esposo y viajando a Palm Beach para casarse con algún millonario despistado que, de paso, sufrague el proyecto arquitectónico de su marido, a quien haría pasar por su hermano. El pobre esposo abandonado (Joel McCrea), cuya opinión, por supuesto, no cuenta un comino, la seguirá hasta Palm Beach para tratar de impedir sus planes.

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Este disparatado argumento le sirve como excusa a Sturges para escribir y dirigir una de las más divertidas, locas y vertiginosas películas del género, repleta de situaciones dominadas por una total ausencia de lógica y por un humor, a menudo, antológicamente absurdo. Aquí poco importan los personajes como individuos, cómo son y cómo evolucionan, ni siquiera sus relaciones sentimentales, sino lo que de ellos puede obtener Sturges para montar su fiesta, para alcanzar la pura comedia. No hay más que ver el delirante final para darnos cuenta de que todo vale si nos lo hemos pasado bien.

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Y no tenemos que esperar demasiado para percatarnos del absoluto despiporre que es Un marido rico. Ya antes de llegar a Palm Beach y conocer a Hackensacker III -a quien, por cierto, no me cuesta mucho imaginármelo, con unos cuantos años más, enamorándose de Jack Lemmon en Con faldas y a lo loco (Some Like It Hot, 1959) de Billy Wilder- y a su hermana -la misma Mary Astor que lidiaba con Bogart/Spade en El halcón maltés (The Maltese Falcon, 1941) de John Huston-, nos encontramos con personajes inolvidables como el anciano magnate de las salchichas que va a conocer el piso del que van a echar a nuestros protagonistas o el grupo de cazadores gracias a los cuales la Colbert puede viajar de gorra en tren a Palm Beach y que protagonizan una de las mayores juergas etílicas de la historia del cine, convirtiendo el tren en su propio coto de caza, en un absoluto desmadre que podría rivalizar con el del camarote de los hermanos Marx en Una noche en la ópera (A Night at the Opera, 1935) de Sam Wood.

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Editada en DVD por Sherlock.

 

LOS VALIENTES ANDAN SOLOS (1962) de David Miller

A comienzos de los 60, el cine de Hollywood comenzó a interesarse por el personaje del vaquero inadaptado, un tipo rudo y con un código ético desfasado incapaz de seguir y aceptar la constante evolución de la época en que vive. A la sombra de Vidas rebeldes (The Misfits, 1961) de John Huston -posiblemente el gran film sobre el tema, una maravilla aún más mitificada por todo lo que ocurrió tras su rodaje-, surgieron películas como la estupenda Los valientes andan solos (Lonely Are the Brave), no demasiado famosa, probablemente, porque anda perdida en medio de una filmografía, la de David Miller, que en líneas generales no es precisamente para tirar cohetes.

El protagonista de la historia es Jack Burns (Kirk Douglas), un vaquero que en plenos años 50 continúa a lomos de su yegua atravesando pastos vallados, carreteras y fronteras vigiladas, ajeno completamente a unas leyes que no van con él. Enterado de que Paul, un antiguo amigo, ha sido encarcelado por ayudar a unos inmigrantes ilegales, acude a Nuevo Méjico para ayudarle a fugarse, pero una vez en la cárcel se da cuenta de que su amigo ya no es el rebelde que era y que prefiere cumplir la condena para no tener que abandonar a su mujer y su hijo. Jack se escapa, pero la policía y el ejército emprenden una caza del hombre a través de las montañas.

