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EL DÍA DEL JUICIO de Salvatore Satta

Después de tantas lecturas “imprescindibles” que a menudo resultan no serlo, de tantos autores prestigiosos a los que cualquier buen lector debe conocer, de tantos suplementos literarios y tantas campañas publicitarias que intentan o consiguen convencernos de que la última novela de Fulanito es la hostia en vinagre, de repente encontramos al azar, por pura suerte, porque ese día nos fijamos en ella como podíamos no haberlo hecho, una novela completamente desconocida, de un autor del que nunca habíamos oído hablar, y tras leerla y considerarla inmediatamente una de las lecturas de nuestra vida comenzamos a preguntarnos cuántos escritores permanecen en el olvido sin merecerlo, o incluso cuántas grandes novelas, por una u otra razón, ni siquiera llegan a ver la luz.  

        A Salvatore Satta, jurista de profesión, le dio un buen día por echar la vista atrás, pasar cuentas con su Nuoro natal y llenar de recuerdos una novela titulada El día del juicio (Il giorno del giudizio, 1979). Por sus páginas desfilan los poderosos y los humildes, las prostitutas y las beatas, los maestros, los curas, los políticos y los que emigran en busca de una vida mejor para volver poco después a enclaustrarse en esa Nuoro testigo impasible del paso de los años, personajes tratados por el Satta narrador con dureza no exenta de ternura y humor, igualados en el momento del juicio y de la muerte, reunidos para siempre en el omnipresente cementerio.   

        Comparada con El gatopardo (Il gattopardo, 1958) de Lampedusa (a mí me recuerda también a Pedro Páramo (1955) de Juan Rulfo y a Cien años de soledad (1967) de García Márquez, y la sitúo sin rubor a su misma altura), El día del juicio es una obra maestra de la literatura sobre el discurrir inexorable del tiempo, que parece levantar polvo al pasar sus páginas pobladas por pobres difuntos a la espera de que el narrador los resucite por un instante. Cada una de sus frases, cada uno de sus portentosos fragmentos, merece la lectura más atenta y pausada, incluso volver de vez en cuando sobre nuestros pasos a medida que vamos avanzando, a fin de poder apreciar por completo la maestría de este novelista ocasional, que ni siquiera pudo ver publicada su novela, ya que falleció en 1975. 

        Aquí os dejo un fragmento, uno de los innumerables que podría haber escogido. Probablemente no venga a cuento, pero sus últimas líneas me recuerdan a la escena final de otra obra maestra, esta vez del cine, titulada Ocho y medio (Otto e mezzo, 1963) de Federico Fellini. Cosas mías. En cualquier caso, si alguien emplea unos minutos en leerlo quizá se decida a descubrir una de las más grandes novelas (esta vez sí) de la literatura del siglo xx.

“En un radio de cien metros podría señalar desde aquí los límites de los viejos y húmedos muros. Basta seguir todo lo que aparece ennegrecido por el tiempo, descascarillado, olvidado, lo que ha muerto por segunda vez. Y más allá de estas pobres tumbas se extiende todavía un breve pedazo de tierra, breve e infinito, con algún resto de cruces inclinadas, alguna cruz derribada, como si hubiera agotado su función. Me pregunto si hay más esperanza en todas aquellas tumbas donde los muertos están solos o en esta tierra bajo la cual los huesos de infinitas generaciones se acumulan y se confunden, se han hecho tierra también ellos. En este remotísimo rincón del mundo, ignorado por todos salvo por mí, siento que la paz de los muertos no existe, que los muertos están libres de todos los problemas, menos de uno, del de haber estado vivos. En las tumbas etruscas rumian los bueyes, las mayores se han convertido en establos. Sobre los lechos de piedra dejan las ollas y los cestos, los humildes instrumentos de la vida pastoril. Nadie recuerda que sean tumbas, ni siquiera el ocioso turista que se encarama por el sendero excavado en la roca, y se aventura en la profunda oscuridad donde resuena su voz. No obstante, ellos siguen estando allí, desde hace dos mil, tres mil años, porque la vida no puede vencer a la muerte, ni la muerte puede vencer a la vida. La resurrección de la carne comienza el mismo día en que se muere. No es una esperanza, no es una promesa, no es una condena. Pietro Catte, el que se colgó de un árbol la noche de Navidad, en la tanca de Biscollai, creía que podía morir.Y ahora también él está aquí (porque los curas, haciéndole pasar por loco, lo sepultaron en la tierra consagrada) con don Pasqualino y Fileddu, don Sebastiano y el ziu Poddanzu, el canónigo Fele y el maestro Ferdinando, los campesinos de Sèuna y los pastores de San Pietro, los curas, los ladrones, los santos, los ociosos del Corso; todos en una mezcla inextricable, aquí debajo.

