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LA ASCENSIÓN (1977) de Larisa Shepitko

Cuando se estaba convirtiendo en una de las principales figuras del cine soviético, la directora y guionista ucraniana Larisa Shepitko falleció en un accidente de tráfico en 1979, a los 41 años. Su breve filmografía, compuesta por siete títulos entre cortos y largometrajes, continúa siendo bastante desconocida incluso para los espectadores que no se conforman con el archiconocido canon, en gran medida porque sigue sin ser de fácil acceso, al menos, por estos lares. Aun así, su última y más prestigiosa película, La ascensión (Voskhozhdeniye), va abriéndose camino entre la curiosidad cinéfila acompañada a menudo por críticas que la consideran una obra maestra. En mi opinión, no llega a serlo o lo es solo en parte.

Su argumento nos sitúa en la 2ª Guerra Mundial, en los nevados paisajes bielorrusos donde dos partisanos, Sotnikov (Boris Plotnikov) y Rybak (Vladimir Gostyukhin) se separan de su hambriento grupo para ir en busca de comida; pero, tras un enfrentamiento con los nazis en el que el primero resulta herido, acaban siendo capturados. En el campo de prisioneros al que son trasladados, mientras Rybak acepta colaborar con los alemanes e incluso pasar a formar parte de su policía con tal de evitar la muerte, Sotnikov se niega a traicionar a sus compañeros y es torturado y condenado a la horca junto a otros presos.

Como insinuaba al comienzo, hay aspectos del film de Shepitko que no me convencen y que tienen que ver con el tratamiento de los dos protagonistas. Nunca me han gustado los personajes sin entidad propia, los que no recordamos por lo que son sino por lo que representan, los que a la postre no son más que meros vehículos alegóricos. En La ascensión, desde su llegada al campo de prisioneros, Sotnikov y Rybak dejan de ser Sotnikov y Rybak para convertirse, respectivamente, en Cristo y Judas; ya no son dos partisanos a los que acompañar en su lucha por sobrevivir, sino dos símbolos. Y no son necesarias, como en otras ocasiones, segundas lecturas para llegar a esa interpretación, sino que Shepitko, como si no confiara en el espectador, se encarga de dejárnoslo bien claro, demasiado, por medio de las acciones, de los diálogos y de la iluminación del rostro de Sotnikov, cuya expresión puede recordarnos al de la Juana que interpretó Falconetti para Dreyer o incluso, y esto ya son cosas mías, al del Billy Budd encarnado por Terence Stamp en la estupenda adaptación que del texto de Melville realizó Peter Ustinov. Y si necesitáramos algo más, siempre podríamos recurrir al explícito título.

Pero a pesar de ese no poco importante defecto, lo que resulta meridiano es la apabullante belleza visual del film, tanto por la fotografía de Vladimir Chukhnov y Pavel Lebeshev como por la planificación de Shepitko, presente en la pantalla sin dar respiro durante sus casi dos horas: desde la persecución a que es sometido el grupo de partisanos con que comienza la película y el enfrentamiento a tiros de los protagonistas con los nazis, pasando por la llegada al campamento, mostrada desde el punto de vista de Sotnikov y coronada con un maravilloso movimiento de cámara sobre su rostro, hasta, desde luego, la escena clave, la del ahorcamiento de los cuatro prisioneros -Sotnikov, otro hombre, una mujer y una niña-, con un montaje memorable en que se alternan planos subjetivos de Sotnikov, primeros planos de los condenados -el de la niña con la soga al cuello, inolvidable- y planos del niño que observa llorando la ejecución, rematado por otro movimiento de la cámara elevándose que enlaza significativamente con el anteriormente citado. Aunque solo fuera por este fragmento de cine portentoso, de los más impactantes y estremecedores que he visto, la visita a La ascensión resultaría ya ineludible.

 

 

 

 

EL PUENTE (1959) de Bernhard Wicki

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En 1958 se publicaba en Alemania la novela El puente (Die Brücke), escrita por Gregor Dorfmeister bajo el seudónimo Manfred Gregor. En ella, el autor relataba los hechos ocurridos en abril de 1945, cuando la 2ª Guerra Mundial tocaba ya a su fin: tanto él como sus compañeros de escuela fueron reclutados como soldados para defender el puente sobre el río Isaar, a la entrada de su propio pueblo. Dorfmeister fue el único superviviente de la absurda matanza; tenía 16 años.

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Basándose en el libro, el director y actor Bernhard Wicki realizó su película más famosa, merecedora del Globo de Oro a la Mejor Película Extranjera en 1960, una obra maestra del cine bélico en su vertiente pacifista y uno de los films que mejor han retratado la sinrazón de la guerra y el efecto de la manipulación ideológica sobre los más jóvenes.

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Wicki divide la película en dos partes muy diferenciadas tanto en el contenido como en el tono que emplea. En la primera, nos muestra el día a día de los muchachos con sus familias y en la escuela: las clases a las que ya no hacen demasiado caso, emocionados ante la posibilidad de ser llamados a filas y convertirse en héroes; los primeros amores, el primer acercamiento al sexo y los primeros desengaños; la preocupación del maestro y de algunas de las madres, y el absurdo orgullo de otras, al ser finalmente reclutados…Pequeños fragmentos cotidianos que van caracterizando a los personajes y que volverán a nuestra memoria al finalizar la película para adquirir todo su sentido e importancia.