Los valientes andan solos es un proyecto personal de Kirk Douglas, actor que llegó a controlar muchos de los films en los que participó y que incluso fundó su propia productora. Aquí encarna a un personaje cínico, bravucón y desencantado, una especie de Quijote que lucha por la justicia contra helicópteros y camiones en lugar de molinos de viento, pero que se sabe impotente ante una época que ya no es la suya y que irremediablemente acabará venciéndole. Él es el vértice absoluto sobre el que gira la película, pero Dalton Trumbo, en otro de sus magníficos y simbólicos guiones protagonizados por un rebelde que se enfrenta a la sociedad -en esta ocasión, adaptando una novela de Edward Abbey-, no se olvida de dar sus grandes momentos a los otros dos personajes principales: el sheriff interpretado por Walter Matthau, tan cínico y desencantado como Jack, al que se ve obligado a perseguir pero sin demasiados deseos de atraparle, y la esposa de Paul (una principiante y maravillosa Gena Rowlands), de quien Jack, faltaría más, continúa aún enamorado. La escena en que ambos se despiden definitivamente antes de que él emprenda su huida hacia las montañas, ese gesto cómplice e instintivo de tocarse el cabello que quizá recuerda otros momentos compartidos, es ya -sin olvidarnos del tremendo final en la carretera bajo la lluvia nocturna- motivo suficiente para ver esta película injustamente poco conocida.

Editada en DVD por Suevia.

LA TERCERA EXPEDICIÓN de Ray Bradbury

“¿Cómo pueden tocarme estas fantasías, y de una manera tan íntima? Toda literatura (me atrevo a contestar) es simbólica; hay unas pocas experiencias fundamentales y es indiferente que un escritor, para transmitirlas, recurra a lo “fantástico” o a lo “real”, a Macbeth o a Raskolnivok, a la invasión de Bélgica en agosto de 1914 o a una invasión de Marte. ¿Qué importa la novela, o la novelería de la science-fiction? En este libro de apariencia fantasmagórica, Bradbury ha puesto sus largos domingos vacíos, su tedio americano, su soledad, como los puso Sinclair Lewis en Main Street.” (Jorge Luis Borges, en su prólogo a Crónicas Marcianas).

El pasado martes día 5 nos dejó Ray Bradbury, uno de mis escritores preferidos. Considerado uno de los grandes de la ciencia-ficción, escribió también novela policíaca, cuentos de terror, novelas sobre la adolescencia en que la fantasía se mezclaba con la realidad, guiones para televisión y para cine -como el que realizó, a partir de la novela de Herman Melville, para Moby Dick (1956), uno de los films de John Huston que más me gustan-, poemas, obras de teatro…En cualquier género y formato, nunca perdió de vista el lirismo y la humanidad en las historias que nos contó, por lo que llegó a ser uno de los grandes de la literatura norteamericana más allá de etiquetas genéricas.

       La tercera expedición, perteneciente al libro Crónicas marcianas (The Martian Chronicles, 1950), es uno de mis relatos preferidos de Bradbury. En él se nos cuenta cómo una expedición terrestre aterriza en una zona de Marte en la que se encuentran un pueblo muy similar a aquellos en los que pasaron su infancia los tripulantes de la nave. Enseguida descubren que los habitantes del pueblo son sus familiares, novias y amigos fallecidos, que al parecer gozan de una segunda vida en Marte. El capitán John Black se dará cuenta de lo que ocurre en realidad, pero para él y para sus hombres será demasiado tarde.

        La nostalgia, la felicidad, el miedo y la falta de respuestas se dan la mano en este fantástico relato.

        “Un hombre no hace muchas preguntas cuando su madre vuelve de pronto a la vida. Está demasiado contento. Y aquí estamos todos esta noche, en distintas casas, distintas camas, sin armas que nos protejan. Y el cohete vacío a la luz de la luna. ¿Y no sería espantoso y terrible descubrir que todo esto es parte de un inteligente plan de los marcianos para dividirnos y vencernos, y matarnos? En algún momento de esta noche, quizá, mi hermano, que está en esta cama, cambiará de forma, se fundirá y se transformará en otra cosa, en una cosa terrible, un marciano. Sería tan fácil para él volverse en la cama y clavarme un cuchillo en el corazón…Y en todas esas casas, a lo largo de la calle, una docena de otros hermanos o padres fundiéndose de pronto y sacando cuchillos, se abalanzarán sobre los confiados y dormidos terrestres.