        Como en una de aquellas absurdas procesiones del paraíso dantesco desfilan en hileras interminables, pero sin coros ni candelabros, los hombres de mi estirpe. Todos se dirigen a mí, todos quieren dejar en mis manos el hatillo de su vida, la historia sin historia de su haber existido. Palabras de oración o de ira susurran con el viento entre los matorrales de tomillo. Una corona de hierro se balancea sobre una cruz desprendida. Y tal vez mientras pienso su vida, porque escribo su vida, me ven como un dios ridículo que les ha llamado a congregarse en el día del juicio, para liberarles para siempre de su memoria.” 

             Traducción de Joaquín Jordá.

             Publicada por Anagrama (colección Otra vuelta de tuerca).

EL ZORRO ES MÁS SABIO de Augusto Monterroso

El zorro es más sabio es el texto que cierra el libro La oveja negra y demás fábulas (1969), del escritor guatemalteco Augusto Monterroso. Según cuenta Enrique Vila-Matas en Bartleby y compañía (2000), el protagonista de la fábula no es otro que el escritor mejicano Juan Rulfo, amigo de Monterroso. Aquí os la dejo.

        Un día que el Zorro estaba muy aburrido y hasta cierto punto melancólico y sin dinero, decidió convertirse en escritor, cosa a la cual se dedicó inmediatamente, pues odiaba ese tipo de personas que dicen voy a hacer esto o lo otro y nunca lo hacen.

        Su primer libro resultó muy bueno, un éxito; todo el mundo lo aplaudió, y pronto fue traducido (a veces no muy bien) a los más diversos idiomas.

        El segundo fue todavía mejor que el primero, y varios profesores norteamericanos de lo más granado del mundo académico de aquellos remotos días lo comentaron con entusiasmo y aun escribieron libros sobre los libros que hablaban de los libros del Zorro.

        Desde ese momento el Zorro se dio con razón por satisfecho, y pasaron los años y no publicaba otra cosa.

        Pero los demás empezaron a murmurar y a repetir “¿Qué pasa con el Zorro?”, y cuando lo encontraban en los cocteles puntualmente se le acercaban a decirle tiene usted que publicar más.

        -Pero si ya he publicado dos libros -respondía él con cansancio.

        -Y muy buenos -le contestaban-; por eso mismo tiene usted que publicar otro.

        El Zorro no lo decía, pero pensaba: “En realidad lo que éstos quieren es que yo publique un libro malo; pero como soy el Zorro, no lo voy a hacer.”

         Y no lo hizo.

                     Publicado por Punto de Lectura.

LOS EJÉRCITOS de Evelio Rosero

Los que se pregunten si hay vida literaria en Colombia más allá de García Márquez pueden encontrar una respuesta irrechazable en la figura de Evelio Rosero y en novelas como Los ejércitos (2007), un texto en el que la mejor literatura, la belleza de las palabras más sencillas, asoma en cada frase, en cada fragmento, en cada uno de sus breves capítulos, que a menudo podrían pasar por relatos autónomos difícilmente superables. A medida que iba leyendo esta novela abrumadora y desconcertante, en la que Rosero nos abandona sin brújula a la que recurrir para arañarle un sentido a tanta sinrazón, me acordaba del Rulfo de Pedro Páramo y del Coetzee de Esperando a los bárbaros, porque, al igual que ocurre con estas dos novelas intocables, con Los ejércitos uno ha de soltarse y dejarse llevar aunque no sepa exactamente qué terreno está pisando, y disfrutar de la impagable  y poco frecuente sensación de que es casi imposible escribir mejor.

        Si sois de los que van rastreando hasta encontrar la mejor literatura de hoy en día, la breve parada que supone Los ejércitos no os defraudará: las obras maestras no suelen hacerlo. 

