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HOMO FABER de Max Frisch

Muchas veces me he preguntado qué debe querer decir la gente cuando habla de una «experiencia» maravillosa. Yo soy técnico y estoy acostumbrado a ver las cosas tal como son. Veo perfectamente a qué se refieren: no estoy ciego. Veo la luna sobre el desierto de Tamaulipas -más clara que nunca, tal vez sí-, pero la considero una masa calculable que gira alrededor de nuestro planeta, un objeto de la gravitación, interesante, pero ¿por qué una experiencia maravillosa?

El término homo faber, contrapuesto a menudo al homo sapiens y al homo ludens, significa «hombre que hace» u «hombre que fabrica» y se suele emplear para designar al hombre seguro de sí mismo, aquel que controla su entorno y sus circunstancias y es dueño de su destino.

Walter Faber, el maduro ingeniero protagonista y narrador de la novela de Max Frisch, responde a ese modelo. Personaje sereno y práctico, amante de las estadísticas y acostumbrado a que la vida se comporte de manera lógica y sin sobresaltos, ve el mundo solo como es, sin imaginación ni poesía ni pasión. Todo en orden. Pero ese orden comienza a resquebrajarse cuando, durante un viaje en barco, conoce a una muchacha repleta de vida llamada Sabeth, encuentro que comenzará a cambiarlo hasta hacer de él un hombre distinto. Obsesionado con ella, la acompañará en un viaje a través de Francia e Italia que terminará en Corinto, donde, a la vez, se reencontrará con su pasado y se enfrentará a un destino con aires de tragedia griega, sorprendente, caprichoso e incontrolable.

Homo faber (1957), llevada al cine de manera no del todo convincente por Volker Schlöndorf en 1991, con Sam Shepard y Julie Delpy como protagonistas, probablemente sea una de las novelas menos conocidas entre las que aparecen de vez en cuando en las listas de las mejores del siglo XX. A mi parecer, representa una crítica absolutamente vigente del pragmático hombre moderno, tan seguro de llevar las riendas de su vida, tan educado y prefabricado en ese sentido, que se siente desconcertado al toparse con algo inesperado que le lleva a desviarse de la línea recta y con un azar hasta entonces despreciado. Pero es también y sobre todo una transgresora, maravillosa y triste historia de amor.

Empieza a distinguirse el oleaje a lo largo de la costa: parece espuma de cerveza; Sabeth dice que parece encaje. Retiro lo de la espuma de cerveza y encuentro que parece lana de vidrio. Pero Sabeth no sabe lo que es la lana de vidrio… y ahí están ya los primeros rayos, saliendo del mar: parecen una gavilla, parecen lanzas, parecen estallidos en un cristal, parecen una custodia, parecen fotografías de una lluvia de electrones. Pero para cada vuelta sólo se cuenta un punto; apenas tenemos tiempo de hacer media docena de comparaciones cuando el sol se muestra ya con todo su esplendor. «Parece la primera chispa de un alto horno», digo yo, mientras Sabeth se calla y pierde un punto… Jamás olvidaré a Sabeth sentada en aquella roca, con los ojos cerrados, callada y recibiendo los primeros rayos de sol. Era feliz, dijo; y jamás olvidaré el mar que oscurecía a ojos vistas, cada vez más azul, morado, el mar de Corinto y el otro, el mar ático; el color rojo de los campos, los olivos, verdes y nebulosos, sus largas sombras proyectadas sobre la tierra roja, el primer calor de Sabeth abrazándome como si yo se lo hubiese regalado todo, el mar y el sol y todo, y jamás olvidaré que Sabeth rompió a cantar.

Traducción de Margarita Fontseré.

Publicada por Seix Barral.