        Le temblaban las manos bajo las mantas. Tenía el cuerpo helado. De pronto la teoría no fue una teoría. De pronto tuvo mucho miedo.

        Se incorporó en la cama y escuchó. Todo estaba en silencio. La música había cesado. El viento había muerto. Su hermano dormía junto a él.

        Levantó con mucho cuidado las mantas y salió de la cama. Había dado unos pocos pasos por el cuarto cuando oyó la voz de su hermano.

        -¿Adónde vas?

        -¿Qué?

        La voz de su hermano sonó otra vez fríamente:

        -He dicho que a dónde piensas que vas.

        -A beber un trago de agua.

        -Pero no tienes sed.

        -Sí, sí, tengo sed.

        -No, no tienes sed.

        El capitán John Black echó a correr por el cuarto. Gritó, gritó dos veces.

        Nunca llegó a la puerta.”

                     Publicado por Ediciones Minotauro.

                     Traducción de Francisco Abelenda.

LA BUENA GENTE DEL CAMPO de Flannery O´Connor

A pesar de fallecer a los 39 años, tras padecer una larga enfermedad en la sangre, a Flannery O´Connor le dio tiempo a escribir uno de los capítulos más extraordinarios y singulares de la literatura del siglo XX. Comparada a menudo, por la temática sureña de sus obras, con William Faulkner, Carson McCullers o Erskine Caldwell -tres grandes autores a los que, para mi gusto, supera con creces-, escribió sus relatos y novelas con un estilo inconfundible que difícilmente podría haber creado escuela, y que la convierte en la escritora más inclasificable y perturbadora que conozco.

        Ambientados generalmente en lugares en los que predomina la pobreza y una exacerbada religiosidad, los relatos de Flannery O´Connor suelen estar dominados por la representación de la maldad, personificada a menudo en asesinos desequilibrados o demasiado lúcidos, según se mire, y en falsos profetas y santurrones, pero también en niños, mujeres y ancianos en los que esa maldad se mezcla con la inocencia y hasta con la estupidez, transformándolos en personajes de una complejidad inabarcable que sólo se nos hacen soportables gracias al humor escéptico y distanciador de su creadora. Quienes hayan visto la película Sangre sabia (Wise Blood, 1979), adaptación de la novela homónima de O´Connor publicada en 1952 y uno de los films, como no podía ser menos, más extraños e incomprendidos de la filmografía de John huston, sabrán por dónde van los tiros.

        De título irónico donde los haya, La buena gente del campo es, entre tanta obra maestra, una de las incontestables joyas de la corona, imprescindible en cualquier antología del relato norteamericano que se precie. Una casa en el campo, un granero y cuatro personajes: la chismosa señora Freeman, la confiada señora Hopewell, su hija Joy, una treintañera universitaria con una pierna artificial y que ha renunciado definitivamente a la felicidad, y el joven vendedor de biblias que se hace llamar Manley Pointer, en apariencia un alma cándida que lleva su desgraciada historia a quien quiera escucharla. Desde su superioridad intelectual, Joy intenta seducir al muchacho, en el que cree descubrir la inocencia más absoluta, descubriendo demasiado tarde que el tal Manley no es en realidad “buena gente del campo”. Un cuento demoledor y malsano, cuya lectura nos deja perplejos y desarmados, y que muestra cómo la mejor literatura puede, o quizá debe, ser también la más terrible.

“Pensó que por primera vez en su vida tenía frente a sí la verdadera inocencia. El muchacho, con un instinto que nacía más allá de la experiencia, había descubierto la verdad sobre ella. Cuando, después de un momento, ella dijo en voz alta y ronca: “Muy bien”, fue como rendirse a él por completo. Fue como perder su propia vida y encontrarla de nuevo, de manera milagrosa, en la de él.

