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El wéstern mexicano (y 2): TIEMPO DE MORIR (1966) de Arturo Ripstein

Es de sobras conocido que el estreno de Por un puñado de dólares (Per un pugno di dollari, 1964), de Sergio Leone, trajo consigo un cambio radical en la manera de ver el wéstern en la práctica totalidad de cinematografías que cultivaban el género. La mexicana, desde luego, no fue una excepción, así que a finales de los 60 y principios de los 70 proliferaron en ella los wésterns cuya estética estaba claramente influida por el spaghetti cocinado en Italia. Por desgracia para el espectador curioso, la mayoría de estos films podemos dividirlos entre los malos y los muy malos; aunque, mirando el lado positivo, alguno de ellos alcanza tal grado de delirio que puede provocarnos involuntariamente unas cuantas carcajadas. Como ejemplo, Cinco mil dólares de recompensa (1972), de Jorge Fons, una de las películas más divertidas, a su pesar, que he visto.

Afortunadamente, antes de que la moda italiana dominara las pasarelas al sur de Río Bravo aún se rodaron algunos wésterns que conservaban intacto el sabor a pulque. Uno de ellos es Tiempo de morir, la sorprendente y magistral ópera prima que filmó Arturo Ripstein a sus 21 años a partir de un guion escrito por Gabriel García Márquez -atención a las similitudes entre esta historia y la de su novela Crónica de una muerte anunciada (1981)- y Carlos Fuentes, que conoció una segunda y también estupenda adaptación en 1985, de la mano del cineasta colombiano Jorge Alí Triana. En cuanto a tema y argumento, la película de Ripstein comparte mesa y mantel con Los hermanos Del Hierro, esto es, también la venganza es aquí el motor del drama y también la fatalidad y el destino juegan un papel fundamental; pero su estilo y su tono, en cambio, son muy diferentes.

En Tiempo de morir el protagonista es Juan Sáyago (estupendo Jorge Martínez de Hoyos, a quien el espectador recordará como líder de los campesinos en Los siete magníficos (The Magnificent Seven, 1960), de John Sturges), un hombre que regresa a su pueblo tras cumplir una condena de 18 años en la cárcel por haber asesinado a Raúl Trueba. Su intención es reformar su casa, recuperar el amor de Mariana Sampedro (Marga López) y vivir en paz; pero los hijos de Trueba, unos niños cuando murió su padre, lo esperan para vengarse. El más joven conoce por casualidad a Sáyago antes de saber que es la persona a la que esperan y, poco a poco, llega a admirarle, y tanto él como su hermano se enteran de cómo fue realmente el enfrentamiento entre su padre y Juan; pero aun así los tres hombres, aunque son conscientes de que ya no tiene ningún sentido, acudirán a una cita que, tras tantos años aguardándola, les resulta inevitable.

Wéstern modesto pero enorme, filmado con apabullante sencillez y contundencia por una cámara que se permite pocos adornos para que el peso recaiga en los personajes, el film de Ripstein está recorrido todo él por un tono crepuscular de serena melancolía y habitado por un inolvidable protagonista que ya ni siquiera va armado y que necesita lentes para poder ver bien, pero que se verá forzado a recurrir, por última vez, a la violencia. Imposible que quien la haya visto pueda olvidar su secuencia final y su sorprendente, desmitificador y bellísimo último fragmento, que cae como una losa sobre el espectador y que resume por sí solo buena parte de la poética del género.

 

 

 

 

 

 

 

Adiós a Ernest Borgnine

Ayer falleció a los 95 años Ernest Borgnine, uno de los rostros más habituales y reconocibles del cine norteamericano. Curiosamente, recibió el Oscar al mejor actor principal por su papel de bonachón enamorado en Marty (1955) de Delbert Mann, pero su imagen siempre se identificará con la de personajes secundarios casi siempre violentos y a menudo malvados, como los que interpretó, por ejemplo, en las magníficas Johnny Guitar (1954) de Nicholas Ray, Conspiración de silencio (Bad day at Black Rock, 1954) de John Sturges o Sábado trágico (Violent Saturday, 1955) de Richard Fleischer.