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La segunda parte, la que sobre todo ha hecho de El puente una película imperecedera y que probablemente dejó huella en el Spielberg de Salvar al soldado Ryan (Saving Private Ryan, 1998), nos narra la cruenta defensa del puente frente a los tanques americanos tras el breve adiestramiento de los pequeños soldados. Wicki filma una larga secuencia en la que, al amparo de la extraordinaria fotografía en blanco y negro de Gerd von Bonin, se mezclan la valentía y el miedo, la infancia y la repentina madurez, el compañerismo y el horror ante la muerte, el orgullo por defender el puente y la tardía certeza de que nada tiene sentido. Imágenes imborrables, una tras otra, que culminan con el lento regreso hacia su casa, dejando tras de sí el cuerpo del último de sus compañeros, del único superviviente de la batalla, el muchacho que años más tarde contará la historia.

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Editada en DVD por Avalon (Filmoteca FNAC).

LA BALADA DEL SOLDADO (1959) de Grigori Tchujrai

La balada del soldado (Ballada o soldate) cuenta el regreso del joven soldado Aliosha a casa para pasar unos días de permiso, tras haber abatido un par de tanques enemigos en una acción heroica. Durante el viaje, tras el cual podrá ver finalmente a su madre sólo por unos minutos, se cruzará con pequeñas historias anónimas que retrasarán su regreso y se enamorará de Shura, una joven que se oculta en los trenes del ejército para intentar volver a casa.

A partir de una pequeña anécdota dentro de la gran historia de la guerra, Grigori Tchujrai filma un espectáculo visual en el que la música, la fotografía, las interpretaciones y la planificación componen un mosaico de una belleza extraordinaria. Desde las escenas en que la madre espera en el camino el regreso de su hijo, que abren y cierran la película en una estructura de flash-back circular, pasando por los suaves y casi imperceptibles travellings que muestran la rutina de la guerra en las caras de soldados y campesinos, hasta los primeros planos en los que se refleja la alegría del reencuentro, el horror por la pérdida o el amor entre los dos jóvenes (la iluminación de sus rostros mirándose durante la última noche que pasan juntos en el tren es de las que dejan con la boca abierta), La balada del soldado es una de las grandes obras humanísticas del cine, a la altura de las que filmaron, en el mismo terreno, Ford, Ozu o De Sica.

Ni siquiera el ligero aroma patriotero que desprende la película, mostrado de manera nada estridente y personificado en la figura heroica y sin mácula de Aliosha, consigue distraernos y entorpecer la visita a esta maravilla. No cuesta nada pasar por alto algún que otro mensaje si a cambio nos regalan a la pequeña Shura alejándose por el andén, tras decir adiós a un joven soldado del que se ha enamorado y al que nunca volverá a ver.

Editada en DVD por Divisa.

CUANDO PASAN LAS CIGÜEÑAS (1957) de Mikhail Kalatozov

Aunque pueda parecer mentira, el cine de Orson Welles ha sido tachado a menudo de pura pirotecnia exhibicionista y vacía de contenido, de tomar como excusa la historia que nos cuenta para entregarse al culto del más difícil todavía. Si bien es cierto que Welles siempre buscó -y así lo afirma en varias entrevistas- explotar al máximo las posibilidades del lenguaje cinematográfico, a mí no me cabe duda no sólo de que siempre las puso al servicio de lo que quería contar, sino que en los personajes que habitan sus películas radica gran parte de la fuerza de su cine y que muchas de las mejores escenas que filmó les pertenecen enteramente a ellos, a sus palabras, sus silencios y sus miradas.

        Si pongo como ejemplo a Welles es porque el cine del mucho menos conocido Mikhail Kalatozov es susceptible de recibir las mismas críticas, y buena muestra de ello es Cuando pasan las cigüeñas (Letyat zhuravli) -como este país is different pa to, las grullas del título original se convirtieron en cigüeñas a su paso por España-, la maravillosa historia de amor entre Veronica y Boris, los dos amantes que han de separarse al alistarse Boris como voluntario para ir al frente.

        Kalatozov nos muestra esta triste y romántica historia a través de una sucesión de planos, escenas y secuencias enteras de una increíble belleza visual, que en ocasiones posiblemente hagan que el drama nos resulte menos cercano y no nos emocione tanto como debería, distraídos por la exuberancia de las imágenes, pero que en absoluto son meras fotografías en las que recrear la vista: todos y cada uno de esos momentos nos cuentan algo sobre los personajes y contribuyen a la principal finalidad de que la historia avance. Junto a ellos, el rostro que domina toda la película y del que la cámara se enamora, el de la actriz Tatiana Samoilova. Kalatozov es consciente de que esta historia le pertenece a ella, y sabe entregarle el film y reposarlo en cada uno de sus primeros planos, en su expresión al ver destruída su casa tras el bombardeo en el que mueren sus padres, en su soledad entre la alegre multitud que recibe a los soldados que vuelven del frente, mientras reparte entre los supervivientes las flores que estaban destinadas a Boris.

        Quizá esta película sería aún más impresionante si Kalatozov hubiese alcanzado una mayor comunión entre su riqueza formal y la emoción que nos transmite, pero si el cine es, entre otras cosas, un espectáculo visual, Cuando pasan las cigüeñas es una parada imprescindible.

                   Editada en DVD por Divisa.