Archive for the ‘Joseph Losey’ Tag

La melancolía de Jeanne Moreau

Quizá no era la más guapa del baile, pero siempre lo parecía; no sé si fue la mejor actriz, pero tampoco me lo pregunto porque nunca me pareció que actuara. Orson Welles -siempre Welles- dijo que era la más grande.

Solo su presencia hizo soportables las películas de Losey en las que participó; dijo adiós al wéstern clásico junto a Monte Walsh; dio calor al gordo Falstaff mientras escuchaban las Campanadas a medianoche; se jugó sus días a la ruleta junto a La bahía de los ángeles; amó a Jules y Jim y a Truffaut y a Louis Malle y a tantos otros; nadie paseó como ella bajo la lluvia, mientras Maurice Ronet intentaba huir del Ascensor para el cadalso

La escritora Françoise Sagan dijo que un hombre enamorado de Jeanne debería hacerla reír cuando estuviera melancólica. Desde ayer, la melancolía en el cine ya no es lo que era; la nuestra, en cambio, es cada vez mayor.

 

PÁNICO AL AMANECER de Kenneth Cook

John Grant es un maestro rural que se dirige a Sidney, donde le espera su novia, a pasar las vacaciones de verano. De camino, se detiene a pasar una noche en Bundanyabba, una localidad minera en pleno outback australiano, donde poco más hay que hacer que jugar y emborracharse, sudar y tragar polvo. Tras dejar su equipaje en el hotel, se dirige a tomar unas cervezas y acaba jugándose y perdiendo todos sus ahorros. Acogido por los habitantes del pueblo, pasará los siguientes días de borrachera en borrachera, participará en una sangrienta cacería de canguros y se irá hundiendo, sin que nada ni nadie realmente lo obligue, en una pesadilla creada por él mismo.

        Pánico al amanecer (Wake in Fright, 1961), considerada una de las grandes novelas de la literatura australiana, acaba de publicarse hace unos meses traducida por primera vez al español, aunque la historia ya podíamos conocerla gracias a su magnífica adaptación cinematográfica, titulada en nuestro país Despertar en el infierno (Wake in Fright / Outback, 1971), un proyecto destinado al parecer para Joseph Losey y que acabó en las manos del mucho menos prestigioso Ted Kotcheff. A juzgar por los pestiños que Losey realizó por esa época, creo que salimos ganando con el cambio.

        Las apenas ciento ochenta febriles y salvajes páginas (pienso, sobre todo, en la atroz cacería de canguros) escritas por Kenneth Cook, de una fuerza visual que hacía poco menos que inevitable su adaptación al cine, consiguen sin ningún esfuerzo y del tirón (es recomendable leerla de una sola vez) que nos dejemos llevar de la mano del protagonista, en esta particular travesía hacia su propio infierno, hasta meternos, peligrosamente, en su propia piel. Nada es inevitable, ningún mal gira alrededor de John Grant que él no haya propiciado, pero la prosa de Cook logra el milagro de que nos parezca lógico el camino de nuestro protagonista, guiado por el desprecio que siente por sí mismo, hacia la autodestrucción. Una extraordinaria novela que nadie debería perderse, a no ser que se disponga a viajar a Australia próximamente. En ese caso, ni se te ocurra leerla.

        “El canguro no se movía.

        Sólo cuando lo tuvo cerca se dio cuenta de que era un animal muy pequeño, de algo más de un metro de altura. Además, estaba malherido y se limitaba a mantenerse en pie, mirando hacia la oscuridad que se prolongaba por detrás de la luz del reflector. De no haber sido porque los hombres estaban pendientes en el coche, habría ido a buscar el rifle. Se paró entonces detrás del canguro, deseando que se moviese, y le echó una mano al hombro. Era suave y tibio al tacto. El pecho del animal palpitaba. Debido a la proximidad le veía dos cabezas, tal como la otra noche había visto doble el rostro de Janette.

        Grant tomó impulso y arremetió contra el animal con el cuchillo. La hoja le produjo un profundo corte en la espalda y la sangre comenzó a brotar, formando una línea oscura sobre el pelaje. Sin embargo, el canguro seguía inmóvil.

        ¡Santo Dios! ¿Qué hacía él allí, John Grant, profesor de escuela y hombre enamorado, despedazando a esa pequeña bestia mullida bajo la fría luz de las estrellas?

        Se echó hacia adelante y guió el cuchillo hacia el pelaje blanco del pecho. El arma penetró con facilidad y abrió una hendidura profunda, pero el canguro seguía con vida. La carne se cerró con fuerza alrededor de la hoja y Grant tuvo que forcejear para extraerla.

        Sollozando volvió a blandir el puñal y lo clavó en el pecho y en la espalda del animal una y otra vez. Pero el marsupial aguantaba en su sitio, mudo, sin protestar y sin morir tampoco.

        Grant se echó hacia atrás un instante, se llevó la mano a los ojos y oyó los gritos de aliento provenientes del coche.”

                    Traducción de Pedro Donoso.

                    Publicada por Seix Barral.

FRITZ LANG. EL CÍRCULO DEL DESTINO

El breve documental Fritz Lang. El círculo del destino (Fritz Lang.lang_dvd Le cercle du destin – Les films allemands, 1998) es un acercamiento al cine del realizador durante sus dos etapas en Alemania. La primera fue la que cimentó su prestigio en todo el mundo, gracias a películas mudas como Metrópolis (Metropolis, 1926) y a su primer film sonoro, M, el vampiro de Düsseldorf (M, mürder inter uns, 1931), que fue objeto de un remake dirigido por Joseph Losey en 1951 que no está nada mal. Cuando el nazismo llega al poder, Lang se marcha a Estados Unidos. Tras su periplo norteamericano, regresa a Alemania y realiza tres películas más, pero en esta ocasión son muy mal recibidas por la crítica alemana. Serán los realizadores y críticos franceses, como en otras ocasiones, los que exalzarán tanto sus films norteamericanos como los de su segunda etapa alemana, homenaje incluido por parte de Godard en su película El desprecio (Le mépris, 1963), según la novela de Alberto Moravia.

        A través de diversas entrevistas con historiadores de cine, amigos y colaboradores del cineasta, los realizadores Volker Schlöndorf y Claude Chabrol, y el propio Lang, el documento, dirigido por Jorge Dana, analiza algunos aspectos de su cine -filosofía, arquitectura- y de su vida, principalmente su relación con el poder, las causas de su marcha a Hollywood, y la muerte de su esposa, de la que Lang fue sospechoso. Especialmente sabrosas son las opiniones del socarrón Chabrol -quien también homenajeó a Lang en su película Dr. M (Docteur M, 1989)- sobre la influencia del cineasta vienés en su cine y en el de Hitchcock, la muerte de la esposa (cree que Lang la asesinó), y el film Spione (1928), al que considera el mejor de la primera etapa.

        “Lo característico de todas mis películas es la lucha contra el destino. No es el destino lo importante, sino la lucha.”

                                                                                             Fritz Lang

              Editado en DVD por Divisa.