        Aquí lo recordamos en cuatro de sus papeles más emblemáticos, en cuatro obras maestras: De aquí a la eternidad (From Here to Eternity, 1953) de Fred Zinnemann, Los vikingos (The Vikings, 1958) de Richard Fleischer, Grupo salvaje (The Wild Bunch, 1969) de Sam Peckinpah y El emperador del norte (Emperor of the North, 1973) de Robert Aldrich.

LOS VENGADORES (2012) de Joss Whedon

Los amantes del cine de acción y, por qué no, del cine en general, tienen desde ayer una cita obligada con Los vengadores (The Avengers), posiblemente la mejor adaptación a la pantalla de un cómic de superhéroes o al menos, que no siempre es lo mismo, la que más plenamente consigue aquello que busca. En cuanto a historias gráficas llevadas al cine, creo que sólo la magnífica V de Vendetta (V For Vendetta, 2006) de James McTeigue, basada en el cómic de Alan Moore y David Lloyd, sigue resistiendo la comparación.

        Diálogos bien escritos, con el punto justo de humor y de trascendencia, que consiguen que todos los personajes estén a la misma altura y tengan su protagonismo (aunque, lógicamente, dos magníficos actores como Robert Downey Jr. y Mark Ruffalo acaben asomando la cabeza), escenas de acción muy bien filmadas, sin recurrir a la típica cámara lenta sin sentido o a un montaje epiléptico que no deja ver nada y, sobre todo, aquello que distingue al buen cine de los videoclips más o menos entretenidos y que es tantas veces invisible: el impresionante ritmo interno de cada una de las escenas, que consigue que los momentos en que los personajes, simplemente, hablan, sabiamente alternados con los más espectaculares, no hagan decaer en absoluto, más bien al contrario, la diversión. 

        Con espacio para agradecidos cameos (entre otros, aparecen brevemente Stan Lee, Harry Dean Stanton y un Powers Boothe al que hay que buscar con lupa) e incluso, si queremos ponernos en plan cinéfilonostálgico, con referencias a clásicos como Los siete magníficos (The Magnificient Seven, 1960) de John Sturges, Doce del Patíbulo (The Dirty Dozen, 1967) de Robert Aldrich y tantas otras en las que se reune al grupo para acabar con los malos, Los vengadores es una montaña rusa de dos horas y cuarto que se pasan volando (¿sería igual de buena con los 45 minutos que el director Joss Whedon se vio obligado a cortar?) y que te dejan deseando ver inmediatamente la próxima entrega, la cual, a juzgar por lo que muestra el epílogo, puede dejar a ésta en una mera avanzadilla.

EVASIÓN EN LA GRANJA (2000) de Peter Lord y Nick Park

Qué poco podía imaginar John Sturges que muchos años después de filmar La gran evasión (The Great Scape, 1962), el campo de concentración en el que transcurría aquella obra maestra acabaría convertido en un gallinero. Y seguro que Steve McQueen nunca pensó que su impasible careto acabaría adquiriendo los rasgos de una gallina de plastilina llamada Ginger, tan insistente como él, eso sí, en intentar fugarse una y mil veces, para acabar inevitablemente encerrada en la “nevera” jugando con su pelota de tenis. Pero seguro que, de haberlo visto, se lo habrían pasado tan bien como nosotros.

        Evasión en la granja (Chicken Run), repleta de fugaces detalles absolutamente geniales y con un final trepidante que homenajea al mejor cine de aventuras, nos devuelve aquella gran película con un nuevo elenco de divertidos personajes: el variopinto grupo de gallinas de toda pluma y condición liderado por Ginger, el gallo veterano que recuerda sus hazañas en la guerra contra los nazis, el gallito norteamericano más bien cobarde que acabará convertido en héroe y quedándose con la chica, un par de ratonzuelos traficantes de huevos, y una mala malísima que nos recuerda a las madrastras y las brujas de tantos cuentos.

        Sin llegar a la excelencia cinematográfica de las obras mayores del género como Wall-e o Up, cosa que tampoco pretende ya que va dirigida principalmente al público infantil, Evasión en la granja es diversión asegurada para los niños y para los que aún se permiten, de vez en cuando, el lujo de volver a serlo.

               Editada en DVD por Sogepaq Video.