“Le diré que Otilia está enferma, que no puede escribir y manda sus saludos, será una mala noticia -pero con un resto de esperanza, mil veces mejor que decir que lo peor es cierto, que su madre está desaparecida-. Todavía no queremos irnos, le diré, ¿para qué irnos, a estas alturas?, serían tus propias palabras, Otilia: en todo caso gracias por el ofrecimiento y que Dios los bendiga, tendremos en cuenta lo que nos brindan, pero es de pensar: necesitamos tiempo para dejar esta casa, tiempo para dejar lo que tendremos que dejar, tiempo para guardar lo que tendremos que llevar, tiempo para despedirnos para siempre, tiempo para el tiempo. Si nos hemos quedado aquí toda una vida, ¿por qué no unas semanas?, nosotros aquí seguiremos esperando a que esto cambie, y si no cambia ya veremos, o nos vamos o nos morimos, así lo quiso Dios, que sea lo que Dios quiera, lo que se le antoje a Dios, lo que se le dé la gana.”

                Publicada por Tusquets.

CUENTOS de Juan Carlos Onetti

“Estábamos en San Francisco con Mario (Vargas Llosa). Él me dijo que escribía de tal hora a tal hora, y ese tipo de cosas. Al final yo le dije: mirá, lo que pasa es que vos tenés con la literatura relaciones conyugales. Para mí es una puta. Si viene, viene. Mario se sienta a escribir, y si no le salen bien las cosas, putea y sigue. Yo no. Yo me pararía, me iría a pasear, y volvería al otro día para ver si la cosa estaba a punto.”     

        Quien así hablaba, en una entrevista de 1973 con Jorge Barnechea, incluida en el libro Peregrinos de la lengua (Alfaguara, 1997), es Juan Carlos Onetti (Montevideo, 1909- Madrid, 1994), uno de los más grandes escritores de la literatura hispana y aún de todas las literaturas. Galardonado en 1980 con el premio Cervantes, nunca llegó a tener la fama de un García Márquez o un Vargas Llosa, en parte porque rehuía la popularidad, las entrevistas y las opiniones públicas, y en parte porque su literatura no participa de grandes argumentos, no usa traje y corbata, sino que lleva la ropa sucia, huele a alcohol y a tabaco, odia, ama, sueña, siente piedad y, a veces, tira de pistola o de navaja.

      Onetti escribió la que para mí sigue siendo, junto a Pedro Páramo (1955) de Juan Rulfo, la mejor novela corta en castellano : Los adioses (1954), apenas cien páginas deslumbrantes, y algunos de los mejores relatos que uno haya tenido ocasión de leer.

      En Un sueño realizado, la portadora de ese sueño es descrita así por Onetti: “… aquel aire de jovencita de otro siglo que hubiera quedado dormida y despertara ahora un poco despeinada, apenas envejecida pero a punto de alcanzar su edad en cualquier momento, de golpe, y quebrarse allí en silencio, desmoronarse roída por el trabajo sigiloso de los días”.

     En La cara de la desgracia, no se puede narrar mejor la gratitud por el amor que redime: “Nos ayudamos a desnudarla en lo imprescindible y tuve de pronto dos cosas que no había merecido nunca: su cara doblegada por el llanto y la felicidad bajo la luna, la certeza desconcertante de que no habían entrado antes en ella”.

     En Bienvenido, Bob se nos muestra la forma más cruel e infinita del odio y el desprecio: “Cuando volví a verlo, cuando iniciamos esta segunda amistad que espero no terminará ya nunca, dejé de pensar en toda forma de ataque. Quedó resuelto que no le hablaría jamás de Inés ni del pasado y que, en silencio, yo mantendría todo aquello viviente dentro de mí. Nada más que esto hago, casi todas las tardes, frente a Roberto y las caras familiares del café. Mi odio se conservará cálido y nuevo mientras pueda seguir viendo y escuchando a Roberto; nadie sabe de mi venganza, pero la vivo, gozosa y enfurecida, un día y otro”.

     Tan triste como ella es una historia de amor y resentimiento, acaso la más terrible: “De pronto vio la enorme luna que se alzaba entre el caserío gris, negro y sucio; era más plateada a cada paso y disolvía velozmente los bordes sanguinolentos que la habían sostenido. Paso a paso, comprendió que no avanzaba con la valija hacia ningún sitio, ninguna cama, ninguna habitación. La luna ya era monstruosa. Casi desnuda, con el cuerpo recto y los pequeños senos horadando la noche, siguió marchando para hundirse en la luna desmesurada que continuaba creciendo”.

     De la lectura de Onetti se sale con un regusto amargo, salpicado como si hubiéramos paseado junto a sus personajes. Sus historias son pequeñas, cotidianas, las más universales en el fondo. De hecho, el único tipo de historia que nos pertenece a todos.

     Los Cuentos Completos de Onetti están publicados en Alfaguara.