        Poco a poco él empezó a subirle la pernera del pantalón. La pierna artificial, con un calcetín blanco y un zapato plano marrón, estaba envuelta en una tela gruesa como lona y terminaba en una juntura desagradable que estaba atada al muñón. La voz y el rostro del muchacho eran totalmente reverentes cuando la dejó al descubierto y dijo:

        -Ahora enséñame cómo se quita y se pone.

        Ella se la quitó y se la puso nuevamente y luego él mismo la quitó, manipulándola con tanta ternura como si fuera una pierna de verdad.

        -¡Mira! -dijo con la expresión de deleite de un niño-. ¡Ahora lo puedo hacer yo mismo!

        -Colócala de nuevo -le pidió ella. Estaba pensando que se escaparía con él y que todas las noches él le sacaría la pierna y todas las mañanas se la volvería a poner-. Colócala de nuevo -repitió.

        -Todavía no -murmuró él, y la puso de pie lejos de su alcance-. Estate sin ella un rato. Me tienes a mí.

        Ella dejó escapar un grito de alarma, pero él la empujó y comenzó a besarla una vez más. Sin la pierna, se sentía completamente dependiente de él. Parecía que su mente había dejado de pensar y que se ocupaba de otras funciones que no se le daban muy bien. Expresiones diferentes recorrieron su rostro. De tanto en tanto, el muchacho, cuyos ojos parecían dos pernos de acero, volvía la cabeza para mirar la pierna. Finalmente ella lo apartó de un empujón y dijo:

        -Ahora colócala de nuevo.

        -Espera -dijo él.”

                            Traducción de Marcelo Covián.

                            Publicado por Mondadori DeBols!llo.

EL CONFIDENTE (1962) de Jean-Pierre Melville

Muchas de las grandes películas del género negro nos cuentan las desventuras de unos personajes, generalmente al margen de la ley, que llevan su destino escrito en la frente, perdedores con tintes trágicos amarrados a la ley de Murphy, a la mala pata. En mi opinión, la gran obra maestra de la fatalidad en el cine negro norteamericano es La jungla de asfalto (The Asphalt Jungle, 1950) de John Huston, film aderezado por el romanticismo y la comprensión o simpatía por sus personajes tan presentes en el cine de su autor. Mucho más fría y distante, sin buscar nunca nuestra complicidad con los protagonistas, su equivalente en el cine francés sería El confidente (Le Doulos), uno de los monumentos que filmó Jean-Pierre Melville.

        Con Serge Reggiani y Jean-Paul Belmondo llenando la pantalla y una fotografía en blanco y negro, a cargo de Nicholas Hayer, de las que quitan el hipo, El confidente es un tratado insuperable sobre la traición y la mentira habitado por unos personajes que no se fían ni de su sombra y por otros que en realidad no son lo que parecen, y cuya naturaleza, unida a la dichosa fatalidad, les llevará a un inevitable final en el que no se libra ni el apuntador y que tiene todos los elementos de la tragedia clásica.

       

 La película es además una sucesión de momentos para el recuerdo, desde la larga secuencia inicial, con Maurice, el personaje interpretado por Reggiani, mirándose en el espejo roto -que lo unirá en el tiempo a Silien (Belmondo) en un plano similar- y el sorprendente asesinato, pasando por la primera aparición de Silien, sin que veamos su rostro, en el umbral de una puerta, hasta el fragmento final en el que Maurice camina bajo la lluvia hacia su destino, hacia una de las grandes escenas del género, que probablemente tuvo en cuenta Tarantino a la hora de rodar el final de Reservoir Dogs (1992), lo cual creo que demuestra que la huella de Melville está mucho más presente en la obra de cineastas posteriores que en la memoria de los espectadores.

CAZADOR BLANCO, CORAZÓN NEGRO de Peter Viertel

 

 

 

 

 

 

 

 

Cazador blanco, corazón negro (White hunter, black heart, 1953) es, por un lado, la crónica del rodaje de La reina de África (The african queen, 1951), uno de los films más míticos de John Huston (aunque no de mis preferidos), y, por otro, el retrato del propio Huston y de su obsesión por cazar un elefante, lo cual estuvo a punto de dar al traste con la película. Peter Viertel, que fue colaborador asiduo de Huston y que terminó de dar forma al guión creado por James Agee, escribe sobre su relación y enemistad con el cineasta, sobre los entresijos de la elaboración de un guión y el rodaje de una película, y sobre cómo el egoísmo de un genio es capaz de dañar todo lo que hay a su alrededor, consiguiendo una gran novela de aventuras y, sobre todo, una de las visiones más interesantes que la literatura ha dado sobre el cine.

        La novela fue llevada al cine en 1990 por Clint Eastwood, quien además de dirigir interpretó el papel de John Huston. Sin ser de las más conocidas, es una de las mejores películas de su filmografía (mucho mejor, desde luego, que sus últimos trabajos) y, posiblemente, su mejor interpretación.

“No han sido pocos los que han imitado su estilo de vida. Actores, escritores y hasta productores han intentado hacer en alguna ocasión  lo que él hacía un día sí y otro también, y todos han acabado mal: en prisión, endeudados, o dependiendo del Fondo de Ayuda de la Industria Cinematográfica. Quizá carecieran de su talento, aunque no creo que se tratara de eso. Creo que carecían de la capacidad mágica, casi divina, que él tenía para caer de pie.”

                 Publicada por Editorial Berenice.

                 Traducción de Carmen Acuña Partal, Marcos Rodríguez

                 Espinosa y Elena García Izquierdo.

ARCADIA TODAS LAS NOCHES de Guillermo Cabrera Infante

La Arcadia, aparte de ser una zona de Grecia y de aparecer ya en la mitolo20092165221imagen001gía, hace referencia a un país imaginario que la poesía, a partir del Renacimiento -Garcilaso, Cervantes, o Lope de Vega en su novela La Arcadia (1598)-, tomó como modelo de lugar idílico, de paraíso, donde la tranquilidad, la paz y la felicidad reinan eternamente. Algo así como lo que  para un cinéfilo sería ver las grandes obras maestras.

        En 1962, el escritor y crítico de cine (y escritor de cine) cubano Guillermo Cabrera Infante pronunció en La Habana una serie de conferencias sobre la obra de cinco monstruos del celuloide: Orson Welles, Alfred Hitchcock, Howard Hawks, John Huston y Vincente Minnelli, como prólogo a la emisión de varias de sus películas. En esos textos, que cobraron forma de libro en Arcadia todas las noches (1978), Cabrera Infante no sólo escribe -y muy bien- sobre el cine de estos geniales directores, sino que además nos ayuda a interpretar y comprender sus films -aunque no siempre estemos de acuerdo con sus opiniones-, y consigue, en fin, hacer gran literatura, arte sobre el arte.

        No por casualidad, Cabrera Infante termina la última conferencia -la de Minnelli- refiriéndose a Brigadoon (1954), esa maravilla del musical que nos habla de un pueblo donde la gente vive en paz y todo es alegría y felicidad (y fabulosas canciones), y que sólo aparece en la Tierra una vez cada cien años y sólo durante un día. El personaje interpretado por Gene Kelly encontrará en él su Arcadia particular (y a Cyd Charisse, lo cual ayuda bastante), y nosotros, en películas como ésta, la nuestra.

                Publicado por Ed. Alfaguara.

LA COSECHA DE DASHIELL HAMMETT (I)

La novela de Dashiell Hammett El halcón maltés (The maltese falcon, 1_cosecha_roja__d_499c5a495a09e4930) fue llevada al cine de manera fiel y con el mismo título por John Huston, su debut como director en 1941. La película ha contribuido decisivamente a que sea ésta la obra más conocida del escritor norteamericano, al menos en nuestro país. El cine suele hacerle estos favores a la literatura y, sobre todo, a los editores.

        Cosecha roja (Red harvest, 1929), la primera obra de Hammett, pionera en sentar las bases de la novela negra con su enrevesada trama, su crítica social y sus diálogos vertiginosos, le ha servido al cine como fuente de inspiración en varias ocasiones, pero nunca, al menos que yo sepa, bajo el mismo título, y no siempre de manera reconocida, lo cual ha facilitado que sea menos popular. Las andanzas del agente de la Continental, que llega a la ciudad de Personville y consigue que los gangsters locales se enfrenten en una guerra hasta eliminarse, han sido recogidas por muy diversos cineastas y adaptadas bajo diferentes géneros y miradas: la gran literatura produciendo una magnífica cosecha cinematográfica.

        Yojimbo (1961) es una de las muchas obras maestras de Akira Kurosa144037_1010_a1wa. En ella el director japonés convierte al agente creado por Hammett en un ronin con los rasgos de Toshirô Mifune, un samurai sin dueño que ofrece sus servicios al mejor postor y que conseguirá engañar a dos bandas rivales hasta que se aniquilen. Con una sublime fotografía en blanco y negro y una impresionante utilización del cinemascope Kurosawa consigue algunas de las mejores escenas de su filmografía.  En 1962 recuperará al personaje, ahora ya sin Hammett, y al actor – la relación entre Kurosawa y Mifune y su colaboración en varias películas aparece detallada en el libro El emperador y el lobo (The emperor and the wolf, 2002), de Stuart Galbraith- para realizar Sanjuro (Tsubaki Sanjuro), otro magnífico film.

RETORNO AL PASADO (1947) de Jacques Tourneur

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El director francés afincado en Hollywood Jacques Tourneur manejó casi todos los géneros durante su carrera cinematográfica. Realizó buenos westerns, magníficas cintas de aventuras, y alcanzó popularidad principalmente gracias a la serie de películas de terror de bajo presupuesto que, junto al productor Val Lewton, dirigió para esa fábrica inagotable de obras maestras en blanco y negro que fue la RKO, con La mujer pantera (Cat people, 1942) -homenajeada en Cautivos del mal (The bad and the beautiful, 1952), de Vincente Minnelli- y Yo anduve con un zombie (I walked with a zombie, 1943) como citas ineludibles. Años más tarde, en Inglaterra, consiguió otra obra mayor del género con la menos popular (por menos vista) La noche del demonio (Night of the demon, 1958).

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Mientras se movía entre panteras y zombies, entre Wyatt Earp y halcones y flechas, va Tourneur y se saca de la manga Retorno al pasado (Out of the past, 1947), una de las obras capitales del cine negro, con un guión antológico firmado por Geoffrey Homes (seudónimo del escritor Daniel Mainwaring, autor también del guión  de La invasión de los ladrones de cuerpos (The invasion of the body snatchers, 1956), dirigida por Don Siegel), adaptación de su novela Eleven mi horca (Build my gallows high, 1946).

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La película contiene, cómo no, todos los elementos clásicos del cine negro, pero recreados esta vez dentro de ese clima de ensoñación, de irrealidad, tan característico del cine de Tourneur. En ese ambiente se mueve como pez en el agua Robert Mitchum, que encarna aquí al antihéroe descreído, socarrón, romántico y trágico tan querido por el género, que intenta iniciar una nueva vida, escapar del pasado, pero que vuelve a ser atrapado por él irremediablemente. En este sentido, Retorno al pasado compone, junto a Forajidos (The killers, 1946), de Robert Siodmak, y La jungla de asfalto (The asphalt jungle, 1950), de John Huston, un inconmensurable tríptico de luces y sombras.

Editada en DVD por Manga Films.